“VIOLACION DE DERECHOS HUMANOS Y ASISTENCIA A LOS AFECTADOS. FORMACION DE PROFESIONALES EN ARGENTINA”
Dr. Darío M. Lagos* Dr. Daniel Kersner ** Dra. Mariana Bordones***
INTRODUCCION
Nos gustaría en primer lugar hacer una breve reseña histórica de los Derechos Humanos en la Argentina posterior a la dictadura militar. Entre 1976 a 1983 se desarrolló en nuestro país la más sangrienta dictadura de nuestra historia. El saldo de la misma fue el de 30.000 detenidos-desaparecidos, 10.000 presos políticos, un número indeterminado de exiliados y de insiliados. Se sextuplicó la deuda externa y se operaron profundas modificaciones económicas, políticas, sociales y culturales, que sin duda afectaron y afectan aún hoy a nuestra sociedad. La subjetividad, los vínculos, las conductas, los proyectos y los valores tienen un antes y un después de la dictadura militar.
Hace ya muchos años, (en Humanismo y Terror) Maurice Merlau Ponty, señalaba que la medicina y la tortura guardan entre síuna afinidad tópica en el sentido de que ambas se alojan en y colonizan el espacio de intimidad del cuerpo sensible de alguien humano: una para salvarlo, la otra para destruirlo.
Cierto estupor brota al pensar juntas nociones tan antinómicas como las de medicina y tortura, pero su virtud es apuntar y hacer elocuente y central ese espacio de intimidad donde habitan desde siempre, en forma virtual y potencial, miedos ancestrales como el terror al dolor infinito. No tanto el miedo a morir, sino a algo peor aún, el miedo a la agonía interminable y sin fin, que es figura universal de los mitos, de las fobias y los cuentos infantiles, y algunos mitos religiosos. Un universal que nos habita desde nacer hasta morir.
¿Análisis psicoanalítico de casos? ¿Testimonio? ¿Reflexión política? Este libro es indefinible desde el punto de vista literario, en primer lugar, porque no quiere ser literatura ni ciencia; en segundo lugar, porque el horror lo traspasa y obliga a repensar la condición humana.
La tortura impuesta por la dictadura militar uruguaya a los militantes de izquierda –o sospechosos de serlo– es el núcleo temático, pero las estrategias de supervivencia pronto se autonomizan y concluyen dominando el escenario.
El ataque al cuerpo a veces generó la pérdida de la identidad y la identificación emocional con el enemigo-torturador, lo que condujo a la enfermedad mental. En otras ocasiones, ese ataque al cuerpo, a través de los sueños de la locura y el reencuentro con el apoyo de los otros, permitió restaurar la identidad y la razón.
AFP En 1943 (escribe Sartre), en la calle Lauriston, unos franceses lanzaban gritos de angustia y dolor: toda Francia los oía. El resultado de la guerra no era seguro, y no queríamos pensar en el porvenir; pero había una cosa que nos parecía imposible: que un día se pudiera hacer gemir a los hombres en nombre nuestro. Lo imposible no es francés: en 1958, en Argel, se tortura, regular y sistemáticamente; todo el mundo lo sabe (...), pero nadie habla de ello” (Colonialismo y neocolonialismo, Losada, 1965, p. 54) Por decirlo claramente: en relación a la tortura, lo imposible no es francés, lo imposible no es argentino, lo imposible no es israelí ni norteamericano.
Hay una vergüenza de la que no se vuelve: la tortura. Cuando yo pensaba en los horrores de Trujillo, allá por los sesenta, me decía: Eso no va a ocurrir en mi país. Y decía mi país de un modo en que jamás volví a decirlo. Luego de Videla, ya no digo “mi país” con la inocencia con que solía. Sartre se sentía orgulloso de Francia (y de ser francés) durante la ocupación. Seguramente diría: Mi país sufre, mi país es torturado. Pero, ¿cómo decir mi país cuando es “mi país” el que tortura? ¿Cómo decir “mi país” cuando uno se avergüenza de lo que hace su país?
El texto que cité de Sartre apareció el 6 de marzo de 1958 en L’Express. Se utilizó como prólogo a un pequeño libro que publicó el periodista francés Henri Alleg bajo un título simple y elocuente: La tortura. Alleg había sido, entre 1950 y 1955, director del periódico Alger Républicain. Lo arrestaron los paras, es decir, los paracaidistas franceses, el grupo más cruel del ejército colonizador. (Prestemos atención: nuestros militares procesistas se inspiraron largamente en los paras de Argelia y desarrollaron con siniestra eficacia muchos de sus métodos de represión y tortura.) Alleg escribe: “En esta inmensa prisión superpoblada, cada una de las celdas alberga un sufrimiento, hablar de uno mismo es casi una indecencia. En la planta baja se halla la división de los condenados a muerte (...) ¿Las torturas? Hace ya mucho tiempo que esta palabra se nos ha hecho familiar a todos. Aquí son pocos los que se han salvado de ella (...) Noches enteras, durante un mes, he oído aullar a hombres que eran torturados y sus gritos retumbarán para siempre en mi memoria” (La tortura, Ediciones del Pórtico, Buenos Aires, 1958). Y más adelante: “Todo eso lo sé, lo he visto, lo he oído. Pero, ¿quién dirá lo demás? Al leer mi relato hay que pensar en los ‘desaparecidos’”. De este modo, Alleg confiesa la insuficiencia de su relato. El sabe, él vio, él oyó. Y todo eso está en su libro. Pero hay más. Están los “desaparecidos”. Por eso escribe: “¿Quién dirá lo demás?” ¿Quién dirá lo que sólo las víctimas podrían decir? ¿Quién dirá lo que las víctimas no dirán porque no están, porque desaparecieron? El relato de Alleg es el relato de la ESMA. Sartre ya no podía ser francés del modo en que lo era antes de la existencia de los paras. Uno ya no puede ser argentino del modo en que lo era antes de la ESMA.
La tortura –para su justificación– siempre se remite a la dialéctica entre medios y fines. Gillo Pontecorvo (en su film La batalla de Argelia, 1966, coproducción italiano-argelina) propone una escena reveladora sobre la cuestión: el general francés Ma-thieu –en el film eligieron llamar así al despiadado general Massu– se reúne con periodistas franceses. Los periodistas le preguntan si es cierto que las tropas francesas torturan. Muy sereno, Mathieu responde: “Señores, el tema no es la tortura. El tema es si queremos que Francia se quede o no en Argelia. Si ustedes quieren que Francia se quede, no me pregunten por los medios que empleo para lograrlo”. Ninguno de los periodistas se atreve a responder. Mathieu logró lo que buscaba: justificar los medios a través del fin. Videla podría haber dicho: “Señores, el tema no es la tortura. El tema es si queremos o no que la subversión sea derrotada. Si ustedes quieren que lo sea, no me pregunten por los medios que empleo para lograrlo”.
Solemos decir –desde la vereda del humanismo– que la tortura es un fenómeno que conduce a la inhumanidad tanto a la víctima como al verdugo. Walsh, al plantear la relación torturador-torturado, concluye que ambos se hunden en la abyección, en la inhumanidad, ya que la tortura “se extravía en las mentes perturbadas que la administran”, llega a la “tortura absoluta, intemporal, metafísica” y cede al impulso de “machacar la sustancia humana hasta quebrarla y hacerle perder la dignidad que perdió el verdugo”. Hay una paralela pérdida de la dignidad: la víctima la pierde porque habla, porque cede, porque delata y, al hacerlo, traiciona. Y el torturador la pierde porque –torturando– asume la figura del artesano del dolor instrumental, de la vejación. Este encuadre, sin embargo, pese a parecer terrible y explicitar una realidad dolorosa, tal vez insoportable, es optimista. Lo es porque plantea que el verdugo –al torturar– se hunde en la inhumanidad. Lo es porque, en el fondo, nos está diciendo que la tortura no es humana. Que el hombre es humano cuando no tortura y es inhumano cuando tortura. La afirmación “torturar no es humano” esconde otra: la tortura no pertenece a la condición humana. O a la dignidad humana. Que es lo mismo, ya que nos hemos acostumbrado a entender que cuando decimos “humano” estamos diciendo “digno”. Y cuando decimos “inhumano”, “indigno”. Pero toda reflexión implacable sobre la tortura nos conduce a asumirla como un fenómeno esencialmente humano. El torturador goza con el sufrimiento de su víctima, y este hecho –que un hombre pueda gozar martirizando a otro– lejos de ser inhumano es profundamente humano. Cuando el torturador ejerce su infame oficio no está hundido en la inhumanidad, sino que está exhibiendo una de las facetas de la condición del hombre: la de gozar con el dolor de los otros. Es injusto decir que los torturadores no son hombres sino bestias. Es injusto con las bestias: los animales no torturan.
Esta visión pesimista de la condición humana está presente en los textos de la Guía bilingüe de exposición de instrumentos de tortura desde la Edad Media a la Época Industrial. Es una exposición itinerante, es decir, se presenta en varias ciudades del mundo. Algunos de los instrumentos que se exhiben son: la “doncella de hierro”, el hacha, la guillotina, la rueda para despedazar, las jaulas colgantes, la “cuna de Judas”, los látigos para desollar, los aplastacabezas y los rompecráneos, el cepo, el potro, el aplastapulgares, el péndulo, el hacha para amputar las manos, el quebrantarrodillas, las pinzas ardientes, la pera oral, rectal y vaginal y las máscaras infamantes. Falta, sí, la picana eléctrica: es enteramente argentina.
El autor de los textos de la Guía de la exposición de los instrumentos de tortura se llama Robert Held y ha vivido en Nueva York, Inglaterra y Alemania. Es un hombre cercano a Amnistía Internacional y cercano, también, a estas temáticas. Esta cercanía ha determinado en él una visión no precisamente optimista de la condición humana. Escribe: “La expresión romana homo homini lupus, el hombre es un lobo para con los hombres, es una vil calumnia contra los lobos”.
Sería condenarnos a un aséptico ejercicio de reflexión no describir uno –al menos uno– de los instrumentos de tortura que detalla la Guía. Elijo el aplastacabezas. Held lo describe así: “Los aplastacabezas (...) gozan de la estima de las autoridades de buena parte del mundo actual. La barbilla de la víctima se coloca en la barra inferior y el casquete es empujado hacia abajo por el tornillo (...). Primero se destrozan los alvéolos dentarios, después las mandíbulas, hasta que el cerebro se escurre por la cavidad de los ojos y entre los fragmentos del cráneo (...) Los aplastacabezas todavía se usan para interrogatorios. El casquete y la barra inferior actuales están recubiertos de material blando que no dejan marcas sobre la víctima”. La tortura ha existido y existe por innumerables razones, pero su razón fundante, la que posibilita todas las demás (ya sea quebrar al militante, obtener información o castigar con extrema venganza y rencor) es que el torturador, por su condición de ser-humano, goza torturando. “En conclusión (escribe Held): la tortura florece hoy en la mayor parte del mundo, perfeccionada por la electrónica, por la farmacología y por la psiconeurología (...) Naturalmente tú, lector, lo desapruebas, como todos, o casi todos.” Y a continuación Held escribe el más pesimista de sus textos: “Pero es probable que nada cambie en tiempos próximos porque a ti, lector, una vez realizados los gestos que se dan por descontados, en el fondo te importa un bledo. Como a todos, o casi todos. Amnistía Internacional pone a tu disposición documentaciones completas e inimpugnables, y te pide un poco de apoyo; pero probablemente no sepas nada y no quieras saber, porque así la vida será más cómoda”. Sería deseable que no tuviera razón. O, al menos, que no tuviera tanta.
Sartre –en mayo de 1957– publica otra de sus notas sobre la represión colonialista de Francia en Argel. Sartre sabe que, en Argel, Francia tortura. Y escribe para alertar a sus conciudadanos acerca de esta aberrante realidad. Supone, en cierto momento, que todo mejoraría si los gritos de los torturados pudieran oírse: “Sin embargo, no hemos caído tan bajo que podamos oír sin horror los gritos de un niño torturado. Con qué sencillez, con qué rapidez se arreglaría todo, si una vez, una vez sola, llegasen esos gritos a nuestros oídos, pero se nos hace el servicio de ahogarlos. Lo que nos desmoraliza (...) es la falsa ignorancia en que se nos hace vivir y que contribuimos a mantener. Para asegurar nuestro reposo, la solicitud de nuestros dirigentes llega hasta minar sordamente la libertad de expresión: se oculta la verdad o bien se la tamiza”. Pero resulta muy difícil –a partir de cierto nivel de inevitable información– ocultar la verdad, y hasta tamizarla. Sartre –tomando la palabra del ciudadano francés que no quiere ser importunado con los horrores de Argelia– exclama: “¡Si al menos pudiéramos dormir, e ignorar todo! ¡Si estuviéramos separados de Argelia por un muro de silencio! ¡Si nos engañasen realmente!”. Si fuera así, deduce Sartre, el extranjero –es decir, quien mira a los franceses aguardando un gesto– “podría poner en duda nuestra inteligencia, pero no nuestro candor”. Es decir, podría pensar: “Los franceses no son inteligentes. Son cándidos, ya que con tanta facilidad se los engaña”. Y Sartre –es un texto impiadoso– concluye: “No somos cándidos, somos sucios”.
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24 de marzo de 1976
RECONCEPTUALIZAR LA PSICOLOGÍA DEL TRAUMA DESDE
LOS RECURSOS POSITIVOS: UNA VISIÓN ALTERNATIVA.
Pau Pérez Sales
Introducción.
Suele definirse un hecho traumático como aquella experiencia humana extrema que constituye una amenaza grave para la integridad física o psicológica de una persona y ante la que la persona ha respondido con temor, desesperanza u horror intensos.a Tras haber experimentado, presenciado o escuchado un hecho de este tipo pueden aparecer una serie de síntomas que escapan al control del superviviente y que le crean un profundo sufrimiento psicológico.
Entre los hechos más comunes está el sufrir un estado elevado de ansiedad, con irritabilidad, predisposición a dar respuestas de alarma por motivos menores, pesadillas, imágenes invasivas que aparecen repetidamente en la conciencia y provocan una gran angustia, sensaciones de extrañeza e irrealidad, percibir una barrera emocional que separa a la persona del mundo, tristeza, desesperanza, vivencias de culpa por no haber sabido evitar el peligro o por haber sobrevivido etc. Este tipo de síntomas son extraordinariamente frecuentes y en diversos estudios epidemiológicos, cerca de la mitad de las personas que han experimentado un hecho traumático severo (accidente de tráfico, detención, tortura, agresión sexual, catástrofe natural, testigo de atrocidades...) sufren uno o más de ellos.
1) En el año 1980 y siendo practicante de guardia en un hospital de esta capital me toco asistir a un miembro de las FFAA. Éste, un suboficial de aeronáutica, concurría por presentar una crisis de angustia, desencadenada por la sorpresiva muerte de su madre. Lo acompañaba un oficial de la misma fuerza quien trataba de consolarlo.
Para ese entonces, año 1980, las noticias sobre desapariciones, campos de concentración y torturas en la Argentina, eran más que abundantes y poco menos que contundentes.
Hice pasar al consultorio al desdichado suboficial y el oficial, sin preguntar nada, también ingresó. Secamente le indiqué a éste que se retirara, mientras pensaba “satisfacciones que da la medicina”.
Podría alegar motivos técnicos muy pertinentes para avalar tal indicación. Pero se que en ellas se jugaban otras cuestiones: requerían mis servicios profesionales, dos profesionales de los “servicios”, aquellos a los que solo había que obedecer, eran pasibles de recibir órdenes bajo la circunspecta forma de indicaciones médicas.
En síntesis, en aquel episodio mi práctica estuvo atravesada, entre otras cosas, por la situación política que vivía el país.
2) “Damiens fue condenado, el 2 de Marzo de 1957, a ‘pública retractación ante la puerta de París- adonde debía ser-llevado y conducido en una carreta desnudo, en camisa, con un hacha de cera encendida de dos libras de peso en la mano’ (…) después –en dicha carreta, a la plaza de Greve, y sobre un cadalso que allí habrá sido levantado (deberán serle) atenaceadas las tetillas, brazos muslos y pantorrillas y sobre las partes atenaceadas se le verterá plomo derretido, aceite hirviendo, pez resina ardiente, cera y azufre fundido juntamente, y a continuación, su cuerpo estirado y desmembrado por cuatro caballos y sus miembros y tronco consumidos en el fuego, reducidos a cenizas y sus cenizas arrojadas al viento.”
“Finalmente, se le descuartizó, refiere la Gazette d´Amsterdam. Esta última operación fue muy larga, porque los caballos que se utilizaban no estaban acostumbrados a tirar; de suerte que en lugar de cuatro, hubo que poner seis, y no bastando aun esto, fue forzoso para desmembrar los muslos del desdichado, cortarle los nervios y romperle a hachazos las coyunturas (…)
Aseguran que aunque siempre fue un gran maldiciente, no dejó escapar blasfemia alguna; tan solo los extremos dolores la hacían proferir horribles gritos. (…). Todos los espectadores quedaron edificados de la solicitud del párroco de Saint-Paúl, que a pesar de su avanzada edad, no dejaba pasar momento alguna sin consolar al paciente.”
Y el exento Bouton: “Se encendió el azufre, pero el fuego era tan pobre que solo la piel de la parte superior de la mano quedó no más de un poco dañada. A continuación, un ayudante, arremangado por encima de los codos, tomó unas tenazas de hacer hechas para el caso, largas de un pie y medio aproximadamente, y la atenaceó primero la pantorrilla de la pierna derecha, después el muslo, de ahí pasó a las dos mollas del brazo derecho, y a continuación a las tetillas.
A éste oficial, aunque fuerte y robusto, le costó mucho trabajo arrancar los trozos de carne que tomaba con las tenazas dos o tres veces del mismo lado, retorciendo, y lo que sacaba en cada porción dejaba una llaga del tamaño de un escudo de seis libras.”
“Después de estos atenaceamientos, Damiens, que gritaba mucho pero sin maldecir, levantaba la cabeza y se miraba.
El mismo atenaceador tomó con una cuchara de hierro del caldero la mezcla hirviendo, la cual vertió en abundancia sobre cada llaga. A continuación, ataron con soguillas las cuerdas destinadas al tiro de los caballos, y después se amarraron aquellas a cada miembro a lo largo de los muslos, piernas y brazos.”
Michel Foucault. “Vigilar y Castigar”. Cap.1 :”El cuerpo de los condenados”.
3) Deslizarse sobre la cuestión ética puede ser como deslizar el dedo sobre una espina: tan solo en un punto se vuelve dolorosa. ¿Cómo abordar este punto? Tal como nos enseña el psicoanálisis creo conveniente hacerlo con un interrogante, por ejemplo; ¿Atendería usted a un torturador?
Haciendo una mini-encuesta a algunos colegas me encontré con las siguientes y muy atendibles consideraciones:
a) Sí, como cualquier otro paciente.
b) No, no me siento en condiciones de hacerlo, no podría.
c) Sí, si ese es el motivo de consulta o si los síntomas que presenta están relacionados con el tema.
d) No, por principios. Primero tiene que saldar su deuda con la sociedad.
e) (Preguntandole a d) ¿y si después de varias sesiones te enterás que fue torturador? ¿qué haces, dejas de atenderlo?
f) (Respondiendo al encuestador) No. Lo denunciaría. Me relevaría del secreto profesional y lo denunciaría.
g) (Se entromete en la encuesta y responde a f). ¿A quién? Si, hay punto final, obediencia debida y ampliación de la obediencia debida. ¿ A quien lo vas a denunciar?
4) “Organización de los Estados Americanos”.
“Comisión Interamericana de Derechos Humanos”.
“ Informe sobre la situación de los Derechos Humanos en la Argentina”. 11 de Abril de 1980.
Capítulo V- “Apremios ilegales y torturas”, Pág. 217 y siguientes. “…los apremios físicos y las torturas se habrían llevado a cabo principalmente en la etapa de los interrogatorios, como se deduce de las denuncias presentadas a la Comisión relativas tanto a detenidos en cárceles argentinas como apersonas desaparecidas o secuestradas cuya situación a podido trascender.
Muchos son los medios que para la aplicación de apremios ilegales y para la ejecución de la tortura tanto física , como psíquica y moral, se habrían puesto en práctica en lugares especiales de detención donde las personas fueron llevadas para interrogatorios y que se conocen como chupaderos, e inclusive, en algunos casos, en los propios centros carcelarios del país. Estos procedimientos de tortura se prolongaron en muchas ocasiones hasta por varios meses en forma continua, en las llamadas sesiones para interrogatorios. Entre esas modalidades, analizadas y escogidas por la Comisión de los muchos testimonios que obran en su poder, figuran las siguientes:
a) Golpizas brutales en perjuicios de los detenidos, que han significado en muchas ocasiones quebraduras de huesos y la invalidez parcial; en el caso de mujeres embarazadas la provocación del aborto, y también, según determinadas alegaciones, han coadyuvado a la muerte de algunas personas. Este tipo de palizas han sido proporcionadas con diferentes clases de armas, con los puños, patadas y con instrumentos metálicos, de goma, madera o de otra índole. Hay (…) casos en que la vejiga a sido reventada y han sido quebrados el esternón y las costillas o se han producido lesiones internas graves;
b) El confinamiento en celdas de castigo, por varias semanas (…) por motivos triviales, en condiciones de aislamiento desesperante y con la aplicación de baños de agua fría;
c) Simulacros de fusilamientos y en algunos casos el funcionamiento de detenidos en presencia de otros prisioneros, inclusive de parientes, como ha sucedido entre otras denuncias en Córdoba, Salta, y en el Pabellón de la Muerte de La Plata.
d) La inmersión mediante la modalidad denominada submarino, consistente en que a la victima se le introduce por la cabeza, cubierta por una capucha de tela, de manera intermitente en un recipiente de agua, en el objeto de provocarle asfixia (...) y obtener en esa forma declaraciones.
e) La aplicación de la llamada picana eléctrica, como método generalizado, sujetándose a la víctima a las partes metálicas de la cama a efectos de que reciba elevados voltajes de electricidad, entre otras zonas del cuerpo, en la cabeza, las sienes, la boca, las manos, las piernas, los pies, los senos y los órganos genitales, con el complemento de mojarles el cuerpo para que se faciliten los impactos de las descargas eléctricas (...).
f) La quemadura de los detenidos con cigarrillos en distintas partes del cuerpo, hasta dejarlos cubiertos de llagas ulcerosas.
g) La aplicación a los detenidos de alfileres y otros instrumentos punzantes en las uñas de las manos y los píes.
h) Las amenazas o consumación de violaciones tanto de mujeres como de hombres.
i)La suspensión de los detenidos amarrados o esposados de las manos y sujetos por barras metálicas o de madera u otros artefactos del techo, manteniéndoles los pies a pocos centímetros del suelo, el que se cubre con pedazos de vidrio. También casos en que las victimas son colgadas de las manos o de los pies produciéndoles fractura de las caderas o de otras partes del cuerpo.
j) La aplicación del llamado cubo, consistente en la inmersión prolongada de los pies en el agua bien fría y luego en agua caliente.”
5) Durante la última dictadura militar el discurso del poder decía sucesiva o simultáneamente: no hay desaparecidos –los desaparecidos son culpables (“en algo andarían”)- los desaparecidos están muertos- no se puede hablar del tema.
Como gran parte de la sociedad muchos terapeutas quedaron “entrampados” en este discurso. Así hubo casos en que con la intención de ayudar a un hipotético trabajo de duelo instalaban a sus pacientes a dar por muerto al familiar desaparecido. Con lo cual, además de acoplarse al discurso del poder, lejos de ayudar a elaborar un muy dudoso duelo, convertían al paciente, víctimas él también de la represión, en victimario.
Una mujer e 35 años, sufre un brote psicótico al poco tiempo del secuestro de su hermano.
Es tratada en un servicio de hospital de día de un prestigioso hospital privado. La paciente refiere que su terapeuta le dice que ella debe hacer como hizo su madre ; esto es,
Dar por muerto a su hermano. Con gran dolor la paciente dice: “quieren que yo lo mate”.
En el otro extremo estaban quienes sostenían una postura voluntarista y alentaban las esperanzas de los familiares de hallar a sus desaparecidos vivos. Esto aun en los casos en que existían evidencias notorias de que el desaparecido había sido asesinado. Ambas posturas estaban igualmente determinadas por el discurso del poder. Por adhesión al mismo o por oposición sistemática a él. No es el familiar, ni el terapeuta, quien debe dar cuenta corrida por el desaparecido. Son los responsables de las desapariciones quienes forzados por el colectivo social deberán hacerse cargo de estos hechos. Mientras tanto esa zona de incertidumbre que es efecto de la desaparición deberá quedar como tal, de otro modo se correría el riesgo de coagular la posibilidad de elaboración colectiva de trauma social.
Este sentido entiendo, está presente cuando las Madres de Plaza de Mayo dicen no a las exhumaciones, no a la reparación económica, no a los homenajes póstumos.
6) En una exitosa serie televisiva un padre pregunta a su hijo aproximadamente 8 años:
-¿Arnold quieres ganarte un dólar?
-¿A quién hay que matar? –Responde automáticamente el pequeño.
La escena es rubricada con risas y aplausos off.
A todo esto ¿usted atendería a un torturador?
7) Desde hace tiempo sabemos que la tortura no es simplemente ni necesariamente producto de la sicopatología individual.
Es mas, sabemos que la tortura y otras formas de la represión política se enseñan, y por supuesto se aprenden, en centros especializados a los que concurren miembros de nuestra fuerza de seguridad, dentro y fuera del país. La imagen clásica del torturador sádico debería ser remplazado en la actualidad por la del equipo técnicamente capacitado y altamente especializado.
En el caso registrado en el citado informe de la CIDH con el numero 2502 el secuestrado, un periodista, relata que un medico en forma permanente lo auscultaba durante las sesiones de tortura con picana.
En el caso registrado en el numero 2410 la victima, un maestro, relata que “ el procedimiento de tortura es muy científico”. Le aplicaron el rastrillo, picana que tiene dos o tres puntas.
8) A mediados de este año tres jóvenes son fusilados en la localidad de Ing. Budge por la policía. Poco tiempo después un hecho similar se remite en Dock Sud. Hace pocos dias un asalto a un banco en Río IV – Córdoba termina en una masacre. La policía del gatillo fácil y un nuevo tipo de delincuencia caracterizada por una inusitada violencia de parece ser consecuencia y corolario de la consagración de la impunidad. Esta crea un sentimiento de inermidad en la población y una profunda alteración en el sistema de valores sociales. Basta recordar que la ley de obediencia debida no exime de responsabilidades a los autores de robos y si a los a autores de homicidios y además ¿atendería usted a un torturador?
9) Puede la neutralidad analítica extenderse ilícitamente hasta el imposible de la neutralidad política?
El diario clarín del 5/9 informa que en Montevideo, Uruguay, un grupo de bancarios abucheo a un medico militar presuntamente involucrado en actos de tortura, cuando este ingreso al banco y fue reconocido por una empleada ex detenida política.
El médico en cuestión había sido condenado y expulsado de su gremio por un tribunal de ética médica. El presidente Sanguinetti, informa el diario, repudió la actitud de los empleados que se negaron a atender al torturador.
10) La madre de un desaparecido dice en una sesión: “… voy en el subte y pienso, el que está sentado al lado mío puede ser el asesino de mi hijo.”
Finalmente, ¿Usted atendería a un torturador?
Nota
Artículo publicado en la edición en inglés de “Efectos Psicológicos de la Represión Política” con el título “Would you attend to a torturer?”
La transmisión de un patrimonio mortífero: premisas éticas para la rehabilitación de afectados *
Marcelo Viñar.
En Territorios, número 2, MSSM, Buenos Aires, 1986.
* Leído en la Comisión III “Consecuencias de la Tortura en América Latina: Individuo, Familia, Sociedad, Asistencia, Reparación, Rehabilitación”. Buenos Aires, diciembre 1985.
Puntuación del artículo.
Transcripción “textual” de fragmentos del autor, en función de los siguientes ejes:
·Evitar el efecto de fascinación frente al terror de Estado en cuanto a su impacto en la subjetividad de la época.
·El problema de los “duelos especiales” como una “no forma” de duelo patológico.
·La mudez sintomática: el silencio y el sufrimiento.
·El problema de los “tratamientos específicos” para afectados por el terror de Estado.
·La cuestión de la neutralidad y su salvaguarda.
Estamos aquí para hablar de la Tortura en América Latina.
Por eso en lugar de postular y afirmar, quiero lanzar interrogantes sobre lo que estamos haciendo aquí.
Para hablar, pensar: ¿cuál es la relación de la palabra con una empresa de exterminio?. No hay una relación biunívoca entre palabra y destrucción. Hay mas bien una exclusión recíproca. Por eso pienso que hay que dar un paso al costado, un desplazamiento para no quedar atrapado en la escena visual, alucinada del horror.
Porque aunque parezca obvio –yo quiero insistir- no es lo mismo el horror que el relato del horror. Hay una distancia entre el horror y su relato que hacen que la convulsión no sea la misma. Traer la muerte violenta al espacio de lo hablable no es una operación inocente, aunque sea necesaria e ineludible.
Yo quisiera pues centrar mi intervención en ese intervalo entre el horror y su relato, la palabra y la empresa de exterminio. Es riesgoso porque es fácil deslizar a la posición de justiciero, apropiarse del lugar de las víctimas, expropiarlo y en una fascinación del horror, volver a la escena del sufrimiento para reiterarlo de modo visual y alucinatorio.
El testimonio y la denuncia son una necesidad y una trampa, un compromiso ineludible donde hay que entrar y salir, no quedar capturado en la narración de la escena sádica.
Pero aceptar ese desafío comporta la aventura simbólica de la transmisión posible de un patrimonio mortífero, y el evitar la captura en la fascinación del horror. El retorno y la actualización del horror implica una responsabilidad ética en el consultorio de la escena pública.
Hay modos distintos de trabajar el duelo, y estos modos no tienen un manual de utilización reductible a la transparencia del panfleto.
No todo silencio implica complicidad adaptativa ni todo sufrimiento implica elaboración y progresión que construye.
Necesitamos otro marco distinto del modelo médico para emprender nuestras acciones, para justificar nuestra ética. La historia no nos perdonará la cobardía, pero tampoco la simplificación.
En el proyecto de Rehabilitación y Reparación (palabras importadas de un saber médico) propongo que partamos de lo IMPOSIBLE como norte y meta de nuestra tarea.Pues de algo sí sabemos los psicoanalistas, sabemos que el horror no metabolizado, no significado simbólicamente, vuelve, retorna, insiste como el virus que contagia mordiendo a los más débiles.
Al legado que nos deja la década negra, legado de silencio y sufrimiento en la esfera subjetiva, me pregunto:
¿qué podemos hacer los trabajadores en salud mental?.
¿qué tipo de psicoterapia hay para torturados?.
NO hay tratamientos especiales: de eso, como dice Leo Bleger, ya tuvieron bastante en el cuartel y en los centros de tortura.
Lo único que podemos hacer es lo que sabemos hacer: descifrar enigmas. Explorar como cada persona singular se inscribe en el abanico de respuestas de lo que socialmente llamamos traumatismo. Leer en cada quien su sufrimiento y su silencio, leer con él lo que es reconocimiento, y lo que es omisión y negación frente a lo acontecido.
En la transmisión del patrimonio mortífero, cada elaboración y significación deja su resto de indescifrable. El sufrimiento y el silencio que nos traen estos pacientes no requieren tratamientos especiales porque no hay respuestas normalizables, sino un abanico de reacciones diferentes al mismo tratamiento. Se trata de reconocer en él y con él cuando el decir es confesión traumática y repetitiva y cuando es aventura simbólica de elaboración.
La banalización del dispositivo analítico y su regla de oro pueden repetir en espejo traumático la violencia de otras confusiones.
Más difícil aún sería decir que debemos hacer con la memoria y el olvido – ambos necesarios – que cicatrizan el horror.
¿Cuándo las palabras concitan mediaciones y cuándo son reiteraciones traumáticas?.
El lugar del muerto o del sufriente como héroe en errancia debe desplazarse para no ser obstáculo en “parir” la singularidad de cada sujeto. Entre la memoria y la reconstrucción del pasado hay omisiones, distorciones inevitables en la palabra donde se crean espacios vacíos, necesarios, como refugios de lo intolerable y se crea un decir donde los límites entre la aventura simbólica y la repetición traumática no están en ningún manual.
NO hay psicoterapia especial para torturados o familiares.
Lo que hay (o no hay) es sensibilidad y disposición del terapeuta para recorrer un itinerario de horror, en que la realidad ha redoblado y confirmado los espantos del fantasma, y cuando se está disponible no alcanza con el humanismo heroico.
A veces la repetición traumática, la convocación en transferencia del traumatismo, suscita y actualiza voces aún más intolerables que el acontecimiento mismo.
Pasar por lo extremo del horror es una empresa difícil, para uno u otro miembro del par terapéutico, por eso digo que no alcanza el humanismo heroico.
Mirar el horror de lo que pasó y con ello construir el porvenir, sin la captura de la repetición traumática que redobla el traumatismo, es un duro trabajo.
¿Cómo hacer la nominación y transmisión de ese pasado para que hoy ayude a vivir?.
El precepto, la sabia prescripción de neutralidad que acoge como núcleo de la posición terapéutica, está aquí más amenazada que nunca, y es en ese punto que el humanismo heroico nos puede jugar una mala pasada. Mal servicio hacemos a nuestros pacientes confirmándolos en su posición de héroes o víctimas que el discurso social les asigna.
Esto es para el terapeuta una prueba de fuego y grita la insuficiencia del humanismo heroico.
Historia de la tortura y el orden represivo en Argentina
LOS COMIENZOS DE LA PEDAGOGÍA DEL MIEDO
Alfonso el Sabio:
"Tormento es una manera de
prueba que hallaron los que fueron
amadores de la justicia".
Es
Es necesario decir al comenzar estas páginas que ingresar en el mundo de la tortura, esa realidad siempre renovada de la represión que ejercen algunos hombres, es aludir a infamias que no son gratuitas; y también a la siguiente paradoja: "La actitud de olvidar y perdonar todo, que correspondería a los que han sufrido injusticia, ha sido adoptada por los que la practicaron". (Adorno, 1965, 117.) * Como es sabido, la tortura "legal" de los códigos primitivos y la contemporánea de las sociedades represivas definen un criterio de "justicia" y poder impuestos a través del dominio y el terror. Y también confirma el hecho de que esa realidad nunca puede afirmarse en un mundo libre y sin prejuicios. Dentro de ese esquema, así fue siempre, la fuerza, y no sólo la física, da al poder autoritario más seguridad; lo hace, eso lo recuerda Cesare de Beccaria desde las páginas De los delitos y de las penas, "por el más cruel verdugo de los miserables que es la servidumbre". Mucho antes, en el siglo XIII, en España, Alfonso X el Sabio señalaba que el "tormento es una manera de prueba que hallaron los que fueron amadores de la justicia".
En este libro está el relato de un período brutal y dramático de la historia de este país. Es el tiempo del exterminio, entre los años 1974 y 1977 en que la dictadura, sin trabas de ninguna especie y más bien con la anuencia de algunos sectores, cuando no con su silencio, desató la más violenta represión de que se tenga memoria sobre el pueblo de Chile, sobre la izquierda y en especial contra el MIR.
En esos años cayeron muertos centenares de militantes de la izquierda, desaparecieron miles de compañeros y fueron apresados y torturados una multitud de miristas, que en conjunto constituían una generación que se venía gestando con nuevos bríos desde la década anterior, y que logró crear una propuesta bella y revolucionaria para chile.
Esos hombres y mujeres sufrieron, amaron, tuvieron miedo y dudas; padecieron y gozaron. Fueron capaces de grandes sacrificios y mostraron una audacia en la propuesta y en el que hacer que dejó sin aliento a muchos políticos tradicionales.
Cometieron errores y tuvieron aciertos, pero, por sobre todo, se mantuvieron y se mantienen en lucha.
La noche del 13-14 de septiembre de 1969 en La Plata fue crucial para encontrarnos con Néstor. Habíamos hecho una fiesta con una barra de amigos, compañeros y militantes para juntar fondos para poder pagar el entierro del papá del Negrito que había fallecido en Misiones. Éramos todos estudiantes de distintas facultades, vivíamos modestamente y no se nos ocurrió nada mejor que juntar el dinero de esa manera. Hicimos la peña, a la usanza de aquellos años, con empanadas y vino, acompañada de música de los Beatles, La Balsa que en ese momento empezaba a ponerse de moda y/o rock.
A mí me había tocado estar en un puesto de venta de vino, que consistía en una ventana de una pieza de la Casa de la Provincia de Misiones que daba al hall central donde estaba "la pista". A las doce de la noche vi entrar al Flaco Kein, Víctor Hugo Kein que conocía, junto a uno más largo y famoso que era el Flaco Sala, Néstor Carlos Sala ¡Ellos constituían la Agrupación del peronismo en la Facultad de Arquitectura platense. ! Sólo ellos dos. En aquellos años Arquitectura era hegemónicamente de izquierda. Era cómico porque ellos contaban a quien quisiera escuchar que uno hacía de jefe por un tiempo y el otro de base. Como se aburrían, rotaban y se bajaban línea con tranquilidad.
Daban mucho que hablar pues discutían frente a la izquierda que tenía cuadros políticos brillantes en todas las asambleas. Ellos no se quedaban cortos en el reto. Eran bravos. Aún siendo minoría se los reconocía y quería.
Hay una vertiente del asunto que sólo puede hablarse entre pares. Es decir, entre quienes fueron torturados. Y allí también hay que hacer subdivisiones, los picaneados por un lado, los submarineados por otro, los cagados a palos por otro, los torturados sicológicamente para allá, los verdugueados en la cárcel para acá. Yo no puedo hablar de la tortura (siempre desde este ángulo del análisis) con alguien que no fue torturado. Digamos, por ejemplo, la picana en los testículos, glande y ojete. Si queremos hablar desde este punto de vista, solamente los picaneados con furor en estos lugares específicos del cuerpo, podemos hacerlo entre nosotros. De lo contrario, sería como hablar entre hombres sobre los dolores del parto. Entonces, entre los eléctricamente torturados nos plantearíamos, ¿en qué momento empezaste a sentir que si largabas algún datito, una cita vieja, una casa levantada hace una semana, los tipos te daban un respiro como para dejar de sentir que querías morirte y no podías? ¿En qué momento fue? ¿A las dos horas, tres, cuatro? ¿Cuando la maquinita bajó por primera, segunda, tercera vez hasta el escroto? Allí descubriríamos que los umbrales del dolor son distintos para cada ser humano. Entonces este perfil analítico pierde sentido, descartémoslo; sólo se convertiría en un pormenorizado relato de sufrimientos físicos con dispares resultados en cada organismo vivo.
Intentemos otro ángulo de análisis. El compañero ante su hijo pequeño, al que los horribles le ponen la picana en el pechito desnudo o le apoyan el cañón de la 45 en la cabecita. ¿Qué pasa ahí? Casi todos los que pasamos por La Perla, por ejemplo, y en aquel momento éramos solteros, hoy tenemos hijos. Pongámonos en esa situación ¿qué nos pasaría? Y si ese compañero sabe que salva a su hijo si da tu nombre y dirección ¿vos no le dirías "dale, deciles que me vengan a buscar" para salvar la vida del pibe? Podríamos adoptar varios ejemplos de casos con estas características, en cada uno encontraríamos un momento de vacío, de duda, de contradicción. Cada caso sería un conjunto particular de circunstancias especiales a analizar. Por lo tanto, tampoco sería válido para el análisis general.
Vamos por un tercer intento. El ideológico. ¿Qué grado de fortaleza ideológica hay que tener para soportar la tortura sin dar un dato? ¿Depende eso del grado de ferocidad y nivel de dolor que cause el tormento aplicado? O depende de lo que un militante está dispuesto a sacrificar por su organización y, por ende, proyecto político. Después, habría que preguntarse, ¿dar un dato para ganar tiempo, es lo mismo que darlo porque no se tiene otra información? Luego hay que discriminar, una cosa es dar un dato para ganar tiempo, guardándose otra información útil al enemigo; y otra distinta dar toda la información que el enemigo requiera, y aún más. Allí creo, podríamos encontrar algún grado de certeza (sólo algún grado) para emitir un juicio. Cuando el torturado supera la barrera político ideológica y pasa a identificarse con el enemigo y trabajar para él. Esos casos, en el conjunto de la situación analizada, fueron poquísimos. Y aquí entra a jugar la sesuda reflexión del Riojano. ¿Esos casos fueron por predisposición del traidor a traicionar, o por eficiencia de una maquinaria que lo eligió al detectar condiciones personales favorables en el desgraciado? Pregunta de difícil respuesta, que debería remitirnos al estudio de cada caso en particular. Hubo quienes sacrificaron su familia para evitar trabajar para el enemigo (Tucho Valenzuela). Y otros que se pasaron a laburar para los milicos a cambio de la sola supervivencia individual y después de un meticuloso proceso de destrucción mental. Y otros, los menos de los pocos, que se sentaron a colaborar con el enemigo a los 10 minutos de haber sido capturados y sin que les dieran un bife.
Después de todas estas cavilaciones, muchachos, personalmente encontré refugio sólo en una perspectiva de análisis, que me proporcionó alguna certeza un poco más sólida. La perspectiva histórica. Y si ustedes me permiten, se las cuento tal como la tengo en mente.
Comencemos por preguntarnos qué objetivos persiguió la tortura en la represión del movimiento popular en el período 76-83. Hasta el más pirincho de los asesores yankis en contrainsurgencia, sabe que la tortura es, más que una herramienta para obtener información, un método para sembrar el terror y destruir los lazos sociales, políticos, ideológicos que cohesionan a una comunidad cualquiera detrás de un objetivo. Cualquier especialista en inteligencia, sabe que la infiltración y el análisis de la información obtenida por los infiltrados es, lejos, la mejor herramienta para la destrucción de una estructura clandestina. Y esa política de infiltración vino siendo aplicada por las fuerzas represivas desde mucho antes del 76, con resultados más que exitosos especialmente en las estructuras del peronismo combativo, que pasaron a la clandestinidad luego de un período de política de masas sumamente amplia, que sumaba militantes populares en todos los frentes de manera incesante.
Si nos remitimos a la historia, la tortura solamente ha tenido como objetivo secundario la obtención de información, y esto cuando la represión apuntaba a estructuras clandestinas sumamente cerradas y encapsuladas. Y los resultados siempre han sido relativos. Un dato obtenido en la tortura es siempre de dudosa veracidad y corroborar la certeza de la información implica no sólo tiempo y esfuerzo, sino también riesgos para las fuerzas represivas. La información recogida en la tortura debe ser procesada y tamizada antes de convertirse en un plan operativo. Por eso, la maquinaria apuntaba al quiebre ideológico y destrucción sicológica, para obtener el traspaso de ese umbral casi inconcebible, que es la identificación con el enemigo. Cuando esos individuos eran bien elegidos, y aceptaban por ejemplo salir a "lanchear" y marcar compañeros en la calle, la destrucción que producían era tremenda por lo acelerada, pero casi nunca por lo evitable. En esos casos, no sé qué peso habrá tenido la tortura física, o la condición de rehén de los familiares del elegido para el experimento, o la pérdida de confianza en el proyecto político. Sí creo que la tortura tenía como objetivo central la difusión del terror y no la búsqueda de información. Y esto fue así siempre. Desde que el Papa Inocencio VII en la Inquisición, santificó la tortura como método para redimir almas. Y detalló en el Mallea Maleficarum cada crimen contra la iglesia y el tormento necesario para rescatar el alma del pecador. El acusado de pactar con el demonio debía ser torturado hasta confesar su culpabilidad; y entonces era ejecutado. Es decir, el resultado era siempre el mismo, la muerte. Entonces ¿para qué los tormentos? Por supuesto, para aterrorizar. La información que proporcionaba el torturado, los inquisidores lo sabían, no servía para nada. A lo sumo, para sumar otra víctima, bienvenida sea para extender el terror.
Cuando las tácticas terroristas comienzan a obtener su objetivo (atemorizar a la comunidad), los efectos del terrorismo se multiplican de manera exponencial. Y su efecto es prácticamente inevitable, la parálisis del miedo. La clandestinidad de los movimientos revolucionarios, facilita el efecto del terror. El secuestrado y torturado no tiene arraigo social y afectivo en su barrio, generalmente no tiene la estabilidad laboral que proporciona amistades, complicidades. "Se llevaron a la parejita de acá al lado, en algo andarían, eran medio raros, no hablaban nunca con los vecinos" , ¿les suena conocido? Después se sabía, y no sólo entre la militancia, "les meten ratas vivas en la vagina, les cortan los brazos con una sierra". En el 76 llevaron a La Ribera a una comisión interna de la fábrica Perkins, los tuvieron unos días con nosotros, los que veníamos de La Perla hechos bosta. Después los largaron. Clarito como el agua, miren lo que les puede pasar, a todos les puede pasar esto. A la semana lo sabía todo Córdoba, aunque era mejor mirar para otro lado, pero todos andaban con el culo entre las manos. Eso, es el terror.
¿Ustedes creen que la difusión de las fotos de torturas en las cárceles irakíes es producto de un "descuido" de los norte-americanos? Muchachos, este pibe Rumsfeld sabe lo que hace. Es un mensaje para el mundo musulmán. El imperio del Norte es heredero de la Inquisición. Tortura, muestra, aterroriza, paraliza. Ellos le enseñaron a los nuestros. ¿Por qué creen que muchos de los torturados llegamos a las cárceles, en muchos casos todavía con las huellas de la picana en el cuerpo? Cuando mi vieja me vio en la Navidad del 76, casi se desmaya. Al día siguiente, en mi pueblo, todos sabían lo que le pasaba a los que "se metían en algo raro". Tarea cumplida. Tortura, muestra, aterroriza, paraliza.
Entonces, más que discutir si "condenamos" o "comprendemos" a los colaboradores, a los delatores, a los que dieron un dato o se pasaron al enemigo, creo que hay que dimensionar la real magnitud de la tortura. He escuchado compañeros que apuntan a los colaboradores como una de las causas de la derrota. Y me parece que en ese tipo de razonamientos hay gato encerrado. Como esquivarle el bulto al real debate sobre por qué fracasó nuestro proyecto político. Y de última, desde el punto de vista histórico, es ese el único debate posible y, finalmente, productivo.
Hoy, podríamos elegir dos ejemplos de situaciones en que se utiliza la tortura sistemática. Uno es en España contra los militantes de la ETA. Ahí, de la dos componentes posibles (terror e información), prevalece la búsqueda de información, pero siempre desde el sistema del quiebre y posterior colaboracionismo, no el datito extraído a los picanazos. Los italianos en la década del 80 inventaron la figura del "penttito", el arrepentido que se pasaba al enemigo, revelaba la estructura que conocía y lo hacía público para desmoralizar. Así terminaron con las Brigatte Rosse. ETA se fue aislando del movimiento de masas de Euzkadi para encapsularse cada vez más. Entonces el círculo captura, tortura, colaboración, que de vez en cuando se produce, obliga a los etarras a una mayor compartimentación y más aislamiento.
El otro ejemplo es Medio Oriente. La tortura contra palestinos, irakíes y afganos, es puro terrorismo. Tortura, muestra, aterroriza, paraliza. Cuando necesitaban saber donde se escondía Sadam, al dato lo obtuvieron con plata. Las organizaciones de masas son allí prácticamente invulnerables a la tortura desde el punto de vista de la información, justamente porque son organizaciones de masas. No hay clandestinidad. Acá estoy, venime a buscar, si te animás. Es lo que pasa con los zapatistas en México, los cocaleros en Bolivia, o las FARC en Colombia. Es cierto que esto, militar y políticamente, tiene mucho que ver con la ocupación del territorio. Pero un barrio, una fábrica, una facultad, también son el territorio.
De última, muchachos, para no extenderme más. La tortura como método para paralizar la sociedad y extraer colaboracionistas de las filas de una organización popular, existió siempre y seguirá existiendo. El tema es como neutralizarla. La militancia popular y revolucionaria está compuesta por seres humanos, algunos más fuertes, otros más débiles, todos vulnerables por algún costado. En todas las historias hay héroes y villanos; y en el medio una amplia escala de grises.
Desde el punto de vista histórico, la Argentina es una sociedad torturada. La memoria histórica guarda celosamente el terror, la delación, el colaboracionismo en todos sus grados. La experiencia de las organizaciones populares, lenta y subterráneamente se ha trasladado a la cultura política del pueblo. ¿Se acuerdan cómo cayó De la Rúa? ¿Cómo son las organizaciones piqueteras? El pueblo aprendió muchachos. Y en muchos casos aprendió de los errores nuestros, ese servicio le hemos dado a la historia. "No lo tenía al viejito, y en el Obelisco lo ví bajar de un palazo un cana de un caballo", me decía un amigo en Buenos Aires refiriéndose al delaruazo y a un vecino panzón que tomaba mate en camiseta todas las tardes en la vereda.
Las orgas piqueteras son otra cosa que hay que ver con detenimiento, no al pedo Kirchner les echó el ojo (el bueno). ¿Alguien moviliza en este país más que los piqueteros? Y son organizaciones de masas aferradas al territorio. Tienen zonas prácticamente liberadas donde en muchos casos controlan no sólo el comercio de alimentos, también la salud y la educación. Si la cosa se empioja (Dios no lo permita), ¿qué grado de vulnerabilidad tendrían a una política represiva de tortura sistematizada, como la aplicada contra nosotros?
Un abrazo nacional, popular y revolucionario.
Hugo Basso
Rifino, 12 de junio de 2005
Alfredo Bravo (1925-2003), diputado socialista y presidente de la APDH, publicado el 26 de marzo de 1996
“Ver la muerte queda grabado para siempre”
Por Ernesto Seman
Adrian Pérez Alfredo Bravo es hoy diputado por la Unidad Socialista. Pero ya era presidente de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos cuando fue secuestrado, el 8 de septiembre de 1977, mientras daba clases en una escuela de Colpayo y Rivadavia, en Caballito. Fue liberado el 16 de junio de 1978, tras nueve meses y ocho días de cautiverio. Este es su relato:
“Cuando me llevaron, yo ya era una persona pública, conocida. A los diez minutos se empezó a mover todo, avisaron a Ctera, a la Asamblea, y la APDH manda un telegrama a Estados Unidos. ¿Por qué? Porque al día siguiente se reunían Videla, Carter, Torrijos, por el asunto del Canal de Panamá. Y esto lo consigna Joaquín Morales Solá en su editorial del domingo siguiente: “Y le tiraron el telegrama sobre la mesa a Videla: Alfredo Bravo, el presidente de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, desapareció”.
“Durante la tortura tuve alguien que me dio la fuerza suficiente para aguantar, una voz. Yo estaba tabicado, y encapuchado, desnudo, y con las manos atadas. El frío me atacaba los intestinos, me hacía las cosas encima, porque no podía ni siquiera golpear o llamar. Vivía así.”
“Uno pierde la noción del tiempo, la noción del mundo. Vos ahora tenés algo, pero yo te digo: ‘cerrá los ojos durante una hora’, y yo te traslado en esa hora y vos perdés noción del mundo en que vivís. Aun así, sin que te pase nada. Entonces, esa voz me trajo ese mundo de afuera, que era el mundo al que yo necesitaba aferrarme, que era el mundo del que yo venía... Ahí dentro tenía ese mundo interior, un mundo nuevo, y lo único que había recibido de afuera eran castigos por todos lados.”
“Cuando me bajan por primera vez de la parrilla, me dice: ‘Maestro, escupa todo, y no trague nada’. Claro, porque cuando te ponen la picana, la lengua te queda como un... tomate..., casi que te asfixiás. Y si tomás agua se te hincha todo. Después, cuando me queman los pies, las piernas, me dice: ‘Maestro, aguante que falta poco’.”
“Esa fue una de las sesiones más dolorosas, más jodidas, todavía tengo eso grabado. Te metían las piernas en agua hirviendo y en agua fría, no te quemaban de una vez. Yo ahora no puedo tomar un vasodilatador ni por mula, porque no sabés en qué estado tengo las venas y las arterias.”
“La tercera vez, cuando me hacen la crucifixión, me dice: ‘Maestro, pegó en el palo’. ¿Sabe lo que eso significa?”
“Uno estaba esperando el único día en que te tocaban visitas. Y ahí venía mi señora, y mi hijo mayor, Daniel, y el menor, Gustavo. La primera vez que ellos me vieron fue cuando me legalizaron. El día antes, Boca estaba jugando por una copa, y Gatti atajó un penal. Yo escuchaba a los guardias mientras me bañaban que decían: ‘Atajó, atajó el penal’. Y escuchando ese partido, mi mujer se entera de que me habían legalizado. José María Muñoz dice en el medio del partido: ‘El profesor Alfredo Bravo, el dirigente de la Ctera, está detenido en La Plata’.”
“Se imagina cuando vi a mi familia por primera vez, un gran llanto, una gran angustia. No, no había llorado hasta ahí: nosotros íbamos en un camión, de ida iba arriba de todos los cuerpos, y cuando volvía, iba abajo. Y en el primer viaje había uno que venía diciendo: ‘Hay que gritar, hay que gritar, relajarte, es la mejor manera de no sufrir’. Lo que hacías en ese momento era gritar, gritar, hasta que te extenuaras, entonces el cuerpo recibía menos, parecía que te dolía menos. Así que no había llorado. No sabés la alegría, la emoción de ese momento. Bueno, viejo, vieja, a los abrazos. Lo único fue que yo no me podía parar, arrastraba los pies, y cuando me preguntaron qué me pasaba me levantaron los pantalones y vieron todas las piernas marrones. ¿Qué iban a decir? No podíamos tampoco decir mucho. Uno estaba en una sala, pero estaba rodeado fuera de la sala, y no sabía si adentro había micrófonos o no. La comunicación era muy pedestre. ¿Cómo estás? Bien. Pero nada más. ¿Qué podía hacer? El abrazarse, el agarrar la mano, tenerlo al otro, eso. Ellos te hablaban de las cosas lindas, de los pajaritos de colores. De mamá, de los chicos, que estaban bien. Y no era así, el pobre Gustavo ya había entrado en una cura de sueño.”
“Cuando me dan la libertad viene a buscarme el mayor Gasparini, que era el nombre de guerra de Guglielminetti. El tipo me dice: ‘Rápido, rápido, que nos tenemos que ir’. Yo no sabía por qué, en menos de cinco minutos agarré mis cosas y salimos disparando. Los tipos ponen una baliza arriba del auto, y empezamos a subir por todos lados para rajar de la provincia, porque la provincia no me quería largar... Al punto que me vinieron a buscar de nuevo. Yo ya estaba con libertad vigilada, y me vinieron a buscar y me salvaron los vecinos, que me hicieron saltar a la casa de al lado, ir por los techos, salir de ahí, porque me estaban esperando para reventarme esa noche. Los mismos policías que cuidaban la casa me decían: ‘Profesor, haga algo, porque para matarlo a usted, estos tipos no se van a detener con nada, y nos van a matar a nosotros’.”
“Cuando llegué a casa, lo primero que hice fue recorrerla, saludar a los míos, llorar, ver mi jardín: estaba un poco como alelado. Quería estar solo, sentarme en el jardín. Y comerme el plato que más quería: milanesas con papas fritas.”
“Esa noche no pude dormir, extrañaba la dureza de la otra cama... Fue todo muy difícil, recomponer la vida sexual fue muy jodido. Me dolía todo el cuerpo. Llevó su tiempo porque depende mucho de la cabeza. Tenés que serenarte, recomponerte. Y sí también tardaba en tener ganas. Fue un proceso. La primera noche me levantaba, iba a caminar por la casa, por el jardín, no me dormía. Nadie dormía prácticamente, hasta que a las 4 o 5 de la mañana se cayeron todos palmados.”
“Hay una imagen que vuelve siempre: es la del tipo que me encañona con el arma, y el recuerdo de las voces. Eso lo tengo grabado. Pasamos por todo Boedo, de Boedo agarramos Caseros y después el puente Uriburu. Apenas bajamos el puente me hicieron el primer... bueno, ahora digo simulacro de fusilamiento, porque en ese momento no sabía que era un simulacro. Entonces me acuerdo de la pelea que tenían ellos dos porque no habían llevado querosén para quemarme, además de una goma que no habían traído. ‘Porque estos bolches de mierda dan un olor’, escuchaba yo... y la discusión y entonces pum, pum, los tiros.”
“Y yo sentía al lado mío la tierra que se abría, por los tiros. Eso te volvía loco. Y después decían: ‘Dejalo, dejalo, después lo hacemos’. Eso te queda grabado permanentemente.”