Este folleto integra una serie que ha comenzado a publicar el Centro de Estudios Legales y Sociales, CELS, de Buenos Aires, con el objeto de dar a conocer a la opinión pública algunos de los aspectos del sistema represivo aplicado por el Gobierno de las Fuerzas Armadas desde el 24 de marzo de 1976.
A través de dichos trabajos se exponen hechos, expresiones y testimonios que permiten diseñar un cuadro preciso de la doctrina y los métodos elegidos para esa acción punitiva, que alcanzó a vastos sectores de la población.
El análisis efectuado procura también desentrañar los objetivos políticos y socio-económicos y las motivaciones ideológicas que han movido al empleo de los procedimientos que se describen en estos folletos, y cuya extrema gravedad tiene pocos parangones en la historia contemporánea.
Cruzando la experiencia de la Asociación de Ex Detenidos-Desaparecidos y de la Cátedra Libre de Derechos Humanos, que funciona en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, la primera desarrolló en la segunda el seminario “Argentina posdictatorial ¿sociedad de sobrevivientes?”.
La Asociación puso en juego en ese seminario –luego extendido a la Escuela de Trabajo Social y a la Facultad de Periodismo de la Universidad de La Plata– algunas de las hipótesis planteadas para explorar la persistencia en la sociedad argentina actual, de la política represiva implementada por el Estado terrorista durante la última dictadura militar.
Los campos de concentración como lugares donde no sólo se concentraba prisioneros clandestinos, sino también una metodología de desestructuración y exterminio que en forma diluida también impregnó todas las relaciones sociales; el rastreo de la presencia de esta “dilución” hasta el presente, y su relación con la visión desde los organismos de derechos humanos, otras organizaciones sociales, instituciones estatales, etc., de quienes aparecieron luego de haber estado desaparecidos por el terrorismo estatal, constituyen el núcleo de la reflexión a presentar.
Los familiares de desaparecidos de Córdoba y sus construcciones identitarias en torno al secuestro, desaparición y las exhumaciones de los restos de sus familiares.
Autores: Banchieri, Carla María
Garay, Lucía Soledad
Tumini, María Carina
Directora: Dra. Da Silva Catela, Ludmila
Córdoba, Julio 2005
Este trabajo significó para nosotras el desafío de sumergirnos en el inexplorado mundo de la investigación. Para ello pusimos a prueba las herramientas y saberes que fuimos adquiriendo a lo largo de nuestra formación. Privilegiamos entre todo esto la capacidad de escucha o la escucha abierta ya que nos permitió acercarnos de un modo especial a nuestros entrevistados. La conjugación de todos estos elementos hizo de cada encuentro un espacio de mucha intimidad y compromiso. Tanto de nuestra parte como de los familiares. Otros aprendizajes capitalizados fueron la posibilidad de leer la realidad y entenderla desde la complejidad de su determinación; la capacidad de preguntar y re preguntarnos; interesarnos en la diversidad dentro de lo aparentementehomogéneo; de ver a cada ser humano como único, producto y productor de su propia historia.
Tenemos entre 24 y 30 años, somos argentinas que nacimos en la década de los '70, pertenecemos a la generación "hija" de la dictadura. Más allá de ser implicadas directas o no (una de nosotras tiene a su madre desaparecida), nos parece que nuestra identidad está marcada por este pasado. Estas huellas están conformadas por nuestras vivencias y por lo que nos transmitieron familiar o socialmente, desde la palabra o desde el cuerpo, explícita o implícitamente. Nos socializamos entremiedos, contradicciones, ilusiones, decepciones, proyectos truncados, con cambios en las significaciones sobre las instituciones sociales (Por ejemplo la policía, FF. AA., Justicia, etc.). Incorporamos palabras naturalizadas como desaparecidos, dictadura, golpes de estado, tortura, subversión, etc. Sobre esta historia reciente de nuestro país encontramos múltiples discursos, explicaciones, legitimaciones. Durante estos años no sólo se construyeron versiones sino también silencios. Tanto a nivel de las familias como a nivel social.
Muerte y Desaparición Forzada en la Araucanía: Una aproximación etnica
Efectos psicosociales e interpretación sociocultural de la represión política vivida por los familiares de detenidos-desaparecidos y ejecutados mapunches y no-mapunches.
Escribí este libro para que fuese publicado, para que actuara, no para que se incorporase al vasto número de las ensoñaciones de ideólogos. Investigué y relaté estos hechos tremendos para darlos a conocer en la forma más amplia, para que inspiren espanto, para que no puedan jamás volver a repetirse.
Escribir para este libro no me resulta nada fácil si pienso en la parte técnica, pero cuando pienso en todos los años de dolor que llevó alcanzar estas conclusiones, entonces se agolpan cientos de ideas ymiles de palabras.
Cuando Diana Kordon se acercó a nosotras, la mayoría no sabía o no conocía qué era un tratamiento psicológico. Desde la compañera que decía “Yo no estoy loca para tratarme", hasta la que por estar tan angustiada ydeprimida aceptaba la primera charla, estaban todos los matices.
No quiero dejar de decir que teníamos madres de psicólogos ypsiquiatras desaparecidos que nos explicaban los cambios ymejorías que se podían lograr.
Así, estos seres humanos, llenos de amor, comprensión ysolidaridad empezaron a entender a las Madres ya sus familias cuando se hablaba de la desaparición.
Cuando usted empiece a leer este libro quiero que sepa que fue escrito con todo el respeto que siempre sintieron por nosotras; que las Madres convertimos el dolor en lucha, que socializamos la maternidad, pero que muchas de nosotras, si no fuera por la ayuda invalorable ydesinteresada de este equipo de profesionales, no, estaríamos en pie trabajando.
Los treinta mil hijos que nos faltan nos marcaron un camino de entrega ysolidaridad con el pueblo; nosotras estamos dispuestas a seguirlo. Quiero terminar diciendo que las Madres locas de Plaza de Mayo desparramamos en todo el mundo esta locura de amor por la vida, la justicia yla libertad.
La política de detenciones-desapariciones como metodología central
El secuestro como método de detención
El diagrama militar aplicado tras el golpe de Estado del 24 de marzo fue de carácter nacional y simultáneo. El plan militar terrorista, cuidadosamente preparado a lo largo de 1975, tuvo como eje central a la Comunidad Informativa, es decir a los distintos Servicios de Informaciones de cada fuerza bajo la coordinación del Servicio de Informaciones del Estado (SIDE). A través de ellos, se realizó la recopilación de la información de todas las personas y estructuras orgánicas que debían ser "atacadas". Todo individuo calificado de "izquierdista" era un enemigo a exterminar. Cada estructura "infiltrada" debía ser depurada; aquellas que estaban al servicio directo de la "subversión" debían ser destruidas. Con respecto al movimiento obrero, la tarea de la "comunidad informativa" fue prolija y paciente. Oficiales de inteligencia recorrieron todo tipo de establecimientos industriales, fábrica por fábrica, talleres grandes y medianos, y junto con las patronales elaboraron las listas de los elementos indeseables: miembros de comisiones internas, activistas sindicales, trabajadores con militancia política, con antecedentes huelguistas, etc.
—Yo estuve en la ESMA. Quiero hablar con usted —dijo.
Bajo, de nariz grande y bigotes, de unos 45 años. Con pantalón azul, camisa a rayas de manga corta y un portafolios barato, se parecía a tantos otros sobrevivientes de los campos clandestinos de concentración de la dictadura militar que corren de un lado a otro para ganarse la vida, sin desasirse de aquel mal sueño.
—No. Usted me entendió mal. Yo soy compañero de Rolón—aclaró.
El capitán de fragata Juan Carlos Rolón fue uno de los oficiales de Inteligencia de la Escuela de Mecánica de la Armada y junto con su camarada Antonio Pernías desató una de las mayores crisis políticas de 1994. El presidente Carlos Menem decidió ascenderlos a capitán de navío, pero el día en que el Senado debía darles el acuerdo la prensa difundió sus antecedentes.
Víctor Frankl, psiquiatra, superviviente de Auschwitz, fundador de una escuela deterapia humanista y existencial. Su texto, a diferencia de la gran mayoría de los deotros supervivientes, rebosa vitalidad y energía y representa el paradigma delresistente desde un modelo de psicología positiva. Para él vivir es sufrir y sobrevivirhallar sentido al sufrimiento. La lucha del hombre es una lucha por encontrarsentido a la vida, partiendo de la base de que, al nacer, ya está todo perdido, esdecir, no hay nada que perder.
Personalia de Muchnick Editores. (Original de 1986)
Los Hundidos y los Salvados constituye el testamento vital de primo Levi. Mientras sus anteriores libros (Si esto es un hombre (1945), La tregua (1963)) constituyen testimonios acompañados de algunas reflexiones respecto a sus vivencias como sobreviviente en Auschwitz, los Hundidos y los Salvados es el resultado final de años de leer, pensar, dar conferencias, recibir cartas, ser preguntado e intentar contestar, contrastar... para al final llegar a conformar una opinión de las preguntas claves que, desde un punto de vista psicológico y sociológico, rodean a lo que fue el Holocausto nazi. En el libro Primo Levi desgrana ordenadamente una por una esas ideas con la claridad, la sencillez y la rotundidad del docente que las ha narrado miles de veces y, por ello, está en capacidad de expresarlo de modo conciso y nítido, de anticipar las dudas y de responderlas.
Poder y desaparición los campos de concentración en Argentina.
Calveiro, Pilar Calveiro
- 1a ed. 2a reimp. - Buenos Aires : Colihue, 2004
176 pag.18x11 cm. - (Puñaladas)
ISBN 950-581-185-3
1. Ensayo Argentino I. 1 Título CDDA864 "
Director de colección: Horacio González Diseño de colección: Estudio Lima+Roca Ilustración de portada: detalle de la obra de Eduardo Médici "¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿A dónde vamos?", 1995.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723 IMPRESO EN ARGENTINA - PRINTED 1N ARGENTINA
PRELUDIO
El 7 de mayo de 1977, un comando de Aeronáutica secuestró a Pilar Calveiro en plena calle y fue llevada a lo que se conoció como "la Mansión Seré", un centro clandestino de detención de esa fuerza instalado a dos cuadras de la estación Ituzaingó. Esa noche Pilar soñó con su familia —esposo, hijas, padres— inmóvil en una foto fija y despidiéndola con un gesto de la mano. Ese día comenzó su recorrido de año y medio por un infierno que prosiguió en otros campos de concentración: la comisaría de Castelar, la ex casa de Massera en Panamericana y Thames convertida en centro de torturas del Servicio de Informaciones Navales, la ESMA, finalmente. Y este, su libro, es un libro extraordinario.
En Territorios, número 2, MSSM, Buenos Aires, 1986.
Puntuación del artículo.
Transcripción “textual” de fragmentos del autor, en función de los siguientes ejes:
·posición del analista frente a lo siniestro
·efectos de lo siniestro en la singularidad de un caso y
·efectos de lo siniestro en la sociedad argentina.
Hace más de diez años que trabajo en el Campo de los Derechos Humanos. Cada tanto me detengo a elaborar un texto acerca de mi experiencia. Así lo he hecho para esta ocasión. Voy a ceñirme al rigor del mismo intentando fijar mi posición como psicoanalista frente a los Derechos Humanos.
El Psicoanálisis se sostiene en un propósito: el develamiento de aquella verdad que estando encubierta, para el propio sujeto que la soporta, se presenta como síntoma.
Alcanzar o no este propósito suele ser aleatorio, pero que el psicoanalista no desmienta en su práctica lo que afirma teórica y técnicamente, fundamenta la calidad ética de su quehacer. Es que el psicoanálisis es una propuesta ética.
La condición humana es de naturaleza trágica en tanto entrecruzamiento conflictivo del amor y del odio, del cuidado y la agresión, de solidaridad y egoísmo. De esta dualidad dura está hecha la historia de cada individuo y de la humanidad toda.
Desde el punto de vista del psicoanálisis, esta dicotomía trágica tiene dos destinos: o la salida ética donde la producción de verdad fundamenta justicia, o el callejón ciego donde el síntoma, ahogado en el ocultamiento familiar y cotidiano, apaga su evidencia develadora.
Cuando el escenario de la producción sintomática, tiene la magnitud de lo que nos convoca en esta mesa: “Los Derechos Humanos”, quien se afirme psicoanalista, o lo es, y hace justicia, o no lo es y a sabiendas o no, hace complicidad. Según las circunstancias puede incluso hacer algo más siniestro aún.
No en vano introduzco este término de tradición freudiana: lo siniestro. Aproximo con aquello el horror y la malignidad de la que me ocuparé.
Las personas varían en alto grado con referencia al impacto que lo siniestro hace en ellas; dice Freud citando a Jentsch.
Esta diferencia del efecto siniestro depende del grado de distancia y negación o por el contrario de proximidad y conocimiento de lo que está oculto y es fuente de horror.
Freud trabaja este concepto en profundidad.
Lo siniestro es aquella variedad de lo terrorífico que se remonta a lo antiguo, a lo familiar.
Lo siniestro siendo familiar es al mismo tiempo aquello dentro de lo cual uno no se orienta, algo promotor de incertidumbres.
En lo siniestro convergen los sentidos antitéticos de secreto y familiar.
Secretamente familiar remite en la investigación psicoanalítica a lo que se denomina “el secreto de familia” que como factor patógeno opera en la historia de algunos individuos.
En estas familias algunos personajes “están en el secreto”, el secreto les es familiar e incluso les confiere poder. El resto de la familia, de acuerdo a la naturaleza de lo oculto, suele sufrir sin saberlo a ciencia cierta, las consecuencias de la malignidad infiltrante de lo que les es ocultado. Se convive con algo que se ignora aunque se lo presiente inquietantemente. Comienza así a surgir el efecto siniestro. Es como la malignidad infiltrante de un cáncer ignorado pero existente.
Voy a referir un ejemplo que irá introduciendo más el propósito de esta presentación, es el casodePaula.
Paula es nieta reencontrada por Abuelas, que fue secuestrada junto con sus padres, y simulada hija legítima de una pareja cuyo hombre participó en el secuestro. Por la edad de Paula cuando el secuestro, alrededor de 23 meses, ella tiene registro, sin duda reprimido violentamente, del horrible secreto familiar.
Siendo secreto no hay oportunidad de palabra que articule los hechos en un relato. Entonces el secreto infiltra y pervierte todos los vínculos y estructuras psíquicas de Paula.
El único remedio posible contra la malignidad de lo siniestro es el develamiento de aquello que lo promueve, simultáneamente al establecimiento de un nuevo orden de legalidad familiar. Aún dentro de lo doloroso de esta explicitación, de este hacer justicia, la verdad operará como incisión para drenar, aliviar y curar el abceso de lo siniestro.
Este caso ilustra dramáticamente el asunto de los lugares y las distintas respuestas en relación al efecto siniestro.
En cambio los ejecutores de lo siniestro, los que están en el secreto, se mantienen en cierta forma insensibles a los efectos de lo horrendo. Ellos mismos son lo siniestro, sobre todo si logran la impunidad que pretenden. Esta impunidad confiere poder sádico, poder fascista. Esto ocurre sobre todo cuando el escenario delo siniestro traspasa los límites de una familia y cobra la dimensión de la sociedad.
Los efectos siniestros dependen pues del lugar que se alcanza con relación a lo oculto. Así los responsables directos y cotidianos del horror que atravesó el país en los últimos años, no sólo lograban impunidad desde el ocultamiento, sino que ese ocultamiento garantizaba eficacia paralizante sobre la comunidad. En esto radica la metodología de la desaparición de personas sumado al horror de sus tormentos.
Por otra parte esta familiaridad tiene su costo terrible: reclama cada vez más víctimas para alimentar el aparato.
Hay que alimentar a Drácula.
El efecto siniestro paralizante de la comunidad, pudo ser conseguido con muchas menos víctimas. Pero este aparato de diabólica eficacia requiere un alto mantenimiento en víctimas.
Nuestro país convivió familiarmente con el horror. Muchos intentaron distintas técnicas de ceguera.
Lo siniestro ataca literalmente los ojos como reminiscencia castratoria.
Y cuando mayor es la degradación de los ojos que no ven, más siente el corazón el terror eficaz que paraliza.
Quiero retomar el comienzo. Quien se propone psicoanalista, por definición, está atrapado en la cuestión de ser o no ser frente a miles de calaveras, recuperadas o desaparecidas que lo interrogan no tanto en cuanto a lo que aconteció, sino principalmente en cuanto al testimonio de verdad que su práctica rinda.
No sólo lo interrogan los afectados directos con los cuales tenga ocasión de contacto, sino que lo interrogan las evidencias sociales que desde el acostumbramiento y la denegación promueven el olvido como otra forma de recrear la fuente oculta de lo siniestro.
El psicoanalista, concorde con su ideología, podrá o no aproximar su colaboración directa al campo de los Derechos Humanos, pero si es cabalmente analista, si su práctica no desmiente las propuestas teóricas del psicoanálisis, no podrá dejar de hacer justicia desde la promoción de verdad como antídoto frente al ocultamiento que anida lo siniestro.
DDHH/Sch.
UNA MUESTRA SOBRE TEXTOS ESCRITOS POR DESAPARECIDOS
Las cartas de la memoria
Desde el jueves se exhibirá en el teatro San Martín una serie de escritos, cartas y documentos de detenidos desaparecidos.
La carta de Jorge Watts fechada el 19 de septiembre de 1978.
Por Victoria Ginzberg
“Cuidado con las cartitas”, les advirtió el comisario. Jorge Watts y sus tres compañeros no sabían de qué hablaba. Hacía dos días los habían sacado, encapuchados y engrillados, del centro clandestino El Vesubio en un camión cerrado y ahora estaban en una celda de la dependencia policial de Monte Grande. Pasó poco tiempo hasta que pudieron entender las palabras del oficial. Fue cuando el cabo Daniel Mancuso se les acercó y se ofreció como correo, a condición de que pudieran pagar por el servicio. Watts escribió un mensaje con una birome en un pedazo de papel que le dio el policía. Así, su familia supo que estaba vivo. Esa nota es una de las 250 cartas que formarán parte de la muestra “Imágenes para la memoria”, que a partir del jueves se podrá visitar en el hall del Teatro San Martín. Entre los documentos hay pedidos de ayuda, quejas formales, denuncias, respuestas vacías o falsas y muestras de solidaridad y compromiso. Todos juntos arman un relato sobre lo ocurrido durante la última dictadura en el que se mezcla lo público y lo privado, la represión y la vida cotidiana.
“Querida madre, te escribe Jorge (Nani me decía nene, para que sepas que soy yo, abuela era Beby) Ahora estoy bastante bien, el que te lleva esta nota es una persona de donde estoy ahora. La pasé mal pero ahora estoy mejor, bien. Necesito que arregles con este hombre una forma de pasar dinero y algo de comida”. Así empieza la carta, fechada el 19 de septiembre de 1978, con la que la familia de Watts supo que no lo habían matado.
Watts había sido secuestrado el 22 de julio de 1978 en el barrio de Constitución, cuando salía de su trabajo en la fábrica de galletitas Bagley. Después de cincuenta días en El Vesubio, fue dejado junto con otras seis personas –tres hombres y tres mujeres– en la puerta del Batallón de Logística número 10 con una declaración falsa firmada que se negó a ratificar. Después lo llevaron por un día a una comisaría de Lanús y finalmente a Monte Grande, donde estuvo tres semanas antes de ser “blanqueado” en la Unidad 9 de La Plata. “En Monte Grande pasamos de la oscuridad a una sombra bastante oscura. Estábamos lejos de la claridad, no sabíamos si nos iban a devolver al chupadero”, recuerda Watts.
Fue en medio de esa incertidumbre que apareció en escena el cabo Mancuso y la posibilidad de comunicarse con su familia. “Lo de él no era algo humanitario ni tampoco un trabajo de Inteligencia: nosotros éramos una fuente de recursos, ganaba más con eso que con el sueldo de policía”. Según el cálculo de Watts, la tarifa exigida por el cabo equivale a cien pesos actuales, que su familia pagaba para poder recibir esas pequeñas notas escritas en papeles de cigarrillos o golosinas y enviarle ropa y comida. La comunicación epistolar desde Monte Grande duró tres semanas, hasta que fue llevado a La Plata. Durante ese tiempo, Watts tenía prohibido decir dónde estaba. Seguía desaparecido.
Memoria Abierta –agrupación formada por Madres de Plaza de Mayo línea fundadora, Fundación Memoria Histórica y Social argentina, Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, Centro de Estudios Legales y Sociales y Servicio Paz y Justicia– convocó a familiares y amigos de desaparecidos y a sobrevivientes de los centros clandestinos a compartir la correspondencia guardada de los años de la última dictadura para exhibirla en la muestra que se inaugurará el jueves en el San Martín.
“Pensamos en que las cartas iban a poder ejemplificar algunas situaciones, pero el proceso mismo de búsqueda despertó muchas otras sensaciones entre los familiares. Al principio, hubo una cierta tensión por no querer mostrar cosas íntimas, pero luego querían explicar el contexto en el que habían sido escritas. Para muchos fue ponerse en contacto con papeles que no habían tocado durante años y que vistos ahora son terriblemente elocuentes sobre lo que ocurría en esa época”, cuentan a Página/12 Patricia Valdez, directora de Memoria Abierta, Graciela Karababikian, coordinadora de Patrimonio Documental, y María Laura Guembe, coordinadora del Archivo Fotográfico de la asociación. “En ese momento –continúan– recibir una respuesta de un comando militar o de una autoridad eclesiástica tenía un sentido y hoy tiene otro. Hay cartas de cuatro páginas en las que los padres pedían ayuda y contaban quiénes eran sus hijos, que eran respondidas con cuatro líneas calcadas por la Iglesia y los militares. Así como en las primeras está el relato de los protagonistas, las marcas de muchos padres y madres que murieron después de la desaparición de sus hijos y las pruebas de la búsqueda que hicieron, en las otras se refleja la burocracia del poder.”
Las cartas serán exhibidas dentro de un cuarto que tendrá en el piso un mapa de la Argentina con todos los centros clandestinos de detención –documentados– que funcionaron durante la última dictadura. La muestra se completa con grandes fotos sobre los años del terrorismo de Estado y material audiovisual sobre la masacre de Trelew, la guerra de Malvinas y la búsqueda de verdad y justicia.
EFECTOS DEL TERRORISMO DE ESTADO SOBRE LOS FAMILIARES DE LAS VICTIMAS
Memoria del desaparecido
Un análisis de los efectos que la detención-desaparición de personas produjo sobre los familiares directos, a 30 años del golpe y teniendo presente que “los duelos de situaciones traumáticas, cuando no son resueltos por una generación, quedan pendientes para las generaciones sucesivas”.
Por Diana Kordon, Lucila Edelman, Darío Lagos, Daniel Kersner, Silvia Schejtman y Mariana Lagos *
Los acontecimientos traumáticos ocurridos en nuestro país a partir de la última dictadura militar, particularmente aquellos vinculados a gravísimas violaciones a los derechos humanos, no sólo incidieron sobre los afectados directos, sino también sobre la sociedad en su conjunto; constituyen un referente imprescindible para comprender la irrupción de nuevas problemáticas psicosociales y clínicas en el área de salud mental. Esta nueva clínica nos coloca en la necesidad de investigar, a partir de la experiencia concreta del trabajo psicoterapéutico y psiquiátrico, la relación entre dichas situaciones traumáticas y la subjetividad, y el carácter multi y transgeneracional de la afectación. Lo traumático no resuelto en una generación pasa a las siguientes.
Los duelos derivados de situaciones traumáticas, cuando no son resueltos por una generación, quedan pendientes de elaboración para las generaciones sucesivas. En el caso de los desaparecidos, se agrega como factor desestructurante la ausencia del cuerpo, que impide la realización de los ritos funerarios, presentes en todas las culturas. Esta particularidad, sumada a las inducciones psicológicas oficiales, dificultó aún más el trabajo de duelo, dándole un carácter sumamente penoso y trágico. Podemos decir que la afectación fue multigeneracional –varias generaciones fueron afectadas simultáneamente–, intergeneracional –se tradujo en conflictos entre generaciones– y transgeneracional –sus efectos reaparecen de diversos modos en las generaciones siguientes–.
La desaparición provocaba un alto grado de dolor psíquico y una profunda alteración en la cotidianidad de los grupos afectados, en las relaciones intrafamiliares como en las extrafamiliares. Es particularmente siniestro el efecto que produce en una persona presenciar el secuestro de un hijo, un amigo, un vecino, y encontrar en el afuera una desmentida permanente, un no reconocimiento, una negación de la propia percepción. El percepticidio genera una situación psicotizante, que se agrava después por la ausencia de información.
A su vez, que una persona fuera secuestrada y desaparecida aparecía como poco creíble para una sociedad que, si bien había conocido previamente diferentes formas de represión política, no había vivido fenómenos de semejante magnitud. Los familiares, cuando desaparecían sus hijos, desconocían la posibilidad de que la detención, por violenta que hubiera sido, se transformara en desaparición y/o asesinato. Después de un período prolongado de gestiones infructuosas para determinar el paradero de sus hijos, amenazados desde las instancias oficiales para que no hicieran conocer lo que estaba ocurriendo, bajo pretexto de aumentar los riesgos de la persona buscada, comenzaron a presentir que algo siniestro, desconocido, estaba ocurriendo. Aún no contemplaban la posibilidad de un no retorno, pero comprendían que, más allá de lo que imaginaban como posible, se había establecido un sistema de represión política en el que a las víctimas se las tragaba la tierra.
Durante los primeros años de la dictadura ni siquiera existía una palabra que diera cuenta del status de las personas que habían sido secuestradas. Aunque no expresaba la violencia del secuestro, y tal vez, porque la palabra “secuestrado” resultaba aterrorizante, se acuñó con el tiempo la expresión “desaparecido”, como una nueva representación social. La dictadura negaba la existencia de los desaparecidos, a la vez que inducía y presionaba a las propias familias para que los dieran por muertos.
En las familias directamente afectadas se producían diversos conflictos, que en muchos casos tuvieron consecuencias definitivas en cuanto a rupturas y modificaciones de la estructura familiar. Estaban vinculados con el terror que condicionaba las conductas concretas, los diferentes grados de identificación con el discurso alienante de la dictadura y el desplazamiento de la agresión, que en vez de dirigirse al objeto adecuado se instalaba en el interior del grupo familiar.
Como se pudo observar posteriormente, muchas parejas que se formaron rápidamente en ese período parecen haber estado basadas en la ilusión de evitar el desamparo y en el bloqueo del difícil proceso de duelo. Bastantes de estas nuevas parejas se fracturaron inmediatamente después del final de la dictadura.
Un comentario particular merecen los hermanos menores de desaparecidos, que vivieron la situación de represión durante la infancia. Estos chicos tenían que elaborar la pérdida simultáneamente con los efectos desestructurantes y melancolizantes que la misma producía en el seno de su grupo familiar. En los casos en que los padres, especialmente la madre, participaban en algún movimiento colectivo de búsqueda de los desaparecidos, los hermanos podían tener sentimientos recriminatorios vinculados a las vivencias de abandono. También aparecían sentimientos de desvalorización en cuanto al reconocimiento narcisístico por parte de los padres, dado que el desaparecido iba siendo más y más idealizado. Sin embargo, no manifestaban explícitamente sus reproches, ya que estos sentimientos los ponían en conflicto con su ideal del yo, y porque temían perder el amor de sus padres. Al mismo tiempo, eran muy comunes las actitudes sobreprotectoras de los padres, por el temor a los posibles riesgos que implica la autonomía.
Muchas familias quedaron reducidas a la familia nuclear, reforzando los fenómenos endogámicos y la hostilidad hacia el exterior, apoyadas en el aislamiento al que eran empujadas por la situación de terror que hacía que sus familiares los abandonaran e incluso los cuestionaran. Tenían la vivencia de ser una especie de papa caliente que los otros no quieren agarrar. Su sola presencia antagonizaba en los otros los mecanismos de negación y disociación de lo traumático, incrementando su sufrimiento. Muchas veces, la violencia de los afectos suscitados en su entorno por el acontecimiento catastrófico lleva a las personas a la renegación de su propio dolor.
Con el tiempo, las familias directamente afectadas completaron sus procesos de reestructuración. Superado el período inicial de crisis, aunque el carácter del traumatismo vivido dejó consecuencias que están en el límite de lo elaborable, y la sensibilidad a los acontecimientos de retraumatización quedó aumentada.
Observamos dificultades en el proceso de separación-discriminación en el vínculo entre abuelos y nietos. Unos y otros, por problemáticas diferentes vinculadas con la pérdida del apuntalamiento en el pasado, se consideran recíprocamente imprescindibles en el presente. También entran en crisis matrimonios sostenidos durante mucho tiempo en un acuerdo implícito de apoyatura para compartir la crianza de los hijos.
El sistema de desaparición de personas, como base de la represión, dejó una marca tan fuerte en la sociedad, que otras situaciones como prisión prolongada, tortura, exilio, insilio han quedado opacadas largo tiempo en la consideración de sus implicancias, incluso para quienes las padecieron.
Puntales
El psiquismo individual encuentra en el lazo social, expresado a través de múltiples mediaciones, un soporte indispensable para mantener su integridad y funcionamiento. Las situaciones de crisis, de emergencia, traumáticas, sean de origen endógeno o exógeno, ponen en evidencia por carencia, la importancia de este apuntalamiento, ya que el sujeto queda sometido a la pérdida de sus soportes habituales. Mientras el apuntalamiento se mantiene, el sujeto no tiene noticias de su importancia; no está sometido a sentimientos de indefensión, de inermidad, de desamparo y de temor a la desestructuración psíquica, ya que el sostén es mudo, pero es condición necesaria para garantizar el funcionamiento del yo. Las situaciones traumáticas producidas en los grupos familiares durante un período prolongado generaban una pérdida del apuntalamiento psíquico de sus miembros. En cada caso esto se expresó de diferentes maneras, desde imposibilidad de una integración adaptativa adecuada del yo hasta problemáticas más circunscriptas.
En otros casos, los chicos asumieron precozmente roles familiares adultos, ocupando el lugar del padre o la madre desaparecidos, funcionando como pseudo partenaire adulto y estructurando una personalidad con rasgos de sobreadaptación; esto sucedió con mayor frecuencia en varones, especialmente a partir de la segunda infancia y principios de la adolescencia. Los fenómenos de sobreadaptación se observaron en las mujeres más tardíamente, especialmente a partir de adolescencia. Se observó también la actitud defensiva de evitar hablar sobre la situación traumática.
Es probable que, en los varones, la sobreadaptación esté vinculada con el rol social del hombre: al encontrarse solos con la madre o la abuela, es decir en un vínculo con una figura femenina, desarrollaron precozmente una función protectora. En los adolescentes varones que contaron con la presencia de figuras paternas sustitutas, pero a su vez debilitadas por sus propios sentimientos de pérdida, los efectos patológicos están más vinculados a conductas infantiles o impulsivas. En las adolescentes sobreadaptadas, el problema se relaciona con el mantenimiento de vínculos simbióticos y el temor o la angustia ante las pérdidas.
El discurso social que induce el olvido renegatorio y avala la impunidad constituye un factor importante para la pérdida del apuntalamiento.
Un alivio
Muchas familias tenían gran dificultad para informar a los niños sobre lo ocurrido con sus padres, particularmente durante los primeros años de la dictadura. Incidían: el mandato de silencio sobre todo lo que ocurría; el temor a lo que pudiera pasar a los propios chicos o a las familias, si los chicos comentaban algo con sus compañeros de colegio o con sus amigos del barrio, y la dificultad de los adultos en aceptar el sufrimiento que la situación de desaparición les causaba, dificultad proyectada en los chicos bajo la idea de que la información podía causarles daño o sufrimiento.
Generalmente, las explicaciones acerca de la ausencia de los padres eran falsas. Entonces, estas explicaciones podían ser interpretadas como un abandono voluntario por parte de los padres. En la mayoría de los casos, los niños, sobre todo los que ya estaban en edad escolar, sabían que la información que recibían era falsa, y en algunos casos conocían lo que había pasado con sus padres. Sin embargo, acompañaban el secreto familiar haciéndose cargo de la prohibición de hablar de lo que ocurría en la familia. Resultaba habitual que se mantuviera el silencio fuera de la familia, inclusive en la relación con los pares. Esto privaba a los chicos del apoyo de sus grupos naturales. En otros casos, la situación se contaba en forma de confidencia.
Y en ese tiempo muchos terapeutas, consultados por estas familias sobre cómo manejar la situación de los niños –bajo el influjo del discurso alienante de la dictadura y urgidos por dar alguna respuesta que resolviera la ambigüedad psicotizante de la situación de presencia-ausencia de los desaparecidos– aconsejaban dar por muerto al desaparecido e informar en este sentido a los niños, suponiendo que la familia y los niños podrían elaborar de esta manera el duelo.
La experiencia demostró que era esencial que los chicos tuvieran una información pormenorizada de lo ocurrido, dado que los efectos patológicos del secreto podían llegar a ser tan importantes como la situación de pérdida.
Por otra parte, en familias que no guardaban ese silencio y estaban comprometidas en la actividad pública de búsqueda de los desaparecidos, muchos chicos, especialmente durante el período llamado de latencia (aproximadamente entre los cinco y los 12 años), evitaban hablar del tema. Esto provocaba angustia en los familiares ya que lo tomaban como una negación de lo ocurrido. Una consecuencia frecuente era la insistencia compulsiva, por parte de los adultos, y el rechazo u hostilidad por parte de los chicos.
Una de las funciones terapéuticas es ir al encuentro de la realidad traumática, habilitando un espacio de palabra que permita la salida de los mandatos externos e internos de silenciamiento, aun cuando el encuentro con ese espacio implique un período de sufrimiento.
En todos los casos que hemos conocido, acceder a la explicitación de la verdad produjo un sentimiento de alivio.
* Extractado del trabajo “Memoria e identidad”, cuya versión completa puede leerse en la página web del Equipo Argentino de Trabajo e Investigación Psicosocial www.eatip.org.ar
Pierre Vidal Naquet (Los asesinos de la memoria, Siglo XXI, 1994) sitúa la circulación histórico-política del término “desaparecido” y el acto de “desaparición” de personas en un texto de Tucídides del año 424/423 a.C. referido al destino de los ilotas en manos de los espartanos: “Poco después se los haría desaparecer, y nadie sabría de qué manera cada uno de ellos habría sido eliminado”. Y agrega Naquet: “Los ilotas ‘desaparecen’, son ‘eliminados’ –lo cual también podría traducirse como ‘destruidos’–, pero las palabras que designan la matanza, la muerte, no se pronuncian y el arma del crimen permanece desconocida”. Los eufemismos tienen su origen en la historia antigua, pero son de una actualidad que retorna con la fuerza de lo que Naquet designa como la desaparición de cada uno –según recuerda, desde el título, su libro Los asesinos de la memoria, donde puede leerse: “Cada víctima tenía su propia historia y siempre se ignorará cómo se administró la muerte, en forma individual, colectiva o en pequeños grupos”–.
La desaparición de cuerpos remite a la diferencia entre sepultura (cuerpo e inscripción inseparables) y cenotafio (la sepultura de los marineros muertos en el mar y arrojados al agua), en el que el cuerpo no está en la tumba. Estos cenotafios están acompañados de enunciados que recuerdan las virtudes del muerto, aunque lo importante en ellos sean los datos de filiación del cuerpo perdido, inscriptos en la lápida. Tema de más de un coloquio, la relación entre escritura y muerte pasa aquí a un primer plano. Los que sostienen esta teoría de la escritura como elaboración del duelo consideran que la escritura puede concebirse como una prolongación de la sepultura –el primer gesto que acompaña la celebración de los funerales y le da una simbolización a la muerte–.
“¿A qué género responden estos textos que, con una insistencia inclaudicable, reaparecen día a día en la página de un solo diario?”, se pregunta el autor de este ensayo sobre los recordatorios de desaparecidos que, en Página/12, “solicitan el derecho a la muerte escrita”.
“El arma del crimen es desconocida”
Por Luis Gusman *
Resulta insoslayable una lectura de los avisos que provisoriamente llamaré recordatorios, publicados cotidianamente en el diario Página/12. La relación que guardan con la posición discursiva de los sobrevivientes es tan estrecha que su análisis resulta ineludible, en tanto afectan a las generaciones pasadas y futuras, tal como lo testimonia la existencia de las organizaciones de abuelas, madres, hijos y, por último, nietos de desaparecidos. El recordatorio como escrito que pertenece al género fúnebre se encuentra próximo al aviso mortuorio conocido como “aniversario luctuoso”. Se trata de las esquelas mortuorias publicadas en los aniversarios en ocasión de la muerte de alguien y que, según Eulalio Ferrer en Pompas fúnebres, cuentan con dos elementos inconfundibles: la leyenda in memorian y un mensaje dedicado al difunto, en el que se reitera que “sigue vivo” en el recuerdo de sus seres queridos. En las esquelas anuales católicas se agrega la conmemoración de una misa, una cita bíblica y una frase preestablecida: “Siempre te recordaremos” o “Tus familiares te recuerdan con amor”.
Es interesante situar la aparición y circulación de los recordatorios, que se diferencian de cualquier otro escrito fúnebre. Su origen puede rastrearse en los avisos de defunción que ideó la iglesia medieval conocidos como mortuarium, que no eran otra cosa que cartas rotuladas donde se daba la noticia de la muerte de algún miembro del clero. Como lo describe Eulalio Ferrer (El lenguaje de la inmortalidad. México, Fondo de Cultura Económica, 2003), quien se ha ocupado –entre otras cosas fúnebres– de los colores de la muerte, los mortuarium poseen una materialidad y un color. En Roma, en el año 539 a.C., comenzaron a aparecer en forma de avisos personales, edictos y mensajes políticos, garabateados en las columnas de los muros de las plazas públicas. Es decir que en algún momento del siglo XII o XIII, el mortuarium escrito reemplazó al pregonero medieval que anunciaba públicamente la muerte. Como estos avisos se renovaban, los muros se blanqueaban constantemente con una lechada de agua y cal para borrar los avisos anteriores ya caducos. Estos avisos recibieron el nombre de álbum –blancos, plural de albos–, que significaba blanco opaco. Estos carteles y epitafios transmitían un mensaje personal que se volvía público.
Podemos decir que los recordatorios publicados en Página/12 utilizan algunos de estos procedimientos fúnebres, pero no se subsumen ni se reducen a ninguno de ellos en particular. Por su fugacidad, forman parte de la esquela, que los diferencia de la inscripción en la piedra del epitafio. Entre estos procedimientos, podemos citar específicamente el código visual y el gráfico. La publicación de las fotos en los recordatorios de Página/12 y lo que se llama el marco austero, con su límite gráfico, recuerda los bordes mortuorios del aviso fúnebre tradicional –marco que con el tiempo se fue reduciendo a una sola línea negra–. Sin embargo, hay una diferencia para tener en cuenta: los recordatorios de Página/12 no toman la dispositio del aviso fúnebre, su aspecto “caligramático”, que ilustra el impreso con la forma de una iglesia o de una lápida sepulcral.
Ferrer señala cómo el lenguaje fúnebre de las esquelas mortuorias de filiación católica se enriquece con citas bíblicas. Tomando la Biblia como referencia, en más de un recordatorio publicado en Página/12 encontramos citado el versículo de San Juan evangelista: “No hay nada más hermoso que dar la vida por los amigos”. También es evidente cómo, en algunos de estos recordatorios o avisos fúnebres, cierta concepción del amor al prójimo y del amor a la vida se condensa con cierta concepción de la muerte bajo la forma de lo que Ferrer llama “eufemismos mortuorios laicos”, tales como “Ha desaparecido” o “Desapareció de nuestro lado” –esto es, una negación de la muerte en nombre del más allá–. Sería productivo cotejar el modo en el que este eufemismo usado por los militares argentinos –que provienen fundamentalmente de una tradición férreamente católica– fue analizado por los “documentos eclesiásticos” que se expidieron acerca del papel de una parte de la Iglesia argentina en la época de la represión. El par desaparición-vida es un tópico que adquiere otros significados: “Por una vida mejor” o “Por los otros”. Pero en la expresión “Desapareciste pero no perdiste la vida”, el eufemismo se transforma en oxímoron.
Estos recordatorios transmiten cada aniversario la actualidad de esas desapariciones; más que recordarnos a los muertos, nos revelan la evidencia de un discurso que, por más estereotipado y retórico que sea, sigue vivo. Estos textos breves, en muchos de los cuales apenas figuran un nombre, una fecha y una fotografía, son difíciles de clasificar discursivamente. Si para Claudel los salmos abarcan casi todo el campo de la plegaria, podemos decir que estos recordatorios abarcan gran parte del campo de una memoria activa. Es posible, pero ¿a qué género responden estos textos que, con una insistencia inclaudicable, reaparecen día a día en la página de un solo diario? ¿Es esa cotidianidad la que le otorga esa sensación de letra viva?
El primer impreso fue publicado en Página/12 el 25 de agosto de 1988. El recordatorio estaba encabezado con el título “Solicitada: Laura Estela Carlotto. A diez años de su asesinato por la dictadura militar”. En la parte final del texto, en lo que precisamente se podría llamar recordatorio, figuran estas palabras: “Tus padres, tus hermanos, tu familia, tus amigos y los demás (aunque no lo sepan) no te olvidamos”. El hecho de que figure la palabra “asesinato” y no “desaparecida” indica una línea tomada respecto de la política de los huesos. A la vez, la expresión “aunque no lo sepan” anticipa y también intercepta el “para que se sepa”, que legitima el derecho a la muerte escrita.
Escritos en el cruce de géneros, donde se mezclan desde un salmo hasta un poema, los recordatorios exceden a la plegaria, pudiendo incluso llegar a tomar la forma de una carta o de una solicitada. Como puede observarse, no se trata de leyendas que pertenezcan a una organización política; excepcionalmente, pueden aparecer firmados por una entidad sindical. Tampoco podrían reducirse al ámbito de los vínculos familiares. Si bien recuerdan los lazos de amistad, los exceden, puesto que incluyen la categoría política de “Compañeros”. No poseen una única definición, pero como si brotaran del fondo de la tierra, cada día de cada aniversario se multiplican hasta la repetición. ¿Pertenecen a un género inclasificable? Me inclino a pensar que no se trata de una cuestión de catálogo, sino del lugar ectópico que estos impresos ocupan respecto de los textos que podrían incluirse históricamente dentro del género para la muerte.
“¿Quiénes te secuestraron? ¿Adónde te llevaron? ¿Qué hicieron con vos?”, son tres preguntas que afectan a la especie humana, por medio de las cuales muchos de estos recordatorios solicitan el derecho a la muerte escrita. Para Armando Petrucci, en La ciencia de la escritura (FCE, 2002), el poder inscripcional –o aquello que él llama “escripción”– se sitúa del lado del poder. En Atenas, durante la primera mitad del siglo IV, cobró difusión el uso de inscripciones funerarias claramente escritas de modo que favorecieran su lectura pública. Todo ciudadano tenía derecho a un epitafio donde figuraran los datos de filiación y el lugar donde había muerto. Ese derecho de los ciudadanos fue denominado “derecho a la muerte escrita”. Los afiches fúnebres que todavía hoy se pueden ver en el sur de Italia son el testimonio de él. Con el correr del tiempo, ese derecho se restringió a las elites que ejercían el control, mientras que el uso de la escritura tanto como el de los lugares de sepultura se volvían más selectos. Es decir, a los pudientes se les reservaba el ámbito de las iglesias y cementerios urbanos, mientras que a los pobres les quedaban las fosas comunes. El muerto que camina, sin cajón, cirios y sepultura. Sabemos que hay algo que va más allá de la muerte: las clases sociales. No es cierto que la muerte uniforma o que nos vuelve a todos iguales, ni siquiera ante el Señor.
A pesar de las fórmulas estereotipadas, insisto, los recordatorios no son fácilmente clasificables. En el polo opuesto de lo elíptico, la denuncia sigue ocupando un lugar principal, pero sucede generalmente que, junto a ella, la “poetización” ocupa el lugar de cierta manifestación afectiva. Así, es posible encontrar en muchos de los recordatorios un carácter poético, bajo la forma de metáforas tales como las de los sueños y los ideales perdidos. De esta manera, los ideales de lucha también se pueden transformar en una abstracción. En otros textos la muerte adquiere cierta “universalidad” que la torna abstracta y que sólo se vuelve concreta por los objetos cotidianos que nombra y por la contigüidad siniestra que los precede. Por ejemplo, el impreso que lleva el nombre de Carlos María Roggerone y Mónica Susana Masri, secuestrados de su domicilio una noche de abril de 1977, dice: “Saquearon su casa./ Ellos, el hijo que esperaban/ su radio, su televisor/ sus muebles. Continúan desaparecidos”.
También hay algo épico en los recordatorios. “Hasta la victoria siempre” es la consigna dominante, que recupera del olvido algo que a veces se pierde de vista: que se trataba de una lucha. Y no hay mayor triunfo para el genocidio que el hecho de hacer olvidar que se trataba de una lucha política. La expresión “Hasta la victoria siempre”, que tiene un valor altamente político, no es equivalente a la consigna “Ni olvido ni perdón”. Sin embargo, ambas tienen un rasgo en común: nunca aparecen formuladas de manera adjetivada o poetizante. Pueden aparecer modalizadas, integradas en formas tales como “Ni olvidan ni perdonan tus hijos, tus padres”. Lo mismo sucede con enunciados que sólo admiten un uso literal. La letra de la ley no es una reserva textual poética o literaria: “No al punto final”, “No a la obediencia debida”, “No al indulto”. La frase de Juan Gelman, “Hay un funeral que resolver”, queda invertida por estos textos que son algo más que un recordatorio, algo más que la sustitución de un epitafio ausente. En ellos, la denuncia conserva un valor genuino que excede la neutralización mediática. Una figura recurrente es la elipsis. Expresiones tales como “ausencia forzada”, “detenido-desaparecido” o “te arrancaron de nuestro lado” son eufemismos cuyo valor crítico o de consigna a veces no es suficiente. Sería más claro decir “asesinado”, ya que en alguno de estos impresos-denuncias se dice “los asesinos” con referencia a los agentes del terrorismo de Estado.
¿Dejarían de aparecer estos impresos si fuera posible “reintegrar” los cuerpos a los familiares o incluso si los culpables fueran condenados? Creo que la transmisión no puede ser reducida ni a la memoria ni al olvido. La pregunta sería entonces ¿dónde situar la transmisión? ¿En la enunciación o en los enunciados? Es posible situar ese registro de la enunciación en el que quizá sea el más patético y doloroso de estos impresos, el de Pablo Gustavo Laguzzi, que a los seis meses fue asesinado por la Triple A. Ahora cumpliría 22 años, y su recordatorio tiene un fuerte contenido explícito de denuncia, porque en él figuran mencionados los nombres de sus asesinos. “Hoy es tu cumpleaños y estás con nosotros” es más que una conmemoración, y va más allá del hecho de si se hizo justicia. Ningún mecanismo psicológico defensivo puede explicar ese presente. Lo mismo sucede con la expresión “Cumplís sesenta años” –una leyenda que habla de un presente que no se resuelve, más allá de que esté mediando una operación simbólica–.
El olvido no es inocente, nunca es inocente. No hay consolatio. “Que la tristeza nunca sea unida a tu nombre”, apunta al futuro. Suspensión temporal que no es igual a “Te estamos buscando”. Hay algo allí que no cicatriza. No hay una figura positiva del duelo; no hay una función simbólica que recubra totalmente el horror. Esto no excluye el hecho de que se haga justicia, aparezcan las listas y los asesinos digan dónde arrojaron los cuerpos. Una frase de Borges –un nombre de autor que en estos impresos constituye una excepción– nos permite situarnos en ese registro de la enunciación: “Sé que una cosa no hay, es el olvido”. La frase no se refiere a que no hay que olvidar, sino a que es imposible hacerlo. El “No olvidaremos” como “presente” se encuentra en el recordatorio de Pablo Gustavo Laguzzi: “Lo tenemos presente en los sueños y pesadillas de cada día”. Pero entonces es cierta esa transmisión de la pesadilla de la historia de la que no podemos despertar. Me hace pensar que estos textos no forman parte de lo simbolizable, sino que, al contrario, más allá de las cuestiones nombradas, seguirán reapareciendo.
Después de la marcha multitudinaria de 1996, a veinte años del Golpe, los recuadros-lápidas publicados en Página/12 comenzaron a consignar y a reivindicar con frecuencia el origen militante de los desaparecidos. A esos espectros ya no se los recuerda únicamente como víctimas inocentes, sino que se los exalta en su carácter vital de militantes políticos. Quizás haya que desarticular el carácter aparentemente solidario de los dos términos. Es posible que bajo el tópico “inocentes” o “víctimas”, pueda leerse en algunos recordatorios no sólo los datos de filiación, sino también la palabra “secuestrada”, “asesinada” o “torturada”. Es decir que el texto se completa con las cualidades morales de la persona, como, por ejemplo, haber sido alumna/o, o abanderada/o. Se siente aquí la necesidad de incluir datos de un valor afectivo y ejemplar. Pero resaltar las virtudes del asesinado podría llevar a justificar, en ausencia de dichos rasgos o en posesión de otros rasgos considerados negativos, la expresión que circuló y funcionó durante el Proceso: “Algo habrá hecho”, legitimando cualquier grado de atrocidad.
A diferencia de lo que puede leerse en los diferentes documentos episcopales, en ninguno de los recordatorios, incluso en aquellos que invocan una creencia religiosa o a Dios, se aboga por reconciliación alguna. En el extremo opuesto se encuentra la figura del Apocalipsis que se menciona en el Documento final de la dictadura militar. La civilización cristiana incluye la figura del Apocalipsis para dejar un margen eterno que justifique teológicamente el error.
Estos recordatorios nunca son estéticos, aunque a veces utilicen elementos estéticos –poesías, letras de canciones, citas del Evangelio o literarias–. Tienen una estructura monótona, repetitiva y estereotipada. No podría ser de otra manera: si hay algo en ellos de ese real, van a retornar una y otra vez como la marea, aunque el agua del mar o del río devuelva los cuerpos irreconocibles.
* Fragmentos del artículo “El derecho a la muerte escrita”, publicado en la revista Conjetural, Nº 42.
Con frecuencia me he preguntado si no escogí deliberadamente mi destino. Después de todo, la vocación del prisionero es evadirse incluso en las situaciones más extremas. Yo fui al matadero como un vulgar cordero, sin chistar, a pesar de que no me faltaron oportunidades para escapar.
De todas maneras, cuando la muerte me acorraló, me defendí, luché, resistí por todos los medios, aunque de manera pasiva, doblándome como un junco en medio de una tempestad. En mi caso, no es fácil dar una imagen admirable, por no decir gloriosa. Pág. 24.
El Ultimo Combate
Tuvimos que responder a las órdenes ladradas en alemán, y los de reacciones lentas empezaron a probar el garrote. Yo hice bien mi trabajo. Conseguí que inscribieran a los que sabían hacer cualquier chapuza los registré como carpinteros, cerrajeros o pintores de brocha gorda; yo mismo me inscribí como químico. Era de los dos o tres más jóvenes de la remesa, rosado e imberbe, lo que contribuyó a crearme algunas simpatías, no todas confesables, entre los altos dignatarios; de ellos aprendí prácticamente todo lo necesario para sobrevivir más tiempo. Pág. 30.
Habíamos superado la etapa de los sentimientos, de las relaciones de amistad. Cada cual, replegado en sí mismo, luchaba por sobrevivir. La máquina de deshumanizar había funcionado de maravilla. Ya sólo existíamos en la indignidad.
Pág.39.
La formulación sobrevino mucho más tarde, a medida que la decantación del grupo hizo desaparecer, por riguroso orden, las categorías más expuestas. Los trescientos cuarenta que éramos al principio se redujeron en un cuarenta por ciento en tres meses; en un sesenta por ciento en ocho meses, al ser el verano menos letal que el invierno; en un ochenta y cinco por ciento al cabo de un año. El quince por ciento restante formó un residuo incompresible, porque se había adaptado a la vida del campo y disfrutaba de distintos privilegios. Pág.60-61.
Bajo la carpa, cuando todos los sufrimientos no habían hecho más que empezar, todavía sentía el lastre de toda la gama de los sentimientos humanos: amistad, compasión, solidaridad. Pág. 63.
Poco después, comprendí rápidamente que, como una muchacha de buena familia recién salida de un convento de Ursulinas, iba a tener que defender ferozmente mi virtud. Y ello no para satisfacer ninguna supuesta moral, ya que por ese lado no me quedaba ninguna inhibición y en caso de necesidad extrema me hubiera dejado hacer, sino porque las implicaciones eventuales llevaban el sello de «peligro de muerte inmediata». Pág. 73.
He escrito este capítulo sobre nuestra caída común y sobre la muerte de Philippe, mi amigo. Sentía por él una ternura infinita, compartida. Y, antes de ponerle punto final, confieso que he dedicado todas mis energías a evocar su imagen, su silueta, su cara y el sonido de su voz. Le he puesto fórceps a mi memoria. No queda nada, ni la más mínima huella. Si retrocediera cincuenta años, no sé si podría siquiera reconocerle. Pág. 75.
El Agujero Negro
De aquellas semanas no conservo más recuerdo que los sufrimientos, el frío y la humillación. ¿El quid de las relaciones humanas? No existen. Estoy rodeado de sombras inconsistentes que apenas puedo discernir y que se evaporan a medida que pasan los días. (...) Me he encerrado en mi caparazón, toda la energía vital que me queda está destinada a mi propia supervivencia. (...)Todos los seres humanos que me rodean son intercambiables. El que me frota la espalda en la esplanada, el que anda a mi lado hacia las obras de la Buna, el que me precede por la noche en la cola de la sopa. (...).
Mi último sentimiento se extinguió con Philippe. La carne y los músculos se funden, los dientes se descarnan, las tripas se licúan, se envenenan las heridas y morimos, morimos, morimos.
Yo, por mi parte, hacía ya tiempo que había resuelto el problema de la dignidad, que mató a tantos. Respondía con un sordo desprecio a la permanente humillación, lo que me permitía soportar las vejaciones diciéndome que provenían de unos seres infrahumanos de los que no cabía esperar otra cosa y a los que no había que tomar en cuenta. Era un procedimiento algo sospechoso, pero resultaba eficaz y cómodo. Mucho me temo que la actitud de desprecio es uno de los estigmas del campo que me han acompañado hasta la vida civil. Lo he manifestado a plena luz, a veces equivocadamente. Pág. 109-110.
Me desperté sobresaltado por unos gritos y la orden de un SS en el que reconocí al sádico Rakasch, el terror del campo. (...) Rakasch, Hauptschdrführer Rakasch. El mal absoluto. Hoy, con cincuenta años de distancia y de vivencias, soy consciente de que se trataba de un perverso profundo. En aquella época, el candor de mis diecisiete primaveras me empujaba a esquivarlo todo lo posible sin buscar más explicaciones. Pág. 111.
Rakasch, al contrario que el atajo de brutos primitivos de sus colegas, no inspira un miedo simple, elemental. Hace reinar un terror metafísico. Anda siempre solo, mientras que los SS van en parejas. Probablemente crea malestar incluso entre los suyos.
Lo vi en acción por primera vez unas semanas después de mi llegada. Mató a un viejo gitano, después de haberle pegado una paliza, ahogándole en un charco de agua de unos veinte centímetros de profundidad, apoyando la bota contra su cabeza. Creo que experimentaba un profundo placer haciendo sufrir y matando luego. Pág. 112.
PARENTESIS II
Han pasado dos meses desde que escribí sobre la primera página en blanco las primeras palabras: Crónicas del mundo oscuro. A medida que pasa el tiempo, las cosas se han estropeado. Estaba previsto. El sueño me rehuye. Mis cambios de humor hacen que resulte insoportable para mi familia, los altibajos están en función de las páginas que escribo. Pág. 123.
Tal vez mi estado físico, cuando me encontraba en lo más bajo de la curva, no me permitió registrar ni una imagen, ni una palabra, durante un lapso de tiempo. Pero me pregunto por qué veo con claridad al jefe del campo, al kapo de los químicos, al enano de la tienda, al doctor Ohrenstein y a muchos otros, mientras que no me queda nada de Philippe, que se deshizo en humo, ni siquiera el sonido de su voz. Pág.125.
La Condena
La ley del campo es simple: uno hace el bien cuando dispone de medios y cuando le viene en gana; en el resto de las ocasiones, a poco que uno disponga de una parcela de poder, hace el mal. Pág. 129.
La Bofetada
Octubre. Hace un año desembarcaba aquí un chico de buena familia apoyándose en el hombro de un compañero para aliviar su pie herido. En este año me he hundido, he tocado fondo, remontado, salido a la superficie y recuperado el aliento. Soy un veterano, correctamente vestido según los cánones de la moda local.(...). Todavía no pertenezco, hablando con propiedad, a la Prominenz, la aristocracia del campo, pero me consideran un hombre influyente. Me atribuyen protectores poderosos, entre ellos el jefe del campo. Aparentemente, la naturaleza humana es de tal manera que una situación horrible se hace soportable a poco que uno pueda distinguir categorías todavía más desposeídas, todavía más maltratadas. Éste es mi caso. Uno se conforma con lo que puede. He visto moribundos saltar de alegría ante la idea de un cacillo suplementario de sopa, y puros musulmanes alegrarse por media hora más de descanso. He llegado a ser envidiado. Así pues, debo ser feliz. Relativamente feliz. Pág. 143-144.
Desembarcó (...) Trescientos alsacianos, (...) Entre cuatro o cinco, cada uno detrás de una mesa, les inscribimos en el registro. Antes del inicio de las operaciones me llevé aparte a algunos de ellos para hacerles un briefing, con instrucciones de pasar la consigna. De este modo hice nacer una profusión de artesanos, cerrajeros, carpinteros, pintores de brocha gorda, sastres, metalúrgicos e incluso dos enfermeros. Les expliqué que el mercado local de la agricultura y la viña no era nada interesante, y que lo importante era vivir. Pág. 145.
En el bloque, tengo una cama para mí solo cerca de la parte noble en la que residen Anton y sus Stubendienst asistentes, cuyo número ha sido reducido. Me han pedido que eche una mano por la mañana y por la noche para tenerlo todo en orden; en cierto modo soy Stubendienst honorario. Por supuesto, me reporta ventajas en especies y algunas satisfacciones a mi amor propio. ¿Tal vez me haya incluso convertido en un engreído? A los diecisiete años es difícil ver las cosas con claridad.
Una mañana, al levantarnos, inspecciono la fila que tengo a mi cargo para asegurarme de que las camas están hechas, y me encuentro cara a cara con un viejo que se ha quedado acostado en la litera de en medio. Es un judío polaco en las últimas, uno de esos que en el lenguaje del campo se dice que van a eingehen, un término que en alemán se aplica a las plantas que se están marchitando. Le digo que se baje enseguida y que haga la cama. Me mira y masculla algo en yiddish, creo comprender que me está provocando. Furioso, tuve el reflejo de levantar la mano y abofetearle. En el último momento, contuve mi gesto y la mano tocó levemente su mejilla. Durante esa fracción de segundo, vislumbré y sondeé los abismos. Vi sus ojos. Unos ojos que expresaban la espera, la resignación, el desprecio, la desesperación. Unos ojos que derramaban cansancio y repugnancia de sí mismo y de los demás. Unos ojos que veían la proximidad de la muerte, que la temían y al mismo tiempo la llamaban. Unos ojos sin lágrimas y sin reproches. Apenas un aleteo de las pestañas en espera del contacto con la mano. Mi mano. Y tal vez lo inventara todo. Tal vez se limitaba a mirar al vacío, como las bestias antes de ser sacrificadas, y quizás el mensaje de sus ojos fue un invento mío. En ellos proyecté todos los fantasmas que llevaba en mi interior. Tal vez era simplemente la imagen de lo que yo había sido ocho meses antes. Aquella anticipación de mi propia muerte, de la que no tuve conciencia en esa época, y que odiaba en ese preciso instante.
Librarme de aquel recuerdo barriéndolo con un ademán... (...) Me quedé petrificado. Luego me alejé, y esta escena, banal en la vida cotidiana de un campo de la muerte, me ha atormentado toda la vida. El contagio se había producido y yo no había escapado a la norma. En aquel mundo de violencia tuve un gesto de violencia con el que demostraba que había ocupado el lugar que me correspondía.
El viejo judío polaco debió morir en los días siguientes, pero desde entonces lo llevo en mí como un embrión. El recuerdo de mi gesto no deja de perseguirme. Es una de las heridas abyectas y no cicatrizables que me acompañan a todas partes. Pág. 148-149.
Y en este concierto, yo he interpretado mi partitura. En los años sesenta intenté librarme de esta historia escribiendo un texto en forma de novela titulado La bofetada. El protagonista es otro yo, un yo que hubiera podido llegar a ser, y que veinte años después es testigo de una escena anodina que acaba con una bofetada. Esta escena le trae a la memoria otra que ha vivido y que acabo de describir. En cuarenta y ocho horas, se teje y se desteje una crisis que el protagonista describe al mismo tiempo que la vive; mientras tanto, su vida familiar y profesional prosigue. Creí volverme loco. Probablemente era demasiado pronto. Exploté a medio camino; el manuscrito está sin terminar en el fondo de un armario. Por lógica, mi héroe tendría que haberse suicidado. Probablemente sentí que corría el riesgo de imitarle.
Retrovisión
Mi retorno no se distinguió en nada del de otros que han sabido describirlo. Los que me esperaban se taparon los oídos. Los que pudieron me esquivaron.El precipicio era infranqueable. Saqué las conclusiones pertinentes y me callé. Corté los lazos que me ataban al campo: a Olchanski volvía verle una vez, a Robert y a Pierre Bloch dos, y una vez también al doctor Freze. Imagino que ninguno de nosotros soportaba las miradas de comprensión de los demás. Así ha sido durante cuarenta años. (...) Volví a la vida civil sin emociones particulares, conectando, como si nada, con la vida de antes.
Así que un día, después de tres o cuatro años de vagabundeo, acabé por decidirme a compartir la suerte común. Inicié una existencia normal, me casé, tuve hijos, ejercí una profesión. De vez en cuando, más bien en invierno, después de dos o tres copas, contaba alguna cosa.
Como las ollas a presión cuando sueltan vapor. He tardado años en darme cuenta de que Auschwitz ha sido el acontecimiento determinante de mi vida, que se operó en mí un cambio profundo. Mi visión del mundo era otra, como era otra la manera de mirarme los demás.
Auschwitz es un diablo en una caja cuya tapa salta al mínimo contacto; de rebote, sus secuelas han afectado a mis allegados, a la vida de mi mujer y al equilibrio de mis hijos. (...) Cada acontecimiento era sinónimo de reactualización y luego de desencadenamiento mediático y, para mí, tan pronto de exasperación como de sobreexcitación incontrolable, de insomnio, de reflujo de recuerdos que me hacían insoportable para los que amaba. (...)
¿Cuáles son las secuelas de mis años de internado, como me gusta llamarles, además del número marcado en mi brazo izquierdo que, en verano, antes de que el moreno lo disimule, suscita a veces una palabra emocionada por parte de un desconocido sagaz y cómplice?. La incapacidad de expresar mi amor a pesar del calor que siento en mi interior, los gestos que no me salen, como abrazar a los que amo, las caricias de las que soy incapaz, ¿son obra del campo, o son el resultado de una infancia sin madre y sin ternura? Tal vez de los dos.
También perdí la noción de respeto. Durante mucho tiempo, cuando conocía a alguien, lo veía desdoblado: por un lado, bajo su apariencia humana en la sociedad y, por el otro, bajo los rasgos del Häftling que hubiera sido en caso de suerte adversa.
A buen seguro, la indiferencia ante la muerte es un subproducto neto. La muerte de los demás me resulta banal, y la mía también. Creo poder decir que si me anunciaran mi fin para esta tarde a las seis no me emocionaría demasiado.
Habrá que verlo llegada la ocasión.
La vertiente rosa de esta corona de espinas es que me he convertido en invulnerable: las pequeñas desgracias de la vida cotidiana me resbalan como la lluvia en el parabrisas. Acepto los problemas y las contrariedades sin perder el sueño. Dispongo de un sistema de referencias que me permite minimizarlos y clasificarlos en la categoría de incidentes menores. Al mismo tiempo, le saco partido a las cosas de la vida. No ha habido demasiados días durante estos cincuenta años en que no haya sentido, aunque fuera sólo durante un instante, una felicidad, incluso una alegría intensa. De este modo, he recibido más regalos de los que puede transportar un ejército de Papás Noel. Y todo ello porque, a diferencia de Philippe, del Campeón, de Robert Levy, de Feldbaum, de Jacques el actor, del viejo judío polaco y de miles más, he sobrevivido para recogerlos. No tendría sentido quererle llamar otra cosa que felicidad.
Y sin embargo.
Queda el punto crítico, que me parece personal, al que los demás, afortunadamente para ellos, han escapado: el de la dignidad, mi dignidad de ser humano. Inicié mi segunda vida a los dieciocho años. Aparte de las enfermedades que acabo de evocar y que sé irremediables,creo haber llevado una existencia honesta, cuya palabra clave habrá sido «ética». Pero jamás, jamás de los jamases, me ha sido posible librarme de mi existencia anterior. He vivido y vivo en la indignidad. Nunca he logrado lavar mi imagen. Soy, y sigo siendo, el testigo pasivo de la muerte de Philippe, el que abofeteó al viejo judío, el enchufado de las letrinas, el cortesano que aduló a brutos y asesinos para proporcionarse un suplemento de sopa cotidiana. ¿Tal vez me quejaba de vicio, poniendo mi imagen lejos de mi alcance? Orgullo, o vanidad. He pagado la cuenta. (...). Sin duda, ha llegado la hora de dar una respuesta a mis dudas. La respuesta es: sí, la escritura me ha hecho bien. He atravesado la vida lastrado con plomo, esforzándome en arrastrar este peso excesivo: ¿Por qué yo? ¿Cómo justificar esta sucesión increíble de azares favorables que han hecho de mí este ser incombustible e insumergible?. Pág. 183-185.
La transmisión de un patrimonio mortífero: premisas éticas para la rehabilitación de afectados *
Marcelo Viñar
En Territorios, número 2, MSSM, Buenos Aires, 1986.
* Leído en la Comisión III “Consecuencias de la Tortura en América Latina: Individuo, Familia, Sociedad, Asistencia, Reparación, Rehabilitación”. Buenos Aires, diciembre 1985.
Puntuación del artículo.
Transcripción “textual” de fragmentos del autor, en función de los siguientes ejes:
·Evitar el efecto de fascinación frente al terror de Estado en cuanto a su impacto en la subjetividad de la época.
·El problema de los “duelos especiales” como una “no forma” de duelo patológico.
·La mudez sintomática: el silencio y el sufrimiento.
·El problema de los “tratamientos específicos” para afectados por el terror de Estado.
·La cuestión de la neutralidad y su salvaguarda.
Estamos aquí para hablar de la Tortura en América Latina.
Por eso en lugar de postular y afirmar, quiero lanzar interrogantes sobre lo que estamos haciendo aquí.
Para hablar, pensar: ¿cuál es la relación de la palabra con una empresa de exterminio?. No hay una relación biunívoca entre palabra y destrucción. Hay mas bien una exclusión recíproca. Por eso pienso que hay que dar un paso al costado, un desplazamiento para no quedar atrapado en la escena visual, alucinada del horror.
Porque aunque parezca obvio –yo quiero insistir- no es lo mismo el horror que el relato del horror. Hay una distancia entre el horror y su relato que hacen que la convulsión no sea la misma. Traer la muerte violenta al espacio de lo hablable no es una operación inocente, aunque sea necesaria e ineludible.
Yo quisiera pues centrar mi intervención en ese intervalo entre el horror y su relato, la palabra y la empresa de exterminio. Es riesgoso porque es fácil deslizar a la posición de justiciero, apropiarse del lugar de las víctimas, expropiarlo y en una fascinación del horror, volver a la escena del sufrimiento para reiterarlo de modo visual y alucinatorio.
El testimonio y la denuncia son una necesidad y una trampa, un compromiso ineludible donde hay que entrar y salir, no quedar capturado en la narración de la escena sádica.
Pero aceptar ese desafío comporta la aventura simbólica de la transmisión posible de un patrimonio mortífero, y el evitar la captura en la fascinación del horror. El retorno y la actualización del horror implica una responsabilidad ética en el consultorio de la escena pública.
Hay modos distintos de trabajar el duelo, y estos modos no tienen un manual de utilización reductible a la transparencia del panfleto.
No todo silencio implica complicidad adaptativa ni todo sufrimiento implica elaboración y progresión que construye.
Necesitamos otro marco distinto del modelo médico para emprender nuestras acciones, para justificar nuestra ética. La historia no nos perdonará la cobardía, pero tampoco la simplificación.
En el proyecto de Rehabilitación y Reparación (palabras importadas de un saber médico) propongo que partamos de lo IMPOSIBLE como norte y meta de nuestra tarea.Pues de algo sí sabemos los psicoanalistas, sabemos que el horror no metabolizado, no significado simbólicamente, vuelve, retorna, insiste como el virus que contagia mordiendo a los más débiles.
Al legado que nos deja la década negra, legado de silencio y sufrimiento en la esfera subjetiva, me pregunto:
¿qué podemos hacer los trabajadores en salud mental?.
¿qué tipo de psicoterapia hay para torturados?.
NO hay tratamientos especiales: de eso, como dice Leo Bleger, ya tuvieron bastante en el cuartel y en los centros de tortura.
Lo único que podemos hacer es lo que sabemos hacer: descifrar enigmas. Explorar como cada persona singular se inscribe en el abanico de respuestas de lo que socialmente llamamos traumatismo. Leer en cada quien su sufrimiento y su silencio, leer con él lo que es reconocimiento, y lo que es omisión y negación frente a lo acontecido.
En la transmisión del patrimonio mortífero, cada elaboración y significación deja su resto de indescifrable. El sufrimiento y el silencio que nos traen estos pacientes no requieren tratamientos especiales porque no hay respuestas normalizables, sino un abanico de reacciones diferentes al mismo tratamiento. Se trata de reconocer en él y con él cuando el decir es confesión traumática y repetitiva y cuando es aventura simbólica de elaboración.
La banalización del dispositivo analítico y su regla de oro pueden repetir en espejo traumático la violencia de otras confusiones.
Más difícil aún sería decir que debemos hacer con la memoria y el olvido – ambos necesarios – que cicatrizan el horror.
¿Cuándo las palabras concitan mediaciones y cuándo son reiteraciones traumáticas?.
El lugar del muerto o del sufriente como héroe en errancia debe desplazarse para no ser obstáculo en “parir” la singularidad de cada sujeto. Entre la memoria y la reconstrucción del pasado hay omisiones, distorciones inevitables en la palabra donde se crean espacios vacíos, necesarios, como refugios de lo intolerable y se crea un decir donde los límites entre la aventura simbólica y la repetición traumática no están en ningún manual.
NO hay psicoterapia especial para torturados o familiares.
Lo que hay (o no hay) es sensibilidad y disposición del terapeuta para recorrer un itinerario de horror, en que la realidad ha redoblado y confirmado los espantos del fantasma, y cuando se está disponible no alcanza con el humanismo heroico.
A veces la repetición traumática, la convocación en transferencia del traumatismo, suscita y actualiza voces aún más intolerables que el acontecimiento mismo.
Pasar por lo extremo del horror es una empresa difícil, para uno u otro miembro del par terapéutico, por eso digo que no alcanza el humanismo heroico.
Mirar el horror de lo que pasó y con ello construir el porvenir, sin la captura de la repetición traumática que redobla el traumatismo, es un duro trabajo.
¿Cómo hacer la nominación y transmisión de ese pasado para que hoy ayude a vivir?.
El precepto, la sabia prescripción de neutralidad que acoge como núcleo de la posición terapéutica, está aquí más amenazada que nunca, y es en ese punto que el humanismo heroico nos puede jugar una mala pasada. Mal servicio hacemos a nuestros pacientes confirmándolos en su posición de héroes o víctimas que el discurso social les asigna.
Esto es para el terapeuta una prueba de fuego y grita la insuficiencia del humanismo heroico.
DDHH/Sch.
La Novela Clínica Psicoanalítica, Cap. 5 “La difícil relación del psicoanálisis con la no menos difícil circunstancia de la salud mental”.
Autor: Fernando Ulloa.
·Puntuación: Concepto de Encerrona Trágica (fragmentos textuales del autor).
Posiblemente, a partir de mi interés por la tragedia y su presencia larvada o franca en los dinamismos institucionales, y basado de hecho en mi trabajo con los organismos de Derechos Humanos, llegué a ocuparme de una figura que conceptualicé como “encerrona trágica”.
La encerrona trágica, por su frecuencia en muchos ámbitos de la cultura –y especialmente de la cultura institucional -, puede analogarse a una suerte de virus epidemiológico.
Consideremos ahora lo que denomino “encerrona trágica”, situación capaz de infiltrar desde el comienzo mismo todo proyecto cultural, principalmente aquellos que se ocupan de la salud.
Suelo insistir en señalar que el paradigma de esta encerrona es la mesa de torturas. Comencé a poner a punto esta figura cuando trabajaba en Derechos Humanos, precisamente con personas que habían sufrido distintas formas de tormento. En la tortura se organiza hasta el extremo salvaje una situación de dos lugares sin tercero de apelación. Por un lado, la fortificación del represor; por el otro, el debilitamiento del reprimido.
Debe entenderse por encerrona trágica toda situación donde alguien para vivir, trabajar, recuperar la salud, incluso pretender tener una muerte asistida, depende de algo o alguien que lo maltrata o que lo destrata, sin tomar en cuenta su situación de invalidez.
El afecto específico de toda encerrona trágica es lo siniestro, como amenaza vaga o intensa, que provoca una forma de dolor psíquico, en la que se termina viviendo familiarmente aquello que por hostil y arbitrario es la negación de toda condición familiar amiga. Este dolor siniestro es metáfora del infierno por presentarse como una situación sin salida, en tanto no se rompa el cerco de los dos lugares por el accionar de un tercero que habrá de representar lo justo; esta representación podrá ser encarnada por un individuo.
Al respecto, puedo decir que la encerrona trágica, que he analogado a un virus infiltrante, es un cuadro inicialmente tumultuoso, pero precisamente por no vislumbrarse una salida, salvo la que aportaría una situación mesiánica externa, suele dar paso a la resignación.
·Consideraciones sobre Figura y Destrato (Diccionario de Real Academia Española).
Figura; una acepción posible es: cosa que representa o significa otra.
Destrato; vocablo que se descompondría en dos: des por un lado; y trato por el otro.
Des: prefijo que denota negación, inversión o privación.
Trato; una acepción posible es: tratamiento.
DDHH/Sch.
Sujetos destituidos en la sociedad actual
Por Janine Puget *
En situaciones de “extrema violencia” social, como la actual, conjuntos de sujetos, como los desocupados, pueden ser reducidos a una condición que la autora de este ensayo llama “de pura presencia”: son mirados sin ser vistos, des-existen. Habría semejanzas y diferencias entre este estado y el del desaparecido.
Testimonio mudo del des-existente.
En casos de extrema violencia, un sujeto o conjunto puede quedar reducido a un estado de pura-presencia por lo cual es mirado sin ser visto: es testimonio mudo en espera de un testigo. El concepto de “pura presencia” me fue sugerido a partir del de “nuda-vida” propuesto por Giorgio Agamben. Para este autor el lenguaje y la ley son categorías contingentes de la condición de humanidad siendo la nuda-vida, o pura vida, la categoría necesaria. En el estado de nuda-vida, el sujeto ha sido destituido del lenguaje o aún no lo ha adquirido. El autor propuso este concepto después de Auschwitz, cuando volvió a cuestionarse acerca del significado lógico y gnoseológico de lo humano, que la mayoría de los filósofos adscriben al lenguaje y a la ley. El ejemplo paradigmático de nuda-vida en los campos de concentración nazis fue el musulmán, testimonio mudo de la ferocidad de la Shoah, y del cual sólo pudieron dar cuenta sus testigos, si bien parcialmente. El musulmán tenía una presencia invisible: se veía de él un cuerpo, pero no su humanidad. En la lógica de la expulsión, el musulmán es el paradigma del expulsado. Me ocuparé más adelante de otros expulsados a los que intentaré comparar entre sí.
Las relaciones de poder –imposición– originan diversas situaciones básicas de las cuales dependen la modalidad vincular, la identidad y la pertenencia-
1. Las presencias (de dos o más sujetos), al inscribirse, instituyen reglas que legislan lo permitido-prohibido y regulan los intercambios. El exceso viola las reglas y produce desorganizaciones, imponiendo una superposición de leyes que invalidan el significado de la ley. Ello atenta contra la constitución de la pertenencia y de la identidad.
2. Las presencias imponen un límite dado por la mera potencia (fuerza) de cada sujeto. Ello instaura varios afuera-adentro, incluido-excluido y la regulación proviene del par posible-imposible. Aquí el exceso se manifiesta como dominación o aniquilación de uno de los polos por el de mayor fuerza, creando una asimetría vincular, y como resultado la potencia subjetivante del vínculo se invierte creando des-subjetivación.
Un extremo de imposición es el que crea sujetos que quedan reducidos a un estado de pura presencia a quienes se mantiene sobrevivientes biológicamente –musulmán, desaparecidos, des-existentes–. Aquí hablaré de un par posible-no-posible.
Los efectos de presencia exponen a los sujetos a realizar un recorte entre las múltiples variables en juego. Así se producen marcas, representaciones y conflictos, propios de cada contexto, que resultan de transformaciones singulares y propias. En este intersticio entre lo general y lo singular, semantizado como lo diferente, se generan las prácticas que tienden tanto a la humanización como a su opuesto, la creación de no-hombres donde la diferencia se maneja matando –genocidio, crímenes–, expulsando –marginales y des-existentes– o recluyendo -sistemas carcelarios y discriminatorios– a quien por ser diferente no es aceptado o no tiene lugar, como sucede por ejemplo en luchas sostenidas por el racismo, por diferencias étnicas, religiosas, socioculturales, económicas.
La producción subjetivante oscila entre prácticas basadas en el reforzamiento de las semejanzas entre los miembros de un grupo y aquellas basadas en un trabajo psíquico que parte de la transformación creativa de la alteridad y la ajenidad. La ilusoria y frágil agrupación por semejanza se quiebra cuando por algún motivo, nimio o no, los excesos intolerables referidos a la percepción de diferencias hacen explosión, modificando el sistema de inclusión-exclusión que hasta el momento regía. Así se producen nuevas desorganizaciones o nuevas marginalidades, nuevas agrupaciones, nuevas divisiones, ya se trate de un pequeño grupo, un barrio, una institución, una clase social. Voy a proponer algunas ideas para pensar algunas de las nuevas formas de violencia. Una de ellas es lo que llamo la guerra entre empleador y empleado, de la cual surge –descartable– el desempleado. Debe leerse dentro del contexto de la guerra económica y, si bien no produce los mismos efectos que un genocidio, es sin embargo válido establecer comparaciones.
La pérdida súbita de una pertenencia social en la red laboral destituye al trabajador de su pertenencia y lo define como un no-existente, ubicándolo bruscamente en un afuera, algo así como un extra-muro. Consideremos la escena en que una persona es declarada prescindible, descartable, sólo porque se ha decidido reducir al personal por razones económicas y no porque haya fallado en su capacidad laboral.
Un representante de una entidad anuncia a otro, que hasta ahora era sujeto de la empresa, que ya ha dejado de serlo: ya no es. Quien da este mensaje establece un diálogo con quien ya no es, o sea con quien era el que ahora ya no es persona para ese contexto, por lo cual hay una diferencia entre la enunciación y el enunciado. La enunciación se dirige al que era, el enunciado dice: “Ya no es”: situación enloquecedora, ya que el mensaje es productor de desestabilización. El que era y ya no es será informado de la decisión por alguien encargado de este tipo de noticias. Dicha persona le dirá que la empresa nada tiene contra él pero que “son decisiones que vienen de arriba”. Incluso tendrá un trato amistoso con él, sin reconocer este nuevo no-sujeto, dado que es imposible reconocer a un sujeto como no-existente, y por supuesto es imposible hablarle.
Así se crea un sujeto invisible para el conjunto, un sujeto que desaparece: no-sujeto que, al quedar excluido del circuito laboral, pasa a ocupar un lugar en el extra-muro. De allí saldrá como mendigo o delincuente o manifestante o con algún otro ropaje; el no-sujeto como tal es invisible.
En todo caso, la manipulación de las personas la realiza un sujeto o conjunto no responsable, al cual no se le puede hablar: el responsable es un ente sin nombre: gobierno, ministerio, empresa; lo cual agrega un factor de impotencia. El mal, así, fue implementado muchas veces por sujetos apacibles, aparentemente meros instrumentos de una fuerza oculta. Quienes respondían a la “obediencia debida” eran también meros instrumentos de fuerzas anónimas.
Es posible pensar la conflictiva del des-existente a partir de algunos ejes que la pondrán en relación con la del desaparecido. Orientará la comparación las diferencias y semejanzas en la transmisión histórica, las formas de gobierno y sus prácticas y los procesos de subjetivación.
Cabe considerar una transmisión histórica desde la continuidad, que incluye fenómenos de repetición, y desde la discontinuidad, a partir de la cual habrá que detectar nuevas formas. En este caso además de tener sus propias cualidades y significados, cabe la posibilidad de otorgar un nuevo significado a aquello que ya sucedió, partiendo de criterios de semejanzas y diferencias.
Desde la continuidad, la dictadura creó una figura novedosa –la desaparición– y un acontecimiento –el golpe del 24 de marzo– en el que se conjugaron dos dictaduras: una proveniente de la fuerza militar argentina, y otra en sumisión a otra dictadura económica foránea. Ello entronizó el no disenso, la obediencia a una entidad invisible, el terror con efecto multiplicador sobre las mentes, los obstáculos para reaccionar. Los actuales des-existentes comparten algo de aquel pasado y a menudo, sin protestar, aceptan.
Desde la discontinuidad, la producción de des-existente es un hecho novedoso, que tiene sus características propias y obliga a pensar en el contexto social que los crea. Una villa miseria no es un campo de concentración ni es un campo de desaparecidos sino un lugar desde dondesalen representantes de los des-existentes bajo diversas formas: marchas, cortes de ruta, mendigos, delincuentes.
Pero, desde la continuidad, el desaparecido y el des-existente tienen en común la exclusión de un dado contexto mediante métodos violentos, aunque los respectivos espacios de exclusión difieren fundamentalmente.
Cada forma de gobierno da origen a prácticas específicas: esto incluye la estrategia que incluía producir un desaparecido; también puede incluir la producción del des-existente considerado tan solo como un subproducto, como una de las consecuencias posibles o inevitables. En ambos casos, con justificaciones diversas, los efectos del ejercicio del exceso de poder instauran excluidos sin derecho a la vida.
Las prácticas des-subjetivantes pueden resumirse en pocas palabras: destitución de la singularidad, pérdida de la identidad, aberrante mal trato, humillación. Los muertos sin tumba, los desaparecidos, plantean el grado extremo de discontinuidad, de agujero. Al des-existente, al no ser ni muerto ni torturado sino tan solo no ser, sin que le importe al conjunto, se lo deja vivir en el extra-muro sin protección de la ley laboral. No tiene contra quién rebelarse y además puede imaginar que es mejor no hacerlo porque así podrá tal vez reingresar en la red laboral. Es como si se lo vistiera con otro ropaje. Cuando reaparezca, lo hará imponiendo la lógica de su nueva pertenencia, que se opone o se superpone a la lógica de los incluidos.
Bibliografía
- Agamben, Giorgio: Lo que queda de Auschwitz: el archivo y el testigo. Homo Sacer III, Ed. Pre-textos, 2000.
- Arendt, Hannah: Los orígenes del totalitarismo, 3. Totalitarismo. Alianza Universidad, Madrid, 1987.
- Puget J.: “Are we confronted with a new form of social violence? Unemployment as a new way to create a disappeared social subject”. In Apssa FALL 2000 Meeting. Psychonalytic perspectives: the IPA at the United Nations, children and their future un a trouble world.
* Extractado del trabajo “La creación de des-existentes”, destinado al II Congreso de Familia y Pareja: “Dinámica inconsciente vincular y clínica vincular”, del 3 al 5 de mayo, convocado por Aappg, Aeapg, APA y Apdeba.