División de Informaciones de la Policía Provincial (D2) Esta dependencia de la policía provincial constituyó un importante centro operativo. En las distintas elevaciones realizadas a la justicia Federal, hemos señalado la relación existente entre la denominada "D 2" y los C.C.D. La Ribera y La Perla. Asimismo surge de las fichas del servicio penitenciario obtenidas, que las personas alojadas en las unidades penales eran trasladadas a esta División de Informaciones para ser sometidas a nuevos interrogatorios.
A efectos de precisar las funciones que cumplió la "D 2", transcribimos el testimonio de Horacio Zamame (Legajo N° 7595)
"Fui detenido por personal de la policía provincial el 12 de noviembre de 1976 en mi lugar de trabajo. Me condujeron al Departamento de Informaciones, ubicado entonces en la Jefatura. Allí fui palpado de armas y despojado de mis pertenencias. Luego me vendaron y esposaron. Permanecí en ese lugar durante cinco días, sometido a apremios ilegales de distinto tipo."
Luis Alberto Urquiza fue secuestrado siendo agente de Policía de Córdoba. Desde el 12 de noviembre de 1976 hasta setiembre de 1978, conoció el infierno. No sólo soportó el secuestro y el encarcelamiento sino que se lo sometió a torturas físicas y psíquicas de toda índole. Después de esta traumática experiencia, decidió abandonar el país y formar parte de la lista de exiliados.
La suerte de Ricardo Fermín Alvareda fue diferente de la de Urquiza, que sufrió tormentos y torturas pero pudo salvar su vida.
Alvareda era un policía que trabajaba en la Dirección Comunicaciones de la Casa de Gobierno.
El 25 de setiembre de 1979 salió de su trabajo, a la noche, y cuando se dirigía a buscar su auto lo secuestraron.
Un testigo aseguró que fue llevado a la casa de Hidráulica, que fue un centro de tortura de la Policía de Córdoba durante la última dictadura militar. Gente perteneciente al D2 le habría cortado los testículos, se los habría puesto en la boca y, luego, se la habrían cosido. Según testimonios, murió desangrado.
El asesinato espeluznante de Alvareda se supone que fue la causa del levantamiento de la casa de Hidráulica como centro de tormentos.
Tanto a Urquiza como a Alvareda los consideraban “infiltrados” en la Policía de la Provincia. Sin pruebas, como se acostumbraba hacer por esos años, decidieron hacerlos sufrir las aberraciones más grandes.
Urquiza y su familia y el hijo de Alvareda esperan que se repare tanto dolor con justicia.
Urquiza, Luis Alberto Legajo Conadep N° 3847
El testimonio del señor Urquiza fue hecho el 22 de marzo de 1984 en Copenhague, ante la Embajada de la República Argentina en Dinamarca.
Su detención se produjo en Córdoba el 12 de noviembre de 1976.
(................................)
«...entonces comienzan los golpes. Al día siguiente soy nuevamente golpeado por varias personas, reconozco la voz del Comisario Principal Roselli quien fue a visitar la dependencia por la detención nuestra y también logro reconocer la voz del asesor del Jefe de Policía, un Teniente Coronel quien también me golpea. Duran te todo el día soy golpeado con trompadas y puntapiés por personas que pasaban por el lugar. Al tercer día soy golpeado en horas de la tarde por varias personas, entre ellas una me dice que si lo reconocía, siendo el Oficial Ayudante Dardo Rocha, ex instructor de la Escuela de Policía y en ese momento cumpliendo funciones en el Comando Radioeléctrico. Siento que tengo varias costillas fracturadas por el fuerte dolor al respirar, pidiendo al Oficial de guardía la asistencía de un médico, siendo ésta negada. El día 15 de noviembre vuelvo a ser golpeado y en las horas de la noche especialmente por un grupo de varias personas de la Brigada de Informaciones. Consistía en estar en el medio de un círculo de personas y desde el interior era arrojado con trompadas y puntapiés hacía el grupo de personas y de allí devuelto al centro del círculo con los mismos métodos. Caer al suelo significaba ser pisoteado y levantado de los cabellos.
(................................)
En la madrugada del día 16 soy conducido al baño por el Oficial de guardia Francisco Gontero que desde una distancia de 4 a 5 metros carga su pistola calibre 45 y efectúa tres disparos uno de los cuales me atraviesa la pierna derecha a la altura de la rodilla. Se me deja parado desangrándome unos 20 minutos, la misma persona me rasga el pantalón y me introduce un palo en la herida y posteriormente el dedo. Al llegar varias personas al lugar, este mismo oficial argumenta que había intentado quitarle el arma y fugar. Soy separado del resto de los detenidos y puesto en una pieza oscura y se me niega ir al baño debiendo hacer mis necesidades fisiológicas en los mismos pantalones. Me revisa un médico, me coloca una inyección y me da calmantes pero no se me su ministra ningún otro tipo de medicamento, y mi pierna es vendada. Este médico era el medico forense de guardia del Policlínico Policial de esa fecha.
Durante el día 16 soy golpeado sobre todo en la pierna herida, pasando dos días en el suelo y no pudiendo recordar más por los fuertes dolores y el estado de semi-inconciencia en que me encontraba».
(................................).
Citan a testimoniar por torturas en la “D2”
El ex policía que denunció torturas en el centro de detención clandestino de la Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia durante los años 1974 al 81, Luis Urquiza, se presentó ayer ante la fiscal federal
Graciela López de Filoñuk, ante quien dio declaración testimonial y adelantó que podría reabrir el sumario administrativo para investigar la fuerza que el ex gobernador Ramón Mestre ordenó a su ministro de Asuntos Institucionales, Oscar Aguad.
Urquiza dijo que la fiscal se mostró interesada en tomar más declaraciones indagatorias, por lo que solicitó a todas aquellas personas que hayan sido “detenidas, torturadas o retenidas en el D2 que se acerquen a la fiscalía del juzgado federal número 3 para dejar su testimonio”.
La causa, que fue iniciada la semana pasada por Urquiza en carácter de denunciante podría finalmente, de acuerdo a las declaraciones, ser promovida e iniciar la acción penal.
Hasta el momento hay sólo seis legajos de personas que están involucradas en la denuncia de Urquiza, y según trascendió dos realizarían su declaración testimonial a través de la embajada argentina, ya que no están en la actualidad radicados en la Argentina.
La mañana de Cordoba – 03.05.2005
Exiliado político
Redacción l LA VOZ On Line
Luis Urquiza, exiliado político de Argentina durante la democracia, por un tema vinculado con la dictadura, denunció hoy en una conferencia de prensa que ex policías que formaron parte de una unidad represiva durante el último gobierno militar continúan trabajando vinculados con agencias de seguridad, y que uno de ellos incluso fue custodio de un ex intendente de esta Capital.
Urquiza, quien trabajó como policía y que fue torturado en el Departamento de Informaciones de la Policía de Córdoba, dijo hoy que muchos de los efectivos que pertenecieron a ese cuerpo, conocido como D2 y ubicado en el Cabildo Histórico, trabajaron hasta hace poco realizando tareas de seguridad en los clubes de fútbol Instituto, Belgrano y Racing de Córdoba.
También, informó que uno de ellos, Raúl Bucetta, está vinculado actualmente con un a agencia que presta servicio en un hipermercado local, y que otro, de nombre José Vélez, fue custodio del ex intendente de Córdoba y funcionario menemista, Germán Kammerath.
Además, Urquiza presentó documentación confidencial de la Cancillería de Dinamarca, con la que pretende revelar los detalles que rodearon su partida en 1997, cuando fue amenazado de muerte después de denunciar la presencia en la fuerza policial del comisario mayor Carlos Yanicelli, un represor conocido como “El Tucán”.
Urquiza se exilió en dos oportunidades en Dinamarca. La primera vez en 1979, luego de ser torturado junto a otras cinco personas, y en la segunda ocasión en 1997, tres años después de haber regresado a la Argentina.
En esa oportunidad, durante la gestión del gobernador radical Ramón Mestre, sus denuncias fueron seguidas por amenazas de muerte, y después de su nuevo exilio en Dinamarca, el Gobierno de Córdoba determinó en un sumario administrativo que al menos 100 efectivos que habían actuado en la cruenta D2 durante la dictadura continuaban trabajando como policías.
Según le dijo Urquiza a LA VOZ On Line, entre mayo y octubre de 1997, Oscar Aguad, entonces ministro de Gobierno de Mestre, le pidió que no se exiliara nuevamente “para evitar costos políticos” y hasta le ofreció “trabajo y vivienda”.
“Actualmente no estoy con custodia, porque creo que en estos momentos ellos (los policías de la D2) no tienen suficiente poder. Pero claro que siento temor”, admitió Urquiza, quien viajó desde Dinamarca especialmente para la presentación de “La Sombra Azul”, una investigación en la que el periodista Mariano Saravia relata cómo actuaban impunemente los policías de la D2, bajo las órdenes de Luciano Benjamín Menéndez, entonces titular del Tercer Cuerpo de Ejército.
El libro será presentado mañana a las 19.30 en la sala de conciertos del Cabildo de Córdoba, y dicho acto estará a cargo de Agustín Ditoffino, integrante de la agrupación HIJO S, y de Sergio Carreras, al igual que Saravia, ambos periodistas del diario La Voz del Interior.
Entrevista a Luis Urquiza Luis Urquiza narra su experiencia dentro del D2 y denuncia el accionar de los torturadores que continuaron trabajando durante la democracia en la Policía.
Muchas personas transitaron las calles de Córdoba, para conmemorar los 29 años del golpe militar de 1976, bajo el lema: “Sin justicia, no hay nada” Las Madres y Abuelas con sus pañuelos, Hijos, Familiares, fotos de desaparecidos, agrupaciones populares y muchos jóvenes en general, se reunieron en esta marcha que compartió el mismo sentimiento en un solo grito:
¡Treinta mil desaparecidos!....Presentes!!
La emoción por la cantidad de gente que apoyó y la impotencia por la inactividad de la Justicia fueron los sentimientos que prevalecieron.
Entre la multitud, estuvo Luis Urquiza, quien vino a Córdoba con motivo de la presentación del libro “Sombra Azul”, escrito por Mariano Saravia, a partir de la experiencia que le tocó vivir en el Departamento de Informaciones (D2) de la Policía de Córdoba, que funcionó durante la dictadura, como un centro clandestino de detención, tortura y muerte en el seno del Cabildo.
Su historia
En el año 1974, Luis Urquiza estudiaba psicología y decide junto a tres compañeros, ingresar a la Policía.
Después de un tiempo, los destinan a Tránsito Caminera, en donde empiezan a ser cuestionados y perseguidos: trabajando en Tránsito Caminera pusieron una bomba y para Ellos, esto se debió que nosotros habíamos pasado datos, a raíz de lo cual nos trasladaron al Interior, expresó.
En septiembre de 1976, lo trasladan a Informaciones donde realizó 18 guardias, estuvo ahí, hasta el 12 de noviembre del mismo año, mes en que lo detienen.
Fue detenido el mismo grupo, que habíamos entrado en el 74, se nos abre una causa y, formalmente se nos acusa de estar infiltrados; se nos tortura y a mí, me pegan un balazo en la rodilla derecha, estando detenido. De ahí pasamos al Campo de la Rivera y más luego, al UP1, desde diciembre de 1976, hasta el 1978, año en el que salimos en libertad, después de que un Consejo de Guerra dictaminara la falta de mérito.
Al año siguiente, dejo el país, me refugio y me voy a Brasil.
- ¿Por qué dejás el País en esta oportunidad?
- Me voy porque estaba siendo perseguido, me controlaban, tenía que presentarme a la Cuarta Brigada una vez por mes, veía movimiento de coches y vigilancia frente a mi casa, en fin...
Me voy a Brasil, soy reconocido como refugiado político y llego a Dinamarca.
En el año 1984 hago la denuncia en la CONADEP que después se publicó en el “Nunca Más”. Ahí denuncio algunos de los nombres que yo conocía que eran los torturadores del D2, entre ellos, Carlos y Raúl Yanicelli.
Pasan los años, en 1993, vengo a radicarme con mi familia acá a Córdoba, porque pensaba que ya se vivía una etapa democrática. Vine con mi esposa danesa y mis dos hijas, nos establecimos en Villa Allende y ahí pasamos desde el año 1993 hasta el 1997.
El poder político y la impunidad
El 97 fue un año muy especial porque sale a relucir, a través de las denuncias que hizo el diputado Atilio Tazzioli, información sobre unos enterramientos clandestinos en el Cementerio de San Vicente que habían ocurrido en la década el 70 y donde posiblemente tenían participación esta gente del D2, entre ellos, se mencionaba a Carlos Yanicelli.
Aquí, es cuando descubro que los que habían sido torturadores en el año 76, habían continuado en la Policía y aún, en el año 1997, había gente que ocupaba altos cargos, entre ellos, Carlos Yanicelli, quien era Jefe de Inteligencia Criminal.
Herminio Jesús Antón, por ejemplo, era Instructor en la Escuela de Policía. Todo el mundo sabía que eran personas que habían sido denunciadas por otros detenidos en testimonios hechos por la CONADEP, y sin embargo, se mantuvieron durante años amparados por el gobierno de Angeloz y Mestre.
Este año, salgo en los medios denunciando a Yanicelli.
Después de la denuncia, el gobernador Mestre decide no echar a Yanicelli y debido a esto, termino yo, siendo amenazado por la misma gente de años atrás.
Lo único que me brindó Mestre y Aguad fue custodia policial, que tuve de junio a octubre de ese año.
- ¿Vos solicitaste la custodia policial?
-No, la solicitó el diputado Atilio Tazzioli para salvaguardar mi vida porque estaba siendo amenazado para que me callara la boca. Esto terminó con una intervención de la Embajada de Dinamarca. Vino el embajador, habló con Mestre y en definitiva, como no nos daban ninguna garantía y no podíamos seguir viviendo con custodia permanente, con mi mujer decidimos salir del país. Por esto, volví a Dinamarca.
Desde afuera, ante las presiones que ejercieron los organismos de Derechos Humanos, decido presentarme ante el Juez Baltasar Garzón. Hago todas las denuncias y recién ahí, en diciembre de ese año, hacen una especie de purga dentro de la Policía y los pasan a retiro.
Vivo en Dinamarca y hoy he venido para la presentación del libro que cuenta cómo hasta la actualidad estas personas se han
reciclado y si bien no están dentro de la Policía, están activos en el sentido en que son dueños de agencias de seguridad que trabajan para supermercados, clubes deportivos o barrios privados, tienen además, agencias de investigación privadas, etc.
- ¿Qué pensás de Córdoba hoy?
- No la considero un lugar seguro. Desde el momento en que tiene una dirigencia política con alguien como José Manuel De la Sota, que en oportunidades anteriores salió a justificar diciéndole a las Madres que sus hijos no tenían un buen comportamiento y cosas por el estilo, no sé qué se puede esperar de la sociedad.
- Y fuera de la dirigencia política, ¿cómo ves la gente, estás enterado de lo que pasa en Córdoba hoy?
- Me han recibido muy bien, me asombró y me alegró mucho ver que asistió tanta gente a la marcha y también a la presentación del libro.
Rescato por otra parte, algunos cambios que he observado, por ejemplo en Villa Allende, la preocupación por la salud y el medio ambiente, la gente unida trabajando por lo del Crematorio.
Se acercó también gente del Movimiento Campesino, los chicos de APENOC (Asociación de Pequeños Productores del Noroeste Cordobés), para conocerme y contarme lo que ellos hacen en relación con las tierras.
Rescato sobretodo, la enorme labor de Hijos, a quien les tengo mucho cariño, y en especial, el trabajo de Agustín Di toffino.
-¿Por qué querías ser Policía?
- Mmm...Es algo que me pregunto a menudo. No sé, era estudiante universitario de psicología que me gustaba mucho, la cosa estaba difícil, era una salida económica para pagarme los estudios, aparte pensé que si no me gustaba, tal vez podía hacer alguna tarea administrativa. No sé.
Apagó el último cigarrillo que empezó a fumar en los momentos en que narraba los hechos más desagradables. Pagó el café negro, que tomó a pesar de tenerlo contraindicado por la gastritis que padece, y volvió a la Plaza San Martín, al mismo empedrado del Cabildo donde
a diferencia de los 70 en el que se observaban entrar y salir uniformados y autos de detención- hoy, se encontraba montado un escenario rodeado de gente que escuchaba, bailaba y cantaba al son de las bandas y murgas que, gentilmente, colaboraron con la memoria y el pedido de Justicia que todos necesitamos.
26 Marzo 2005
TERRORISMO DE ESTADO EN CORDOBA
Luis Urquiza, la sombra de la D-2
Comenzó su largo exilio en 1979, en plena dictadura, primero en Brasil, poco más tarde en Dinamarca. Regresó con su familia danesa en 1994, pero tres años después debió escapar otra vez de Argentina, amenazado por los mismos que lo torturaron. Tiene el triste privilegio de ser el único refugiado político de la democracia porque las administraciones de Ramón Mestre (UCR) y Carlos Menem (PJ) no quisieron protegerlo. Su historia es un espejo de sufrimiento e impotencia. Vive desde enero de 1980 en Copenhague, Dinamarca, y desde 2002 regresa cada año a Villa Allende, su ciudad, a 15 kilómetros de Córdoba, adonde sueña con quedarse para siempre. Pero no puede, todavía teme a sus verdugos, los policías de la D-2, que continúan libres pese a los crímenes y delitos de lesa humanidad que cometieron. En el libro que publicó hace poco tiempo el periodista Mariano Saravia, “La sombra azul”, se pueden ver los destinos y sueldos de los hombres que todavía hoy son la pesadilla de Urquiza. Aquí la historia de un hombre solo que denunció su horror cuatro veces y todavía espera justicia.
En una semana Luis Urquiza (52) subirá una vez más al avión que lo llevará hasta Dinamarca, en el norte de Europa. Piensa regresar recién en enero, cuando allá sea invierno y acá verano. Este hombre de mirada oscura dice que no soporta los 20 o 25 grados bajo cero que hacen en Copenhague, ni las noches interminables de esa estación.
Sus sentimientos están partidos en dos. Aquí viven dos hijos, Yanina Andrea (30) y Guillermo Luis (28), de su primera pareja, y siete nietos. Allá, dos adolescentes (de 15 y 14 años), que son fruto de su segundo matrimonio en el destierro danés. Su sueño es que alguna vez vivan en Argentina.
-¿Por qué quiere que sus hijas vivan aquí?
-Cuando estoy allá me siento solo y para estar más cerca de Córdoba escucho la radio por Internet o leo los diarios. No puedo evitarlo, necesito hacerlo, y lo hago todos los días. Mi sueño es reunificar a mi familia, que las chicas vivan en Argentina, que cuando sean grandes deseen estudiar y vivir acá. Pero también pienso: como las voy a dejar vivir en este país con toda esta gente suelta (por los policías de la D-2: Ver http://www.nuncamas.org/investig/investig.htm). Lo que pasa es que yo quiero vivir en Córdoba, no quiero otro lugar de Argentina, sería como otro exilio.
-Pero en Dinamarca le dieron abrigo cuando escapaba de Argentina, ¿por qué sigue pensando en regresar al país que es responsable de sus sufrimientos?
-Porque Europa tiene sus problemas. En Dinamarca hay un gobierno de centro-derecha, una parte de su sociedad es racista y rechaza a los extranjeros como yo. En mi caso manejo el idioma, vivo allá, pero mi apellido me delata y soy un ciudadano de segunda o tercera. Muchas veces te sentís medio discriminado. Y al fin, tu país será lo que será, pero es tu país. Extraño el clima de acá. Allá las noches de invierno son terribles, en cambio acá hay sol, un sol hermoso. Ellos que nacieron ahí lo sufren, imagínate nosotros.
Urquiza ya denunció cuatro veces su secuestro del 12 de noviembre de 1976 y los vejámenes que padeció, incluido un balazo en su rodilla derecha. Sus autores aún permanecen en libertad.
Primero prestó testimonio el 22 de marzo de 1984, ante la CONADEP (Comisión Nacional para la Desaparición de Personas) que creó el presidente Raúl Alfonsín. Fue en la embajada Argentina en Dinamarca. Luego, en junio de 1997, reveló que el jefe de la División de Inteligencia Criminal, Carlos Yanicelli, era el mismo que había participado de la represión ilegal, pero un fiscal provincial, Marcelo Sanmartino, no dio curso al planteo, y lo mandó a archivo porque estaban vigentes las leyes de Punto Final (1986) http://www.nuncamas.org/document/document.htm y Obediencia Debida (1987) http://www.nuncamas.org/document/document.htm. Más adelante, el 1 de diciembre de 1997 repitió su declaración ante el juez español Baltasar Garzón y la semana que pasó ante la fiscal federal Graciela López de Filoñuk, esta vez en Córdoba.
Entre 2001 y 2002, la justicia de Dinamarca le impidió traer a sus dos hijas nacidas en aquel país como consecuencia de la inestabilidad política y social que vivía Argentina (en diciembre de 2001 había abandonado el poder el presidente Fernando De la Rúa) y porque él era un perseguido político (Ver “Por la crisis, a un argentino no le dejan traer sus hijas al país”:
http://www.clarin.com/diario/2002/04/17/s-03401.htm. Para los daneses la falta de juzgamiento y sanción de la represión ilegal en Argentina y la falta de dilucidación de las amenazas que había sufrido Urquiza en 1997 (Ver: http://www.derechos.org/nizkor/press/arg2.html), cuando partió por segunda vez, indicaban que los peligros para el ex policía seguían vigentes.
Se trata de planos que en 2005 aún continúan abiertos. Si bien fueron derogadas y anuladas las leyes de Obediencia Debida y Punto Final por el Congreso Argentino, la Corte Suprema todavía no resolvió sobre la validez de esa medida ni sobre la inconstitucionalidad de esas normas. Múltiples causas se hallan trabadas aún en ese limbo jurídico a 29 años del golpe de estado de 1976. De cualquier modo, al tratarse de delitos de lesa humanidad, tarde o temprano, los responsables de la represión ilegal deberán ser juzgados. En Córdoba se encuentran detenidos más de un decena de militares por estos trámites, entre ellos, el ex jefe del III Cuerpo de Ejército, Luciano Benjamín Menéndez.
Luis Urquiza fue agente de la policía de Córdoba y lo secuestraron sus propios compañeros en 1976. En su presentación ante la fiscal López de Filoñuk acusa a numerosos policías que fueron autores de delitos de lesa humanidad. Entre ellos identifica al oficial sub-ayudante, Rodolfo Salgado, el comisario Jorge Tissera, el sargento “gato” Gómez, el comisario Américo Romano, el oficial ayudante Dardo Rocha, los hermanos Carlos (le decían Tucán Grande) y Raúl (Tucán chico) Yanicelli, Buceta, Yamil Yabour, el oficial Francisco Gontero y a Raúl Buceta.
También describe como era la estructura orgánica de la D-2, sus tres jefes y quienes estaban a cargo y realizaban cada tarea. Se trata de un detalle minucioso que conoció mientras prestó servicios administrativos en la misma D-2 entre el 21 de septiembre de 1976 y el 12 de noviembre de ese año, fecha en que es secuestrado. Dice además que cada vez que se realizaban procedimientos, “el oficial de guardia avisaba por radio a las demás unidades policiales y al III Cuerpo de Ejército para obtener “zona liberada” y el “uno” (Pedro Raúl Telleldín) esa noche mencionaba por radio que había comenzado el operativo y que sus efectivos se encontraban en acción con el “móvil pájaro azul”. Cree que en total actuaban allí entre 70 y 80 efectivos y nombra a una treintena.
En el escrito que presentó ante la Justicia Federal relata luego lo que vivió a partir de su detención:
“Fui secuestrado de mi domicilio particular en Villa Allende por un grupo policial, vestidos de civil, dentro del cual pude reconocer al oficial sub-ayudante, Rodolfo Salgado. Me sacaron de mi domicilio y fui trasladado en un auto color verde hasta Informaciones en el Pasaje Santa Catalina (La D-2 funcionaba en un ala del edificio del Cabildo, frente a la plaza San Martín, en pleno centro de Córdoba), donde fui recibido por el comisario Tissera”.
“(...) Presencié como torturaban a José María Arguello y a Horacio Samamé –otros dos policías como él--, personas de mi conocimiento, quienes habían sido detenidos con anterioridad”.
“(...) Inmediatamente comienzan a darme golpes y a acusarme de pertener al ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo). Durante todo ese día fui torturado, me hicieron el llamado “submarino” (sumergirlo en un recipiente con líquido hasta casi perder el conocimiento) y “submarino seco” (el mismo vejamen, pero ahogándolo dentro de una bolsa), y me sumergieron la cabeza en un tacho de agua hasta que estuve a punto de asfixiarme. Durante la tortura pude reconocer las voces de Rodolfo Salgado, Tissera, el “gato” Gómez y Americo Romano, todos integrantes de la D-2”.
“Durante la noche de ese día fui trasladado en un auto hasta un lugar descampado, que quedaba a unos veinte minutos de Informaciones. Allí fui sometido a un simulacro de fusilamiento”.
“Luego de ello fui nuevamente trasladado a Informaciones donde me encontré con mi esposa embarazada, Graciela Teruzzi, a quien también tenían secuestrada y nuevamente fui sometido a golpes y torturas (...)”.
“El 13/11/76 no fui interrogado y en muy mal estado físico y con vendas en los ojos permanecí junto a otros detenidos, entre los que pude reconocer a Horacio Samamé, Carlos Arnau Zúñiga y al hermano de Horacio Samamé, Oscar (...)”
“Al día siguiente fui conducido a una pieza donde fui sometido a una paliza de golpes de puño y patadas. Allí se encontraba el oficial ayudante Dardo Rocha, guardia del Comando Radioeléctrico de la Policía, quien me preguntó si lo reconocía y me recordó que con anterioridad él ya me había advertido que “no se podía ser estudiante de psicología y policía al mismo tiempo –Urquiza ingresó a la carrera de psicología a principios de los años 70--. Los golpes me provocaron la fractura de varias costillas, por lo que debí ser atendido por el médico de guardia del policlínico policial”.
“El día 15/11/76, día de la policía, por la noche, fui nuevamente torturado y quedé inconsciente. Dentro del grupo (...) pude reconocer a Carlos Yanicelli, Buceta y Yamil Yabour”.
“Al despertarme pedí que me llevaran al baño y fui conducido por el oficial Francisco Gontero, quien en el trayecto me empujó y efectuó tres disparos, impactándome uno de ellos en la rodilla derecha (...). Gontero, bajo amenaza de matarme si me caía, me obligaba a mantenerme de pie mientras me desangraba. (...) Gontero me rasgó el pantalón y me introdujo un dedo en el orificio de la bala. El ruido de los disparos produjo la concurrencia de otros policías, ante los cuales Gontero argumentó que me había querido escapar y arrebatar el arma”.
“Luego de ser atendido por el médico que ese día estaba de guardia en el policlínico policial, permanecí aislado en una habitación sin comida, sólo me daban agua. (...) Fui golpeado frecuentemente en la pierna herida por casi todo el personal de brigada que pasaba, dentro de los que recuerdo a Buceta”.
Después de las torturas, seis días más tarde, fue trasladado al campo de La Ribera, uno de los centros clandestinos de detención que funcionaron en Córdoba, y posteriormente a la Unidad Penitenciaria número 1 de donde salió en septiembre de 1978. Pasó a Brasil y allí la ACNUR http://www.acnur.org/ lo amparó en Dinamarca adonde arribó el 7 de enero de 1980.
Todavía a mediados de 1997 --cuando Urquiza se exilió por segunda vez luego de sus denuncias contra Yanicelli-- se encontraban en actividad un centenar de policías que prestaron servicio en la D-2 y violaron los derechos humanos entre 1976 y 1983. Esa cantidad surgió de un sumario interno que debió realizar el gobierno del gobernador Ramón Mestre (UCR, 1995-1999) como consecuencia de la presión pública y política por las demandas del diputado provincial Atilio Tazzioli (Frente Grande, ya fallecido). Igual, la movida tuvo en ese momento escasos resultados prácticos dado que recién a fines de ese año Carlos Yanicelli fue pasado a retiro. Incluso, el ministro de Gobierno, Oscar Aguad, admitió –según documentos que reveló la embajada de Dinamarca—que no podía garantizar la vida de Urquiza y su familia si el ex preso político no dejaba de denunciar. En declaraciones radiales, luego de la presentación del libro “La sombra azul”, Aguad dijo no recordar a Urquiza.
La D-2 comenzó a funcionar en 1974 y sus operaciones se registran hasta principios de los años 80. En la estructura de la represión se encontraba bajo el mando del III Cuerpo de Ejército y utilizaba los “ Campos de la Ribera” –sobre el río Suquía—y “ Casa de Hidráulica” , en una de las márgenes del lago San Roque, en Villa Carlos Paz, a 45 kilómetros al oeste de aquí.
Integrada por policías, ex militares y civiles fue quizá el grupo de tareas más salvaje que actuó en aquellos tiempos, según los testimonios recogidos por la CONADEP, la justicia y los organismos de derechos humanos. Su jefe desde 1975 fue Pedro Raúl Tellendín, padre de Raúl Telledín, el hombre que está acusado de entregar la Trafic con que fue volada la mutual de la AMIA en 1994, en Buenos Aires.
Muchos de los que quedaron vivos de la vieja D-2, de acuerdo a la investigación de Saravia, quedaron dentro de la policía y fueron acusados de numerosos golpes delictivos. En el presente, perciben jubilaciones como integrantes de la policía provincial y algunos siguen en actividad en agencias de seguridad, como Raúl “Serpico” Buceta.
-¿Tiene miedo de que las amenazas y apremios puedan repetirse?
-En 1997 ellos estaban dentro de la policía y eran peligrosos, muy peligrosos. Ahora están afuera y ya no lo deberían ser tanto, pero temor uno siempre tiene.
-¿Qué le viene a la memoria cuando está en Argentina?
-A veces no duermo bien, me vienen a la cabeza los recuerdos del 97, lo que tuve que vivir, las amenazas, lo que vivieron las chicas que iban con custodia a la escuela. Y enseguida me digo: “Pasaron 29 años, no podés tener miedo todavía”. El libro de Saravia me dio mucho sustento y también tranquilidad, porque se sabe donde están ahora.
-¿Piensa que puede haber justicia?
-Sí, tiene que haber justicia, no sólo por lo que pasé en el 76, sino por lo del 97. Me tuve que ir del país por denunciarlos, se destruyó mi segunda familia, sigo siendo un exiliado y estos tipos están sueltos, cobran sueldo, tienen trabajos en agencias de seguridad, pero tiene que haber justicia.
-Cuándo sube al avión, no le da bronca que sea usted el que se tiene que ir.
-Me siento mal, muy mal cada vez que me tengo que ir y pienso en que no puedo vivir acá. Digo: “No mate a nadie y no puedo quedarme, y estos que hicieron todo están muy tranquilos”. Cuando me despido de la familia, me pregunto porqué, y la única respuesta que tengo es la sensación de impotencia.
Termina su café y apaga el cuarto Parisiennes, una señal de que la entrevista termina. Sale y se pierde apurado entre la multitud que camina rumbo a sus rutinas después del almuerzo por la avenida Colón, en Córdoba. El día está frío y es un adelanto del invierno por venir. Urquiza debe pensar que los 10 grados centígrados de este jueves de otoño y el sol que lo calienta son hermosos.
La Sombra Azul: Autor: Mariano Saravia, Ediciones del Boulevard, 2005.
Extracto del libro “ni olvido ni perdon” donde Pituelli cuenta su detención y torturas por policias del D-2
NI OLVIDO NI PERDON
Diario de un prisionero politico
Daniel Esteban Pittuelli
Primera Edición (en italiano) 2003 - EGA Editore
Torino - Italia Titulo: "Né oblio né perdono"
Edición argentina Narvaja Editor
Julio 2004 Córdoba – Argentina
CALLE 3 N° 755 - BARRIO TALLERES ESTE
Entre sueños sentí que alguien hablaba en el patio común que nuestra casa tenía con otras familias. Estaban buscando a alguien.
-¿Aquí vive Pittuelli? -escuché. Esto me despertó de golpe. "Es a mí a quien buscan", pensé.
Antes de que pudiera pensar otra cosa ya estaban en la puerta de nuestra pieza, que daba al patio interno.
-¿Quién es Pittuelli?
-Soy yo -respondí, levantándome de la cama y buscando mi ropa en la oscuridad.
Cuando prendí la luz, vi que todos los que compartían la pieza se habían despertado: mi suegra, que, aunque sola, dormía en su cama matrimonial; Estela, mi mujer, que dormía conmigo en una cama de una plaza, y Adrián, nuestro hijo de un año y medio, que, parado en la cuna y agarrado de la baranda, miraba con ojos extrañados la escena.
-Somos de la policía. Vístase y venga con nosotros.
Me llevaron a otra pieza de la casa donde estaba ubicado el almacén que tenía mi suegra.
Con la espalda contra el mostrador los pude ver bien y darme cuenta de la gravedad de la situación. Eran seis o siete personas en semicírculo delante de mí. Todos de civil. Algunos vestían una "garibaldina" verde del ejército y boinas negras. Unos tenían armas en la mano, otro llevaba en bandolera una bolsa de lona como las que se usan en el ejército para portar granadas y una pistola amatrelladora "PAM" en la mano.
Algunas de las caras me eran conocidas: eran los guardias del sindicato del SMATA de Córdoba, que había sido intervenido por el gobierno unos meses atrás.
El que dirigía la operación se adelantó. Era menudo y flaco. Vestía de saco. A él también lo reconocí; era de la División Informaciones de la policía provincial, donde yo había estado detenido algunos días por cuestiones sindicales dos años atrás.
Antes de que pudiera hablar me le adelanté.
-¿Vio que yo vivía en esta casa y usted no me creía cuando me detuvieron en el '74?
No me respondió, y a su vez preguntó:
-¿Dónde está el mimeógrafo?
Yo abrí los ojos de sorpresa.
-Aquí no hay ningún mimeógrafo. Busquen y verán.
Aliviado pensé que en la casa no había nada que me pudiera comprometer. Inmediatamente después del golpe militar habíamos limpiado de cosas que podían resultar peligrosas.
No necesitaban que se los dijera. Otros ya habían buscado y dado vuelta toda la casa. "Aquí no hay nada, jefe", gritaron desde la pieza.
El flaco se me arrimó decidido y con voz serena.
-Sabemos que vos sos el responsable cultural de los Montoneros de la zona, y que tenés un mimeógrafo con el que imprimís la revista "Evita Montonera". No hagás las cosas más difíciles y decinos dónde está o dónde lo pusiste.
-Mire, yo no sé nada de mimeógrafo ni de revistas, y además no soy Montonero.
Ya se esperaba esta respuesta. Sin cambiar su expresión, me dijo:
-Buscate un pulover y los documentos, venís con nosotros.
Fui al dormitorio a buscar el pulover; allí estaban mi señora y mi suegra con el nene en brazos, vigiladas por dos policías.
-¿Qué hacemos con ella? -preguntó un policía señalando a Estela y su panza, que denotaba un avanzado embarazo.
-Ella también viene. También está implicada.
En tanto yo sentía ruido de botellas y movimientos en el almacén. Estaban poniendo todo en una frazada para llevárselo.
Cuando nos sacaron, el tratamiento se hizo más duro. A los empujones me llevaron a la calle. En la oscuridad de la noche pude ver que eran, al menos, tres autos. Me metieron en la parte trasera de uno de ellos; los policías que subieron me pusieron los pies encima y el auto partió.
Mientras me encontraba acurrucado en el piso del auto, entre algunas botellas y con los pies de los canas en la cabeza, traté de imaginar a dónde nos llevarían y qué pasaría con nosotros. El golpe de marzo de 1976 había sucedido hacía pocos dias y el pais estaba militarizado, pero yo había seguido trabajando normalmente y pasado sin problemas diversos controles militares. Además buscaban algo que no existía, y eso podía ser una ventaja... o una trágica desventaja.
Después de dar varias vueltas que no logré calcular, el auto atravesó una loma de burro y entramos en alguna parte.
Eran probablemente las tres o cuatro de la mañana, pero en las dependencias de la policía había un gran movimiento, como si para esta gente no existiera la noche.
-¡Dale entrada a este coso, che! -le dijo uno de mis guardias a otro policía que estaba detrás de un escritorio.
-Sí, dejalo ahí -fue la respuesta.
Mi cabeza seguía trabajando a gran velocidad. Con pánico recordé que adentro de mi documento tenía un papel para recordarme de ciertas cosas, y también nombres o sobrenombres: "Cuqui-heladera", "Quique-serigrafia". A pesar de la aparente banalidad, eran compañeros que estaban o habían estado comprometidos políticamente y los canas no quedarían satisfechos hasta saber a quiénes correspondían esos nombres. ¡Tenía que hacer desaparecer ese papel! El pasillo donde me encontraba estaba en penumbras, yo tenía los brazos cruzados en el pecho y lentamente llevé la mano al bolsillo de la remera; sin sacar el documento busqué, en su interior, el papelito, y más lentamente me lo llevé a la boca. Con movimientos imperceptibles fui masticándolo y humedeciéndolo para poder tragarlo. Era un poco acartonado y malditamente seco. No había saliva que alcanzase. Finalmente logré tragarlo y un alivio corrió por mi cuerpo. Ahora me podían preguntar todo lo que quisieran, no tenían ningún elemento de donde agarrarse.
Casi inmediatamente me llevaron al escritorio.
-Deme los documentos y los efectos personales.
Después del trámite de entrada llegaron dos canas, que me envolvieron la cabeza con el pulover tapándome los ojos y me llevaron, casi sin tocar el suelo, a otra pieza. Empezaba la "fiesta". Me sentaron en una silla con las manos esposadas atrás del respaldo y me sacaron las zapatillas.
-Ahora te vamos a hacer el test de la verdad -me dijeron divertidos-. ¿Dónde tenés el mimeógrafo y quiénes son tus compañeros?
-No tengo ningún mimeógrafo, ni tengo "compañeros".
Y con una tabla de madera empezaron a pegarme en la planta de los pies. "Si sólo es esto -pensé-, es algo liviano". Pero después de diez minutos que pegaban con la tabla, cambié de opinión. Los pies me ardían y los sentía inmensamente grandes. Alguien me los tenía muy agarrados para evitar mis sacudidas.
Al fin pararon.
-Las tablas de la verdad dicen que mentís. -Y se reían a carcajadas.
Hicieron el mismo procedimiento con un gran libro, con el cual me golpeaban en la cabeza. Después de diez minutos la cabeza me explotaba y todo se tambaleaba a mi alrededor. Poco antes de desmayarme, pararon.
-El libro de la verdad dice que mentís. -Y continuaban con las carcajadas. En mi semiinconciencia me di cuenta que estos tipos sólo se estaban divirtiendo y no les interesaba mucho la información que yo podía darles. Me estaban "ablandando". Me arrastraron a un lugar que, por la humedad y el olor, debía ser un baño. Me acostaron panza arriba en un banco de cemento, me pusieron un trapo en la boca y empezaron a echarme agua en el trapo con una manguera o algo parecido. Cada vez que respiraba tragaba agua. En medio de mis sacudidas y de la tos, pedía sólo que siguieran echando agua y no algo peor, como nafta o querosén. Al poco rato perdí toda noción y me desmayé.
Cuando me desperté hablaba solo y repetía sin poder contenerme: "...no sé nada, ...no sé nada. Se equivocaron conmigo...". Probablemente el agua tenía alguna sustancia extraña pues, a pesar de mis esfuerzos en callar, mi boca no me obedecía y seguía repitiendo la misma frase. Había un extraño silencio en ese lugar y mi cuerpo se relajaba lentamente.
No sabía cuánto tiempo había pasado ni qué hora era. Me sentía dolorido y helado, mojado y descalzo.
Me acomodaron en otro lugar que debía ser un pasillo, porque pasaba continuamente gente. Me sentaron en un nuevo banco de cemento, al lado de otro detenido y, como tenía dificultad para estar sentado sin caerme, me apoyaron en la espalda de ese pobre desgraciado. Cada uno que pasaba me pegaba una trompada o una patada en las piernas, o decía algo: "Ya te vamos a arreglar a vos, subversivo hijo de puta, quién sabe cuánta gente mataste". Y cosas por el estilo. Cada vez que sentía pasos que se acercaban me preparaba a recibir golpes.
Después de algunas horas, el ir y venir de la gente se calmó. Alguien me alcanzó las zapatillas para que me las pusiera. Me animé a preguntar a mi companero de banco quién era.
-Me llamo Bartoli -dijo.
Por el tono de voz me di cuenta que estaba muy dolorido y no lo molesté más. Lentamente caí en un estado de semiinconciencia y de sueño alerta que duró un tiempo difícil de calcular.
El movimiento de gente y el ruido de pasos me despertó.
-Preparate, vos - me dijo alguien-, que tenemos que hablar.
Me cambiaron el pulover por una venda que me daba varias vueltas a la cabeza y, siempre esposado, me condujeron a otra pieza. Tenía el típico olor de las oficinas de la policía: a escritorios y muebles viejos. Me condujeron delante de alguien que escribía a máquina.
-¡Nombre y apellido! -ordenó; mientras seguía escribiendo.
-Daniel Esteban Pittuelli.
-¡Fecha de nacimiento!
-14 de mayo de 1952.
-¡Domicilio!
-Calle 3, número 755, barrio Talleres Este.
-¡Nombre de guerra!
Hubo un silencio. Después respondí tratando de usar el tono más calmo posible.
-No tengo nombre de guerra.
Hubo otro silencio. Después, el ruido de quien saca la hoja de la máquina y pone otra.
-Bueno, empezamos de nuevo. ¿Nombre y apellido?
Y se repitió el breve interrogatorio hasta llegar a la pregunta del nombre de guerra. Respondí de la misma manera. Me parecía que el tono a usar era importante: ni soberbio ni implorante; tenía que usar el tono de quien dice la verdad. Además, era la verdad.
Volvió a cambiar la hoja. Esta vez con más violencia.
-No me hagás perder tiempo, pibe -advirtió.
Se repitió el interrogatorio. Pero al final, cuando volví a confirmar mi respuesta, no cambió la hoja. En cambio se desencadenó el fin del mundo. Yo no lo había notado, pero estaba rodeado de varias personas que empezaron a golpearme. Recibía golpes de todas partes. Me encontraba en el centro de un círculo y me mandaban de uno al otro con trompadas y empujones. Cuando caía al suelo me llovían patadas de todos lados que me hacían apurar para levantarme. Debían ser cinco o seis los que golpeaban, preguntaban y me insultaban. Jamás pensé que el cuerpo humano pudiese resistir a tantos golpes. Nunca nadie me había pegado tanto. Uno de ellos, con un golpe, me hizo caer la venda y todos se exaltaron y desesperaron.
-¡Pónganle la venda! ¡Que no mire este hijo de puta! -gritaban.
Pararon. Alguien me volvió a acomodar la venda, pero con tanta violencia que me apretaba terriblemente los ojos y la sien. También aprovecharon para esposarme con las manos atrás, para que no pudiera parar los golpes y las patadas. Después siguió la paliza.
No sé cuánto duró, ni cuándo terminó. Me encontré tirado en el piso, en algun rincón de este lugar que, para mí, se asemejaba a un laberinto de piezas y pasillos. Yo sólo pedía no existir; no ser visto; que nadie me notara, y quedándome inmóvil pensaba lograrlo. No quería nada, ni agua ni comida; sólo que me dejaran tranquilo. Empecé a descubrir el placer de la espera sin dolor. Esperar nada, no sé qué, sin sentido ni final; pero al menos sin dolor. No era del todo cierto, porque el cuerpo me dolía por todos lados, las costillas, las piernas y, sobre todo, la cabeza que esa maldita venda me apretaba a más no poder. Me sentía en otro mundo, sin día ni noche, sin necesidades; sólo con el miedo de otros golpes y del sonido de los pasos que podían presagiar otro "interrogatorio".
Y el interrogatorio, después de un tiempo indefinido, volvió. Esta vez las preguntas tenían más sentido y más lógica.
-Mirá - me dijo uno-, sabemos todo de vos. -Y empezó a desarrollar una teoría que habían armado no sé de dónde, y esperaban que yo la confirmara y denunciara a mis compañeros y colaboradores, aliviando de ese modo mi situación judicial. Era todo una invención y eso me tranquilizó, porque tarde o temprano se darían cuenta de su error ...si les importaba. Y si yo duraba.
Respondí con mi versión: no negaba haber hecho política, era peronista, había trabajado en el sindicato, candidato a delegado. Pero Montonero, no. Ninguna relación con ellos. Me preguntaban de algunas personas que yo conocía. A algunas no podía negar que las conocía, porque habían estudiado conmigo, pero no conocía sus actividades; y a muchas las había perdido de vista. Me preguntaron mucho por Barrionuevo, el "Negro Pitota". Al Negro lo conocía bien, habíamos sido compañeros del secundario y grandes amigos, era mi padrino de casamiento. Después del colegio habíamos empezado juntos los estudios de ingeniería, viajado a dedo por el norte del país y militado políticamente en el barrio. Luego trabajamos juntos en un taller metalúrgico y, también juntos, entramos a la Renault. Allí, nuestros caminos se dividieron: él se hizo Montonero y nos transformamos en adversarios.
-Conocí a muchos Barrionuevo, es un apellido muy común.
Era evidente que no creían nada de lo que yo decía. Y después del interrogatorio formal vinieron de nuevo varios a refrescarme la memoria, y la pesadilla se repitió. Sillas que caían, yo que chocaba con los escritorios. Llegaron a ponerme contra la pared, detrás de una puerta con la que me aplastaban. Entre golpes y caídas seguían preguntando.
-Mirá, hijo de puta, vos nos querés hacer creer que sos un angelito, pero hace dos años te detuvimos por tenencia de armas de guerra en el sindicato de los "zurdos", y ahora nos venís a contar el cuento de Caperucita Roja.
Empecé a explicarles que había sido una equivocación, pero ellos no escucharon mi respuesta.
De estas "sesiones", yo identificaba el principio pero nunca el final, y me encontraba tirado o sentado en algún lugar en un estado de semiincociencia y de letargo. En la nebulosa de mi cabeza cultivaba la idea de que esto algun día tenía que terminar... o terminaba yo. "Esto algún día será pasado, será un recuerdo", pensaba. El infierno debía ser así.
Pero cada vez que terminaban me sentía más fuerte, había pasado otra prueba sin aflojar. Sabía que el tiempo corría a mi favor, pues la información es útil cuando es fresca, cuanto más tiempo pasa más pierde valor. Algunas organizaciones guerrilleras no impedían a sus militantes hablar durante la tortura, sólo pedían que fuera después de uno o dos días. Para ese entonces, sabiendo por controles internos de alguna detención, todos los posibles delatados cambiaban de casa y desaparecían del mapa.
Pero no era mi caso. Yo no sabía nada y no diría nada. O hay que hablar enseguida o no hablar nunca. Ése fue mi razonamiento desde el principio y lo mantendría. Porque si torturando habían logrado alguna información, lo seguirían haciendo hasta saber más y más. También es cierto que el que no sabe nada no les es útil, y lo que no es útil puede no existir. Era un riesgo, pero yo lo seguiría corriendo.
Con estos razonamientos en mi cabeza dolorida, llegó la noche; alguien, anciano por la voz, me trajo un poco de agua y me llevó a una pieza donde me invitó a tirarme en el piso.
-Aquí vas a poder dormir tranquilo -me aseguró.
El movimiento de personas me indicó que empezaba un nuevo día. Me llevaron al pasillo de siempre y me sentaron en el banco de cemento. "¿Que pasaría hoy?" Alguien, mientras pasaba, me leyó el pensamiento.
-No creas que con vos terminamos, ahora viene la mejor parte.-Y con un suspiro me preparé con el cuerpo y con el alma.
-Mirá, pibe, nosotros esperábamos que vos colaboraras pero vemos que te hacés el duro. No creas que todo esto lo hemos inventado nosotros, aquí hay alguien que te "apunta", viejo; y te lo vamos a traer para que te ayude a recordar.
Ytrajeron a la Bety, a quien imaginé apareciendo de entre la niebla. Con voz lenta, monótona e inmensamente dolorida empezó su acusación. Habló del mimeógrafo, de las revistas y de mi cargo en la organización de los Montoneros.
Bety era una amiga del barrio Talleres, habíamos hecho actividad política en la parroquia y en el grupo juvenil del barrio. La habían detenido con su marido. Estaba embarazada. Era evidente que, en su desesperación, de frente a la tortura, había inventado todo sacando algunos elementos de aquella actividad que alguna vez compartimos.
-Bety -le dije-, ¿te das cuenta de lo que estás diciendo? Vos sabés bien que es todo mentira, una invención tuya. ¿Por qué lo hacés? -Y dirigiéndome a los policías-: Ésta se inventó una novela por miedo o por algún motivo. No van a llegar a ninguna parte siguiendo sus declaraciones.
-¡Vos callate, hijo de puta! -me gritó uno en el oído-. ¡A vos nadie te preguntó nada!
La Bety empezó a sollozar muy despacio. Un policía la amenazó.
-¡Mirá, loca, que si es mentira lo que nos dijiste perdés como en la guerra! -Ella no respondió y se desvaneció en la niebla como había venido.
Yo traté de sacar ventaja de la situación y seguí insistiendo:
-Vayan a preguntar por mí al barrio, a la fábrica, y les dirán lo que yo hago, todo dentro de la ley.
Pero ellos no se achicaron y volvieron a la carga. Esta vez, a los golpes se sumaba una operación mucho más desesperante y peligrosa. De espaldas en el piso, se me sentaban tres o cuatro encima. Uno de ellos, sobre mi pecho, me cubría la boca y la nariz con un plástico.
-Cuando te decidás a hablar hacé señas con la cabeza -me dijo.
Pero cuando el aire empezaba a faltarme era tal la desesperación, que mi cuerpo se sacudía como una víbora liberándome de mis opresores.
-¡Tiene fuerza este hijo de puta! -Y se sumaban otros para sujetarme.
Ysiguieron con este método. Cuando no aguantaba más, hacía señas con la cabeza y, cuando me sacaban el nylon: "No sé nad...". Y de nuevo el plástico acompañado de golpes. Era terrible, varias veces pensé que no sacarían el plástico y que moriría. Intuía una nueva determinación en ellos que presagiaba lo peor. A veces discutian.
-Tené cuidado, che -le decían al que tenia el nylon-, mirá que se va a ir.
En una ocasión alguien rompió el plástico con el dedo, por miedo de que me fuera para el "otro lado". Mientras tanto continuaban preguntando por nombres, algunos conocidos y otros desconocidos para mí. Empezaban a desesperarse.
-¡Hijo de puta! ¡Al menos un nombre! ¡Una dirección! ¡Decinos algo, la puta que te parió!
Ypor mi mente pasaban amigos, compañeros, tanta gente y tantos años en un instante... Llegué a pensar que quizás diciéndoles algo, poco, algún nombre, esta pesadilla de horror terminaría. Pero no. Era el momento más difícil e importante. O salía o me quedaba para siempre.
Pararon. Estaba dolorido y casi desvanecido. Me pusieron de pie y me sostuvieron.
-Mirá, pibe, todavía no te queremos matar porque vos sabés un monton y nos lo vas a decir. Aquí con nosotros tenemos a tu hijo; por cada pregunta que no nos contestés le vamos a cortar un dedo.
El mundo se me abrió debajo de los pies. "¡No, eso no, el Adrián no!", gritaba en mi interior. Yo sabía hasta dónde podía aguantar, "conmigo hagan lo que quieran, pero con él no, no". Seguí en silencio, y agachando la cabeza lentamente empecé a sollozar.
Pero el Adrián no estaba, era sólo un bluff para probar mi reacción. Y mi cuerpo se fue llenando de vida nuevamente.
El interrogatorio siguiente fue muy simple y parecía resolutivo. Habló un personaje nuevo, me lo imaginaba inmenso porque su voz me llegaba de arriba. Aparentemente era el que llamaban el "Tío".
-Mirá, pibe, aquí nosotros estamos trabajando, y vos nos estás haciendo perder un montón de tiempo. Así que, o te decidís a colaborar con nosotros o despedite. Además estuvimos averiguando en el barrio y en la fábrica: el mundo entero te apunta.
Alguien me empujó y caí al suelo. El que parecía el "Tío" se me sentó en el pecho y otros me tenían las piernas. Las manos, esposadas debajo de mi cuerpo y con tanto peso encima, me dolían terriblemente. El "Tío" puso sus enormes manos alrededor de mi cuello y empezó a apretar.
-O ahora hablás o te "boleteamos" -dijo lentamente.
Y yo me convencí que de ésta no pasaba. Las manos siguieron apretando cada vez más, y después de un tiempo, que me pareció eterno, se fueron aflojando. El "Tío" se levantó con lentitud. También los otros me soltaron y, sin decir nada, se fueron de la pieza.
Me llevaron a una piecita donde había otros detenidos, todos muy apretados, y me dejaron en el piso. Tuve la impresión de que lo peor había pasado y volví a quedar inmóvil, pensando que de esa forma no se darían cuenta de mí. Cuando no habia ningún guardia cerca, algunos hablaban en voz baja, otros se lamentaban.
Con el pasar de las horas empecé a identificar mejor mis dolores. La caja toráxica me dolía cada vez que respiraba algo profundamente, sobre todo una costilla, probablemente rota. Las manos estaban heridas por las esposas y al contacto con ellas el dolor se acentuaba aún más. La venda seguía apretada y los ojos también me dolían.
Al llegar la noche, el ambiente se calmó nuevamente; un guardia preguntó por mí y me dio una colcha y un paquete con comida que habían traído mis familiares, lo que significaba que éstos sabían dónde me encontraba; es decir que la policía me había reconocido como detenido. Era una garantía de salvación.
Esa noche comí mi primer sánguche y tomé agua después de mucho tiempo. Dormí en el suelo tapado con mi colcha, con las manos esposadas adelante. Las cosas empezaban a mejorar. El estar mezclado con los demás detenidos me protegía. Con mucha prudencia pedí al guardia que me aflojara la venda de los ojos.
Al día siguiente, un guardia me llevó al baño y me sacó las esposas.
-Pegate un baño que estás a la miseria, cuando estés solo sacate la venda.
Lentamente me saqué la venda pero igualmente no podía ver; pensé que los párpados se habían pegado por haber estado cerrados por tanto tiempo. Con los dedos los separé y traté de verme en el pequeño espejo del baño. No podía reconcer la cara que me miraba desde allí. Ése no podía ser yo: la cara redonda, hinchada, y los ojos negros como si tuviera un antifaz. En realidad, no era que los párpados estuvieran cerrados, sino que también estaban sumamente hinchados.
El agua me devolvió las energías y el cuerpo la recibía como un líquido milagroso.
Nuevamente con la venda en los ojos y esposado volví al montón protector, me sentía mucho mejor. Podía fumar y ya me animaba a cambiar algunas palabras con mis compañeros de desgracia. Pero el miedo a otros interrogatorios me volvía cada vez que el ruido de pasos seguros y veloces se acercaban a nosotros. Miedo alimentado por algunos guardias que nos amenazaban con futuras "sesiones".
El día pasaba interminable, sin nada que hacer ni decir, cada tanto un cigarrillo. Seguí aprendiendo el arte de esperar, esperar sin sentido, sin razón y sin confines. Esperar y basta, horas inmóvil, sin derecho a preguntar nada ni a saber nada. Conversábamos lo esencial con los demás detenidos.
Trataba de imaginarme el lugar donde me encontraba: el departamento Informaciones de la policía de la provincia de Córdoba. Había estado detenido en este mismo lugar hacía dos años, en mayo de 1974. Pero las condiciones habían sido muy distintas. En aquel entonces había un gobierno democrático, poco antes de la muerte de Perón. En esa oportunidad, nada de golpes ni vendas. Me detuvieron junto a un compañero a la salida del sindicato SMATA de Córdoba. Se habían efectuado las elecciones de los dirigentes del sindicato en un momento muy caliente y delicado. Las listas que se presentaron eran tres: "gris" (peronismo de derecha), "marrón" (sectores de ultra izquierda) y "naranja" (peronismo de izquierda), de la cual yo era activista. Cada lista tenía un grupo de custodia de las urnas para evitar que las demás pudieran hacer algun fraude. Al final de la jornada electoral nos dirigimos todos los grupos al sindicato. Una vez que las urnas fueron debidamente aseguradas, nos dispusimos a irnos a casa. A poca distancia del sindicato nos esperaba la policía. Mi compañero era un estudiante, Juan Manuel Diez; cuando lo palparon le encontraron un revólver 38 en la cintura y, en el piso del auto, una Luger de la época de la guerra española que habría debido usar yo, pero que no funcionaba, servía sólo para impresionar.
Estuve una semana en Informaciones, y me interrogó el mismo flaquito que me fue a buscar a casa en esta última detención. Nunca se tragó el hecho de que yo viviera en casa de mi suegra, como había declarado aquella vez. Efectivamente, con Estela vivíamos en una Unidad Básica peronista, pero no podíamos dar esa dirección. Con el pasar de los años, y después de muchos cambios de casa, terminamos viviendo en lo de mi suegra.
-¡Pittuelli! -El llamado enérgico del guardia me volvió a la realidad.
-Sí, soy yo. -Otra vez el "baile", pensé. Yo imaginaba que habían terminado conmigo.
-Venga que tiene que declarar.
"¿Declarar? ¿Declarar qué? ¿Con todo lo que he pasado en los interrogatorios, todavía me quieren hacer declarar?", pensé.
El guardia me guió a una oficina. Me sentaron delante de un policía que me hacía preguntas en tono gentil y escribía a máquina. Parecía de una raza distinta a la de los del "interrogatorio". ¿Habíamos cambiado de mundo o me estaban tomando el pelo?
Respondí nuevamente a las mismas preguntas: Si tenía el mimeografo: NO; si pertenecía a la organización Montoneros: NO; si conocía personas relaciondas a los Montoneros: NO; si tenía algo que declarar: NO.
Sin forzarme y sin comentarios, el policía escribía en su máquina. ¡Quién sabe lo que estaba escribiendo!
Terminada la declaración, me invitó a firmarla.
-Bájese la venda, léala y firme.
-No puedo leerla, señor, aunque me baje la venda. -Y le hice ver los ojos.
-Mire - me dijo-, le aseguro que escribí exactamente lo que usted rspondió.
¿Qué alternativa me quedaba? Me dio una lapicera, me ubicó la mano en el lugar donde debía firmar, y yo firmé.
No sabía cuántos días habían pasado desde que me detuvieron: ¿cuatro?, ¿seis? Físicamente me estaba reponiendo. Probablemente dos o tres días de interrogatorios y otros dos o tres de espera. Hasta que llegó el momento del traslado a la cárcel, y recién en ese momento pude saber algo de Estela. Tendríamos que haber ido juntos a la cárcel pero ella, a poco de la detención, habia tenido una pérdida y la habían llevado al hospital, por lo que estuvo todo este tiempo allí y se había salvado del infierno.
Me pusieron en un auto con un policía a mi lado y otros dos adelante, y me sacaron la venda. Ya podía ver bastante bien. Cuando los policias me vieron los ojos, se asombraron.
-¡Qué le hicieron a este coso, che! ¡Están locos! ¡Mirá cómo lo dejaron! ¡Así no lo van a recibir en la carcel! -Y se acusaban mutuamente.
Otro policía muy joven me consolaba.
-Ahora para vos lo peor ya pasó, pibe, en la cárcel vas a estar bien. Ahí nadie te va a pegar, vas poder ver a tus familiares y, si estás en orden, dentro de tres o cuatro meses te largan. -Probablemente lo decía convencido, pero se estaba equivocando fiero sobre la vida en la cárcel.-Ahora agachá la cabeza para que no te vea la gente.
Salimos seguidos por otro auto. Por las voces reconcí en mis acompañantes, todos de mi misma edad, a los mismos que me habían toturado y molido a golpes.
4) Departamento Informaciones o División Inteligencia de la Policía de la Provincia Hablaremos ahora de otro centro de tormentos: el Departamento Informaciones o División Inteligencia de la Provincia de Córdoba.
L.A.U., agente, empleado de la policía, fue detenido el 12 de noviembre de 1976 cuando prestaba servicios en el D-2 (Inteligencia) y sometido, en circunstancias similares a las descriptas por los testimonios anteriores a feroces tormentos. Por su conocimiento del personal de esa repartición pudo identificar fácilmente a sus torturadores, entre quienes mencionó al Sargento Gómez (a) «El gato», al oficial Salgado, a los comisarios Romano y Tissera, al comisario principal Roselli. Asimismo, logró reconocer la voz del asesor del Jefe de policía, un teniente coronel cuyo nombre ignora, que participó activamente en la tortura. También identificó a un ex-instructor de la Escuela de Policía, que en ese entonces cumplía tareas en el Comando Radioeléctrico, el oficial ayudante Dardo Rocha. Por último, reconoció al oficial de guardia Francisco Gontero, quien desde una distancia de cinco metros le efectuó tres disparos, uno de los cuales le atravesó la pierna derecha a la altura de la rodilla. No contento con el resultado, tomó un palo y lo introdujo en la herida, lacerandolo y haciendo luego lo propio con el dedo. Previamente lo había dejado desangrarse por espacio de media hora. En ese momento arribaron otras personas y el torturador explicó su actitud afirmando que L.A.U. había pretendido arrebatarle el arma y fugarse. Esto ocurrió el 16 de noviembre de 1976. El testimonio de L.A.U. reviste particular significación porque además de su experiencia individual como víctima, cuyos puntos salientes hemos transcripto, describió en detalles la actividad y estructura de la División Informaciones o Inteligencia.
V. S. -S.14-(*) Detenido aproximadamente el 14 de noviembre de 1974 dice:
«...en esa oportunidad se me citó a comparecer al Pasaje Santa Catalina donde estaba en ese momento Informaciones (Jefatura Central de Policía frente a la Plaza San Martín) (...) se me hizo pasar adentro, donde en un patio pequeño se procedió a vendarme los ojos y esposarme con las manos para atrás, dejándome en el mismo lugar (...) después de esos dos días, nos sacan a todos y nos llevan en un camión en el piso, nuevamente al Departamento Informaciones de la Policía, donde permanezco un mes aproximadamente. Nuevas sesiones de tortura con picana, golpes, prácticamente todas las noches. Me cuelgan desnudo contra la pared y me pegan con un cable en los testículos. Allí reconozco porque se nombraba, al subcomisario Merlo o Moro, que era un hombre alto, corpulento, cabello canoso, de allí su sobrenombre, lacio peinado para atrás y voz gruesa. Otro de los que estaba era un tal «Serpico», que era un individuo bajo, menudo, pelo corto y ondulado; la «Tia Santucho» morocha, grandota y una tal «Chica de Cipol», rubia pelo lacio, alta, de cuerpo mediano en peso, bastante linda y uno que creo que era comisario, por cuanto todos le preguntaban a él. Era gordo, medio bajo, voz amanerada, medio pelado y peinado a la gomina (...) nos llevan de a uno, a una de la habitaciones, donde nos interrogaban recibiendo fuertes golpes, junto con las preguntas. En la otra habitación, donde estábamos todos juntos, nos hacen descalzar, pisar agua y comienzan a aplicarnos la picana por distintas partes del cuerpo. Cuando por el cansancio o el sueño me caigo, me levantan violentamente, advierto que tengo roto el pantalón en la parte de atrás y se procede a picanearme el ano y los testículos. Además me queman con cigarrillos los brazos (...) una noche nos sacan a todos en un camión y nos llevan a otra casa, presumiblemente en la zona La Calera. Me torturan de continuo, sin interrogarme, con golpes, picana, quemadura de cigarrillos. Además, nos esposaban a unos árboles y nos introducían bichos en la boca, al escupirlos nos castigaban. En esa oportunidad me sacaron las uñas de los pulgares de las manos...»
H. D. L. -L.29 (*) Ante esta Delegación de la CONADEP declaró:
«...el 13 de abril de 1976, un grupo de individuos que dijeron ser miembros de la Policía de Córdoba (División Informaciones) entraron a mi domicilio a los efectos de detenerme. Como yo había viajado a la provincia de Río Negro, se llevaron a mi hermana en condición de rehén, la cual fue restituida al hogar al hacerse efectiva mi presentación espontánea. Cuatro días después fui trasladado desde General Roca (provincia de Río Negro) a la División Informaciones de la Policía de la Provincia de Córdoba. Allí fui propiedad exclusiva de un torturador que se hacía llamar «Sargento Muller o El Gato» (no puedo precisar con exactitud si se trata de la misma persona, por estar vendado y encapuchado con un pullover de lana). Este torturador, que ya en el allanamiento había manifestado un odio visceral por los judíos, me otorgó, según sus propias palabras, un trato preferencial. Además de la tortura en vigencia (mojarrita, golpes, lastimaduras con clavos), fui sacado en dos oportunidades de Informaciones y conducido según una lista de jóvenes judíos que ya obraba en su poder, para que yo pudiera ver cuán bien informado estaba del «problema judío». Después del paseo (en dos ocasiones), fui conducido a terrenos desiertos camino a Alta Gracia, donde fui sometido a tortura psicológica mediante simulacros de fusilamientos. En Informaciones fui «testigo ciego» de la tortura de una madre y un hijo apellidados Ciavarelli, a los cuales recuerdo muy bien, pues él murió en la tortura y ella lloró apoyada en mi hombro. De Informaciones salí con el brazo paralizado, que pude recuperar totalmente un año después y una quemadura en la espalda (producida por un caño de escape en una de las salidas)...»
P. N. S. -S.53 (*) Detenido el 2 de mayo de 1976, declaró ante esta Delegación de CONADEP:
«...El dicente es conducido unas horas a la Seccional Primera de Policía, y de allí a la jefatura de policía, donde funcionaba la Sección Informaciones. El testimoniante no recuerda los días que allí permaneció. En ese lugar fue sometido a torturas, golpes y tratos inhumanos en forma permanente, durante todo el tiempo que estuvo allí. De ellas se destaca una sesión donde fue rodeado por numerosas personas, que no puede precisar el número por encontrase vendado en los ojos y tras ser sometido por un largo período a todo tipo de golpes, se lo deja abandonado por un largo tiempo, cree que por dos días, por muerto. De esa sesión quedan secuelas que subsisten aún, comprobable en los lugares del cuerpo que se detallan: problema cervical, fractura de tabique nasal, arco superciliar izquierdo, cicatriz mandíbula, fractura de esternón y dos costillas...» En el legajo de la Unidad Penitenciaria Nº 1 Capital, se consigna la procedencia del detenido como Departamento D-2 Informaciones de la Policía y con referencia a las señas particulares: golpes en la cara entre cejas, hematoma en el ojo izquierdo. La orden de remisión a la cárcel lleva la firma del entonces Jefe del Departamento Informaciones Policiales D-2, inspector mayor Raúl P. Telleldín.
C. M. S. -S.49 (*) En la declaración que efectuó manifiesta:
«...mientras estaba detenido en la Cárcel Penitenciaria de barrio San Martín y coetáneamente, por casualidad, con mi pedido de exilio, el 5 de mayo de 1978 soy llevado de la cárcel a la División Informaciones. Allí soy bárbaramente atormentado con golpes de puño, palos, gomas, patadas, picana eléctrica, asfixia por agua y bolsa de nylon y simulacros de fusilamientos. Engrillado a una pared, de día y de noche, no se me da comida y solo me sueltan una vez al día para ir al baño (...) el 9 de junio de 1978 fui devuelto a la cárcel de barrio San Martín, donde el médico de ella constató que tenía dos costillas fracturadas. Regresé el 1º se octubre con motivo de investigarse el paso de cartas, por medio de presos comunes y familiares de éstos. Allí tuve oportunidad de ver a mi esposa barbaramente torturada y semi-inconsciente (...) Autores de los tormento fueron, en primer término, los comisarios Romano y Esteban de la División Informaciones de la Policía. Bajo sus órdenes actuaron varias personas, alias ´El Carnicero`, ´La Araña`, entre ellas un colaborador de apodo ´Charlie Moore`...»
L. D. L. A. -L.2 (*) Detenido en la noche del 2 al 3 de febrero de 1977 declara que:
«...Fue detenido por personal perteneciente al entonces Departamento de Inteligencia de la Policía de la Provincia (D-2), quienes procedieron a trasladarlo a la sede de ésa dependencia sita en el Pasaje Santa Catalina, donde se le comunica que queda detenido por parte de un oficial sub-ayudante Salgado y desde ese momento (...) me inscribe en un Libro Actas donde constaba dicho procedimiento. El dicente se desempeñaba al momento de la detención como empleado de la Policía de la Provincia, como oficial sub-ayudante del Escalafón Técnico de Criminalista, teniendo al momento de producirse éste hecho, una antigüedad de ocho años y cinco meses. Desde entonces y por el lapso de seis días, permaneció en las dependencias de esa Unidad, donde fue sometido a aberrantes torturas físicas y psíquicas, manteniéndolo sin comida, ni bebida, sin poder ir al baño, desde el momento de su detención hasta el domingo siguiente, momento en el que le fue permitido ingerir alimentos. Las torturas consistieron en golpizas generalizadas hasta el desvanecimiento y el método conocido como `mojarrita´, que consistía en mantener a la víctima acostada en el suelo o en una tarima inmovilizada, tapándose la boca y la nariz con un trapo y cuando la víctima abría la boca para respirar se le echaba agua en grandes cantidades. Este tratamiento se reiteró durante todo el período de detención del nombrado y hasta su paso a la presentación Militar del Campo de la Ribera. Al estar permanentemente esposado y vendado, ello determinó que la musculatura de las manos se insensibilizan y deterioran hasta el punto de necesitar atención médica, situación ésta que duró hasta agosto de 1977 (...) En ese período estaba como jefe de Inteligencia el Inspector Telleldín, quien lo amenazó personalmente y lo golpeó haciéndole sacar la venda de los ojos. El día miércoles siguiente, cerca del mediodía, me ordenan dejar todos los elementos y pasar por la guardia, vendado, donde me obligaron bajo amenazas con una pistola en la nuca a firmar la restitución de mis efectos que, en la práctica, no me fueron restituidos. Cabe acotar que varias veces en el curso de los interrogatorios fui objeto de simulacros de asesinato a boca de jarro percutándoseme una pistola en la sien...»
Declaración de Charlie Moore
Charlie Moore colaboro con los represores de la división de Informaciones de la Policía de la Provincia de Córdoba durante 4 años.
En 1980 se va a Brasil donde hace una declaración muy interesante donde desnuda desde adentro el funcionamiento de ese cuerpo represivo.
Esta es la declaración en formato PDF. La calidad no es muy buena ya que fue escaneada a partir de una fotocopia.
Nació en Córdoba el 27 de enero de 1947. Estaba casado con Marta Díaz. De familia cordobesa, tenía el vigor y la furia de la sangre gringa, lo que lo hacía sin medias tintas en las actividades que asumía. Puso esa pasión cuando se incorporó a la Juventud Peronista, que respondía a la conducción de Montoneros. Fue detenido por la policía provincial el 25 de marzo de 1976 y puesto a disposición del PEN (Poder Ejecutivo Nacional) y del área 311 del 3er. Cuerpo de Ejército. Luego de ser torturado durante varios días en el Departamento 2 de Informaciones de la Policía, fue alojado en la Unidad Penitenciaria N8 1 de la ciudad de Córdoba. Vanos resultaron los intentos de sus familiares por verlo en la cárcel u obtener alguna información sobre él. El 18 de abril fue sacado de la cárcel, junto a Jorge García, Raúl Guevara, Daniel Juez y Diana Fidelman, y trasladado nuevamente al Departamento Informaciones donde fueron torturados. Bártoli fue asesinado en la misma sede policial el 30 de abril de 1976.
Raúl Guevara relató: "(...) Los que proveníamos de la UP 1, estábamos juntos a excepción de Eduardo Bártoli quien junto a otro detenido cuyo nombre no recuerdo estaban en una pequeña pieza o cocina al lado del baño al que nos llevaban. En esas oportunidades pude mirar a través de la venda que tanto Bártoli como el otro detenido se encontraban en muy malas condiciones físicas ya que además de ser torturados todas las noches permanecían tirados en el piso esposados hacia atrás y sin recibir ningún tipo de alimento. Un día se escucharon varios disparos de arma de fuego y nerviosas corridas del personal policial. Nosotros que estábamos en una habitación grande fuimos sacados a un patio momentos antes de escucharse los disparos y luego se hizo un gran silencio...Cuando nos llevaron nuevamente a la habitación grande el piso estaba mojado porque aparentemente todo el lugar había sido lavado y baldeado. Ese día ninguno de nosotros fue llevado al baño...Cuando volvimos a ser llevados al baño vi las paredes del cuarto en que estaban Bartoli y el otro detenido manchadas de sangre y el guardia me dijo que eso era consecuencia de un "intento de fuga". A partir de entonces nos advertían sobre lo que nos pasaría de intentar cualquier "cosa rara"...".
Un comunicado del 3er. Cuerpo de Ejército, publicado en La Voz del Interior del 2 de mayo, informó que "se produjo un intento de fuga por parte de tres detenidos en el local de la Jefatura de Policía de la Provincia de Córdoba". Los tres detenidos eran María Eugenia Irazusta, Héctor Hugo Chiavaroni y Eduardo Daniel Bártoli. La partida de defunción, firmada por el médico Dr. Rogelio Portela, diagnosticó: "Lesiones de órganos vitales por heridas de bala".