El presente informe tiene por propósito referirse sumariamente al problema de los detenidos políticos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (detenidos PEN) y a la particular circunstancia que crea el hecho de que la situación de un importante número de ellos se encuentra sujeto a decisiones que la Corte Suprema de la Nación deberá
adoptar próximamente.
La cuestión debe, a nuestro juicio, ser llevada al más amplio conocimiento de la opinión pública nacional e internacional, por la importancia que reviste para los eventuales beneficiarios y por la significación que aquello que se decida a este respecto, habrá de tener en la coyuntura política institucional de la Argentina.
-¿Cómo fue que ustedes se convirtieron en militantes políticos, en activistas estudiantiles?
Daniel: Yo hice el colegio secundario en una escuela donde éramos muy homogéneos desde un punto de vista de clase. Todos hijos de obreros o empleados. A fines de 1968, yo no tenía aun 15 años, estaba en tercer año del bachillerato. La "actividad política" consistía en luchar junto con los maestros y los padres para resolver los problemas más elementales de la escuela: tiza, pizarrón, libros, aulas.
En esa época, los problemas eran tan grandes en las escuelas, que todos los viernes había una manifestación estudiantil, en la que a veces participaban los maestros e incluso los padres. Lo que a mí me abrió los ojos por primera vez, igual que a muchos de los chicos, fue la muerte de una estudiante, en una de esas manifestaciones. Era una jovencita como nosotros, estudiante del secundario.
Historia de los regimenes carcelarios de las cárceles de Coronda, Sierra Chica y Rawson.
Este trabajo a sido realizado por presos políticos en la cárcel de Rawson y fue editado por “Familiares de desaparecidos y detenidos por razones politicas”
Cárceles de Santiago del Estero, La Plata y Córdoba
Historia de los regimenes carcelarios de las cárceles de Santiago del Estero, La Plata y Córdoba.
Este trabajo a sido realizado por presos políticos en la cárcel de Rawson y fue editado por “Familiares de desaparecidos y detenidos por razones politicas”
Institucionalismo planificado (destrucción de prisioneros)
Documento sobre la planificación de la destrucción de los prisioneros políticos a nivel institucional.
Este trabajo a sido realizado por presos políticos en la cárcel de Rawson y fue editado por “Familiares de desaparecidos y detenidos por razones politicas”
Poder judicial durante la dictadura Complacencia, connivencia, complicidad
Documento sobre la actuación de la justicia durante la dictadura.
Este trabajo a sido realizado por presos políticos en la cárcel de Rawson y fue editado por “Familiares de desaparecidos y detenidos por razones politicas”
Un número importante
de ex presos políticos argentinos se encontraron en Ginebra para denunciar la política
de destrucción que los militares genocidas aplicaban en las cárceles.
También denunciaron la
situación de los campos de concentración por los que algunos de ellos habían pasado
antes de llegar a la cárcel.
Martes de un mes cualquiera, de un año cualquiera de la dictadura militar.
-! Llegan las compañeras de la visita!
-Que noticias traerán hoy los familiares hoy?
-! Compañeras! !!Estela se va en LIBERTAD!!
- !Oh! Cuando? !Que Hermoso!
- ! Volverás con tu Sebas, que alegría, Estela!
Abrazos....algarabía....y hasta lagrimas de emoción...
-! Chicas,los familiares se reunieron en la plaza, elevaron un petitorio a Videla! Piden por los desaparecidos, la libertad de todos los presos políticos....
_!SI-LEN-CIO, señoras, si no quieren ser SAN-CIO-NA-DAS!
No pueden elevar la voz... No se pueden abrazar...No se pueden reir....No se puede.....
_Vayamos a la última mesa que la "bicha" tiene ganas de sancionar.
-Contá Estela, cómo fue, cómo estaba tu mamá... y "el Sebas", Que te decia?
Silencio...en torno de una larga mesa, Estela con su vos entrecortada, relata.
En cada rostro cobra vida la alegría, esa alegría profunda, que es fruto de la confianza, que es fruto del cariño sincero.
-Cuando se va una compañera siento como mía esa libertad, (murmura Ale apretando fuerte la mano de la que tiene a su lado)
-Esta claro. Los familiares se movilizan, aquí adentro se enciende de odio, pero...los milicos tienen que ceder. De a poquito nos van arrancando de las cárceles.
-Estela, que cuentan de la marcha?. Cuantas personas había?. Hubo represión?.
-!Señoras, di-suel-van la reunión! !Voy a SAN-CIO-NAR a todo el pabellón!
-Celadora, se va una compañera. ! Como no vamos a estar contentas!
-!A mi no me interesa! !Yo CUM-PLO OR-DE-NES!
No pueden estar todas juntas....
-Alicia, en tu celda se pueden encargar de prepararle el "bolso de la libertad" a Estela?
-Si, yo tengo un diseño que inventó Laurita.
-En la celda del taller hay lindas telas y el la celda 60 tienen hilos de colores para el macramé.
-Compañeras, el domingo le hacemos la despedida. Preparen un postre por celda.
-Un grupo de recreación preparará un número y una canción.
-Apenas nos abran las puertas para el recreo interno empezamos.
-Es la guardia de "la Rosso, si se pone pesada nos reunimos en la ultima celda, mientras un grupo se queda en la mesa del pasillo y controla. Nos turnamos para que puedan participar todas las compañeras.
Domingo. Tres de la tarde. Se abren las puertas de las celdas.
Los postres mas variados lucen sobre la larga mesa. (! Claro! son todos a base de miga de pan, leche, dulce de leche casero; pero ninguno conserva el sabor del otro).
-Estela, Que sentís?
-No se, chicas, es una mezcla extraña, de alegría, de tristeza... Ustedes quedan aquí...No las volveré a ver mas...Las llevaré a cada una en mi corazón...!tengo confianza en que seguirán adelante! !No hay que darles tregua a estos!
Suena una canción, casi murmurada. Las manos se estrechan...Algunas lágrimas asoman.
-"Vamos juntas, compañeras, por el camino mejor..."
-Estela! vas a jugar con tu Sebas, te reencontrarás con tu gente, podrás caminar libre por las calles!...
-!Rein-te-gro!
-! Hasta siempre, Compañeras!! Fuerza!
-Si-len-cio, se-ño-ras! !Me dan el nombre de las que estaban cantando! !No pueden estar mas de cuatro por celda! !No pueden comer en la mesa!.
Y así transcurren todos los días. Pero más allá de las órdenes irracionales, todos los días renace la confianza, todos los días, SE LUCHA.
EL BUDIN
Cecilio
Denuncia, Agosto-septiembre de 1981
José caminaba solo sus dos horas de recreo diario, avejentado, con las manos unidas en la espalda de la misma forma que exigían sus carceleros cuando debía caminar por los pasillos internos. José daba vueltas sin fin en el patio, siguiendo las agujas del reloj. Siempre caminaba en silencio; que solo interrumpía cuando daba suelta mediante gritos sus nervios ya alterados.
El domingo es día de peña en el patio, el día de los clubes literarios, de las rondas de cuentos, del campeonato de dominó y ajedrez. Ese domingo José se paró a mirar una partida de ajedrez, el único respiro que se tomaba de sus vueltas incansables.
Los otros presos se disgregaban en esas actividades dominicales y los gritos, las risas y los gestos alegres, creaban ese clima de camaradería y cariño que tanto aporta para mantener el ánimo y resistir los embates de la dictadura militar en las cárceles argentinas.
"Los dueños de la esquina", como les decían al "tano" y al "viejo", estaban sentados por supuesto en la esquina que les dio el nombre, uno de los pocos lugares en el patio que tenía algo de sombra y del cual ya sea por edad y apuro se adueñaban apenas salían al recreo. Se pasaban sus dos horas de la tarde sentados en el suelo, entre carcajadas y repetitivos saludos a los que pasaban haciendo "la vuelta del perro" alrededor de los hirvientes bancos de cementos. Algunos se paraban conversaban con ellos y seguían.
-Ya nos van a mandar adentro?.-Preguntó el "tano" a su compañero, mientras miraba a un oficial que entraba por los pasillos que dividían los patios externos.
El viejo miró la sombra que los protegía, volvió a mirar el alambrado y contestó -no pasa nada, recién la sombra va por la mitad del alambrado y aparte el recreo termina como unos quince minutos del cambio de "yugas" en la garita.
- Si pero si te basas en la sombraestamos entrando en otoñoyla sombra cambia.- Intervino "pancho» que estaba sentado con otro grupo y mientras conversaba con ellos participaba también el la conversación del "viejo" y el "tano".
Dijo el viejo- Ayer cuando llovió y no salimos al recreo quise hacer un budín de pan para mi, pero calculé mal las medidas y me salieron tres jarros, utilicé los jarros por que el plato se lo presté al fajinero y no me lo devolvió,como resultado les mandé un budín a los de la celda de enfrente y otro a José.
-Hiciste bien viejo- contesto su compañero-, que lástima que ese pibe este tan hecho pelota, tan bien que andaba afuera y cuando cayó empezaron sus ataques, yo antes me acercaba a él pero...no me habla como a nadie...
-Voy a ver si le gusto el budín- comento mientras se levantaba el "viejo" del suelo y se arreglaba el remiendo descosido del uniforme.
! Hola chango!-
-Humm-, contestó José
El "viejo" en voz baja señaló la partida de ajedrez que José estaba mirando.-Mira, si mueve el caballo cuatro alfil, las negras le hacen un desastre.
José molesto y sin prestarle atención volvió a retomar su andar. El "viejo" espero que este de dos vueltas y se puso a su lado sin hablarlo.
-Tuviste visita de tu familia el jueves, como te fue?"-
-Bien-
-Y los pibes?- Preguntó el "viejo".
José no contestó, siguieron caminando otras dos vueltas y el silencio no fue quebrado hasta que el
"viejo" volvió a intentar.
-Recibiste el budín que te mandé?-
-Fuiste vos- Pregunto José algo sorprendido.
Algo es algo, pensó el "viejo" y elaboró rápidamente para no perder esa pequeña apertura.
-Si, te gusto?, vos sabés que no sabía si hacerlo de azúcar quemada o de chocolate, pero al final le puse cacao. Para colmo no tenía pan duro, le puse el fresco que me dieron ayer, pero claro no es el mismo gusto.
José se paró al lado de la puerta de acero, tomo el cigarrillo del otro para prender el suyo y ya más interesado dijo:
-Yo me como siempre los cuatro pancitos a la mañana, así que me comí el budín caliente,.. Y vos, Le pones leche?, porque yo una vez quise hacer uno...primero puse el pan, después la leche pero se me apelotonó el pan.
-Bueno, algo así es pero hay que ponerlo la noche anterior en remojo enleche..., pero, vení, vamos a sentarnos en la equinita de la sombra donde esta el "tano" y te explico.-invitó el viejo.
-Al pelo, vamos-
El prisionero
Denuncia fue una de las publicaciones del exilio Argentino en el mundo. Fue fundado en Junio de1975 y se publicó hasta 1983. En el había una sección llamada El PRISIONERO donde se publicaban historias escritas por los presos políticos de ese tiempo.
Denuncia, Agosto-Septiembre de 1981
"Siempre en todas las cárceles Argentinas hubo un pequeño periódico editado por los presos políticos. En el se reflejaban las anécdotas del pabellón, cuentos, poemas, novedades, hechos risueños y también el pensamiento político que la dictadura pretende acallar.
Celda por celda, preso por preso, van circulando esas hojas de papel,por ser ella uno de esos pequeños sabores de la resistencia que se ejerce a la tentativa del sometimiento total del individuo por parte de la dictadura.
Muchos compañeros han sido torturados por poseer esos periódicos pero, a pesar de ello no lograron acallarlos totalmente.
Esta sección se encabeza con el nombre de uno de ellos El Prisionero. Tal vez su nombre sirva de símbolo y representación para los cientos editados en todas la prisiones y tiene el objetivo de unirse al Denuncia, para dar a conocer anécdotas, hechos cuentos, poemas, de la prisión, como forma de contar que es ella por dentro en lo largo del día, es una tentativa de la cuan deseamos la participación de todos aquellos que quieran hace llegar su colaboración.
El Prisionero nació en una cárcel del interior del país (Santiago del Estero), a fines de 1975 y vivió hasta finalizar el 76. Por supuesto que era clandestino y estaba sujeto a ser objeto de toda la ferocidad militar. Salía de "imprenta" domingo a domingo a la tardecita, compuesto de 4 a 6 hojas de carta tamaño chico dobladas, con lo que representaba unas 8 a 12 hojas. Títulos en gótica u otra letra sacada de alguna hoja de revista también escondida, 6 lápices de fibra le daban colorido y la "tipografía", era producida por una birome o bolígrafo común, en letras cuadradas.
Cada compañero aportaba con su artículo o bien con el dibujo para darle ilustración a la nota. En ello se trabajaba durante la semana y el sábado por la mañana todo estaba listo para empezar a cortar las hojitas, hacerle los renglones que luego se borraban, los títulos.....en fin, el domingo se lo escribía y era todo un acontecimiento en los pabellones cuando al final del día salía El Prisionero.
Un trabajo que necesitaba de toda la creatividad dada la carencia de información, momento critico que se vivía, pero que permitió de todos modos su salida hasta cumplir los 30 números.
Glosario
(Gracias a la recopilación de Pino)
Aunque muchos términos fueron comunes en las diferentes cárceles, los siguientes estan basados en el uso de la cárcel de Coronda)
20.840
La Ley 20.840, era la Ley de Seguridad Nacional por la cual se juzgaban todas las actividades consideradas subversivas (de hecho se la aplicaban a cualquiera por cualquier cosa). En la cárcel de Coronda se denominó así a una pastilla blanca de apreciable tamaño que era repartida por los médicos y por los enfermeros para curar dolor de cabeza, hepatitis, dolor de garganta, hongos y cualquier otro tipo de dolencia, enfermedad o malestar (de hecho se la daban a cualquiera por cualquier cosa).
Aguja
La clásica aguja de coser pero de fabricación artesanal. Las agujas verdaderas y los hilos de coser fueron requisados y estaba prohibida su tenencia, pero se sancionaba por tener el uniforme roto o los botones sin coser, ello originó la necesidad de fabricar agujas en forma clandestina. Se fabricaban con un trozo de alambre de escoba de 3cm de largo el cual se martillaba, en una de sus puntas, con el banquito hasta dejarle unos milímetros chatos, sobre este pedazo chato se comenzaba a trabajar con la punta de una hojita de afeitar hasta que se conseguía realizar el ojo de la aguja y luego se le sacaba punta al otro extremo. Este trabajo podía llevar alrededor de los 4 o 5 días realizarlo.
Agujeritos
Grupo de agujeros de ventilación realizados en parte inferior de las puertas de las celdas. Eran 10 agujeros distribuidos en dos filas de 5 cada una,
Tenían un diámetro aproximado de 2.5cm a 3cm. Fueron uno de los elementos esenciales en la lucha de resistencia de Coronda por allí se sacaban los periscopios.
Bagallo
Bulto que se hacía para llevar las pertenencias de cada preso cuando este era trasladado (de celda, de pabellón o de penal). Se hacía con una frazada donde su ubicaba todo en el centro y luego se anudaban las cuatro puntas.
Bandera
Circulo de metal con un diámetro similar a un plato, que estaba unido a la parte superior de la puerta de cada celda,por un brazo articulado con
resortes que se accionaban presionando un botón desde el lado interior de la celda. Servían para llamar a la guardia en caso de que el preso necesitara su presencia. Al presionar el botón el brazo articulado se extendía permitiendo al guardia ubicado en la jaula al inicio del pabellón ver desde que celda lo estaban llamando. Es necesario aclarar que ninguna funcionaba.
Banderita
Herramienta de características similares a las banderitas que se usan para agitar en los desfiles consistente en un trozo de tela plástica con un palito por mango, y que servía para armar cigarrillos con el tabaco y el papel. Con el tiempo su uso se perdió porque se aprendió a armar cigarrillos con los dedos, cosa que era mucho más práctica.
Banquito
Mueble existente en la celda consistente en un banco de metal con asiento circular y base de tres patas, servía para subirse a la ventana para charlar,
palomear, para sentarse, para martillar.
Barra
Barra de acero ubicada a todo lo largo de cada ala del pabellón que permitía trabar todas las puertas de las celdas al mismo tiempo, o permitir su
apertura. Era accionada desde la jaula.
Barrido
Acción conjunta previa a la instalación de las flores. Consistía en que todo un sector o ala del pabellón se tiraba al suelo a mirar por debajo de la puerta o por los agujeritos a los efectos de garantizar que no hubiere ningún guardiadentro del pabellón lo que permitía sacar los periscopios y comenzar los turnos de los floreros.
Bemba
Esta palabra proviene de "Radio Bemba" que era una radio de los revolucionarios cubanos durante la resistencia al régimen de Batista. Simplificada a "bemba", era: una noticia que era recepcionada por alguien y luego distribuida oralmente. Esto daba lugar a múltiples deformaciones, amen de desconocer la certeza de la fuente y de la información. Esta realidad hizo que las "bembas" fueran utilizadas por las autoridades para producir confusión o desinformación. Todo era pasible de ser transformado en "bemba". Lo que daría la acepción más correcta de: una noticia o información de dudosa fuente y de dudosa credibilidad y que tendía a crear confusión. Ej.: En una oportunidad, estando el pabellón 3 habitado por los comunes, comienzan a realizar en el mismo trabajos de plomería y mantenimiento en las celdas del "3"; de allí surgió la "bemba": estaninstalando bidets, van a traer a las compañeras presas al "3". También se denominaban "bembas" a las noticias que hacían llegar los familiares a través de las visitas, pero estas se comunicaban por canales más orgánicos lo que garantizaba la fidelidad y veracidad.
Bicha:
Termino usado entre las presas politicas para denominar a las guardianas.
Biorse:
Baño de los patios del penal de la Plata.
Bosteca
Guiso de mondongo con porotos, papas y zanahorias (buseca). Generalmente incomible por la calidad e higiene del mondongo, se separaban las verduras y tiraba el resto.
Cajetear
Vocablo perteneciente a la jerga de los presos comunes. Proviene de "cajeta" en alusión a las mujeres y significaba soñar, delirar o dejar vagar la mente pensando en alguna cosa añorada y placentera. Se podía "cajetear" con la libertad, con la familia, con la compañera, con alguna comida,con algún recuerdo, con cualquier cosa que sirviera para evadirse mentalmente de la situación que se estaba viviendo. Este término no existe en el idioma castellano, y debe ser considerado como un neologismo.
Cantina
Proveeduría del penal. Los presos, según las distintas etapas que trascurrieron en Coronda, podían comprar en la cantina, con el dinero que le depositaban los familiares determinadas mercaderías de uso diario y algunos alimentos: jabón, hojitas de afeitar, dentífrico, tabaco, papel para armar cigarrillos, cigarrillos, papel higiénico, fósforos. Constituía un beneficio que era dado, quitado o mezquinado según la dureza del régimen.
Canuto
Materiales o elementos escondidos (embutidos). También se usaba este término en la acepción de "guardado" y "castigado" o "retenido". Quedarse en la celda era estar encanutado. Si alguien estaba castigado: lo encanutaron a fulano. Para dar a embutir algo era: encanutame esto o, guárdame el canuto. También podía ser usado como sinónimo de embute.
Caramelos
Envoltorio de papel plastificado, envasado al vacío que contenía información secreta de los presos políticos, y que podía ser ingerido en caso de
requisa. De tamaño chico, posibilitaba su recuperación intacta de entre las heces.
Carbones
Parte interna de las pilas formadas por un cilindro de grafito que se utilizaba para escribir reemplazando a los lápices, biromes y demás elementos que estaban prohibidos.
Chanchos
Celdas de aislamiento y castigo especiales que formaban parte de la estructura original del penal y donde eran enviados los presos comunes y, hasta la construcción de las tumbas, los presos políticos para cumplir sus sanciones. En la mayoría de las cárceles, siempre se uso el término para definir las celdas de aislamiento y castigo.
Chufo
Calentador eléctrico de agua, se realizaba con dos pedazos de cable, dos trocitos de hoja de afeitar y dos pedazos de plástico. Este engendro se
Sumergía en agua y al conectarlo a la corriente (normalmente a la rosca de la bombita de la luz) se producía el paso de corriente eléctrica de un polo al otro lo que calentaba el agua. A raíz del uso sin control de estos artefactos, en varias oportunidades saltaron los fusibles del pabellón e incluso de una zona más grande del penal (evidentemente ninguna autoridad se explicaba porque saltaban los tapones). Esto originó, a partir de una alarma generalizada que hizo correr riesgos innecesarios al conjunto del pabellón, que se tomaran medidas para hacer funcionar los churos siguiendo estrictos turnos de uso.
Disciplina
Pabellón especial al frente del penal donde se encontraban los chanchos. Tenían guardia diferenciada de la de los Pabellones de alojamiento.
Economato
Fondo común de dinero y de mercaderías compradas en la cantina que eran administrados según criterios fijados por los mismos presos y distribuidos siguiendo normas de necesidad y equidad. Ej.: los que fumaban tenían cigarrillos pero menos dulce que los que no fumaban. El economato fijaba las normas de lo que se debía comprar en la cantina, acorde a la cantidad de dinero que había y a las necesidades consideradas prioritarias.
Farmacia:
Los medicamentos se manejaban como parte del economato.
Embute
Escondite, lugar donde se ocultaban las cosas que no era permitido tener o que por su contenido o esencia no debían ser vistas por las autoridades. Podían ser fijos o móviles. Los fijos se construían en las celdas (un pequeño hueco en la pared, disimulado con una masa elaborada con miga de pan y coloreada con pintura raspada de la misma pared y arena), los móviles servían para trasladar material (revistas, documentos, cartas) estos se usaron en épocas en las cuales era posible disponer de algunos artículos que luego fueron prohibidos; el ejemplo más común sería el envase de cartón y metal del talco (muy prolijamente se desgastaba el fondo de metal del envase, lo que permitía confeccionar una tapa, posteriormente se le agregaba un doble fondo al envase con el resultado de tener talco arriba y el material embutido abajo con acceso por el fondo desmontable).
Enano
Inodoro, también se denominaba "biorsi"
Espejo
Sistema de control usado para el barrido de la zona cercana a la puerta de cada celda, a los fines de garantizar que no hubiere ningún guardia en las cercanías. Consistía en tirar un poco de agua en el borde inferior del marco de la puerta lo que formaba un pequeño charco de agua que actuaba de espejo y por reflexión se podían ver las piernas de los guardias si estaban escondidos en la zona a la espera de que los presos sacaran los periscopios.
Fajinero
Preso encargado de las tareas de limpieza, repartir la comida, y realizar tareas de tipo doméstico en el pabellón. Su número variaba entre los 6 a 8
compañeros. Se los seleccionaba entre los presos menos comprometidos en sus causas. Esto quedaba librado al criterio del jefe de guardia.
Locutorio
Habitación usada para las visitas de familiares a los presos políticos, estaba dividido por un vidrio que impedía el contacto físico, se usaba un teléfono como medio de comunicación, las conversaciones eran controlada por la guardia.
Florero
Compañero que estaba cumpliendo turno en el sistema de flores.
Flores
El sistema de vigilancia (campanas), implementado por los presos para vigilar a los guardias cárceles, y posibilitar así todas las actividades (políticas o recreativas) que desarrollaban los presos. El sistema era implementado por todos los presos, con coordinación de turnos, horarios ordinarios y especiales (nocturnos) y con distintos elementos, pero la herramienta básica de "las flores" era el "periscopio".
Garrón
Esta palabra tenía dos acepciones: el trozo de carne, cartílagos yhuesos de la rodilla de las vacas que venía incluido en la sopa del rancho y, aquellos presos que eran inocentes, en gran parte de lo que se los acusaba. También se lo usaba para decir que alguien o uno era inocente de lo que se lo acusaba o de por que se lo sancionaba. Ej.: me comí un garrón (me castigaron, pero yo no fui).
Gervasio
Anécdota sobre las pastillas de carbón.
Iguales
Término empleado por los guardias para denominar a los presos en su conjunto. Ej.: forme con sus iguales; esta sancionado por hablar con sus Iguales.
Interno
Término utilizado por la administración carcelaria para denominar a los presos en general.
Irene
Operaciones secretas, destinadas a minar la moral del enemigo, sensibilizar a los guardia cárceles, mediante simulacros, teatralizaciones de ataques de nervios y/o intentos de suicidio.
Iza
Palabra que significaba la voz de alarma dada por el florero para abandonar todo tipo de actividad y guardar lo que no correspondía tener. Esta palabra era consensuada por zonas geográficas y era cambiada periódicamente para evitar ser reconocida por los guardia cárceles. En los turnos especiales (nocturnos, la palabra era reemplazada con un sonido específico: escoba que se cae, jarrito que se cae, tos, estornudo; o visualmente trabajando en equipos. Ej.: Camilo, José, Pedro....
Jarrito
Jarro de aluminio con asa de metal negro y con capacidad de 3/4 litro, usado para tomar el desayuno, la sopa, hablar con el vecino y miles de usos
más.
Jaula
Parte delantera de cada pabellón, separada del resto por rejas. En ella se encontraba la guardia, el teléfono y el control de apertura masiva de las celdas mediante "la barra".
Jefe
Guardia cárcel, término de uso coloquial para llamarlos o conversar con ellos. Ej.: Oiga jefe. Me dijo el jefe tal. Jefe puedo hacer tal cosa. Etc...
lampazo
Instrumento usado por los fajineros para pasar el trapo (lampazear) en el pabellón. Estaba armado por un palo redondo de unos 2 mts. de longitud con un palo redondeado en el final a modo de secador, donde se enganchaba el trapo de piso (pedazo de frazada cortada).
lateral
Alas de celdas ubicadas al inicio de los pabellones y que se unían con los otros pabellones.
Mamitas (los)
Aspirantes a guardia cárceles que venían a los pabellones de políticos a hacer la práctica final de su carrera de guardia.
Mecha
Espiral de confección casera. Se realizaba con papel higiénico muy retorcido o con trozos de trapo muy retorcidos. Eran medianamente efectivos
para los mosquitos y totalmente insoportables para los humanos.
Mono
Era el bulto que debía hacerse, con el colchón, las sábanas, la frazada y la almohada, todos los días al levantarse y destender la cama. Debía estar hecho antes del cambio de guardia y debía ser perfecto: el colchón doblado en tres con la almohada en su interior sin que sobresalga, las sábanas y las mantas dobladas del mismo ancho del colchón y puestas encima, todo ubicado en la cabecera de la cama. También se usaba el término "mono" en lugar de "bagallo".
Ojo de buey
Mirilla visor ubicada en la puerta (agujero de 2cm., sala) protegido por un vidrio grueso, con tapa removible del lado de afuera, que permitía a los guardias vigilar espiar a los presos en cualquier momento del día y de la noche.
Paloma
Esta término proviene de la jerga de los comunes. Se refiere a una soga, cordel, hilo, etc. Utilizado para pasar cosas (libros, remedios, comida, etc.) de una celda a otra (desde una ventana a otra) por la parte externa del edificio (pabellón). En las primeras etapas era de uso permitido. Con práctica se podían llegar a pasar cosas hasta a tres o cuatro celdas de distancia, balanceando la paloma desde el tercer piso del pabellón, en estas épocas se utilizaba también para tomar mate con el compañero que tenias en la celda de abajo (se ataba el jarrito a la paloma y se ponía el mate dentro del jarrito). Con el endurecimiento del régimen su uso fue prohibido siendo causa de sanciones su uso o tenencia. En un primer momento se confeccionaba con cualquier trozo de hilo fuerte, a partir de su prohibición y la carencia de materiales apropiados se comenzó a elaborar siguiendo los criterios de: ser de color oscuro (para evitar ser vista) y, de material muy fino y resistente. El material más apropiado que se encontró fue el nylón de las medias. El sistema de confección consistía en destejer una media de nylón y a la fina hebra así obtenida se la comenzaba a retorcer hasta lograr un muy fino cordel de nylón de dos hebras retorcidas y de 4 a 5 metros de longitud. Este tipo de "paloma" era muy fácil de esconder. Era criterio disponer de dos palomas, una de fácil acceso para uso cotidiano, la otra se disimulaba o se escondía en los ruedos de los pantalones, o en el tejido de un pulóver, lo que garantizaba no perderla en caso de traslado. Nunca fue interrumpido su uso durante la permanencia en Coronda, ni aún en los momentos más difíciles. Bájame la paloma. Tírame la paloma. Mándame la paloma. Palomear (hacer uso de la paloma)
Periscopio
Sistema de espejo simple o múltiple, que servía para observar a los guardias de Coronda, por los agujeritos de la puerta de la celda, en su desplazamiento por el pabellón (ver flores). Confección: con el metal del tubo de pasta dental se hacia un molde cuadrado de 1cm por 0.5cm, como un ladrillo. Se pasaba el humo de un fósforo por una de las caras de un pedacito de vidrio del tamaño del molde, en el molde se fundía un pedacito de plástico de la tapa del dentífrico y allí se enterraba el vidrio. Una vez frío, se lo afinaba con una "yile" hasta que quedara de unos 3 o 4 milímetros de espesor. Con la aguja caliente se le hacia un agujerito en la parte plástica por donde pasaría una pajita de escoba para poder introducirlo y sostenerlo por debajo de la puerta y mirar los movimientos de los guardia cárceles. Se encautaba entre la encía y el labio. Cada uno llevaba allí un periscopio. Además de otros canutos.
Posta
Noticia o información básicamente certera, que se obtenía por medio de familiares, o por la llegada de compañeros nuevos, de reciente detención.//Posta-posta: reafirmación de que algo era muy cierto.
Papillón
Esconditede objetos prohibidos: los presos políticos se introducían por el ano, hasta el recto, un tubito plastificado que servía para guardar información ultra secreta. Debía ser de dimensiones reducidas y bordes redondeados, para no dañar el intestino.
Pastenaca
Término de la jerga carcelaria. Son los remedios psicotrópicos.
Pata negra
Guardia cárceles miembros del servicio penitenciario, integrantes de la Guardia Armada, encargada de la custodia externa del penal, de los traslados y de las requisas especiales.
Radio Reja
A fin de evitar que los presos políticos hablaran, desde la reja de la jaula se ponía en funcionamiento una radio, enganchada a unos altoparlantes, que difundían música todo el día dentro del pabellón.
Rancho
Comida diaria. Se anunciaba con un grito dado por el fajinero: Raaaannnnchoooo. Era repartido celda por celda.
San Fachone:
Apodo puesto por las presas politicas de Villa Devoto al cura del penal. El apodo mismo sintetiza la ideología del cura. El decía que antes de ser cura y servir a dios el era miembro del servicio penitenciario. Uno de los principales "consejeros" para firmar el arrepentimiento ideológico incentivado por los militares. Un familiar en una oportunidad empezó una entrevista con el cura diciéndole "Padre San Fachone", convencido que ese era el verdadero nombre del cura.
Sobaco Ilustrado
Hace referencia al "Diccionario" de dichos de "Sobaco". Este era un personaje, carcelero muy bruto, que siempre tenia en la camisa una aureola hasta la cintura del sobaco transpirado. Cuando un prisionero decía algo fuera de lugar se le preguntaba si lo había sacado del Sobaco Ilustrado.
Por ejemplo decía que como en las fábricas, los presos eran mi materia prima de la cárcel. O cierta vez que encontró un mecherito para hacer luz, lo levanto, estiro la pierna como bailando el can can y pregunto a los otros guardia cárceles si se parecía a la "estatua de la libertad".
Teléfono
Jarrito de metal. Dos jarritos, puestos más o menos cerca el uno del otro, de un lado y del otro de la pared, se podía hablar como por teléfono. Para hablar, se apoyaba el culo del jarrito contra la pared y se hablaba en la boca del mismo y para escuchar se apoyaba la boca contra la pared y la oreja contra el culo del jarrito.
Tumbas
En la jerga carcelaria se denomina tumba a los trozos de carne medio hervidas, medio cocinadas, medio crudas, grasosas y con muchas fibras sancochadas que suelen venir en los guisos o pucheros carcelarios. En la jerga de los presos políticos de Coronda se denominaron tumbas a los calabozos de confinamiento solitario ubicados en los laterales de los pabellones, hechos especialmente para cumplir las sanciones en forma aislada. Consistían en celdas comunes a las que les fueron tapiadas las ventanas y anulado todomobiliario, quedando solamente el inodoro y la piletita para lavarse. Las sanciones consistían en determinada cantidad de días en esas tumbas donde no se podía hacer nada excepto caminar, pensar, hablar solo, cantar, etc. En voz baja porque sino la sanción era aumentada. Al toque del silencio 22 hs a 6 hs se les daba a los sancionados un colchón y una frazada para dormir, en casos especiales de encarnizamiento estas comodidades eran anuladas.
Ventanita
Pasa plato. Abertura instalada en las puertas de las celdas que se cerraban del lado de afuera con pestillo. Sus dimensiones eran de 40 x 20. Servían para introducir o sacar los elementos de uso cotidiano de las celdas sin abrir las puertas (comida, notificaciones, remedios, etc.)
Verdugueo
Acción de martirizar, molestar, embromar al preso de alguna manera (física o sicológicamente). Fulano de tal es un "verdugo" (refiriéndose a algún guardia al que le gustaba joder a los presos). Es una "verdugueada" (al sacar algún beneficio). No seas "verdugo", por, no seas jodido.
Voleo
Traslado de celdas masivos o traslados de cárcel. "al voleo". Hubo voleo. Hay voleo.
Yuga
Todos los miembros del servicio penitenciario de la provincia, o miembros de las fuerzas de seguridad. Covani, taquería, tira, botón, empleado.
LA LEY DE LA MEMORIA
Jorge Alberto Barquero
El penal. Bajo, extendido e iluminado en la noche. Reflectores fijos yoscilantes de luz intensa, cegadora, redescubriendo eternamente un muro antiguo pintado a la cal. Lo espié por la mirilla esmerilada del vidrio de aquel transporte de presos que me tenía como único pasajero. Lo espié y no sabía aún, no intuía siquiera, que estaba frente a un submundo en constante crecimiento, cuyo status de duro castigo viviente, lleno de crimen y pecado, lo era también de una actitud cínica de la justicia y su demorado deseo de formar nuevas conciencias.
Consignas, empalizadas, códigos, garitas, tacones, corredores, contraseñas, identificaciones, gestos disciplinados y breves en la bienvenida. Planillas. Sellos, planillas y más guardias. Mi nombre incrustado en el delito a fuerza de ser repetido una y mil veces. Por fin, la última frenada, minutos de espera, la puerta del transporte que me invita, ya abierta, a dar un salto a tierra y yo ahí, con mi mochila de ropa y de ruindades, obligado a dejarme tragar por una boca negra que me
conducirá a paredes satinadas del olor persistente del encierro. Esa boca negra en donde mi historia será una más entre miles de historias miserables. "Una historia que llega", pensé. Y qué poco, a veces, tiene la vida para ofrecernos.
Pabellón seis. ¡Qué lástima que fuera seis! Seis es débil. Mejor hubiese sido siete, o setenta y tres. O pabellón dieciocho. Algo más fuerte, un número que lo definiera. Algo que, con el vigor del lenguaje, lo explicara con más acierto. Aun sin conocerlo. Pabellón seis. De perdonable y consentida dejadez. Marchito y agotado de crónicas confusas. Perezoso instrumento de un trasnochado reglamento carcelario que da por entendidas demasiadas cosas. La principal: sacar la
escasa aptitud reformadora del interno de su ubicación en la mente y el corazón para vincularla a los músculos y los nervios.
En el pabellón seis encontré un enclave de presos signados por sus antecedentes y malestares, a expensas de una autoridad oscurantista que sabe, incluso, deformar sus pasados y sus presentes -los de los presos- con la consecuencia de un devenir anunciado que abarcará una parcela fértil en una hoja de informes. Me bastaron un par de meses allí adentro para que pocas cosas me sorprendieran. Y no a mí ni a nadie. Todo permanecía bajo control: los rayes, las broncas, las maquinaciones y la inmediatez de una muerte. Todo. El destino, sin embargo, me tenía reservado un hallazgo. Un hecho que supo escapársele a la más intuitiva y perspicaz de las mentes represoras del ser. Una historia trágica. Y cuando pienso trágica lo pienso a la manera en que no pueden sentirse las historias entre esas paredes.
Familiarmente llamado "de manyada", el pabellón seis daba hospedaje, hasta el último día de su encierro, a los internos que inquietaban a las autoridades y a los celadores. El interno, allí, no se preocupaba por su conducta. Y a pesar de ser un pabellón de extrema seguridad, todos los muchachos aspiraban a caminar las
calles antes de tiempo. Se lo veía en sus ojos y en sus silencios. Las celdas se cerraban a una hora temprana y se abrían por la mañana en la lista. Eran doce horas de aguantar esfínteres, enfermería y oscuridad, entre otros placeres. Pero observé que nadie pedía el libro de quejas. Ahí dentro, los presos eran más sufridos que el propio pabellón. Y de todos, mi compañero de celda se llevaba las palmas. Como nadie al borde de la resignación y del sufrimiento callado. Y él sin saberlo. Al final de la única confesión que le escuché una noche -y que tiene que ver con la trágica historia aquella- me agregó un pedido. En lo oscuro, le juré a su silueta y a mi manera que jamás asociaría yo su nombre a tal historia. Así, entonces, siempre lo pensé Rojas. Que es una manera. Alto, de complexión robusta, Rojas, invierno o verano, cubría su cabeza con un gorro de piel de nutria al modo de un kulak; y toleraba con agrado el apodo Soviet. Se hallaba de paso en el penal por una reclusión perpetua: dos boletas -ahora pagas- debidas a una mejicaneada entre piratas del asfalto. Un par de descalabros cometidos en su estadía en la cárcel de encausados habían agravado su pena. Ni él podía calcular el día de su libertad. Amaba a Cuba a partir del bloqueo yanqui; lo ponía fuera de sí cualquier charla que pasara por el apellido Hitler. Y ni sentir hablar del holocausto. Ahí su furia se traducía en impotencia, al punto de hacer parir post-mortem y entre sus manos a las nutrias estrujadas de su gorra. Por esas dos razones se convirtió, en la cárcel, en un fanático lector de Hemingway. Por las noches, al quedarnos a oscuras, nos acercábamos a la ventana alta, enrejada, y mateábamos de lo lindo dos o tres pavas. Lo hacíamos callados y de cara al cielo, y la cosa, entonces, me sonaba a ceremonia. Rojas, jugaría con sus recuerdos: una mujer, quizá un hijo, un hermano, tal vez un padre; pero sólo en una ocasión habló de su familia. Haciéndole pata, y tomada aquella ya no supuesta ceremonia como un rito de iniciación, tampoco yo le hablé de mi pasado. Y fue en esa celda que comencé a escuchar voces. Intensas. No eran las nuestras y venían desde la celda, ahí, sus paredes. Durante meses, y compartiendo el tabaco, el jabón, la comida y el tarro para defecar, aquel compañero de techo sólo habló de su causa y de su autor favorito. Y ahí fue que se le vieron los conejos en la manga: según su feliz adaptación y versión para presos, las aventuras de Hemingway o se enriquecían o terminaban en un caos afortunado. El combatiente de Adiós a las armas terminaba sus días mordiendo la arena de una plaza de toros -Valencia, creo- y despechado por su enfermera, la que, a esas alturas, vivía un romance infernal con otro convaleciente y en otras alturas: el Kilimanjaro. "Cuantimás se me piantará algún punto" me explicaba complacido y sin creérselo. En París era una fiesta, el muchachito de la generación
perdida, en una mesa de bohemia perdía una apuesta grossa: pescar un pez espada en territorio alemán. El joven acababa con su pelo rasurado y espiando a favor de los alemanes. Enviado al África, se ganó la confianza del general Patton y, al mando de uno de sus tanques, derribó un león de un cañonazo y la foto nunca llegó a París, a la mesa de aquel bar. Antes doblaron las campanas y se tuvo que pegar un tiro con su escopeta. Rommel algo tuvo que ver.¿Lo descalificaba esto a Soviet Rojas? Seguro que no. Su magia lo resguardaba de imágenes y sensaciones que mejor no preguntar. Y en una persona, yo, en mi carácter, vino a dar con el tipo que, mientras chispeaba las Tres Marías, le agradecía esa vuelta más de tuerca dada a la misma fantasía, ya que con la realidad la llave inglesa se había gastado
inútilmente.
Y siempre las voces. Intensas. Desde el centro de la celda, desde sus paredes y a mi alrededor. Como un aura. Suelo reírme de determinadas supercherías. Siempre las combatí. Pero juro que esas paredes deseaban contarme cosas. Y que antes de hacerlo, se disponían a preparar mi espíritu para no ser desoídas. Yo las capté. Esas voces me sabían un pasajero en el tiempo y pretendían no dejarme ir sin antes transmitirme lo que yo ya sabía eran existencias. A quien o quienes hayan sido, les pido que se queden tranquilos. Yo los escuché.
Fue en ocasión de una de esas lentas noches, sentados frente a nuestra ventana, que Rojas habló largo por primera vez. A su hablar, modesto y llano, no le cicateó la consistencia cuando una afortunada inspiración lo enfrentó con la palabra adecuada:
-¿Tenés hijos, vos?
Recuerdo, nítidas aún, que desde más allá de la ventana venían amortiguadas, dulces, las notas simples del kaspichaqui -un flautín lleno de agujeros- del colla Meléndez.
-Dos, Rojas.
-¿Los acariciás por las noches?
Sigo mirando el cielo sin saber qué contestar.
-Yo los acaricio a mis dos hijos ausentes. Yo los acaricio y pienso en la droga allá afuera, y también la veo a Marga con ese, su teñido de
entrecasa, asomada al puchero, muerta de risa... Pero ella es otra cosa. A ella de pedo no la maté.
-¿Su esposa, Rojas?
-Mi esposa, como usted dice, sí. De filito, una mina bárbara, la ideal. Marga. Pero cuando la mandé a mujer me aflojó.
Mueve los pies por debajo de su silla y suspira hondo:
-Y yo recién me enteré a los años, como una marmota. Y por ella no dejo de pensar en el rufián, en la traición y en la consagración del macho
argentino. Y lo veo al viejo, a él, deslomado diez, doce horas en una fábrica que le renovó heladera, televisor y ganas y pienso en los escruches
que ni saben a quién le roban. Y que por ahí matan, los hijos de puta.
Me pide un cigarrillo. Nunca lo vi fumar.
-A la vieja veo. Al banco a cobrar sus pesitos de toda una vida de laburo; ignorando que un guanaco arrebatador hace la cola desde el bar de la esquina. ¡Pero, guarda la mano!, me veo en el espejo y pienso en un hipócrita más. Son momentos, está bien. Porque después la radio o el diario me dice de gente, de amigos del poder, ñatos con cargos públicos, me espabila que la joda de la delincuencia viene de etiqueta y protocolo con un aire renovado de bienestar y de cinismo. Embaucadores que no precisaron oler pólvora ni ensuciarse las manos con sangre igual que la nuestra. No son comunes, algún día lo serán, hijo. Por eso ahora no se los llama delincuentes comunes. ¿Ve? ¡Ahí está! ¿Clarito, vio? Porque la gilada cree que delito común y aberrante es matar a sus propios padres. Pero la gilada
ignora los límites de la mente. No sabe que hay cosas de las que no se puede escapar. Y hay un resto de gilada que comprende que un loco vaya y mate, pero si no está loco es mil veces mejor que se pinche y se lleve su trauma a la tumba. Y todo vuelve a estar bien. Y alguien en pleno siglo veintiuno dirá un día viste ayer murió Choclender y recordarán el auto chorreando sangre en tal calle, no me acuerdo ni me importa y todo vuelve a estar bien.
Le acerco el encendedor en la oscuridad pero no me ve. Está solo.-Alguien también, en pleno siglo, en el mismo siglo comentará fijate vos quién murió: la jueza Servini de Cubría. ¿No jodás? ¿Qué no? Acá está, te leo. Y lo leerá: esposa amantísima, madre o tía ejemplar, figura señera, que se dice, de la justicia, en una labor que no supo de renuncia... y sus restos serán velados en ¿Y por qué no todo vuelve a estar bien? Me pide fuego y enciende su cigarrillo:
-O sea... fueron y uno es nada, hijo.
-Usted piensa, Rojas. Ya es mucho.
-Yo soy una engaña pichanga, hijo. Aunque el problema no pasa por ser nada; pasa por ser menos. Si sos nada estás en cualquiera y en ninguna, una
situación ideal. Si sos menos sos un fracaso. Si sos nada estás alistado. Si sos menos estás bien listo, creémelo.
El Soviet Rojas, allá en la cárcel, cuidaba el césped que rodeaba el penal. La manzana entera y sin custodia. Demoraba un sol completo en pegar la
vuelta. Cuando decidió fugarse, empezó a cavar un túnel en su celda. Lo descubrieron. "¿Qué? ¿Escaparme como los giles? ¡Estás loco!". Así le decía
a quien lo escuchara y se explicaba a sí mismo.
La confesión de un hombre rudo. Hecho al encierro y al mal trato. Cambiando malas por peores con una íntima parada en la desesperanza.
Las notas del kaspichaqui del colla persisten en la noche. Es un reposo dilatado y necesario.
-¿Buena música, no, Rojas, ese colla?
-Mojiganga, hijo. Un grito en la aldea.
-¿Un grito en la aldea?
-Un grito en la aldea, hijo. ¿Usted sabe cómo se hacían los censos en la América casi virgen, esos conquistadores? Le cuento: entraban a una aldea
y, póngale, cometían una tropelía. Ahí, los indios a los gritos. Contaban los gritos no los indios. Cuando pacíficos, al español no le interesaba
saber el número; cuando enemigos, sí. Como a casi todo el mundo ¿no?
-¿Entonces?
-Entonces que esa música son los gritos, hijo. Con ella los guardias cuentan a los que todavía soñamos despiertos. Piénselo.
Sin pedir mi aprobación, carga una pava con agua y la sube al calentador.
-¿Sabía, hijo, que en este pabellón seis estuvo detenida la gente de la orga?
-¿La orga?
-La orga, sí. Subversivos.
-¡Ah! detenidos políticos.
-Subversivos, sí, pero estaban más jodidos que nosotros ahora. No podían escribir, no calentador, no estufas, no radios, no visitas ni de amigos, ni
de familiares y ni de abogados. Nada de ajedrez, nada de deportes. Ni encomiendas, ni bagayos, nada. Ni audiencias. Ni audiencias con los capos
de acá. Estaban los milicos y fue bravo, muy bravo.
Se interrumpe para sacar la pava del fuego. Antes de apagarse, las llamas me advierten, en un destello, del codo repujado en años de Rojas.
-Había un suboficial, recuerdo, ¿milico, no?, Pérez. Miguel Ángel Pérez.
Estaba orgullosísimo de su destreza con el cuchillo. Entonces, se divertía con los detenidos cuando ingresaban.
-¿Se divertía?
-Sí. Les hundía el arma en la espalda, por abajo, cerca de la cintura. Lo hizo una, dos y muchas veces. Lo hizo con un pendejo Birt y con un tal
Sgandurra. Bueno... este último falleció y después ¿sabe qué?: lo dieron por muerto en un enfrentamiento, en la calle. ¿Bravos los milicos, no?
-¿Y ustedes sabían de esto?
-Y, sí. Sabíamos y había cosas que veíamos. Yo y mil más. ¿Son versos? Vaya y pregunte. Junte a aquellos mil.
-¿Y eso pasaba, Rojas?
-¿Si eso pasaba, me pregunta? Sí, hijo, claro que pasaba. Acá y en el país. Con la diferencia que los testigos, unos éramos presos y no importábamos, y
otros éramos cobardes y entonces importábamos menos.
-Pero habría jueces acá, en aquella época.
-De la Cámara Federal. Pero sometidos a la Gran Justicia. Mire: abajo de esta ventana, ahí este patio. Si ese patio hablara... Me acuerdo, recuerdo
un 5 de julio en el primer año del quilombo ¿no?, del 76 le hablo; todavía la mañana no había empezado a enclarecer y ya los muchachos del pabellón
seis hacía como tres horas que estaban con las manos contra la pared, en el patio, le dije, mientras los milicos requisaban las celdas, estas celdas. Y
a un muchacho, Bauducco, se le cayeron los brazos y uno de los milicos lo derribó de un bastonazo. "Levantá los brazos, levantá los brazos!" le
gritaba el Pérez ese con su pistola reglamentaria en la mano. "No puedo, señor, no puedo", decía Bauducco. "¡Levantate, levantate!" le repetía Pérez
y le apuntaba a la cabeza. "No puedo", volvió a decir el pendejo. ¿Sabe lo que hizo Pérez? Levantó la vista, buscó la aprobación del jefe, teniente
Mones Ruiz -él era me acuerdo- y el disparo retumbó en todo el penal.
Hace una pausa. Ahora del flautín del colla viene un yaraví alegre, inoportuno. Soviet Rojas se pasa el dorso de su mano por la boca.
-Todos. Todos los detenidos del pabellón seis y los presos comunes que estábamos en el ocho presenciamos el crimen.
De nuevo una pausa. Creo que a Rojas le está costando hablar.
-Y un día, hablando con el padre Lucchese, que era el capellán, me contó que ese 5 de julio cuando entra al penal, al pasar por la guardia alcanzó a ver el cadáver ahí adentro. Lo vio de refilón, me contó, porque había un milico parado en la puerta y no dejaba
Un acceso de tos le impide seguir hablando. A la par, llena un mate y me lo alcanza. Algo murmura y es como si tomara envión:
-Otra le cuento: esto habrá sido como a las dos semanas, a los diez días de este hecho que le conté. Había tres muchachos acá afuera en el pasillo de este pabellón, limpiándolo. No va que viene un preso común y le da un paquete, creo que era de sal, a uno de estos tres muchachos, un tal Moukarzel. Moukarzel era esa clase de tipos al que usted va, lo cruza, lo saluda, le pregunta cómo anda, y él se para, lo para a uno, y le empieza a contar como le anda. Así. Y así en una de esas aparece justo un teniente.
No vio nada el teniente, sólo un movimiento raro, pero lo hizo sacar a Moukarzel del pabellón y se lo llevó abajo. Un tipo peligroso el teniente, de los que insultan y amenazan con las manos tranquilas, en reposo. Y ahí lo tuvieron un rato largo. Cuerpo a tierra, salto de rana y meta patadas.
El teniente era Alsina, Adolfo Alsina. Y le cuento, fue algo terrible para todo el penal; los presos, por supuesto. Fue como una doble agonía: la de Moukarzel y la nuestra. Me imagino sus compañeros. Lo pusieron en el patio, vea. ¡En el patio! Donde desde cuatro pabellones..., yo lo vi de lejos, lo vi como todos. Primero aguantó, pero a medida que le tiraban agua fría... ahí sí que gritaba Moukarzel. Pleno invierno y a baldazos de agua fría queriendo dominarle los ideales, vea usted. Y por allí andaba el milico ese Alsina sacando pecho. Y nosotros no entendíamos nada. Lo que entendimos, sí, después, fueron los golpes de cuando le clavaban las estacas. A Moukarzel. Estaqueado, el pendejo; en calzoncillos y con piedras abajo del cuerpo. Recuerdo que lo llevaron al negro Magallanes, un preso común, para que le echara agua. Pero llorando, Magallanes se negó. Tuvieron que hacerlo ellos. ¡Si usted viera el frío que hacía, Dios mío! Esa medianoche.
Pienso que ya basta, que Rojas no va a seguir hablando. Pero no:
-A las doce y media, o sea a la madrugada ¿no?, le sacaron las estacas y se lo llevaron a la enfermería. Y ahí, Alsina, no quiso que lo reanimaran.
"Dejá que se atienda solo, total es médico", dijo. Esto me lo contó el enfermero Fonseca, un buen vago. Todavía está. ¿Y Moukarzel? Moukarzel murió a la una, una y cuarto. Y había un oficial, Fonseca se debe acordar, que tenía un bastón de goma y ahí nomás empezó a golpear el cadáver en la espalda mientras decía "Me la pagaste hijo de puta".
-¿Y ustedes, Rojas, hablaban en los pabellones, en las peñas, en los recreos?
-Nooo, estábamos todos con un julepe bárbaro. ¡Si los milicos era como si el mundo fuera de ellos! Y yo... uno se viene grande y así la cobardía te pasa por encima.
-¿Pero todos los milicos actuaban así?
-Decime, hijo: ¿Alguna vez supiste de un regimiento, alguna compañía, un batallón siquiera, que se haya sublevado en aquel tiempo? No, ¿no? Mire hijo, a los militares los libros les adjudican una bandera, un par de batallas gloriosas y un par de revoluciones también por qué no. Pero nosotros, los delincuentes comunes, que no hemos leído tanto, solamente le adjudicamos toda la muerte que vimos. Todas esas muertes cobardes.
-¿Y la justicia, Rojas?
-Tapada por la obediencia debida, hijo. Que ya estará en los libros.
-¿Y la obediencia debida era matar gente así? ¿Con torturas y exhibición?
¿Tan simple?
-¿Qué quiere que le diga? Ahí están, si la memoria no me la juega, están los muertos, sus compañeros, el teniente Adolfo Alsina, el sargento primero Miguel Ángel Pérez y el capitán Enrique Mones Ruiz a cargo de la seguridad del penal, vea. Pero hay gente con huevos, hijo. Gente como un tal Roberto Reyna y una tal María Eugenia Etkin, con ka, sí. ¿Qué hace? ¿Está anotando?
-Subversivos, también, estos dos. Sí, anoto por si algún día
-No, subversivos no, periodistas. Periodistas y con huevos. Con diez como ellos recuperamos las Malvinas en una hora, créamelo. O ponemos a los milicos en los cuarteles para siempre. Qué me dice.
-Que usted me cuenta estas barbaridades y yo me quedo medio estúpido, qué quiere que le diga.
-Es que me parece que usted, como tantos, tardó demasiado en descarozar el durazno -me contesta y su atención parece estar puesta en una nube parda.
-Ellos, los subversivos... ¿no mataron? -le pregunto así, a quemarropa.
La presteza de Rojas me sorprende:
-Mire, yo tenía una hermana... famosa allá en el barrio: se acostaba con todo el mundo, era una flor de loca. Pero mi madre siempre lo hizo con un solo hombre: mi viejo. De mi madre ninguno de los hijos, ni yo, ni mi hermana misma, podíamos esperar otra cosa. Y mi hermana lo hacía a escondidas, vaya a saber dónde. Y mi madre -que no lo hacía- imagínese si lo hubiera hecho en un lugar público, delante de todo el barrio. ¿Qué vergüenza, no? ¿Qué ejemplo, no? ¿Lo agarra, no? ¿O tengo que suponer que usted no viene de madre?
Intensas. Desde el centro de mi celda, desde sus paredes y a mi alrededor.
Como un aura. Como voces.
Como voces
PICHODORO
La soleada y templada tarde de aquel sábado de julio de 1977, después del almuerzo, con los jugadores - once eran presos comunes - corriendo por la cancha de césped bien cuidado, jugando aquellos torneos con equipos externos - de estudiantes y obreros o clubes de barrios -, de dudosos objetivos, lograban suavizar los contornos de la represión y de la prisión en la conciencia de Salmuera, que miraba el partido, acodado en la ventana de su celda en el primer piso del pabellón cinco, donde alojaban a los presos políticos.
Frente a él, paralelo al lateral este de la cancha, el muro perimetral de la cárcel se levantaba, gris, espeso, infranqueable para las fugas pero no para la argentina reverberación del río Coronda. Detrás del arco que daba al sur, estaba la quinta para consumo interno, donde las plantas de verduras terminaban de erguirse, sacudiéndose los rigores helados de la noche anterior, ayudadas por el sol invernal, quedaba oculta a la vista de los presos políticos por el galpón de la panadería, en ángulo recto con el pabellón; a la derecha de Salmuera. Los presos que trabajaban de cocineros y panaderos, estaban sentados en el césped y con las espaldas apoyadas contra una de las paredes de la cuadra, mirando, también, el partido. Por el lado norte, el otro arco separaba la cancha, del liso terreno de unos cincuenta metros, antes de terminar en el muro circundante. En el lateral oeste, en una franja de terreno de mas de cien metros con algunos árboles, que llegaba hasta la pared occidental del pabellón, estaban, por ranchadas, los presos comunes de espectadores, tomando mate y conversando, mezclados con el millón de gatos semi salvajes de la penitenciaría.
Al terminar el primer partido que perdieron los presos, Salmuera calentó agua para el mate, mientras esperaba el inicio del segundo y ultimo partido. Volvió a pensar en la "bemba" de la noche anterior: "...habría una gran comida para recibir no se sabia a quien...", era todo. "¿ No vendrá el hijoeputa de Videla?". De nuevo en la ventana, miró para abajo notando que cada ranchada tenía su "Porongo" y era fácil reconocerlos por las "mujeres" sentadas junto a ellos, en silencio, cebando mates para todos. Algunas aprovechaban la salida al "campo" para blanquear la ropa de su hombre, extendiéndolas al sol, enjabonadas y húmedas sobre el pasto. Los guardias vigilaban distendidos y parecían disfrutar del juego. Sobre un árbol dormitaba el gato negro, grandote y cabezón, de panza blanca y gran cola, que para los presos era el macho dominante y por sus lances de amor, a la vista y oídos de todos, llamaban "Pichodeoro".
Además de sus dotes amatorias, el felino era un eximio cazador; pájaro, ratón o bicho, que hubiera sido elegido por él no escapaba a las uñas de este fenomenal cazador. Astuto, se mantenía, de ser necesario, largo tiempo inmóvil en su escondrijo - un yuyo mas alto que el resto, un árbol ó una pequeña depresión del terreno y hasta a cielo abierto - hasta elegir entre sus posibles víctimas, a una. Salmuera que lo había visto muchas veces, sabía que al llegar a éste punto, reacomodaba el cuerpo para el ataque y aplastaba la cola contra el piso, moviendo, apenas, las articulaciones finales del rabo - como una víbora de cascabel -, a modo de radar que vigila la retaguardia. Un samurai, al decir de muchos.
Lo había demostrado aquella mañana de sobrepasada belleza, cuando el cielo era de un azul pasmoso y radiante; el aire, puro, y los pájaros no terminaban de saciar su amor matinal entre los árboles y pastos, que mecidos por una brisa fresca, parecían guiados por un experto bastonero bajo el sol, por lo cual los presos se sintieron más presos, parcialmente reconfortados cuando el "Pichodeoro", aplastado contra el suelo de tierra pelada, sin ventajas, con su cola, estirada y tersa, siguiendo la línea del espinazo que lo proyectaba al ataque necesario por mandato de supervivencia hacía el grupo de palomas gordas por su insaciable glotonería, que mezclaban con cortejos sexuales sin percibir el peligro eminente; por lo menos para una de ellas, a metros. Las observaba con la cabeza apenas elevada sobre el terreno, quieto, buscando la panorámica que le permitiera ver el todo, hasta en sus menores detalles, porque no estaba en la mejor posición de ataque. Un árbol de regular tamaño se interponía entre él y las aves en constante movimiento en busca de alimento y sexo. Era cuestión de tiempo y así pareció entenderlo porque aplastó su garganta contra el suelo, tenso más el cuerpo y sus ojos iniciaron la elección de la presa, que solo él supo quien era. La superficie que formaban los pájaros, por momentos se angostaba detrás del árbol, desapareciendo casi en su totalidad de la vista del cazador; otras, se desplazaba a uno u otro lado del tronco, abriendo la posibilidad de ser descubierto, para desesperación de los silenciosos espectadores de las ventanas, pero no para él, que aprovechaba estos momentos de retraso para predisponer mejor su cuerpo para el ataque o aproximarse reptando al grupo de palomas. Las sombras proyectadas por las copas de los arboles sobre la superficie del patio de tierra, se incorporaban al escenario dando aparente ventajas a las aves, porque el felino, por momentos, necesitaba cerrar sus ojos hasta convertirlos en una raya concentradora de la potencia visual, para no perder en el valet grisado de sombras matinales, su desayuno.
En un movimiento casi imperceptible, ajeno al cortejo ancestral de los de su especie para llamar la atención de una hembra, que indiferente a la propuesta, seguía picoteando una miga de pan en el borde de la bandada y que Salmuera captó como representación del miedo en un palomo soberbio de brillantes y azuladas plumas, le franqueo el portal de ingreso a los tiempos de muerte y vida por iniciarse. El descubrimiento lo halagó obligándolo a participar activamente de la cacería; ya sea salvando a la víctima ó como espectador. El macho espumaba el cuello mientras bajaba las alas abultando el pecho y giraba para un lado y volvía para el otro, mientras giraba alrededor de una hembra. Aunque su talle aumentaba por sus urgencias eróticas y el canto de amor que brotaba de su buche era potente, escuchándose nítido, por encima del murmullo del día, la magia de la pasión no se instalaba. "Pichodeoro", que había logrado acercarse a escasos metros sin asustar a las aves, exhibía su tensión muscular a través del brilloso pelaje negro. Ahora, con la cabeza sobre sus patas delanteras, acurrucado su cuerpo, lo modeló en una curva convexa aplastando la panza contra el suelo dejando las caderas por encima de la cabeza y recogió las patas traseras cargándolas de potencia para el salto final.
Los excesos del día cambiaron de signo cuando lo felino se manifestó. La tierra suelta se mezcló con el aire formando un cilindro gris, iluminado por inclinados rayos de sol que algunas hojas secas, convertían en desordenadas pinceladas de transparencias, agitadas por la carrera del gato hacia la amalgama aérea de plumas, polvo y algunas hojas, formada por el vuelo repentino de las aves asustadas por el ataque. Esta caótica sinfonía de elementos se elevó en el aire lo suficiente para ver cuando "Pichodeoro", con sus energías controladas daba el último salto con el cuerpo ahuecado en una curva cóncava desde las patas delanteras extendidas y abiertas, con las garras inflamadas por la tensión de las uñas expuestas, hasta las patas traseras levemente recogidas, constituyéndolo en una raqueta de caza temible. La cola hacia atrás le permitió conservar el equilibrio cuando chocó con el palomo a veinte centímetros del suelo, abortando el inútil vuelo del pajarraco. Lo apresó entre las patas y el cuerpo y las uñas lo malherían, mientras rodaban hasta agotar el envión.
Llevado por los recuerdos estuvo mirando el partido sin verlo y se sorprendió cuando el arbitro dio la última pitada dando por terminado el partido. Los jugadores fueron saliendo hacia las duchas cuando el sol dejaba largas sombras sobre la superficie del campo y el frío nocturno se anunciaba y los guardias, con pitazos ordenaban a los presos, antes de ingresar a los pabellones. Las "mujeres" se encargaban de los enseres y como si vivieran en barrios lejanos los presos de distintos pabellones se despedían. Revisados uno por uno desaparecían por el pasillo de ingreso con las manos en la espalda y baja las cabezas.
Sin la presencia de las personas, los gatos volvieron a su vida normal ocupando el terreno y buscando en los restos de comida algo que comer, mientras se preparaban para sus andanzas nocturnas. "Pichodeoro", se había bajado del árbol y retozaba con los demás.
Un viento frío comenzó a soplar desde el sur y las nubes se estiraban en el cielo perdiendo la blancura del día y adentrándose en la nocturnidad uniforme, cuando desde la panadería un grupo de reclusos, salían amenazantes en fila india, con bolsas y palos cortos en las manos. En silencio, sin hablar, eran mas de diez, avanzaron hasta el centro de la cancha de fútbol con dirección noreste. Al llegar al punto, giraron sobre si iniciando el regreso, armando un arco humano hacia el vértice formado por la pared norte de la panadería y la occidental del pabellón, desde donde los presos políticos, intrigados y temerosos guardaron silencio, al verlos avanzar. Primero al paso y mudos; con gritos de guerra y a la carrera después, revoleando los palos y bolsas para ocupar los espacios libres entre ellos. Los gatos encerrados en éste sector por la operación de pinzas, corrían sin orden ni concierto, lanzando maullidos desesperados, buscando por donde escapar ó un lugar donde refugiarse, a medida que el cerco se cerraba con la carrera de los atacantes, mientras descargaban mandobles mortales sobre los felinos que quedaban al alcance. Cuando alguno era abatido, no se detenían a recoger su presa como haría un cazador, sino que lo dejaban tirado en el campo de Marte, y seguían repartiendo garrotazos quedando un tendal de malheridos. Los gritos de los asesinos y de los asesinados tejían la telaraña del espanto, mientras ineluctable la muerte total se acercaba al vértice de los paredones. "Pichodeoro" trató de hacerse fuerte debajo de la ventana de Salmuera; hacia minutos que un agresor lo perseguía a los sablazos sin acertar; erizando los pelos del cuerpo y la cola y soplando diabólicamente mientras tiraba arañazos de amague más que de defensa - vano escudo para demorar el destino -; sin espacio para seguir retrocediendo, saltó hasta la cara del asesino y tiro el último zarpazo antes de caer fulminado por el palazo que le quebró el espinazo y la vida. Ya sembrada en el campo, la muerte, era levantada impunemente, en forma de cosecha, a medida que los singulares trabajadores embolsaban los cadáveres en el regreso lento y minucioso, hasta el lugar del primer caído.
Con las sienes y la espalda frías y húmedas por el sudor, enajenado por la angustia y con ganas de vomitar por los eructos brotados del asco, se le llenaron los ojos de lagrima a Salmuera cuando se alejó de la ventana caminando mecánicamente, ida y vuelta los tres metros de la celda. Percibía el cuerpo desacomodado y sentía inconsistente las rodillas dificultándole el equilibrio del doloroso andar por la tensión muscular de las piernas, provocando los primeros dolores de las cervicales; también le picaba el cuerpo y en la boca, el hormigueo lo obligaba a tragar saliva, aumentado las nauseas. El silencio del pabellón extendía su dolor al infinito y las lagrimas seguían brotándole incontroladas, como los recuerdos positivos que su inconsciente parecía empeñado en recuperar del tacho de la memoria para contrarrestar el horror que lo atormentaba, oprimiéndole el pecho. Agotado se recostó en la cama. Cerró los ojos intentando borrar las criminales imágenes fijadas en las retinas, mientras, ayudándose con métodos de relajación, se esforzaba en tomar distancia de los acontecimientos para comprenderlos, por que todo había sido tan repentino y preciso para ser casual y sin consecuencias. La vida interior de la prisión involucra siempre a todas las partes y lo que no respeta esta lógica, es castigado.
Alguien abrió el pasaplato de la puerta de su celda y le entregó un sobre cerrado: " Se lo manda el director". Al abrirlo leyó: " La primera es la quinta del principio y primera desde la izquierda; da lugar a la segunda que es septima desde el origen y novena desde la izquierda; la tercera octava desde el Alfa y docena desde la izquierda y hasta aquí son todas primeras; en la cuarta morirán aquí; la quinta esta en primera fila y doceava desde la izquierda de la numero dos; la sexta esta en la decimonovena y es tercera desde la izquierda y también es primera; la séptima es catorceava y quinta desde la izquierda y desde el comienzo; la octava es decimosexta y sexta desde la izquierda pero de la cuarta; la novena esta en la yeta y cuenta una docena desde la izquierda y esta en la misma cuarta que la octava; la décima esta tercera y contando desde la zurda séptima y sexta desde el origen; y la última en la séptima fila y en el sexto lugar contando desde el margen de la segunda posición". Firmado J.R.V.
Descartó la "bemba", jamás servirían gato. Este era un mensaje mafioso y había que descifrarlo.
POR PRIMERA VEZ, EL CANCILLER TAIANA CUENTA SU VIDA COMO PRESO POLITICO Y COMO LO AFECTO EL GOLPE
“Llegaban más, con marcas de la venda y ulcerados”
El hoy canciller llevaba casi un año preso por actividades políticas cuando Videla tomó el poder. El primer efecto fue un endurecimiento y luego la llegada de “secuestrados”, presos blanqueados y marcados por el maltrato. Lo que le tomó para entender que eran apenas algunos sobrevivientes.
Los “nuevos estaban permanentemente atados, o esposados y vendados”, cuenta el canciller.Por M. W.
Jorge Taiana no parece improvisar nunca cuando habla, ni siquiera en el trance de una conversación casual. Su tono es reflexivo, sus frases son largas, llenas de subordinadas, y sugieren que todo lo que dice ya lo pensó (y hasta lo dijo aunque sea para su coleto) antes. Tanto más cuando recuerda cómo pasó la dictadura como preso político. El canciller lo hizo largamente, revelando que lo considera parte de su carrera política por la cual no tiene ni que victimizarse ni que ocultarse.
–¿Dónde estaba el 24 de marzo del ’76?
–En la cárcel de Devoto, en la planta cinco, piso cuarto de celulares. Estaba ahí en la celda, éramos cuatro. Estaban Ernesto Villanueva, Julio Menajovsky (que ahora ha hecho una muestra de fotos en Nueva York) y Ricardo Rodríguez Saá.
–¿Desde cuándo estaba preso?
–Desde el Rodrigazo, 26 de junio de 1975.
–¿Le es posible acordarse qué pensaron entonces acerca del golpe, o uno ya tiene todo el relato reconstruido a luz de lo que pasó después?
–No. Hay algunos hechos que permiten reconstruir. Primero, lo veíamos venir y suponíamos que iba a producir un aislamiento, que nos iban a cortar las visitas, como se dice en jerga. Es lo que pasó. Pensábamos que el penal iba a ser rodeado por el Ejército (que es lo que pasó) y que había un riesgo de que entraran y nos mataran. Pero, en ese momento, eso no pasó en Devoto. Estuvimos dos o tres días todos encerrados, sin ningún movimiento. Luego el Ejército tomó la cárcel, hizo una inspección, y ahí no pasó mayormente nada. Lo que sí es interesante recordar es cómo vivíamos, o qué noción teníamos de lo que iba a pasar. Siempre recuerdo dos cosas. La primera, cómo fuimos tomando conciencia de los secuestrados, que después serían los desaparecidos, pero que en ese momento eran secuestrados que aparecían. Es decir, de marzo a junio (o julio) de 1976 lo que sucede es que llegan presos nuevos. Esos presos nuevos, en mayo y junio, llegan todos con la marca de la venda, ulcerados, por haber estado vendados y sin higiene durante un par de meses, y todos cuentan lo mismo: que estaban en un lugar que era obviamente Campo de Mayo, o una comisaría, o en un lugar, que estaban permanentemente atados, o esposados y vendados, que los torturaban, y que algunos estaban y otros no estaban más. Pero ahí no tuvimos noción de que los mataban. Teníamos noción de que finalmente era una especie de campo de concentración, eso era lo que pensábamos y que los que estaban ahí seguirían, y que algunos eran legalizados (como se decía) y puestos en el penal. Eso duró hasta julio, y luego no llegó nadie más. Evidentemente hasta julio no tuvieron muy claro, por lo menos con varios de los detenidos, qué hacer con ellos. Eso es la primera cosa, cómo fuimos tomando lentamente conciencia de que los campos de concentración no eran campos de concentración tradicionales, sino que en realidad eran de exterminio. La otra cosa que recuerdo bien, porque producía hasta anécdotas graciosas, es que bastante rápidamente los presos políticos comprendimos que la dictadura iba a ser muy sangrienta y que la comunidad internacional iba a jugar un rol importante si nosotros queríamos preservar nuestra vida. Iniciamos a mediados del año ’76 a más tardar...
–Pronto.
–Muy pronto, lo que fue la proto o la primera campaña para tratar de difundir nuestra situación, y obtener una garantía de que no nos iban a matar. Lo hicimos de una manera muy sencilla. Habíamos recuperado la visita, con limitaciones (muchos familiares no podían ir), y lo que hicimos fue un listado de personas a las que había que escribirles. Entonces teníamos que buscar las listas y tratar de conseguir las direcciones, porque no era una cuestión fácil porque no teníamos ni libros, ni papeles, obviamente muy restringidos, y como estábamos mucho tiempo encerrados, de todas maneras en los pabellones celulares de Devoto nos comunicábamos por el caño, la cloaca, que funciona muy bien, y une dos celdas por piso, son cinco pisos, en una celda había cuatro personas, eran ocho por piso, eran cuarenta personas. Cada ramal, cada caño, juntaba a cuarenta personas. O sea que éramos casi asambleas que se desarrollaban con gente, alguna a la que no veíamos nunca.
–¿Recuerda el listado?
–Recuerdo quiénes estaban. Recuerdo a (Bettino) Craxi en Italia, recuerdo a (François) Mitterrand de Francia, recuerdo a Jean Paul Sartre, recuerdo a la gente de Bertrand Russell, recuerdo a Heinrich Böll de Alemania, que fue de los primeros que expresó solidaridad con los presos, recuerdo a la gente de Comisiones Obreras y del PSOE en España. Willy Brandt, Olof Palme eran dos referentes importantes de esa época. Había otros nombres (ríe). Dardo Cabo que insistía en que había que incluirla a Brigitte Bardot, y entonces uno que estaba se queda en silencio y dice: “Pero Dardo, Brigitte Bardot se ocupa de las focas y no de los presos”. Y Cabo respondió: “Sí, pero a mí me gusta”. (Ríe). Hicimos la primera lista. Me acuerdo que a mi mamá yo la mandé con la misión a París, primero a Londres, para contactar a Amnesty (yo tenía a una hermana viviendo en ese momento en Londres, así que ayudó a ese primer contacto), y a París que lo fuera a ver al director general de la Unesco, que era un senegalés y que se interesó. Todavía me acuerdo la dirección de memoria, Place de Fontanet Sept.
–Puede parecer una pregunta tonta, pero en la tradición de los movimientos nacionales y populares ni qué decir, y en la izquierda también un poco –menos tal vez– había un rechazo importante, clásico, en muchos casos con buenas razones, a acudir a la ayuda exterior. Los temas de la política argentina se saldaban en la Argentina, e ir a hablar con intelectuales o políticos extranjeros... El peronismo está lleno de literatura que explica que esos intelectuales no entienden a América latina, que en el fondo son tributarios del centro del mundo. Eso en ese momento obviamente no les pesó, no lo pensaron. ¿Tuvieron alguna discusión en ese sentido?
–Los que estábamos presos, por lo menos la mayoría de los presos del peronismo revolucionario, creo que fuimos pragmáticos alrededor de eso. Para nosotros era bastante claro que había fuerzas en el resto del mundo que iban a estar en contra de esto y que iban a tratar de ayudarnos a parar lo que veíamos como un período prolongado de falta de cualquier garantía acá y la única posibilidad era hacerlo rebotar desde afuera.
–Usted decía que hasta junio, julio, llegaron nuevos detenidos, lo cual tenía una cierta congruencia con el nivel de represión que se estaba ejercitando, luego no. ¿Cuándo empezaron a entender (si es que lo lograron entender) la magnitud que tenía el terrorismo de Estado?
–Depende de los lugares. Había algunas cárceles más informadas que nosotros. En Devoto (todo el grupo estuvo hasta fines del ’76 en Devoto) supimos de algunos crímenes que cometieron. Sobre todo en la cárcel de Córdoba, donde mataron a muchos presos. Pero no tuvimos clara noción de que era un proceso de desaparición masiva y forzada. Sí lo del secuestro... el secuestro como forma de aniquilar las organizaciones populares. De eso nos dimos cuenta rápido, pero no estaba claro que los presos no reconocidos legalmente, los que estaban en los campos, iban a ser exterminados. Y no lo sabíamos por varias razones. Primero, porque varios terminaban en consejos de guerra. Se hacían algunos consejos de guerra que afectaban a civiles. Entonces, uno podía pensar que los que estaban en los cuarteles iban a parar ahí. Ahora, cuando nos trasladan a La Plata se producen los primeros asesinatos de presos en La Plata que eran Dardo Cabo y Roberto Pirles. Era un regalito de Reyes, a ellos los sacan el 5 de enero del ’77, en la noche, y los matan en una presunta ley de fuga por Brandsen. En ese momento teníamos dudas. Dardo nos dice antesde irse: “Esto no me gusta, me suena mal”. Pero al mismo tiempo pensábamos, “bueno, quizás lo que va a suceder es que nos van a llevar a la isla de los Estados, a no sé dónde, y nos van a poner en una especie de campo de concentración tradicional, tipo como en las películas, con alambres, y nos van a dejar ahí por un tiempo largo”. Al mismo tiempo se empezaban a recibir algunas noticias contradictorias de secuestrados que tomaban contacto con la familia, y decían: “Sigo vivo, y no puedo verte”. En enero del ’77 los presos teníamos una noción, sí, de lo profundo de la represión. También clara conciencia de que había además una cierta política de ejecución de varios de los detenidos, por lo de Córdoba, por Margarita Belén, y por lo que empieza a pasar en La Plata. Pero, creo yo, no teníamos una noción completamente acabada de la metodología que se estaba aplicando.
–Todo eso iban sabiendo. Tenían algún flujo de información con sus parientes.
–Teníamos flujo de información con los parientes y con los familiares, lo cual costó varias vidas de familiares. El jueves 23 en La Plata hubo una recordación. En La Plata hay como 10 presos asesinados y de los familiares de los presos hay como quince o veinte desaparecidos, varios de los que estaban en el pabellón conmigo: la mamá de José Bronte, el hermano de Ernesto Villanueva. A varios de los familiares que ayudaban a conseguir esta información los secuestraron y los desaparecieron.
–¿Se acuerda de haber hablado de desaparecidos, no sé si la palabra o el concepto, en la cárcel?
–De secuestrados sí. La idea del tipo que se lo llevaron, que no se sabe dónde está. Y que, de repente, algunos están vivos. Eso sí lo sabemos a fines del ’76, en el ’77 ya está claro. Lo que no está claro por ahí es la dimensión del proceso. Recién me doy cuenta años después que las personas que ejecutaron de La Plata, que sacaron del pabellón I, fueron en dos operativos muy prolijos, se desarrollaron los miércoles a la tarde, que era el día de los vuelos. Hay una lógica en esto, es una lógica burocrática: los miércoles a la tarde se actualiza quiénes quedan y quiénes se van.
–Esa lógica burocrática que también estudiaron los que analizaron el nazismo.
–Lo que no teníamos muy claro era la dimensión de eso. Uno podía saber, después sabíamos que había gente en la ESMA, y que había algunos vivos. Ahora, cuántos había, no sabíamos que eran cuatro mil y pico los que pasaron por la ESMA y que en realidad había 70 sobrevivientes.
–En la cárcel, además de pensar en proveer a su supervivencia y a defenderse, ¿pensaba “algún día esto va a terminar y yo haré en política tal o cual cosa”? ¿O ese pensamiento ya le estaba vedado y no se lo planteaba?
–Bueno, durante dos o tres años, por lo menos desde el golpe hasta fin del ’78, hasta que al grupo nos trasladan de La Plata, nos llevan a Sierra un rato y después a Rawson (nos dividen, unos van a Caseros y otros a Rawson), en realidad lo que no sabíamos era si salíamos vivos, sobre todo algunos, que éramos mencionados como posibles candidatos a la ejecución extrajudicial. Uno no sabía si seguía vivo, y el grueso del esfuerzo estaba en preservar la dignidad y la de todos los compañeros, porque finalmente la tortura y la represión en la cárcel tienen que ver con eso, con la voluntad y la dignidad del luchador político.
–¿Qué quiere decir en la práctica “preservar la dignidad”?
–No hacer ciertas cosas. Comportarse bien como preso político. Un preso político es un hombre que está ahí porque ha luchado por un proyecto. En el caso nuestro, por un proyecto que entendíamos que favorecía a las mayorías, y lo que había que aceptar es que, bueno, que habíamos perdido, y que la suerte personal no iba a ser buena, pero que de todas maneras uno debía cumplir su parte de la manera que correspondía, reclamando los derechos, apoyando a los compañeros y defendiendo la causa que uno creía que tenía que defender. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir evitar trabajar para la inteligencia del régimen en contra de los compañeros. Quiere decir ser capaz de enfrentar disposiciones de las autoridades que fueran vejatorias o humillantes para la dignidad personal, lo cual en general disponía recibir castigos. Quiere decir negarse a firmar las declaraciones de apoyo que piden los militares durante años. Todos los años iba el jefe de inteligencia de cada cuerpo a ver a sus presos y les pedía una firma de apoyo a lo de ellos, de repudio a la lucha. Y yo todos los años les contesté lo mismo: “Mire, yo lo único que puedo firmar es que está mal que mi padre esté preso, que está mal que yo esté preso, y que está mal que haya una dictadura militar en Argentina. Eso es lo único que le puedo firmar”. Me contestaban: “Mire, no, usted firme cualquier cosa. Firme que ama la paz, que es pacifista”. Les digo: “No, yo lo único que puedo decir es eso, si ésa es la verdad”. Me decían: “Entonces no va a salir nunca”. Esa era una de las perversiones típicas de la represión, culpabilizarlo por su detención. Entonces yo le contestaba: “Mire, yo no estoy preso porque quiero. Usted me tiene preso”. Esa tarea insumía mucho esfuerzo, porque había que lograrla con todos los compañeros. Eramos un grupo de personas, además, muy golpeadas humanamente, casi todos teníamos familiares presos, muertos, desaparecidos. Y muchas vidas destruidas o por lo menos con una historia que era complicada. Y de esto fuimos conscientes. Pirles (que era el único miembro de la dirección de los Montoneros que estuvo preso durante todo ese período hasta que lo matan), en diciembre del ’76 decía: “Tenemos que preocuparnos porque todos los compañeros que están detenidos se alimenten bien. ¿Por qué? Y, porque vamos a estar muchos años presos, entonces es importante que la gente no se enferme mucho y salga sana”. Parecía un pensamiento absurdo en gente de veintipico de años.
–Maternal.
–Pero era mucho más cierto de lo que yo estaba dispuesto a creer. Años después (cuando a él ya lo habían matado) uno comprendió. Otro compañero al que también lo mataron después, Osvaldo Cambiaso, decía: “El objetivo nuestro es que las personas que están detenidas salgan con voluntad de seguir acompañando y participando en la defensa de los intereses del pueblo. Después, el grado de politización, el grado de participación, el grado de militancia, la orientación política, son hechos secundarios. Nosotros tenemos que tener ése como gran objetivo”. Eso ayudaba también a resolver diferencias y a procesar una situación política que era obviamente muy compleja de manejar para todos.
–Andando los años, trabajando en organismos internacionales de derechos humanos, en la Cancillería argentina ¿esa vivencia de años de cárcel es un lastre, es una referencia, es algo que se pone de alguna forma al costado porque es una carga excesiva de subjetividad?
–No, creo que es una experiencia, es un poco como el tenis digo yo. ¿Usted lo vio a Vilas? Vilas tiene un brazo izquierdo muy desarrollado. La cárcel es eso, y una cárcel dura como la nuestra es eso. Es una experiencia muy dura, que marca mucho, al mismo tiempo de una riqueza y una profundidad extraordinaria. Yo tengo hermandades de la cárcel. A mí hay personas que si me llaman diciendo: “Andá a las cuatro de la mañana arriba del Obelisco”, y no me explican por qué, yo voy. Uno ha visto, en esos casos extremos, lo mejor y lo peor del ser humano. Lo difícil de comprender es que esas dos cosas a veces están en una misma persona, casi siempre están en una misma persona también. Ver los mayores actos de generosidad, que algunos llegaron a perder la vida por esos actos, y ver también las cosas de la miseria, del temor, del egoísmo que tiene todo el mundo. En ese sentido es una experiencia muy enriquecedora. Pero es como el tenis, es de un solo brazo, es limitada, porque al mismo tiempo es una especie de heladera, de freezer, donde uno no tiene experiencia rica de vida. Yo entré a la cárcel con un hijo de un año y una mujer con un embarazo y salí con un hijo de ocho y una hija de seis. Eso yo lo perdí, no lo viví.
–Y ellos también lo perdieron.
–Ellos también. Y yo de los 25 a los 32 años casi no estuve, era muy difícil vernos, había muchas limitaciones. Entonces hay cosas que uno pierde o que probablemente desarrolla menos. Respecto del resto de las cosas, no tengo especiales rencores. Creo que es parte de un proceso político bastante dramático de la historia argentina, que a uno le tocó una parte. Creo que las razones de mi prisión tienen que ver con los mejores valores, la lucha por la justicia, la lucha por la igualdad (más allá de todos los errores que se hayan cometido en ese esfuerzo) y es un referente, una experiencia de vida. No es más dramática que la vida que vive muchísima gente que sufre muchísimo. Es la parte que me tocó.
Este diálogo se transmitió por Ciudad Abierta, el canal público de la Ciudad de Buenos Aires, como parte de la programación especial que conmemoró el trigésimo aniversario del golpe de 1976.
Acabo de leer el libro de Jesús Valverde y no puedo reprimir mi entusiasmo. Es un libro necesario, que explica lo que la cárcel es, lo que la cárcel no hace y lo que la cárcel deshace. Analiza la prisión a partir de la observación implicada en la intervención.
Anima comprobar que la Universidad no es siempre un templo de la abstracción teórica.
Desgraciadamente, en muchos casos, la sutilidad de las elaboraciones científicas en el mundo de las ciencias humanas olvida realidades concretas de hombres y mujeres.
Todo drama humano, hasta que no es saldado, reaparecerá cíclicamente sin remedio.
La escalofriante destrucción del tejido social que produjo la dictadura militar argentina y que comenzara ya durante el lopezreguismo, fue una aplanadora sin precedentes.
Reconstruir una sociedad tan lastimada, requiere memorias tozudas, como la de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, además de una determinación de parte de todos nosotros, por crear juntos otras reglas de juego. Otros modos de hacer política y un cuestionamiento de cada uno de nosotros desde el lugar que ocupamos: trabajadores y campesinos junto a científicos, maestros, ONG's, gobernantes, artistas, intelectuales. Es un desafío difícil pero posible si ponemos coraje y esperanza.
Documentos militares – destrucción de los presos políticos
Estos documentos han sido recuperados recientemente. Son la prueba irrefutable de la política sistemática de destrucción física y psíquica que los militares aplicaron en todas las cárceles del país.
Todavía no hemos encontrados las ordenes escritas donde se decidió asesinar a tantos de nuestros compañeros en las cárceles.
Carta de la Cruz Roja Internacional al Ministro del Interior a propósito del supuesto suicidio de Gabriel Di Benedetti, preso político en la cárcel de de Rawson, sometido a una intensa política de destrucción psíquica y física.
Carta de la Cruz Roja Internacional al Ministro del Interior a propósito del acoso de los guardias al conjunto de los presos políticos de la Unidad 6 de Rawson.
Carta de la Cruz Roja Internacional al Ministro del Interior a propósito de la situación de los presos políticos en las cárceles de Caseros, Unidad 20 del Borda, Unidad 6 de Rawson y UP1 de Córdoba, sometidos a regimenes de destrucción psíquica y física.
Carta de la Cruz Roja Internacional al Ministro del Interior a propósito de los presos políticos enfermos en las cárceles de Caseros, Unidad 20 del Borda y Unidad 6 de Rawson.