A 30 AÑOS DE LA MUERTE DE AGUSTÍN TOSCO.
El Gringo Vive.
El “Gringo” vive. Aunque los autoeregidos en dueños absolutos de la palabra hayan pasado 30 años sembrando olvido . El “Gringo” vive. Aunque su imagen no haya sido traficada en pósteres, postales y remeras. Coherente y digno como el CHE. Decía lo que pensaba y obraba en consecuencia.
El “Gringo” vive. A pesar de los cobardes asesinos. A pesar de los traidores. De los carceleros. De la hipocresía. De los dobles discursos. De los temores inculcados.
El “Gringo” vive en cada trabajador que se reconoce en sus compañeros. En cada gesto solidario. En cada intento. En la dignidad y unidad de los obreros. En cada combate contra el capitalismo. En cada sueño y proyecto igualitario.
En tiempos cómplices de la entrega, de burócratas asaltantes sobran motivos para recordarlo. Para rescatarlo. El “Gringo” vive y su legado se agiganta en cada nuevo luchador que se brinda, y del brazo, hombro con hombro, marcha junto a sus compañeros.
Agencia Rodolfo Walsh
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Algunas reflexiones
Pablo Pozzi, Alejandro Schneider. Historiadores
El Cordobazo marcó un hito en la historia de la clase obrera. La valoración y las conclusiones sobre este acontecimiento tienen una enorme importancia para la caracterización global de la misma, su desarrollo, su conciencia y su potencial revolucionario.
A partir de 1969 se abrió una nueva etapa en las luchas de los trabajadores. Esos años estuvieron signados por el recurso a la violencia por parte de las masas. También, fueron marcados por el planteo del socialismo como una alternativa viable de poder popular. Por primera vez en la historia argentina, la clase obrera se postuló como clase dirigente de otros sectores sociales en el proceso histórico nacional, en un claro desafío a la burguesía; en consecuencia, los trabajadores experimentaron un salto en su conciencia. Esto se expresó en sus formas de organización, en el surgimiento de una nueva camada de dirigentes políticos obreros caracterizados como “clasistas”, que constituyeron un quiebre con las tradiciones políticas del peronismo, y en un crecimiento en aquellas organizaciones políticas que representaban los intereses históricos de la clase. Debería quedar claro que el desarrollo de la conciencia de clase es planteado aquí de la manera más alejada posible de las formas positivistas (o sea, no es un camino ascendente hacia el socialismo) sino que se trata de un proceso dinámico y heterogéneo, con marchas y contramarchas y con contradicciones.
De ser correcto lo anterior, se debería replantear algunas de las afirmaciones más comunes de la historiografía y la política actual. Por un lado, el avance sintetizado por el Cordobazo implicó que el peronismo, como alternativa política de la clase obrera, quedó a la derecha y por detrás del progreso histórico de la clase. No sólo significó un freno a la profundización de las luchas y a la conciencia obrera, sino que su evolución hacia opciones revolucionarias apareció como una imposibilidad histórica.
El planteo de Evita por el cual “el peronismo será revolucionario o no será nada”, se había resuelto claramente porque no sería nada. Así, las organizaciones que conformaron la Tendencia Revolucionaria del peronismo, a pesar de sus sacrificios y heroísmo, bregaron por una alternativa que no era la que ellos pensaban. En este proceso contribuyeron a sembrar confusión entre los trabajadores y, más de una vez, a dar aire a un Estado capitalista acosado por las luchas populares. Sin embargo, los peronistas “revolucionarios” (aun sin serlo objetivamente) no fueron los únicos que tuvieron estos problemas. Distintos sectores de la izquierda reformista también aceptaron la idea de “Perón como camino a la revolución”. El resultado fue que las filas de la izquierda se dividieron, profundizaron el sectarismo, y pusieron un límite concreto al desarrollo de las luchas populares a través de la fragmentación y el espontaneísmo.
En el Cordobazo pudo observarse la superación de las direcciones políticas, sindicales y estudiantiles. La clase obrera y el pueblo, enfrentando a la policía primero y luego directamente a las Fuerzas Armadas, otorgaron a estos hechos el carácter de un hito histórico. De este modo, es importante observar el papel desempeñado por los vecinos de los barrios que, en el repliegue ante la entrada del ejército, apoyaron y cuidaron de los manifestantes callejeros. Si el Cordobazo fue, por un lado, expresión de una exacerbación de las contradicciones sociales después de 1955, en sus consecuencias resultó una verdadera inflexión, un cambio cualitativo en las luchas obreras y populares. Sus consecuencias fueron múltiples.
En lo inmediato, se mostraron los límites de la implementación de una política económica que sólo satisfacía los intereses de la burguesía monopólica. En cuanto a los trabajadores se observaron varios fenómenos y procesos; en los hechos, señaló el inicio de un auge de masas que se reflejó en la oleada de insurrecciones y puebladas que se sucedieron entre 1969 y 1972.
Entre otras cuestiones, la clase obrera cuestionó e impugnó las variantes “combativas” de la dirigencia sindical como antes había ocurrido con la burocracia tradicional. Era evidente que se había producido un profundo corte horizontal con las conducciones gremiales en el ámbito de las organizaciones. Sin embargo, esta ruptura no alcanzó al poder de algunas seccionales que, por el contrario, lograron mantenerse a la cabeza de estos acontecimientos, como Luz y Fuerza de Córdoba. Esto implicó la conformación de un nuevo grupo de dirigentes sindicales, independientes de la burocracia, que condujo las movilizaciones de los gremios: en la práctica estaba renaciendo el clasismo. Además, de esta pérdida de control sobre los trabajadores, y con la agudización de las luchas intrasindicales, surgió por primera vez la violencia contra la burocracia, incluyendo la muerte de dirigentes a manos de sus contrarios peronistas. En el seno de las organizaciones de izquierda, la ejecución de burócratas generó una intensa discusión que fue saldada con la decisión casi uniforme en contra de este tipo de accionar.
El criterio era que la burocracia sindical debía ser desplazada por la lucha de las masas y no por el accionar armado. Esto se sustentaba en una visión ideológica por la que no había que sustituir por las armas a las masas. Por último, corresponde indicar que una buena parte de la izquierda se potenció por los acontecimientos de mayo de 1969. El levantamiento popular puso a la orden del día numerosas polémicas teóricas, confirmando algunos análisis y desechando otros. Esto no significó que se había agotado la discusión; por el contrario, ésta se desarrolló con una riqueza inusual. Lo que significó fue que los debates se basaron, desde entonces, en una práctica militante cada vez más acelerada y en una movilización popular que nadie podía ignorar. En todos los casos, la izquierda se volcó —como lo demostraron los siguientes años—hacia la clase obrera con una renovada fuerza.
La hora de la acción directa
El clasismo
Frente a un gremialismo colaboracionista con la dictadura, los métodos y los nuevos planteos que dieron luz al Cordobazo ahora daban un nuevo liderazgo social al movimiento obrero. Al calor de los conflictos en el mundo entero, América Latina era el escenario de nuevas tendencias que marcarían a fuego los años siguientes. La nota en revista incluye el testimonio de Gladys Vera, ex delegada de ILASA y el relato sobre la toma de Fiat, extractado del libro Sitrac-Sitram, del Cordobazo al Clasismo, de Gregorio Flores.
El Cordobazo fue una revelación ideológica y política para el movimiento obrero, que a partir de entonces cobró conciencia de su fuerza y capacidad de liderazgo social, se reencontró con las formas directas de organización y lucha y aprendió a reflexionar sin prejuicios. Nuevos líderes y nuevos mitos se erigían bajo el signo común de la consecuencia y la transparencia. Y bajo ese cobijo, se desarrollaban las tendencias políticas de izquierda --ya sea que adhirieran al marxismo, al peronismo o al cristianismo-- caracterizando la nueva coyuntura.
A fines de 1969 estalló el conflicto en la obra Chocón-Cerros Colorados, encabezado por algunos de estos nuevos dirigentes: Antonio Alac, Armando Olivares y Edgardo Torres. También tuvo un papel activo en esa lucha el cura obrero Raúl Rodríguez.
Fue un conflicto paradigmático: con un fuerte carácter antiburocrático que impactó de lleno en el gremialismo integrado al proceso dictatorial (la UOCRA de Rogelio Coria); por primera vez aparecieron públicamente dirigentes sindicales al lado de la policía y de la patronal intimando a los obreros a rendirse; también tuvo un alto contenido de violencia, con piquetes de huelga, barricadas y amenazas de uso de explosivos.
La lucha del Chocón, que despertó la solidaridad de la disidencia social y política que a esa altura se multiplicaba, se constituirá en la línea de desarrollo de los conflictos obreros. Poco después en Córdoba, cuando el ciclo fabril se recuperaba a pleno con el regreso de las vacaciones, estalló el conflicto de la fábrica de matrices de Perdriel, con similares características al del Chocón. La comisión interna dirigió la toma al margen de la conducción general del gremio, con la misma carga de violencia.
Los efectivos al mando del coronel Héctor Romanutti, jefe de Policía, rodearon la planta intentando de que el juez interviniente no se interpusiera ni lo condicionara. Frente a la firme decisión de los obreros, previa consulta con el gobernador Huerta, decidió negociar.
La toma se levantó y el cuerpo de delegados de Perdriel emergió fortalecido dentro del Smata. La agrupación gremial que encolumnaba a sus principales activistas fue la Primero de Mayo. De ahí saldrá la propuesta y el plan de lucha que determinó, en junio del mismo año, la ocupación revolucionaria de todo el complejo industrial del Smata de Córdoba.
EL SOCIALISMO
En 1970 se insinuaban ya las tendencias que caracterizarán el período. El socialismo, como definición general y aún imprecisa, comenzó a ser incorporado por los sectores mas dinámicos de la sociedad. El espacio que ya tenía en la Universidad se extendía hacia el movimiento obrero y adquiría un lugar en las iglesias, mientras la figura del Che se incorporaba a la cultura popular.
Las facultades y muchos sindicatos eran centros de reunión y debate no sólo sobre la acción y la organización de la lucha sino alrededor de las estrategias que se concebían como revolucionarias. El lema del Che, "No hay más reformas que hacer, o revolución socialista o caricatura de revolución" se ligaba con aquella afirmación de Evita: "El peronismo será revolucionario o no será nada". Estas máximas eran punto de partida de una discusión que se extendía al carácter particular que en el proceso debía tener el movimiento obrero, sus alianzas, el carácter de las transformaciones y las formas y métodos que debía tener la violencia popular en el marco de una estrategia revolucionaria.
En ese marco, el antiimperialismo era recuperado ahora desde una posición anticapitalista.
Las "Siete tesis equivocadas sobre América Latina", de Ricardo Stavenhagen, André Gunder Franck y Theotonio Dos Santos, con su Teoría de la Dependencia, también eran puntos de partida para una revalorización de la formación social de América Latina, sin olvidar cuestiones teóricas que gravitaron en el debate de entonces como la teoría del Intercambio Desigual y la cuestión de los estímulos morales en un proceso revolucionario de planificación social.
VIOLENCIA
Con el onganiato, el pueblo había aprendido que la oposición al orden social y político impuesto por la dictadura, aún en el plano de las reivindicaciones más inmediatas, debía enfrentar una represión violenta. Esta respuesta tuvo la resistencia a la intervención a las Universidades, en 1966, y al cierre de los ingenios tucumanos, cuando la violencia del sistema cobró las vidas de Santiago Pampillón, Adolfo Bello, Juan José Cabral e Hilda Gerrero de Molina.
Con el Cordobazo el movimiento obrero incorporó estas experiencias, las tradujo en organización y triunfo.
La cruenta represión de las dictaduras militares de América latina, fuertemente apuntaladas por los Estados Unidos a través de intervenciones directas, como en Santo Domingo, o por medio de asesorías militares como en Argentina, Brasil, Bolivia y Uruguay, planteaba abiertamente la necesidad de organizar la violencia popular, mientras en Medellín la Iglesia legitimaba institucionalmente la violencia popular en la lucha por la liberación.
En la militancia y en las tendencias políticas que se iban conformando, aparecía el debate sobre las líneas de construcción de una violencia organizada que condujera a un proceso de liberación Nacional, como la concebían algunos, o a la construcción del socialismo, según la lectura de otros. La figura del Che, con su inmenso prestigio moral, alentaba la guerrilla rural. Vietnam, la "larga marcha" de Mao Tse-tung en China , la batalla de Argelia, la insurrección de Octubre en Rusia, eran todas experiencias que impregnaban la polémica sobre las estrategias de guerra revolucionaria y definían los nuevos agrupamientos políticos con tanta fuerza como el carácter del peronismo. Al otro lado del río, en Uruguay, los Tupamaros desarrollaban una experiencia de guerrilla urbana que dejaba en ridículo al aparato represivo y desnudaba la corrupción y la complicidad de los grupos oligárquico uruguayos con la dictadura de ese país.
EL CARACTER JUVENIL DEL MOVIMIENTO
Los nuevos agrupamientos tenían una característica fuertemente distintiva: la juventud, tanto por su pensamiento e ideas como por la edad de sus protagonistas. En ese sentido no había experiencias históricas que sustentaran el camino que se estaba recorriendo. La experiencia del Cordobazo, con el protagonismo de un obrero industrial típicamente fordista y un movimiento estudiantil deslumbrado por el Che Guevara, Ho Chi Min, Cohn Bendit, Helder Cámara y Camilo Torres, guardaba mucha distancia con el 17 de octubre o la Semana Trágica, aunque esas raíces se recuperaban para proyectarse, transformadas, en las nuevas condiciones.
La izquierda preexistente no despertaba atractivo en la nueva militancia, lo que volvía muy compleja y difícil la tarea de fundamentar las propuestas que la situación planteaba. No existía una tradición política orgánica en donde abrevar y los problemas eran abordados rastreando en las experiencias históricas generales del movimiento popular de todo el mundo.
Esta ausencia de tradición conspiró para que el movimiento avanzara con mayor audacia y formulara propuestas políticas y organizativas creativas, capaces de dar cuenta de los componentes propios del movimiento social que arrancaba en los 60 y se desplegaba en los 70. Por el contrario, el movimiento quedó atrapado en las propuestas tradicionales, donde la estrategia obrero-campesina, formulada por Lenin y aplicada en la Revolución Rusa y en Vietnam, impregnaba las vertientes trotskistas, maoístas y neostalinistas.
Por otra parte, la superación de este corset ideológico no se había expresado concientemente en ninguna de las experiencias mundiales de los 70, pese a que latía en la espontaneidad de las insurrecciones urbanas que recorrieron Europa, EE.UU y algunos de los países socialistas.
LA CUESTION DEMOCRATICA
La relación entre democracia formal y las nuevas formas de representación directa que iba plasmando el movimiento popular fue sin duda el problema que puso sobre el tapete la falta de un acervo teórico y una tradición política.
Son varios los factores que concurrieron para dificultar la resolución, teórica y práctica, de la cuestión democrática. La juventud que predominaba en el movimiento había vivido un breve período de democracia electoral que terminó en el desprestigio.
Juan Carlos Onganía no había necesitado movilizar tropas para sacar a Arturo Illía del Gobierno. La interrupción del proceso democrático, no por anunciada despertó protestas. Illía había alcanzado el gobierno con el 23% de los votos y con peronismo el proscripto.
Vale recordar la carta de Ernesto Sabato a su amigo el canciller Nicanor Costa Méndez, donde hacía explícitas sus expectativas en el proceso militar a la par que caracteriza duramente el proceso parlamentario que quedaba atrás. Sábato no hacía otra cosa que reflejar el pensamiento de la ancha e inmensa clase media argentina de entonces. Recién con la intervención a las universidades y el cierre de los ingenios tucumanos la dictadura encontrará resistencia.
Por otro lado, el peronismo, que había gobernado la Argentina entre 1945 y 1955 no era una fuerza apegada a la democracia formal por más que Juan Domingo Perón había sido sobradamente legitimado por el voto ciudadano. Pero, al mismo tiempo, tanto propios como extraños han reconocido la influencia del fascismo en la afirmación nacionalista de Perón. A su vez, radicales y frondicistas que se sucedieron en el gobierno a partir del derrocamiento de Perón, lo habían hecho gracias a la proscripción del movimiento peronista, que seguía siendo ampliamente mayoritario. Y cuando Arturo Frondizzi se atrevió en 1962 a convocar elecciones para gobernadores sin proscripciones, ante el triunfo peronista intervino las provincias.
Este es el clima que vivía Córdoba al comienzo de la década. Era el eje indiscutido de la resistencia antidictatorial, el lugar donde los nuevos vientos se arremolinaban.
La cuestión de la hegemonía del movimiento obrero en el proceso revolucionario, la capacidad del movimiento obrero industrial para modificar situaciones generales, su relación con los otros sectores y clases sociales, ern temas de debate en un marco concreto de confrontación.
La agitación obrera y estudiantil, incesante, se extendía y crecía con el debate cotidiano. El vínculo entre obreros y estudiantes era más estrecho y confiado. En las capillas, salitas barriales de primeros auxilios y escuelas se agrupaban estudiantes, obreros, vecinos, curas y médicos para discutir sobre los problemas inmediatos y la situación general que vive el país.
El socialismo y la experiencia cubana se incorporaban en los temas concretos.
Cuando promediaba el año 1970 el negro techo de la dictadura de Onganía se caía a pedazos, y obreros y estudiantes vivían ese convencimiento.
Juan Iturburu