Dentro de la Guarnición, cerca de la Plaza de Tiro, y las pistas del aeródromo y el campo de paracaidismo. Se accede al lugar por un camino que sale en forma perpendicular a la izquierda de la ruta que une por dentro de la Guarnición.
Este camino comienza frente a la entrada del Polígono de Tiro y al finalizar se llega a un lugar en el que se ven numerosos árboles y una casita de construcción nueva, sobre la izquierda se observa el comienzo de una ruta de tierra que desemboca en el costado de las dependencias de Gendarmería Nacional. En el centro del lugar hay un camino de tierra bordeado de árboles. En ese sitio habrían sido ubicadas las tres construcciones utilizadas como centro clandestino de detención. Dichas construcciones, dos galpones de chapa y uno de material, fueron demolidas, encontrándose actualmente en el lugar restos de materiales, correspondientes a las edificaciones.
En el procedimiento realizado por la CONADEP se pudo observar una depresión en el terreno de unos 40 cm, en el sitio donde según los testimoniantes se hallaba el Pabellón 1, de material.
Desde el lugar se visualiza el frente de la Escuela de Artillería y la Escuela de Comunicaciones.
Descripción:
Entrando por el camino mejorado, antes del portón de acceso, hay un puesto de guardia; siguiendo el camino, hacia el lado izquierdo, se encontraba la primera edificación por donde pasaban primero los detenidos al llegar al Campo, allí se encontraban dos salas de torturas, una de ellas bajo control del GT 2. Al lado, otra habitación hacía las veces de enfermería, utilizada normalmente para la atención de los prisioneros durante la tortura. En la misma construcción, se hallaba la oficina del jefe de Campo, otra sala de interrogatorios del GT 1, un comedor, un baño y una cocina para uso del personal.
Hacia un costado de este edificio había un quincho con una cocina y más a la izquierda otro quincho. Otro edificio más atrás servía de dormitorio para el personal de Gendarmería, era una amplia habitación con un baño incluido.
Testimonios sobre los CCD “El Campito o Los Tordos” y “La Casita” que funcionaban en Campo de Mayo
A partir de testimonios y denuncias que eran concordantes en cuanto a descripción de lugares, ruidos característicos y planos que se fueron confeccionando del lugar, se realizaron dos procedimientos en la guarnición a través de los cuales pudieron constatarse dos lugares, que fueron reconocidos por los testigos: uno ubicado en la Plaza de Tiro, próximo al campo de paracaidismo y al aeródromo militar y el otro perteneciente a Inteligencia, ubicado sobre la ruta 8, frente a la Escuela de Suboficiales Sargento Cabral.
El primero fue el que albergó a mayor número de detenidos-desaparecidos y era conocido como el "Campito" o "Los Tordos". Se accede al mismo por un camino que comienza al costado de las dependencias de Gendarmería Nacional, que es de tierra, y por otro camino, actualmente asfaltado, que comienza frente al polígono de tiro en forma perpendicular a la izquierda de la ruta que por dentro de la guarnición une la ruta 8 con Don Torcuato.
Los planos que se habían ido confeccionando con los datos de los liberados coincidían con la carta topográfica del lugar correspondiente al año 1975, que se obtuvo en el Instituto Geográfico Militar, en cuanto a la existencia de tres edificaciones grandes y un galpón, ninguno de los cuales existe actualmente, notándose que en el lugar correspondiente existen pequeñas depresiones en el terreno y durante el procedimiento los testigos reconocen también escombros pertenecientes a las antiguas construcciones y detalles en árboles y zonas de terreno. En el sitio los testigos ubicaron los lugares donde se encontraban los edificios y galpones que sirvieran de lugar de cautiverio, por lo cual tanto para la Comisión como para los testigos quedó suficientemente acreditado que ése era el lugar donde existió el C.C.D.
Cuando los detenidos llegaban al "Campito" eran despojados de todos sus efectos personales y se les asignaba un número como única identidad, allí dentro pasaban a perder toda condición humana y estarían de ahí en más DESAPARECIDOS para el mundo.
Javier Alvarez (Conadep Legajo N° 7332) recuerda:
"Lo primero que me dicen es que me olvidara de quién era, que a partir de ese momento tendría un número con el cual me manejaría, que para mí el mundo terminaba allí".
Beatriz Castiglioni (Conadep Legajo N° 6295) a su vez afirma:
"Un sujeto nos dijo que estaban en guerra, que yo y mi marido estábamos en averiguación de antecedentes, que seríamos un número, qué estábamos ilegales y que nadie se enteraría de nuestro paradero por más que nuestros familiares nos buscaran".
Después se los tiraba en alguno de los galpones donde permanecían encadenados, encapuchados y con prohibición de hablar y de moverse, sólo eran sacados para llevarlos a la sala de tortura, sita en uno de los edificios de material.
Juan Carlos Scarpati (Legajo N° 2819) cuenta:
"Cuando me detuvieron fui herido de nueve balazos. Primero me llevaron a un lugar que llamaban -según supe después- "La Casita", que era una dependencia de Inteligencia. Luego de unas horas me llevaron al "Campito" donde permanecí sin más atención que la de una prisionera ginecóloga que me suministró suero y antibióticos en la "enfermería" ubicada en el mismo edificio donde se torturaba. En ese lugar no se escatimaba la tortura a terceras personas, e incluso la muerte para presionar a los detenidos y hacer que hablasen. La duración de la tortura dependía del convencimiento del interrogador, ya que el límite lo ponía la muerte, que para el prisionero significaba la liberación".
La señora Iris Pereyra de Avellaneda (Conadep Legajo N° 6493 y 1639) declara:
"Fui detenida junto con mi hijo Floreal, de 14 años, el 15 de abril de 1976. Buscaban a mi marido, pero como éste no estaba nos llevaron a nosotros dos a la Comisaría de Villa Martelli. Desde, allí me condujeron encapuchada a Campo de Mayo. Allí me colocaron en un galpón donde habla otras personas. En un momento escuché que uno de los secuestrados habla sido mordido por los perros que tenían allí. Otra noche escuché gritos desgarradores y luego el silencio. Al día siguiente los guardias comentaron que con uno de los obreros de Swift 'se les había ido la mano y había muerto'. Salí de ese campo con destino a la penitenciaría de Olmos. El cadáver de mi hijo apareció, junto con otros siete cuerpos, en las costas del Uruguay. Tenía las manos y los pies atados, estaba desnucado y mostraba signos de haber sufrido horribles torturas".
El día 22 de abril de 1976 el Comando de Institutos Militares solicita por nota la puesta a disposición del Poder Ejecutivo Nacional de Iris de Avellaneda, en dicha nota se especifica la dependencia en la que había estado detenida: el Comando de Institutos Militares.
Hugo Ernesto Carballo (Legajo N° 6279) fue detenido en el Colegio Militar de la Nación, donde cumplía su servicio militar, el día 12 de agosto de 1976:
"Primero me llevaron a la enfermería del Colegio, donde me vendaron y amordazaron. De allí me trasladaron en un carrier a un centro de detención clandestino, donde me ubicaron en un galpón grande. Me encadenaron un solo pie porque el otro lo tenía enyesado. Había muchos detenidos ahí y continuamente se oían gritos, ladridos de perros y motores de helicópteros. Permanecí varios días
en ese lugar hasta que me condujeron nuevamente al Colegio, junto con otros dos compañeros. Durante el trayecto fuimos golpeados hasta que llegamos y nos dejaron tirados en una habitación. Al rato llegaron varios oficiales, entre ellos el General Bignone, quien nos expresó que en la guerra sucia había inocentes que pagaban por culpables, y nos licenció hasta la baja. Durante mi cautiverio en Campo de Mayo fui interrogado en una habitación por un sujeto que se hacía llamar el 'doctor'. Al salir de ahí hicieron que un grupo de perros me atacase".
Beatriz Castiglione de Covarrubias, que fue detenida junto con su esposo, y estaba embarazada de 8 meses, refiere:
"A mi esposo lo llevaron a un galpón grande. A mí me llevaron primero a un galpón chico donde había otra gente y luego a una habitación de otro edificio. Ahí también había más detenidos. Cuando me interrogaban me amenazaban diciéndome que tenían todo el tiempo por delante y que luego de tener el chico 'me iban a reventar. El 3 de mayo de 1977 nos comunicaron que nos iban a liberar. Nos pidieron disculpas porque se habían equivocado. En el viaje nos dijeron que si contábamos algo de lo que había pasado nos buscarían de vuelta y 'nos reventarían' luego de lo cual nos dejaron en la Zona de Tigre".
Serafín Barreira (Legajo N° 5462) estuvo detenido en "El Campito" en la misma época, junto con su esposa, que también estaba embarazada y recuerda:
"...en el lugar, al cual entramos por la puerta 4, había mucha gente que venia de distintos centros clandestinos del país. Mientras estuve hubo dos partos en otro galpón de material cercano. A los niños nacidos se los llevaban enseguida".
Hasta mediados de 1977 los partos se efectuaban en los galpones: en esa fecha Scarpati relata que vino al lugar un médico de Campo de Mayo, quien opinó que en ese lugar no había condiciones mínimas para atender los partos, a partir de lo cual las parturientas eran llevadas al Hospital de Campo de Mayo donde se les hacía inducción y cesáreas en la época de término del embarazo.
El C.C.D. estaba prácticamente dirigido por los "interrogadores" quienes eran los que tenían a su cargo las decisiones sobre tortura, liberación o traslado. La custodia la cubría personal de Gendarmería Nacional y el lugar estaba bajo dependencia del Comando de Institutos Militares.
Este C.C.D. habla sido acondicionado para el mes de marzo de 1976 y, según declara ante la CONADEP un miembro del GT2 (Rodríguez, Oscar Edgardo, Legajo N° 717 1) se le encomendó la resolución de los problemas logísticos de instalación del campo a pedido del Jefe de Inteligencia de Institutos Militares, Coronel Ezequiel Verplaetsen, para asegurar una puesta en funcionamiento rápida y eficaz del C.C.D.
El lugar constaba de tres edificios grandes de material, los baños y otras dependencias, todos de construcción antigua y 2 galpones de chapa.
Esta Comisión, mediante el análisis de legajos, de los datos proporcionados por el Centro de Computación y la exhibición de fotografías a testigos, logró establecer la identidad de un buen número de personas de las cuales no se había tenido noticia alguna desde su desaparición y que en algún momento pasaron por los galpones de este C.C.D.
Mediante estos testimonios y correlaciones, y los procedimientos realizados se llega a develar la operatoria de este C.C.D. pese a la destrucción de pruebas y rastros.
Los detenidos que allí estuvieron cautivos, luego de un tiempo, eran trasladados hacia un destino desconocido, siendo cargados en camiones, los que en general se dirigían hacia una de las cabeceras de las pistas de aviación próximas al lugar.
"Los traslados no se realizaban en días fijos y la angustia adquiría grados desconocidos para la mayoría de los detenidos. Se daba una rara mezcla de miedo y alivio ya que se temía y a la vez se deseaba el traslado ya que si por un lado significaba la muerte seguramente, por el otro el fin de la tortura y la angustia. Se sentía alivio por saber que todo eso se terminaba y miedo a la muerte, pero no era el miedo a cualquier muerte -ya que la mayoría la hubiera enfrentado con dignidad- sino esa muerte que era como morir sin desaparecer, o desaparecer sin morir. Una muerte en la que el que iba a morir no tenía ninguna participación: era como morir sin luchar, como morir estando muerto o como no morir nunca" (Conadep Legajo N° 2819).
El otro lugar dentro de esta guarnición que sirvió como lugar de interrogatorio y de detención clandestino es el perteneciente a Inteligencia, conocido como "La Casita" o "Las Casitas", también fue reconocido por esta Comisión con testigos.
Mario Luis Perretti (Conadep Legajo N° 3821) cuenta:
"Me detuvieron el 7 de junio de 1977 a media cuadra de mi domicilio, en la localidad de San Miguel. Me llevan encapuchado a un lugar donde al bajarme me hacen subir una loma muy empinada, como de cemento, introduciéndome a un lugar que ellos llamaban "La Parrilla". Me amenazan con traer a mi esposa y a mi hijo. Recuerdo que cuatro o cinco días antes del 20 de junio escuchaba voces de mando para hacer marchar a soldados y tambores, y por la noche y los fines de semana oía que cerraban un camino de acceso, por el que durante el día se escuchaba pasar vehículos".
Al efectuar la inspección ocular reconoce el terraplén existente en el lugar, como la loma de cemento que le hicieran subir al llegar.
También hay denuncias que ubican otro CCD en la prisión militar existente en Campo de Mayo (Rodríguez, Aldo, Conadep Legajo 100; Pampani, Jorge, Conadep Legajo 4016).
Capítulo IV. Primeras imágenes del infierno. CAMPO SANTO - Parte II
(Del testimonio del ex sargento Víctor Ibañez)
Un viaje de ida
"Mi primer viaje en el jeepón por los caminos internos de Campo de Mayo terminó en las cercanías de un lugar llamado 'Plaza de Tiro', una zona en la que habitualmente se realizaban maniobras militares. Cuando llegamos al campo me recibió un suboficial, que sin más trámites me llevó ante el jefe que estaba a cargo del lugar, un teniente coronel al que yo ya conocía, aunque él a mí no.
"A medida que avanzábamos y nos internábamos más en las dependencias, me llamaba más la atención el estado rudimentario y casi salvaje de las instalaciones. No parecían militares. El jefe me recibió en la Sala de Situación, una construcción de esas viejas, de paredes rústicas en las que tenían colgados gráficos con los datos que iban juntando de la guerrilla. En ese lugar también funcionaban la radio y el comedor del personal. Enfrente estaba el quincho que luego sería usado como cocina, un monte de árboles grandes y, a un costado, se podían ver las tres puertas de acceso a las oficinas de los interrogadores.
"Después de presentarme, el tipo me preguntó si sabía manejar. Ahí me dijeron que yo debía ocuparme cuatro veces por día de traer el racionamiento para toda la gente que estaba alojada ahí en un vehículo todo terreno, y que también tenía que cubrir uno de los turnos en los pabellones donde estaban encerrados los detenidos. 'Veinticuatro por 48. Veinticuatro horas bien despierto y 48 bien descansadito', me dijo.
"El tipo era muy recto, bien severo, durísimo. Un tipo de esos que hablaban poco, estricto.
"Antes de despedirme, me recomendó: 'Ande con mucho cuidado, no se acerque más de la cuenta a los presos, jamás entre armado a los pabellones, bajo ningún punto de vista hable con ellos porque será sancionado. Los únicos autorizados a hacerlo son los interrogadores'.
"Después, un suboficial me llevó a recorrer el lugar. Me contó que hasta hacía unos años atrás, esos galpones los ocupaba el encargado rural de Campo de Mayo. Que el tipo era un 'forro', porque tenía criaderos y quinta, trabajaba el campo y toda la ganancia se la daba a los jefes del Comando. Hasta había un aserradero totalmente equipado; parece que con eso ganaba mucha plata. Lo dieron de baja peor que a mí cuando descubrieron que se hacía el distraído con lo que le sacaba al aserradero. Pero antes de irse se tuvo que poner con un montón de guita. Creo que ese hombre ya falleció.
"La cuestión es que lo desalojaron y al poco tiempo mandaron a una compañía del Comando de Institutos Militares que en menos de una semana se encargó de montar el campo. Cuando yo llegué todavía se veían soldados despejando los galpones. Dando vueltas por ahí había chanchos, conejos, gallinas. En la quinta, que después se secó, crecían cebollas, papas, lechuga, soja, de todo.
"Mientras me explicaba que esto era así y asá, el hombre que me mostraba por primera vez el campo me dijo que ya había más de 300 detenidos en los primeros galpones, y que los soldados que se veían trabajar estaban sacando las maquinarias del aserradero para tener más espacio disponible".
Una hora más para Lucas "Al rato conocí al tal Lucas que habían mencionado en el jeep. Empezó mi primer día en el campo. Lucas era un prisionero que un grupo de hombres dejó de golpear recién cuando estuvimos a unos pocos pasos de ellos. Ahí se dieron cuenta de nuestra presencia, se acercaron y se hicieron las presentaciones del caso. Yo era recién llegado y todos tenían que conocerme. Después me pidieron que vigilara a Lucas mientras ellos se tomaban un descanso. Yo miré al pobre tipo, que no se podía ni mover; estaba tirado en el suelo, contra unos alambres en los fondos del campo, un sector donde se amontonaban bolsas, herramientas viejas y la leña para la caldera. "Cuando los demás se fueron, me acerqué para mirarlo. Mi primera reacción fue intentar ayudarlo a levantarse. No le pregunté si necesitaba algo. Estaba hecho bolsa, pero todavía resistía. Aunque no pude verle la cara porque estaba encapuchado -todos los detenidos estaban siempre encapuchados y fueron pocas las caras que pude ver-, se notaba que era un muchacho joven. El pobre no podía ni moverse, se estaba muriendo.
"A la hora, más o menos, volvieron los de la patota. Uno de ellos me dijo al pasar que este Lucas no era ningún nene de pecho, que tenía un grado de teniente o algo así en la organización Montoneros, porque ellos también tenían grados, jerarquías. 'Es un pesado', me dijo el tipo.
"Mientras tanto, otro del grupo ya le estaba preguntando a Lucas: '¿No te moriste todavía?' El le respondió con un hilo de voz: 'Todavía no', y pidió una hora más para morirse solo. 'No me peguen más', le dijo. 'Ya te dimos una hora y no te moriste', le contestaron los otros. 'En una hora más me muero solo, se los prometo. Ya no me peguen más', insistió Lucas. Me pregunté si sería verdad lo que estaba pasando.
"La hora que Lucas pidió se la respetaron, pero la siguiente no. Lo mataron a golpes. Yo estaba a unos pocos metros de ellos, observándolos hasta que el hombre quedó muerto. Vi fallecidos, pero nunca había presenciado la muerte de una persona, mucho menos así. No tenía previsto ver cómo lo mataban. Ese fue mi bautismo de fuego, por decirlo de algún modo. Todavía no sabía lo que me iba a deparar el destino dentro de la fuerza.
"La patota no necesitó tomarle el pulso para comprobar que estaba muerto, ellos ya sabían. Me dijeron que fuera a buscar una sierra para cortar las esposas que Lucas tenía puestas. Había que sacárselas y no encontraban las llaves. Después supe que las esposas dejaban colgando los brazos de los prisioneros muertos y esto dificultaba el traslado del cuerpo cuando el cadáver se ponía rígido. Lo que se hacía en esos casos era atarlos con alambre como si fueran matambres para sostener brazos y piernas. Se las tenían todas pensadas. Hay que ser muy malvado para planificar esas cosas, ¿no?
"Me costó trabajo sacarle las esposas. Se ve que hacía mucho tiempo que las llevaba puestas. Estaban tan ajustadas que se le habían metido en la carne de las muñecas, que estaban oscuras, como gangrenadas. Me impresioné mucho; me transpiraban tanto las manos que me costaba manejar la sierra.
"Por suerte, como yo no estaba práctico para la tarea, lo ataron otros. Sin embargo, igual tuve que tocar el cuerpo cuando lo llevamos a otro lugar. Creo que ahí juré que nunca más iba a tocar un cadáver, cosa que no fue así; después tuve que tocar muchos otros.
Al día siguiente, se llevaron a lo que quedaba de Lucas hasta la pista aérea de Campo de Mayo, donde lo cargaron en un helicóptero para después tirarlo al mar. De todo esto yo me enteré a medida que pasó el tiempo".
Capuchas en la penumbra "Al rato me vinieron a buscar para llevarme a conocer el pabellón al que me habían asignado como celador y me explicaron en qué consistía mi tarea: debía ocuparme del racionamiento, llevar a los detenidos a las letrinas y ocuparme del baño semanal.
"Cuando entré al lugar, lo primero que me golpeó fue la imagen de toda esa gente así, encerrada ahí adentro. Los colchones, tirados sobre el piso de baldosas rojas, con las cabeceras apoyadas contra las paredes. Uno al lado del otro, en una hilera que daba toda la vuelta a lo largo del galpón. Todas las ventanas estaban tapadas con mantas verdes que no dejaban entrar la luz del sol. Las lámparas estaban siempre encendidas, nunca se sabía cuándo era de día y cuándo de noche (1). Arriba de cada uno de esos colchones de lana viejos, de contín rayado, estaban sentados los detenidos. Encapuchados, con las manos atadas por delante con una soga y en absoluto silencio.
"Era uno de los mejores pabellones. Antiguamente había sido el dormitorio de los soldados, la cuadra. No era muy grande, pero lindo. Estaba dividido por una pared de lado a lado, que tenía un agujero en el medio, a la que después le agregaron una lona. En el sector más grande, con capacidad para unos cincuenta detenidos, estaban los hombres. En el más chico habría unas quince mujeres. Recuerdo que durante las épocas más bravas se llegó a poner hasta tres personas por colchón. Era el único pabellón mixto y me lo asignaron porque sabían que yo era educadito, más delicado en comparación con las otras bestias destinadas a ese lugar.
"Las letrinas estaban afuera, sobre pozos que eran cavados por los propios detenidos. Tenían que trabajar con la capucha apenas abierta y sin levantar la vista del suelo. Los baños eran usados tanto por los hombres como por las mujeres. Las duchas eran mejores. Estaban dentro de la edificación y funcionaban con la caldera que se alimentaba a leña.
"Los pabellones del campo estaban clasificados según el grado de peligrosidad de los detenidos. También dependía de la organización a la que perteneciera el preso, su grado de compromiso y otros motivos que yo no conozco. Eso dependía del interés de los interrogadores, que eran los que hacían la selección. Recuerdo uno jodido, el pabellón más chiquito. Tenía piso de tierra, techo de chapa clavada sobre maderas, todo cerrado. Era tremenda la humedad que había ahí adentro. Ahí metían a los más pesados".
Una jornada agitada "Ese día, el primero, me explicaron un par de cosas más y me pusieron a trabajar. No me dieron descanso, y yo no lo pedí. Era una época intensa: todos los días mataban a uno de los nuestros. Yo creía que ellos eran realmente nuestro enemigo y que había que combatirlos.
"Por lo caliente que estaban las cosas, los jefes nos advirtieron: 'Bajo ningún concepto se puede golpear a un prisionero'. De hecho, ninguno de mis compañeros de logística castigó a alguno de ellos. Yo sí, una vez, tiempo después. Maldigo el momento en que lancé esa patada a un ser indefenso, no me lo perdono.
"Cerca del mediodía me entregaron el camión en el que cargué los tachos vacíos y me fui, acompañado por un soldado, hasta la cocina del Comando de Institutos Militares, donde presenté el parte de racionamiento que me había entregado, con su firma, el jefe del campo. Ahí figuraba el número de raciones necesarias; 20, 50, 80 raciones. No se mencionaba a 'El Campito' como destino; ponían 'Para el destacamento Los Tordos', tal como se denominaba a esa parte de Campo de Mayo. Tampoco decía que era para los detenidos: en el papel figuraba siempre 'Para vivac', como si se tratara de personal militar haciendo ejercicios o maniobras. Se trabajaba medio ocultamente, pero quien más quien menos, todos sabían lo que estaba pasando, hasta los soldados.
"Con el tiempo, los conscriptos que me veían cargar todos los días las raciones se comportaban ante mi presencia como si yo fuera el mismo diablo. ¡Qué miedo me tenían esos chicos! Eran épocas difíciles, nadie decía ni preguntaba nada.
"Volví con las raciones al campo y las repartí entre los cuatro pabellones. En uno de ellos, como te dije, estaban los presos más jodidos, de más cuidado. El celador que estaba a cargo me dijo: 'Por suerte a vos te mandaron con los perejiles'.
"A la tarde, ya en el pabellón, me tocó llevar a un grupo de presos al baño. Había que ponerse en la puerta del galpón con un bastón de madera y preguntar quién tenía que hacer sus necesidades. Entonces los detenidos se iban levantando de sus colchones y armaban a tientas, en medio del pasillo, un trencito tomándose de la cintura del que tenían adelante. El primero de ellos se agarraba del bastón y así, con el celador al frente y ellos detrás, se recorrían unos cincuenta metros hasta llegar a las letrinas.
"Por la noche, cuando pensé que ya me iba, recibí la orden de cubrir la guardia nocturna del pabellón. La verdad es que estaba tan cansado por todo lo que me había pasado ese día que me quedé dormido en una especie de silla, un banquito de plaza, al lado de la puerta de entrada que daba al patio. Tenía una radio portátil chiquita para escuchar música, aunque estaba prohibido. Tampoco había nada para tomar; después yo traje.
"En medio de la noche entró el oficial de servicio. Me desperté al sentir el caño del fusil que se apoyaba en mi cabeza y el ruido que hace el arma cuando se carga la bala en la recámara. Medio dormido, escuché una voz que me dijo: 'Perdiste. ¿Soy o no soy?' Me corrió un frío por la espalda. Por el timbre de voz no era ninguno de mis compañeros haciéndome una joda. '¿Soy de los tuyos o soy el enemigo?', me preguntó la voz. No sabía qué pasaba. 'No jodas', le respondí cagado de miedo. Era un teniente. Después de cagarme a pedos me dio diez días de arresto por haberme descuidado durante la guardia. Obviamente ahí no corría el arresto como castigo porque vivíamos en una prisión; lo mismo era estar arrestado o no.
"A las ocho de la mañana del día siguiente, me llegó el relevo. Lo único que yo quería era volverme rápido a casa. Le entregué la guardia a dos suboficiales que hasta ese momento no conocía y me subí al camión que me llevó de vuelta hasta la Puerta 4".
Rutina en la niebla "Mi pase al campo fue motivo de algunos conflictos. En principio no me aceptaron porque decían que era demasiado joven: como te conté, en ese entonces yo tenía 24 años. Mi jefe, un teniente coronel a cargo de la Agrupación Comando y Servicios, cuando desde la comandancia le pidieron un hombre de Logística para un nuevo destino, dijo que lo único que tenía para ofrecerles era el cabo Ibañez. 'Es muy joven, no nos sirve', se quejaron. 'El cabo Ibañez o nada. No tengo a nadie más', les respondió mi jefe y ahí se plantó.
"En el campo me tuvieron a prueba durante una semana y después ya no me querían largar más. Se ve que yo trabajaba bien. Cuidaba el vehículo, traía la comida a tiempo, me ocupaba de la caldera con la ayuda de dos o tres detenidos de confianza. Ellos iban tirando la leña y mantenían la caldera encendida mientras los demás prisioneros se iban bañando por grupos. A veces le pedíamos colaboración a los gendarmes, que mandaban un par de hombres, porque uno solo no podía manejar todo. Los muchachos de Gendarmería eran buenísimos con los presos; la verdad es que fueron los que mejor se portaron con ellos.
"Siempre andábamos vestidos de civil; nada de uniformes. Todos debíamos tener un seudónimo, ahí no se llamaba a nadie por su propio nombre. A mí me bautizaron 'Petete', será porque era medio retacón y mofletudo.
"Como te conté, yo tenía a mi cargo traer la comida, que consistía en cuatro raciones diarias: desayuno, almuerzo, merienda y cena. El oficial a cargo de la guardia era el que firmaba el parte con la cantidad de raciones necesarias, entre las que estaban las nuestras; porque todos comíamos lo mismo. A veces iba acompañado por alguno de los soldados que cuidaban a los perros, pero la mayoría de las veces me manejaba solo. Iba con el camión todo terreno hasta la cocina del Comando de Institutos Militares donde me entregaban los alimentos. No mencionaba que era para los detenidos, aunque todos lo sabían.
"En el campo, los presos estaban organizados como en la colimba, con cuatro o cinco 'rancheros' que se ocupaban de distribuir la comida, con la capucha levantada hasta la mitad como para que pudieran ver por dónde caminar, entre los demás detenidos. Los platos eran los de tropa, esos de metal. Como único cubierto se les daba una cuchara y punto. Si había carne se la tenían que comer a los tirones, pero nada de cuchillos. También se traía un tacho grande del que se sacaba agua para llenar los jarritos de acero que les dábamos con cada comida.
"Después los detenidos 'rancheros' juntaban todo y lavaban los platos en unos piletones con unas canillas empotradas en cemento que antiguamente habían funcionado como un bebedero para caballos. Ahí no sólo se lavaba, también se torturaba.
"A los prisioneros más peligrosos los tenían en un pabellón donde los mantenían siempre con los brazos atados por la espalda y encadenados a una argolla amurada en la pared. Después estaba ese pabellón del que ya te hablé, uno chiquito, con piso de tierra. A esos presos los dejaban atados de pies y manos durante semanas enteras. Según me contaron, era para 'quebrarlos' (2) mental y moralmente. También hubo presos que no lo eran en realidad. Los ponían en los pabellones haciéndolos pasar como prisioneros para sacarles información a los otros, y de paso también se ocupaban de vigilarnos a nosotros.
"Mi pabellón era el de los menos peligrosos. Los detenidos sólo estaban atados con una soga por delante, lo que les permitía mover los brazos y les dejaba las piernas libres como para poder pararse. Si alguno se sentía mal, acalambrado, yo lo autorizaba a que se parara, a que hiciera flexiones, los ejercicios que creyera convenientes. Pero siempre sin salirse de su lugar. Nadie les permitía eso. Yo sí, cuando no había quien me mirara.
"Todos los prisioneros estaban permanentemente con la capucha puesta, apenas se la subían un poco para poder comer. Esas capuchas las habían hecho con un accesorio que viene con ese blusón verde de combate que te dan en el Ejército, una capucha que se aplica con botones al capón y se usa cuando hace frío o llueve. Como además tenían un cordón para ajustarlas a la cabeza, eran ideales para 'tabicar' a los prisioneros".
Los tabicados
"No recuerdo un número exacto, porque la población cambiaba todos los días, pero en mi pabellón habría un promedio de cincuenta personas, de las cuales unas diez o quince eran mujeres. La cantidad variaba según las épocas.
"Me acuerdo que el primer día, cuando tomé el pabellón, me encontré con que tres de los colchones asignados a los detenidos estaban vacíos. Me dijeron que esos hombres estaban en el Grupo de Tareas de Inteligencia. Después me los trajeron, hechos bolsa. A los tres les habían estado 'dando' desde la mañana: picana, palo, picana.
"A estos no les des ni una gota de agua', me dijeron los interrogadores antes de irse. Yo no sabía por qué, si formaba parte de la tortura o algo así. Parece que por el efecto de la electricidad, si tomaban agua, reventaban. Ellos me pedían, se ve que estaban deshidratados. Algo les produce, ¿no? Nunca supe qué les produce.
"Cada tanto venían los interrogadores y me decían: 'Dame a Fulano'. Los prisioneros tenían puesta una camisa tipo grafa, verde oliva. En la espalda llevaban pintada una letra 'P' de color amarillo. Era una 'P' bien grandota, que significaba preso. También tenían asignado un número, que no estaba escrito; sólo lo sabían ellos y cualquiera de los que estábamos a cargo. Para identificarlos nos manejábamos con una lista y la ubicación en el pabellón.
"En esa lista figuraba el nombre del detenido y el número que se le había dado, además del nombre de guerra. Si pertenecían a organizaciones tenían nombre de guerra, como Lucas, que no se llamaba así en realidad. Cuando los interrogadores me pedían a un detenido, me decían: 'Petete, mandame al 14'. Y me devolvían a otro que se habían llevado antes. A veces sacaban de a dos o tres juntos: 'Preparame al 20, el 24 y el 30'.
"Prepararlos significaba hacerlos levantar de los colchones y llevarlos hasta la puerta del pabellón, donde eran recogidos por los interrogadores. Yo iba por ellos pero no los apuraba. Les daba su tiempo para que se levantaran, se arreglaran la ropa. Antes de irse les decía que dejaran tendido su colchoncito, como para que hicieran algo hasta que aparecieran los interrogadores para llevárselos. Si los prisioneros pedidos eran más de uno, se los hacía formar en trencito hasta la puerta de la sala, en la punta del galpón.
"Las oficinas de los interrogadores no estaban a más de 60 o 70 metros del pabellón. Se llevaban a uno y me traían a otro que ya había sido interrogado, torturado. Los devolvían en un estado lamentable, hechos bolsa, pobrecitos. Así era todos los días.
"Después fue peor."
(1) Ibañez agrega: "Tiempo después, mientras estaba de turno en el pabellón y sin que nadie se diera cuenta, corría las frazadas que tapaban las ventanas para que entrara un poco la luz del sol. No sé para qué, si ellos estaban encapuchados y no la podían ver".
( 2) "Quebrarlos" significaba vencer la resistencia de los prisioneros que se negaban a dar información y a colaborar con los represores. Se utilizó todo tipo de torturas para lograr este objetivo.
Capítulo V. La guerra menos semejante. CAMPO SANTO - Parte II
(Diálogo con el ex sargento Víctor Ibañez)
Soldado sin guerra
-¿Usted creyó que la Argentina estaba en guerra? -Sí. Existía un enemigo que estaba haciendo estragos en el país. Todos los días caía un compañero nuestro en Rosario, Tucumán, Buenos Aires. Era Sallustro (1), eran militares, policías, civiles. Había una guerra, indudablemente se tenía que parar a esta mala gente.
-¿Qué le sucedió cuando se encontró por primera vez con los prisioneros, sus enemigos en esta guerra? -Cuando los ví por primera vez me dije eso mismo: "Estos son mis enemigos". Me mentalicé así: que eran mis enemigos. Entonces me envalentoné, parecía un gallito pigmeo. Como 'Cortina Metálica', el dibujito que salía en un diario viejo. El personaje era un guapo que sacaba pecho, se envalentonaba, pero siempre peleaba cerca del hospital por si lo lastimaban.
-¿Sus compañeros de logística en el campo también estaban convencidos de que había una guerra? -Claro, porque fue la época más brava. Todos pensábamos que ellos eran nuestros enemigos y que nuestro deber era combatirlos. Aniquilarlos.
-Cuando murió Lucas, ¿para usted murió un enemigo? -Sí, en principio fue así. No te olvides que yo venía de un lavado de cabeza de más de dos años. Cuando hice la colimba, la guerrilla ya estaba operando. Después pasé por la Escuela de Suboficiales. Creía que ellos eran el diablo.
-¿En qué consistió ese lavado de cabeza? -Nos arengaban todos los días. Era como en la película 'No habrá más penas ni olvido', donde Rodolfo Ranni hacía de comisario y le daba esas arengas estúpidas a la tropa. Nos decían: "Hay que aniquilar al enemigo apátrida, cobarde y solapado..." Así todos los días. También recibíamos clases de adoctrinamiento más profundas, que yo no captaba mucho. Asistía por obligación. Pero no me interesaba, no le prestaba demasiada atención. -¿Quiénes se ocupaban de arengar a la tropa? -...Hicimos un acuerdo: nada de nombres.
-Salvo los de los oficiales superiores. A ellos me refiero. -Bien. Entre los jefes militares, al que tengo presente es al entonces coronel Fernando Verplaetsen. Una vuelta nos juntó a todos en el patio de armas y nos dijo: "Cristo ha muerto en Tucumán". Hizo un pausa larga y después siguió: "¿Cómo que Cristo ha muerto? Así es, hemos descubierto en un campamento de los Montoneros una estampita de Cristo, vestido de guerrillero y con un fusil. Ese Cristo ha muerto". Y sacó la estampita, que le entregó a un soldado que estaba primero en la formación para que la pasáramos en mano y todos pudiéramos verla.
-¿Cómo le decían que se debía combatir al enemigo? -Hasta el exterminio total. Muerte, sangre. Los argumentos eran que esos tipos, los subversivos, querían destruir la familia, imponer un gobierno totalitario, una bandera roja. Que planeaban acabar con nuestras tradiciones, con el ser nacional, la Iglesia y las instituciones para imponer otra doctrina, una forma de vida extranjera, antinacional, foránea. La Patria estaba en peligro, eso nos decían.
-¿Qué era para usted la Patria? -Para mí, la Patria era la defensa de mi territorio; eso es lo que yo creía. Era nuestro estilo de vida: el tradicional, católico, occidental. Esto lo vas a escuchar en todos los discursos del Ejército. Defender el estilo de vida que siempre fue nuestro sistema de vida. Del prójimo no se hablaba. Yo no me dí cuenta de que no era dueño de nada. ¿Qué defendía? No lo sé, si yo no tenía nada. Hoy me doy cuenta de que no son así las cosas. Hoy para mí la Patria son pequeñas patrias. Mi vieja, mi casita, los chicos que no son míos pero que lo son. (2) También es servir a la Patria esto que estamos haciendo ahora, porque nos estamos defendiendo de algo que no queremos que se vuelva a repetir.
-No le pregunto sobre lo que opina hoy, sino qué pensaba usted en aquel momento. -Había una guerra, sí. Y yo me había preparado para ella. Estaba entrenado para combatir en Tucumán, quería ir a Tucumán a combatir a la guerrilla. De uniforme, frente a un enemigo visible que también te tira. Pero en cambio me mandaron a 'El Campito'. Con el tiempo ya no estaba tan convencido de que así se defendiera a la Patria.
La organización secreta
-¿Quién comandaba el campo? -Todas las operaciones estaban centralizadas por el general Riveros. (3) El era el jefe del Comando Institutos Militares, un destino importante para cualquier oficial. Funcionaba como un cuerpo del Ejército más, con las mismas facultades que cualquier otro cuerpo; pero bajo la forma de un Comando Escuela.
-¿Quiénes le seguían a Riveros en orden jerárquico? -Todas las unidades tenían un Estado Mayor que se integraba con los jefes de los departamentos del cuerpo: Personal, Inteligencia, Operaciones, Logística y Finanzas. Eran todos coroneles. No recuerdo sus nombres. Pero cada uno, en su área, estaba relacionado con el funcionamiento del campo.
-¿Qué tarea cumplía el departamento de Personal? -Todas las listas en las que figuraban los detenidos y su destino iban a parar al departamento de Personal, después de pasar por Inteligencia. Ahora, cómo las centralizaban, adónde las elevaban, si las microfilmaban o no, yo no lo sé.
-¿Quiénes impartían las órdenes de captura y se ocupaban de elaborar la información obtenida de los prisioneros mediante los tormentos? -Todo lo relacionado con los detenidos y las declaraciones de los torturados iba a Inteligencia. Los interrogadores reportaban únicamente a Inteligencia, que se ocupaba de dar las órdenes para que Operaciones saliera a mover las patotas.
-¿Cómo se transmitían esas órdenes? -En esa época no corrían órdenes oficiales escritas, ni de Operaciones, ni de ningún otro departamento. Era todo clandestino, solamente funcionaban los métodos que imponía el jefe de Inteligencia, que era el general Verplaetsen.
-¿De dónde salía el dinero para financiar las actividades de los Grupos de Tareas? -Una parte salía del presupuesto del Ejército, pero la mayoría de los gastos se financiaba con los botines que se obtenían en los operativos. Se autofinanciaban.
-¿Cómo se justificaban oficialmente los gastos que demandaba el movimiento de los vehículos y la comida para los prisioneros? -En los partes se decía que era "Para Destacamento Los Tordos-Vivac", como si se tratara de tropas en maniobras. No te olvides que en esa época todos sabían, los oficiales entraban en Jefe de Turno en la guarnición y tenían que patrullar por esa zona. ¿Por qué tenían que patrullar en el medio del campo? ¿Para vigilar a los pajaritos? Esto lo sabían todos, hasta el último soldado. El jefe de Logística lo sabía, pero él nunca te lo va a decir. El te va a mostrar los partes de racionamiento en los que figura "Vivac" como destino.
-¿Los jefes del CIM (4) visitaban el Campo? -Por ese lugar pasaron muchos. En más de una oportunidad me llamaban desde la jefatura de Inteligencia del Comando para que acompañara a ciertos tipos hasta el campo. Eran amigos o personas autorizadas por ellos, gente que yo no conocía. Miraban, hablaban con el personal del campo, escuchaban alguna exposición, y se iban. En una de esas visitas los ví por primera vez a Bussi (5) y a Bignone (6). Verplaetsen, como era el jefe del lugar, lo visitaba más seguido. Todos ellos se comportaban como si fueran dioses, como cuando tenés una hormiga al alcance del pie: si querés la matás y si no querés, no.
-¿A quién designó Verplaetsen como jefe directo del campo? -A un coronel de Caballería ya fallecido, de apellido Schettini, que en esa época era mayor. Tenía la voz gruesa. Andaba siempre con botas de montar y una fusta en la mano.
-¿Había efectivos de otras fuerzas trabajando en el campo? -Sí. La Gendarmería se ocupaba de la seguridad exterior, con una guardia legal de veinte hombres rotativos. Entre los interrogadores había gente de la policía de la provincia, de la Federal y de la Prefectura.
-¿Cómo estaba integrada su sección de Logística? -Eramos siempre los mismos, nueve hombres. Un oficial, cuatro suboficiales y cuatro soldados, colimbas rasos.
-¿Qué tareas cumplían los soldados? -Eran Policía Militar y se encargaban de cuidar a los perros de guerra.
-¿Cómo estaba formado el equipo de los interrogadores? -Eran tres grupos, con más de cuatro hombres por cada uno. Había gente de todas las fuerzas, incluso civiles. Gente de mierda.
-¿Cómo funcionaban las patotas? -Cada patota era una célula, exactamente igual a como se manejaban las organizaciones guerrilleras: por células cerradas. Tenían un jefe de grupo y cuatro hombres que se movilizaban en dos vehículos.
-¿Todos militares? -Del Ejército. Los jefes de grupo eran tenientes primeros o capitanes, el resto de los hombres eran suboficiales. A veces entraba un subteniente. Esa gente se la jugaba.
-¿Quiénes participaban en los operativos de secuestro? -La patota y los interrogadores. Yo salí con ellos varias veces, pero no a chupar gente, sino cuando tenían que "hacer un blanco" (7) en el que se suponía que podía haber enfrentamiento. Cuando, por ejemplo, se trataba de un guerrillero del brazo militar de Montoneros, no del político. Eran combatientes. Entonces llevaban un refuerzo. Si yo estaba de turno, me pedían junto con otros más. Ibamos de apoyo, ¿me entendés?
-¿Salían uniformados? -La patota salía siempre de civil, en autos truchos, (8) también civiles. A los refuerzos generalmente nos decían que fuéramos de civil. Si las cosas eran muy a la vista de todos, íbamos de verde, para darle un marco legal.
-¿Qué otro grupo participaba? -Estaba el grupo que venía para los "vuelos". Separados de todos los demás. Ellos no pertenecían a nada, estaban afuera de todo, tenían el verdadero poder. Más adelante te vas a dar cuenta de por qué digo esto.
(1) Se refiere al empresario industrial Oberdan Sallustro, director general de la empresa Fiat, secuestrado por el ERP el 21 de marzo de 1972 y asesinado el 10 de abril de ese año.
(2) Ibañez crió a los tres hijos de su hermano.
(3) Ver Anexo.
( 4) Abreviatura de Comando de Institutos Militares, en cuya jurisdicción funcionó el Centro Clandestino de Detención "El Campito"
(5) General (RE) Antonio Domingo Bussi.
(6) General (RE) Benito Reynaldo Bignone.
(7) Se denominaba "blanco" a la persona o personas que serían secuestradas por los Grupos de Tareas. "Hacer un blanco" significaba concretar el secuestro, la acción del operativo.
(8) Vehículos robados al azar en la vía pública o que pertenecían a las personas secuestradas.
Capítulo VII. Impunidad operativa. CAMPO SANTO - Parte II (Del testimonio del ex sargento Víctor Ibañez)
"Antes de hacer cada operativo se trabajaba en lo que denominaban 'área de situación'. Se trataba de un gráfico en el que se marcaban las calles, las manzanas y las casas que se iban a 'reventar' (1); todos los datos necesarios como para no ir a ciegas.
"Después se planificaba la operación en una mesa de arena. Era justamente eso, una caja con arena. Estaba cruzada por unos hilos que hacían las veces de meridianos y paralelos, que servían para establecer la ubicación por grados de un objetivo si se trataba de una zona muy amplia o rural.
"Si la operación era urbana, con esos hilos se señalaban las manzanas, calles y otras referencias. Era como una maqueta con arbolitos, autos, casas, calles. Ellos ponían, sacaban, corrían las cosas de lugar; pero a veces les salía todo al revés. Pasaba todo lo contrario de lo que habían pensado. La situación se presentaba distinta y entonces tenían que improvisar. Ese fue el caso de un operativo en San Martín, donde resultó que la puerta de la casa que se buscaba no era verde como decían los informes, sino marrón. Esos detalles significaban mucho atraso y perder el factor sorpresa.
"Lo que pasaba era que los datos no siempre eran buenos; había muchos tipos que con tal de que no los golpearan ni los torturaran más decían cualquier cosa. Mentían. Así por lo menos zafaban por unas horas del tormento y le daban tiempo a sus compañeros para que se pudieran escapar. Pero cuando los interrogadores se daban cuenta de que habían sido engañados...esa persona... Pobrecito.
"Los interrogadores no siempre iban a la cabeza de los operativos. Pedían apoyo sólo si era muy necesario. No dejaban a ningún otro hacer el blanco, siempre era de ellos. Sabían que se podían encontrar con dinero, buenas armas, valores. No le iban a dejar el dinero ni las armas a otros. Ellos además ya sabían de antemano la peligrosidad del tipo al que buscaban, porque los guerrilleros estaban muy organizados, con brazo político, militar, prensa, esto y lo otro, todo bien orgánico. Si las cosas se ponían feas o se trataba de un blanco militar, ahí sí pedían refuerzos, y me llevaban a mí. Sabían que a mí me gustaba entrar en combate. Yo era soldado, quería forjar el espíritu del soldado, siempre mantuve esa esperanza. Pero las cosas fueron al revés.
"Para cada operativo se planificaban distintas estrategias. Se podían concretar tanto de día como de noche, ser frontales como encubiertos. Por ejemplo, a veces se dejaba a una patota durante dos o tres días destinada a vigilar un lugar hasta que aparecía el guerrillero que se estaba buscando. Se solía hacer el 'aguante' (2) tanto dentro de la casa como en la calle. Siempre se pensaba en la mejor manera de sorprenderlos. Si a los dos o tres días no aparecía el blanco, la operación era levantada porque con toda seguridad esa gente ya se había escapado.
"Los subversivos usaban un código de señales. Dejaban marcas en las casas; por ejemplo, con una línea dibujada con marcador en una pared, de determinado color. El que no conocía esos códigos no se daba cuenta de que se trataba de un mensaje. No le prestaba atención. Entonces, cuando llegaba alguien de su organización y veía la línea, que era una señal, sabía que tenía que salir rajando y no volver nunca más a ese lugar, porque ya estaba "envenenado".
"Cuando nosotros entrábamos en una casa que ya había sido abandonada -siempre se respiraba con alivio cuando no había enfrentamiento armado-, buscábamos boquetes disimulados en las paredes o en el piso. Los tipos escondían los fierros de esa manera, los llamaban "embutes". Si se llegaba tarde no se encontraba nada, ya habían sacado todo.
Un verdadero soldado "Todo era medio oculto y nunca se sabía cuándo se presentaba un combate. No hacía falta que yo ni nadie pidiera participar en los operativos. Si te tocaba, te tocaba y no se podía retroceder. A mí me gustaba.
"Una tarde me llevaron a un operativo en Lope de Vega y la avenida General Paz. La Negra, una colaboradora, fue a marcar a un tipo que resultó bravo. En cuanto se dio cuenta de que le habían hecho una encerrona, el tipo empezó a defenderse a los tiros. No me acuerdo de su aspecto, pero llegué a ver como tiraba un paquete y alcancé a atajarlo. Estaba envuelto como si fueran sanguches de miga. La patota no se quería arrimar, pensaban que eran explosivos, una cazabobos.
"Agarré el paquete y se lo pasé a la Negra, que la tenía al lado. Juntos empezamos a romper el papel para saber qué había adentro. Me acuerdo como si fuera hoy cómo se tiraron todos los demás cuerpo a tierra en esa pendiente que tiene la General Paz esperando que la Negra y yo explotáramos por el aire. Pero cuando lo abrimos nos encontramos con una pila de billetes verdes: 52 mil dólares. Agarré el fajo y se lo entregué a uno de los jefes. Los demas, apenas se dieron cuenta de que se trataba de guita, se vinieron al humo como moscas a la miel. Esa plata se esfumó, por supuesto.
"Me acuerdo de otro operativo. Fue en Campana. El blanco era un tipo del que no me acuerdo el nombre, que trabajaba con el Ejército. Era un civil que les sacaba fotos a los soldados en la Jura de la Bandera y otras cosas para el recuerdo de su servicio militar. Creo que, como tenía acceso a una unidad de Villa Martelli -ahí había muchas unidades-, copió un plano de las instalaciones y sacó fotos del lugar para una organización subversiva que estudiaba un posible ataque al cuartel. Había fotografiado todos los objetivos importantes: sala de armas, depósito de municiones, guardia...
"Ese día, como no había conductor, me llevaron a mí como chofer de un Peugeot 504, que no era trucho. La fábrica regalaba autos cero kilómetro a los generales o a los Comandos. Era un coche seguro y rápido, al que le habían puesto sirena porque era un vehículo legal; pero no la usamos. Fuimos por la Panamericana derecho hacia el norte.
"El fotógrafo vivía en una casillita prefabricada de madera, muy linda, a unas cuadras del centro de Campana. Tenía un Opel K180, nunca me voy a olvidar de ese auto. Color amarillo, impecable. El blanco estaba por acomodar en el baúl un lechón cocido que llevaba en una bandeja grande, justo cuando nos vio llegar a nosotros.
"Ahí nomás tiró todo a la mierda, se metió en la casa y empezó a los tiros. Disparaba desde todos lados y hasta nos tiró granadas. Eran esas granadas verdes, de las españolas. No explotó ninguna. Se olvidó de sacarles el seguro; les arrancó el anillo pero no rompió el segundo activador antes de lanzarlas. Pero la verdad es que el hombre se defendió con todo.
"No siempre se grita en un combate, depende de la situación. Pero este tipo insultaba y nos decía de todo: 'Vengan a buscarme', 'Milicos de mierda', esas cosas. Un valiente. Estaba jugado y se la jugó. No me acuerdo de qué organización era, pero sí de quién lo marcó... ¡ah!; fue la esposa. Ella había caído el día anterior y mediante tortura le arrancaron los datos para llegar hasta él.
"Sucedió a unas cuadras de la plaza principal, de noche. Yo no estaba entre los que tiraban porque me encargaron alumbrar con los faroles del auto la casilla del tipo. Justo enfrente había un barcito, era verano y tenía las mesas en la vereda. Me quedé charlando con el mozo, que me preguntó qué pasaba al ver tanto despliegue, antes del enfrentamiento. Ahí me dí cuenta de que la policía no sabía nada, que nos habíamos olvidado de pedir zona libre.
"Fue un blanco urgente y no hubo tiempo de pedir la zona. La comisaría estaba ahí nomás y los patrulleros llegaron al toque, apenas empezaron a escuchar semejante tiroteo. Como todo era de civil, nosotros vestidos de civil, autos civiles, tipos con barba y pelo largo, apenas llegaron los policías no sabían qué pasaba y casi nos agarramos a los tiros entre nosotros. Menos mal que se dieron cuenta a tiempo de cómo venía la mano.
"En el baúl del auto del fotógrafo encontramos sanguches de miga, saladitos, bebidas. Tenía de todo, como para un festejo. Parece que lo último que le faltaba cargar era el lechón y ya se iba. Tenía el motor en marcha, acomodaba la bandeja, cerraba la puerta de la casa y se iba. Menos de cinco minutos antes y se salvaba. No pudo ser; murió peleando.
"En esos combates uno pierde el miedo. Yo salí con tipos que iban al frente, sin miedo. Ellos decían: 'Acá no se puede caer nadie, ¿está claro?'. Pero a mí me hubiera gustado ir a Malvinas. Hicieron todo al revés, llevaron a pibes que no sabían nada y que no querían ir, mientras que personal preparado para eso, al que el pueblo le pagaba para eso, se quedó acá haciendo cebo, escuchando las mentiras que se decían por radio.
"La situación que se me presentó fue al revés de lo que había aprendido en la escuela. No era lo mismo estar acá que en Tucumán, donde vos podías ver al enemigo. Donde el enemigo daba la cara, a pesar de los sabotajes, y vos llevabas puesto tu uniforme de combate. La guerra es así. Dos bandos enfrentados, y dependía de la habilidad de uno u otro para sobrevivir, y había que aplicar todo lo que aprendiste en el Ejército si querías salir vivo. Pero esto que me pasó a mí, que me presentaban a un enemigo vencido, humillado, y te decían: 'Este es tu enemigo'. Una persona atada, encapuchada, torturada. ¿Qué enemigo? A mí me hubiera gustado ser un verdadero soldado."
(1) Reventar: allanar una casa y detener a sus moradores. Producir una baja en una base de la guerrilla.
(2) Se llamaba "aguante" a la guardia que se establecía sobre un inmueble -vivienda o local- que se sospechaba era habitado o visitado por miembros de una organización guerrillera. El "aguante" consistía en esperar que alguien llegara a ese lugar y proceder a su secuestro. A veces, se esperaba a que se reunieran más personas y se vigilaba su movimiento durante uno o dos días hasta determinar el momento apropiado para realizar el operativo. Se solía llevar a un prisionero para que señalara si esas personas pertenecían a su organización y cuál era su grado de responsabilidad dentro de ella.
Capítulo IX. En el nombre de Dios. CAMPO SANTO - Parte II (Del testimonio del ex sargento Víctor Ibañez)
Condiciones naturales "Yo pienso que el oficio de torturador no se aprende. Si a vos te gusta hacer sufrir a un tipo, ¿qué tenés que aprender? Supongo que se habrán perfeccionado en uno de esos cursos que daban en el Batallón de Inteligencia. Pero había tipos que no eran de ahí, que eran directamente enfermos.
"Los interrogadores del campo tenían sus métodos. Cada vez que los autos llegaban con un prisionero era lo mismo. Yo lo he visto más de una vez. Lo recibían afuera, a la intemperie. Antes de meterlo en el cuartito lo ponían contra la pared y le decían: 'Bueno, acá perdiste. Te esperan golpes, hambre, frío, mordedura de perros, tortura, picana. Así que aflojá de entrada porque si te hacés el duro, tenemos de todo y todo el tiempo para quebrarte'. Así, en voz baja, sin calentarse. El tipo, imaginate, ya estaba encapuchado, no veía nada, no sabía dónde estaba. Le temblaban desde los pies hasta las manos.
Después los interrogadores seguían: 'A mí no me arreglás con que me digas el cien por cien; quiero saber más de todo lo que tengas para decir'. Aunque dijera toda la verdad, no era suficiente. Así lo recibían cuando todavía estaba fresquito, recién llegado, y ahí nomás empezaba a cobrar, inmediatamente, como para que se diera cuenta de que la cosa iba en serio. "
'El cien por cien de la verdad no me conforma', le repetían al detenido y se cagaban de risa entre ellos mientras le daban máquina y máquina. Con esto ya tenés una idea de hasta dónde podían llegar los interrogadores.
"Por eso digo que para torturar no se necesita aprender. El que es malicioso disfruta pateándole a un tipo indefenso las rodillas, las canillas; golpeándole los genitales, pegándole un sopapo porque se le da la gana. Le gusta ver sufrir al prisionero, disfruta con su dolor, con su humillación, con su bronca. No se necesita aprender.
"Pero no todos eran así. Algunos eran muy hábiles en el manejo de los interrogatorios, muy inteligentes en las preguntas. Como 'Barbeta'. Yo no sé qué hacía ahí, era un tipo buenísimo que no servía para pegar. Lo de él era cerebral, y ojo, era del Grupo de Tareas destinado al ERP, la parte más pesada.
"Me parece que era civil; tenía una barbita muy prolija, bien recortada. Yo me llevaba bien con él. A veces se ensañaban todos contra un prisionero, aunque no supieran por qué ni de quién se trataba. Cuando veían que le pegaban a alguien, todos se iban sumando para pegarle también ellos. Ahí salía 'Barbeta': 'Esta no me la pierdo', decía.
"Siempre nos reíamos con él. Se acercaba al preso, por como se movía y las cosas que le gritaba parecía que se lo iba a comer crudo. Cuando llegaba hasta el prisionero, el pobre tipo temblando, le tiraba una patadita que apenas le tocaba el culo y se iba.
"A los detenidos de él ni los tocaba. Era muy habilidoso para interrogar. Era de buen corazón, educado. Como los otros eran medio bestias, me parece que a éste lo tenían para pensar. Tengo buenos recuerdos de él; nunca más lo vi, tampoco pude saber a qué fuerza pertenecía.
"En cambio, sé que el 'Alemán' era de Prefectura. Todo el mundo lo sabía y como nadie se llevaba bien con él, lo querían escrachar. La verdad es que el 'Alemán' era un tipo asqueroso bajo todo punto de vista, como persona, como interrogador, en todo. Era el primero en llegar por las mañanas. Ahí nomás se iba para un pabellón y agarraba a una mujer, la que estaba más linda, y empezaba a golpearla para que confesara si durante la noche había tenido relaciones sexuales con algún celador o gendarme. La pobre piba decía que no, y él le daba y le daba. Todos los días hacía lo mismo.
"Las pobres mujeres estaban todas golpeadas, todavía más humilladas y todo para nada. Esas cosas nos irritaban. Mirá, quedábamos en que no daría nombres, pero te aseguro que si supiera el nombre y rango del 'Alemán' te lo decía. Pero como ahí todos nos conocíamos por seudónimo, sobre todo con aquellos que no pertenecían a la fuerza, nunca pude conocer otros datos de él. Tené en cuenta que entre los interrogadores había policía de la provincia de Buenos Aires, de la Federal, de Prefectura, de Gendarmería, del Ejército, civiles.
"Ahí llegaba cualquiera y decía que era coronel o teniente coronel. ¡Venía cada cara extraña! Como este tipo Guglielminetti. ¡Sabés cuántas veces estuvo en el campo! Un día llegó disfrazado de coronel; se permitía cualquier cosa. Yo, como un boludo, me le presenté, me creí que era militar. La pilcha le quedaba tan bien que parecía que había sido milico desde siempre.
"Un día lo hice incomunicar al 'Alemán'. Yo me llevaba bien con un alférez de Gendarmería que estaba a cargo de la guardia. Como él tampoco lo quería, lo empecé a joder: '¿A qué no tenés huevos para incomunicarlo al Alemán?' Una vez, otro oficial de Gendarmería se cansó de que ese interrogador lo prepoteara y se enojó. 'Y éste ¿quién es? ¿Un civil?', dijo apenas lo vio que entraba al campo por la guardia. '¿Usted quién es?', le dijo. El 'Alemán' trató de cagarlo a pedos, pero el gendarme, que estaba como oficial de servicio, tenía los huevos bien puestos. Se enojó de verdad y lo mandó a ponerse el uniforme: 'Acá todos usamos el uniforme. Primero vaya y póngase el uniforme, después discutimos. Usted, para mí, por como está vestido es un civil de mierda, un civil torturador, ni más ni menos. Si usted quiere que yo lo respete, póngase su uniforme y hablamos de militar a militar'. Así le dijo el tipo.
"El otro se fue recaliente al Estado Mayor del Comando de Institutos para quejarse y, al otro día, trasladaron al gendarme a otro destino. Pero al 'Alemán' se la juraron. Una mañana, apenas llegó al campo, tres gendarmes lo tuvieron dos horas contra el auto, las piernas abiertas y las manos sobre el baúl. 'Usted está incomunicado', le dijeron. 'No pueden hacer esto, yo tengo que trabajar', les decía él. 'Usted no trabaja hasta que no venga el jefe de campo. Está incomunicado', le respondían mientras le apuntaban con las armas. Un poco más y lo encapuchan. Era un perejil y alcahuetón de todo lo que hacíamos nosotros.
La tortura nunca descansa
"Hablando con vos empecé a recordar los métodos de tortura que se improvisaron allá, en 'El Campito'. Algunos de ellos fueron creados por un detenido, un tal 'Tito', que era cuñado del soldado Nuñez.
"Ese tipo, 'Tito', inventó la picana automática. La punta electrificada estaba agarrada a una varilla que un motor de limpiaparabrisas -que le habían arrancado a un auto- movía como si fuera un péndulo, de un lado a otro. El detenido era atado de pies y manos a un elástico de cama metálico, al que le decían 'la parrilla', y le enroscaban un cable en el dedo gordo del pie, digamos el negativo. La otra punta del cable, el positivo, estaba en el extremo de la picana que colgaba sobre el preso. La punta iba y venía, y cada vez que pasaba tocaba el cuerpo y mandaba una descarga. Así lo dejaban unas dos horas. La picana lo tocaba en el pecho, los testículos. Iba y venía. Se la iban corriendo para que tocara las tetillas, la boca... hasta que consideraban que el detenido estaba ablandado. Entonces pasaban a la sesión más fuerte, aplicándole dos picanas: la automática y la manual. Eso era habitual con los tipos duros, que se resistían a hablar. "
'Tito', que ya era como un interrogador más, diseñó también un sistema de roldanas, como las que usan los albañiles para subir los baldes con material; lo instaló en uno de los árboles del campo. La tortura consistía en atar al detenido de los pies e izarlo unos metros. Después lo bajaban despacito, y lo sumergían desde la cabeza hasta la cintura en uno de esos tachos grandes de aceite, pero con agua, de 200 o 300 litros. Lo hundían y lo sacaban. Más de uno se murió ahí dentro. Le explotaba el corazón, los pulmones, no sé qué. Era al aire libre y lo llamaban 'el submarino'. Todo eso lo ví yo.
"A veces obligaban a los detenidos a torturar a sus propios compañeros. Muchos se resistían, pero 'Tito' no. A él le gustaba tanto torturar a la gente que también inventó la picana portátil, hizo varias. Funcionaban con una batería de auto o de moto, esas chiquitas. Entraba todo en una valijita, tipo maletín. Ahí llevaban la picana que usaban para interrogar a los prisioneros que eran capturados en sus casas o adentro de los coches, antes de llegar al campo. Siempre se trataba de ablandar rápido a los prisioneros porque muchos eran duros y no les sacaban ni una palabra.
"Se decía que los subversivos hacían un curso para resistir las torturas. No sé, serían mentalistas. Yo creo que si me acercan un fósforo ya grito antes de que me toque y no paro de gritar hasta que me callen. Ahí se vivía el terror permanente. Se torturaba de sol a sol, todo el tiempo. Con el 'Charro' escuchábamos los gritos que venían de las oficinas de los interrogadores mientras preparábamos la comida en el quincho. Y nosotros hacíamos como que no pasaba nada. ¿Qué podíamos hacer?
"A veces llevaban desde los pabellones a tres o cuatro detenidos al mismo tiempo. Los formaban en fila frente a la puerta de la oficina de interrogatorios y los hacían pasar de a uno. Los que estaban en la cola para ser interrogados escuchaban los gritos del que estaba adentro. Los tipos se daban máquina y máquina escuchándolo al otro, pobrecito. Según me dijeron era para hacerles acción psicológica (sic). Después les tocaba a ellos y se acababa la psicología. Yo pasaba y los veía haciendo cola para que los torturaran.
Los interrogadores no tenían horario. Cuando salía un 'blanco', tenían que hacerlo, de noche o de día, porque los operativos se hacían de acuerdo con lo que declaraban los detenidos. Apenas les arrancaban un dato salían a buscar a esa gente.
Fuga a la muerte
"Mucha gente se murió durante los interrogatorios sin que pudieran sacarle ni una palabra. Y ahí viene la duda: ¿serían o no inocentes? ¿Se resistieron a hablar o no tenían nada que decir? Estaban horas con dos picanas, muchos no aguantaban y se morían ahí mismo. Les reventaba el corazón, el cerebro, el bazo. Muerte súbita. Son grandes injusticias. A mí me tocaba sacarlos; otras misión que me dieron.
"Los interrogadores te los encargaban como quien te dice que le saques la basura afuera, y aprovechaban para descansar. Ellos no tocaban nada, me dejaban el cuerpo del prisionero en el lugar y la posición en la que había muerto. Yo tenía que desatarlo, sacarlo del cuartito y depositarlo en otro lugar. Si en esos días estaba previsto un 'vuelo', se lo embarcaba en él. Si no, como había que sacarse rápidamente de encima los cadáveres, había que atarlo con alambre. Después se pedía un helicóptero que aterrizaba en el mismo campo. Los tripulantes preguntaban por 'el paquete' y ellos mismos se encargaban de cargarlo. Los cuerpos siempre eran arrojados al mar.
"Esas cosas eran comunes. Morían en la picana, morían en el submarino o de cualquier otra forma que habían ingeniado para divertirse, como pasó en esa época de las inundaciones que venían del norte. Los camalotes que bajaban por el río traían yacarés, monos, sapos, culebras, de todo. Esa inundación duró cualquier cantidad de tiempo; hasta el río Reconquista, que pasa por Campo de Mayo, estaba lleno de esos animales. "Entonces, alguien trajo algunas de las víboras que llegaron con la crecida, una mente maligna. Las usaron como material de tortura, lo mismo que las mordeduras de los perros de guerra. Era terrorífico. De esta manera murieron muchos inocentes, otros quedaban agonizantes. Ahí corría 'Yoli', la doctora, para tratar de salvarlos. Pobre mujer.
"Yo nunca ví a nadie tomar clases para aprender a torturar. ¿Dónde lo habrán estudiado?, me pregunto yo. Eso sí, ellos llegaban contentos a toda hora."
Capítulo XI. Dos en la memoria. CAMPO SANTO - Parte II (Del testimonio del ex sargento Víctor Ibañez)
Charro, el amigo subversivo
"Seis meses después de mi llegada al campo, los gendarmes se hicieron cargo de los pabellones y yo quedé como integrante del equipo de logística. Me pusieron a cargo de la radio, el camión y los perros. Pero lo que más me gustaba era ser cocinero oficial.
"Ya estábamos medio cansados de comer siempre las raciones comunes que traíamos desde la cocina del Comando de Institutos Militares. Entonces, una tarde de frío andábamos con hambre y, aprovechando que en el quincho había gas natural, como para desembolarnos, nos conseguimos una sartén, aceite y papas y nos pusimos a cocinar. ¿Sabés que lindas papas fritas me salieron?
"De ahí en más, todos los días, cuando bajaba el sol, me mandaba para el quincho y cocinaba papas fritas con huevos fritos para todos nosotros, los de logística. Después se fueron agregando los demás. Al final, tenía que cocinar para unos quince en total. Con el tiempo pasamos a los churrascos que robábamos de la cocina del Comando cuando íbamos a buscar el rancho; le fuimos sumando la ensalada y otras cosas. Así se fue armando la cocina en 'El Campito'.
"Cuando se hacían los grandes operativos siempre se terminaba robando todo lo que se encontraba en las casas de los detenidos. Se llevaban el perro, el gato, el termo, el ventilador, la mesita de luz, el televisor, el velador, todo. Me hacían acordar a una de esas películas de Atila que vi una vez, cuando entraba a un pueblo con la horda y arrasaban con todo.
"Yo he visto a gente de la patota salir corriendo de las casas de los detenidos con máquinas de cortar el pasto, ventiladores, cualquier cosa en la mano. No tenía nada que ver. Estaba todo desvirtuado.
"Bueno, la cosa es que me trajeron todo lo que hacía falta para armar la cocina y me nombraron cocinero oficial del campo. Como ayudante me asignaron a un detenido de confianza, el Charro. Un muchacho muy bueno, creo que era 'monto', de unos 40 años, con una vida de novela. Había hecho de todo ese Charro.
"Con él estábamos todo el tiempo en la cocina, parecíamos dos de esas viejas chusmas que se la pasan hablando de los demás mientras pelan papas. Yo la hacía larga para que él no tuviera que volverse tan rápido al pabellón. Me acuerdo que fumaba Caburitos, esos toscanitos cortos y fuertes. Si no se los compraba yo, se los compraban otros, porque además de cocinar muy bien el Charro se sabía hacer querer, y era vivo. Se ganó la simpatía de los interrogadores cuando les construyó flor de cancha de bochas para que jugaran en sus momentos de descanso. Sabía hacer de todo, el Charro.
"Me hablaba siempre de una camioneta que tenía, una pick up Chevrolet color bordó casi nueva. No me acuerdo bien, pero creo que había sido comerciante. Me contó que se puso a vender en la cancha de Boca unos almohadones de telgopor que se usaban como asientos en las tribunas. Después se lo prohibieron porque los hinchas los tiraban encendidos desde la popular a las bandejas de abajo. Con eso hizo mucha plata. Después inventó el papel higiénico con chistes y vendió cualquier cantidad, pero también se lo prohibieron porque parece que la tinta irritaba el culo de los que lo usaban. Mientras duró también hizo mucha plata. Era un tipo muy hábil para los negocios; a mí me daba buenas ideas.
"El Charro tenía mundo. Había visitado otros países; sería un ratón, un bohemio, pero sabía de todo. Era un filósofo, un bocho. A veces, yo tenía curiosidad por saber algo de su familia, preguntarle si era casado, si tenía hijos. Pero de eso nunca se hablaba, me lo tenía prohibido porque sabía que les hacía mal.
"Pero algunas cosas me decía en lo poco que hablaba conmigo. Bah, conmigo hablaba mucho, pero dentro de lo mucho que hablaba era poco. Yo trataba de que no fuera al pabellón, lo llevaba recién bien entrada la tarde porque los presos tenían que estar en su pabellón antes de que oscureciera.
"Había muchos colaboradores, pero él era distinto. Nunca iba a los interrogatorios ni salió a marcar gente a la calle con las patotas. No sé cómo era su situación, él andaba sin capucha, ni siquiera con la capucha levantada; directamente sin capucha. Tal vez sería un perejil o un consentido porque cocinaba muy bien. Sabía mucho del juego de bochas y hacía de rayero.
"Me acuerdo que le gustaba contar anécdotas cochinas, las aventuras que había tenido con las mujeres, como la de esa vez que me contó, en Uruguay. Resulta que había entrado en un piringundín cuando estaba por empezar el espectáculo y se había sentado en una mesa cerca del escenario, bien en el centro. Le gustó una de las minas del lugar, la llamó y la mina vino. La mesa era cuadrada, tenía un mantel largo hasta el piso. El arregló con la mina y ella se metió debajo de la mesa para agarrarle el nabo. Al rato, todo el mundo empezó a aplaudir. '¿A quién aplauden todos estos boludos?', me dijo que pensó. Claro, si en el escenario todavía no había nadie. Los demás descubrieron lo que pasaba porque él movía la cara para todos lados y los ojos le revoleaban. 'El espectáculo era yo. ¡Qué boludo! ¡Cómo me aplaudían!' Después la mina salió de debajo de la mesa y saludó como si fuera el final del espectáculo. Contaba cosas así el Charro. No conversábamos de cosas profundas, sino de historias sin importancia.
El 'Loco César' y las fugas
"Cuando cae, el 'Loco César' manejaba un Fiat 125 robado que tiempo después me trajo graves problemas. Pero a él, ese auto le salvó la vida. Lo usó de parapeto en el tiroteo que tuvo con la patota antes de que lo capturaran. Así y todo, él llegó al campo con siete u ocho balazos en el cuerpo. Al Fiat también lo trajeron, imaginate, todo agujereado por el impacto de las balas.
"El 'Loco César' era un 'pesado' que se defendió como una fiera. Decime si de otra manera se entiende que haya recibido tantos tiros. El tipo tenía unos huevos de oro. Hay que tener en cuenta que ellos, los guerrilleros, andaban siempre con una cápsula de cianuro en la boca para suicidarse cuando se veían perdidos, y por eso los de la patota salían siempre con varias jeringas preparadas para contrarrestar los efectos del veneno (1). De esto me enteré por comentarios, y lo sabíamos todos los que, como en mi caso, participábamos únicamente en los operativos cuando hacía falta llevar refuerzos porque había peligro de combate.
"El 'Loco César' tiró a la mierda el cianuro y recién lo pudieron capturar después de meterle un montón de balazos. Era un tipo distinto, no había manera de sorprenderlo. No se entregaba así nomás; se defendía después de dos, cuatro, ocho plomos metidos en el cuerpo.
"Me imagino que los de la patota eran gente muy entrenada porque traían detenidos a rolete. Actuaban violentamente y no decían, como en las películas, "Está detenido, entréguese". Los agarraban de los pelos, les pegaban una piña en la panza, otra en la cabeza, le metían la capucha y al auto. No les daban tiempo de nada. Por lo que me fui enterando te puedo asegurar que era así. Utilizaban el factor sorpresa porque sino ¿cómo hacés para que el otro no se defienda a los tiros? Bueno, el 'Loco César' no se dejó sorprender. Estaba solo, lo agarraron recién cuando quedó tirado en la calle, desangrándose después del enfrentamiento.
"Llegó al campo prácticamente muerto. Una detenida que era médica, a la que habían puesto a cargo del dispensario que habían montado para atender a los detenidos dentro del campo, le salvó la vida. Nunca supe bien cómo fue. A César le habían metido siete u ocho balas del 45; yo ví algunos de los plomos en un frasquito. No sé cómo, pero el tipo se salvó.
"Después, los interrogadores le dieron máquina (2), pero como había pasado mucho tiempo desde su detención hasta que estuvo en condiciones de ser torturado, no era mucho lo que podía decir. Los de su organización tuvieron tiempo para levantar los lugares que él conocía y alertar a la gente que podía llegar a delatar. Para mí que lo pasaron por la máquina para que supiera cómo era.
"Con el tiempo ya andaba totalmente 'destabicado' (3), después de que se había ablandado, creo yo. Ahí le ví la cara por primera vez: era calvo, blanco, más bien robusto. Hablaba bien, se expresaba correctamente, con todas las eses, no como yo. Se ve que estaba bien formado, César.
"En esa época yo estaba a cargo de la maestranza del campo, y los prisioneros eran mis peones. Llegaba a la mañana, bien temprano, y buscaba mi pelotoncito: Charro, César, Araña y un amigo de Araña que cayó con él, pero no me puedo acordar cómo es que lo llamaban. Los gendarmes que controlaban todo con una lista ya sabían que a ellos los podía sacar de los pabellones para que hicieran los trabajos de mantenimiento en el centro de detención.
"Al Charro lo dejaba en la cocina, al Araña y al amigo los ponía a arreglar las goteras de los techos, y a César, que era muy hábil, le encargaba los arreglos de electricidad, cambiar las lamparitas y esas cosas. El también barría, limpiaba los baños y me ayudaba con la comida.
"Yo les buscaba actividades todo el tiempo. Charlábamos, contábamos cuentos, nos cagábamos de risa. Una vez subí a la terraza del edificio grande donde estaban el Araña y su amigo arreglando los techos llenos de goteras con alquitrán; era un edificio viejo. Para trepar había que usar una escalera amurada a la pared, de puro fierro, de esas que tenés que agarrarte con las manos mientras te empujás con los pies.
"Nos quedamos como dos horas ahí arriba charlando y tomando sol. Nadie se avivó. Hablábamos de todo, sin tocar nunca el tema de ellos ni de su situación. Primero porque no me gustaba enterarme de ciertas cosas, o parecer buchón de los interrogadores, y después porque no entendía nada de esas cosas, no hoy entiendo.
"Lo que sí sé son las cosas que ví, aunque no las entienda. Pero la historia es que ese día casi me caigo del techo en el que estábamos conversando con los detenidos. Yo tenía encima una pistola 45, cosa que estaba prohibida, y me quedé enganchado en un escalón con tanta mala leche que se me cayó la pistola arriba del techo. Menos mal que la agarró Araña, un muchacho grande, como de cuarenta y pico de años, calvo, petisito, de bigotes, que se expresaba bien. "Tomá Petete", me dijo mientras me la alcanzaba por la culata. Mirá si en vez de él, en ese momento hubiera estado César, seguro que me tomaba de rehén y se armaba flor de quilombo en el campo.
"Al 'Loco César' le llegó la promoción en la guerrilla mientras estaba detenido en el campo. Entre todos le festejamos el ascenso. Le habían dado un grado importante, de comandante o algo así (4). Nos enteramos porque, como vos sabrás, los Montoneros publicaban un boletín que llegó hasta el campo junto con otros papeles que encontraron en la casa de un detenido. Ellos eran un ejército de porquería, pero hasta tenían su propia revista, en la que publicaban los ascensos, las operaciones que habían hecho y los partes de las ejecuciones de las que eran víctimas militares y policías. Estaban bien organizados.
El 'Loco César' se había ganado la confianza de los jefes del campo, era muy querido. Creo que le tenían respeto porque admiraban su valentía. A lo mejor era uno de los tipos que pensaban dejar con vida, a lo mejor. No entiendo por qué lo llevaron a hacer ese 'aguante'. Era un colaborador, pero no de los que salían a señalar gente por la calle, ni tampoco de los que se usaban para apretar a la gente durante los interrogatorios para apurar el 'quiebre' de los detenidos nuevos, como sí lo hacían 'Tito' y otros quebrados.
Pero a un delirante del Colegio Militar se le ocurrió llevárselo para hacer esa 'marcación' (5), y él no se pudo negar porque si lo hacía era boleta.
"A mí me contaron después que se pasaron dos o tres días de aguante, esperando que apareciera el blanco. Parece que los de la patota -te digo tal cual me lo contaron-, se quedaron dormidos y vos ¿qué hacés si estás prisionero y tus guardianes se quedan dormidos? Yo haría lo mismo que hizo él. Me pongo un helicóptero donde ya te dije. Y se piantó César, se las tomó apenas pudo. El se había hecho de una pistola que le arrebató al tipo de la patota que tenía al lado para custodiarlo y salió rajando. Pegó la vuelta en la esquina y en medio de la calle asaltó a un tipo que pasaba por ahí, le robó el auto y el maletín que tenía adentro. Resulta que ese tipo era del Batallón de Inteligencia 601, mirá qué casualidad. Le sacó el arma, la documentación y el auto a uno de Inteligencia. Después escuché otra versión que decía que en realidad se había ido con el auto de la patota.
"Cuando se enteraron en el campo se pusieron todos como locos. Se habían confiado demasiado en él, que se hacía el simpático, el tranquilito. Estaba esperando el momento oportuno para rajar. Creo que esto influyó en el destino de los colaboradores que quedaron. Pagaron justos por pecadores.
"César se hizo humo. Nadie supo nada de él hasta que apareció en el 79 encabezando una comisión que creo que era de las Naciones Unidas. El les había dibujado los planos de los centros de detención militares, que eran clandestinos, con las cartas topográficas del terreno, el plano de ingenieros y cómo estaban dispuestas las edificaciones. Todo correctamente detallado. Así que por más que las edificaciones ya no existían, estaba todo ahí documentado. El fue el primero en contar todo esto, uno de los pocos que pudo hacerlo.
Otras fugas
"Calculo que mientras yo estuve en ese infierno, además del 'Loco César' se fugaron por lo menos otros tres prisioneros. No recuerdo sus nombres. Cuando llegaba al otro día me decían: "Anoche se fugó uno del tal pabellón". Los de Gendarmería los buscaban como locos, era su responsabilidad.
"Hubo un tal Aldo -no sé si era su nombre verdadero-, que se fue caminando en pleno día por el interior de la Escuela Sargento Cabral, y así llegó a las vías del tren que todavía no estaban bajo nivel como ahora, sino que corrían sobre terraplenes. Atravesó toda la escuela y nadie se avivó, nadie se dio cuenta. Como si el tipo conociera la escuela de punta a punta, como si hubiera hecho la colimba ahí. Hay que conocer por dentro la Cabral para saber dónde ir. Lo mejor es que algunos después declararon haberlo visto en el lugar: "Sí, pasó por acá". Pensaron que era un militar que venía de hacer gimnasia.
Estaba con las muñecas atadas con un trapito, pero tenía los pies libres. Se vé que en un descuido del celador vio un agujero que había en una de las paredes del pabellón y se fue, se jugó. Estaría esperando que en cualquier momento le dieran un plomazo por la espalda mientras se fugaba, pero Dios le dijo: andate.
"Uno que se quiso ir y no pudo fue un muchacho que había sido agente de la policía. Lloraba: "Yo no tengo nada que ver, estoy por ascender a cabo, ¿cómo me hacen esto?" Una vez se enojó y salió gritando: "¡Soy inocente, soy inocente, soy inocente!" Estaba encapuchado y saltó por la ventana como un gato. Pero cayó mal del otro lado, creo que se quebró una pierna. Tuvieron que llamar al médico. La desesperación de ese chico era escalofriante. Después lo agarraron los gendarmes. ¡Cómo le pegaron al pobrecito por quererse escapar!"
(1) En este punto, al preguntársele por qué se salvaba la vida de personas que luego serían eliminadas, respondió: "Siempre se trataba de que el prisionero llegara vivo al campo para que pudiera ser interrogado, sacarle información que pudiera conducir a la captura de otros. La patota tenía orden de traerlos vivos, porque muertos no les servían a los Grupos de Tareas".
(2) "Máquina" se refiere a la aplicación de la picana eléctrica. "Dar máquina" significa "picanear", torturar mediante la aplicación de picana eléctrica sobre las partes sensibles del cuerpo de los prisioneros.
(3) Se denominaba "tabique" a la capucha o venda que cubría los ojos de los prisioneros. Andar "destabicado" significaba que se le había quitado todo aquello que impidiera la plena visión.
( 4) Juan Carlos Scarpatti fue ascendido al grado de Oficial Mayor, que dentro de la organización Montoneros era el segundo grado en importancia, el inmediato a los oficiales superiores que tenían a su cargo la conducción de las columnas zonales en las que fue dividido el territorio argentino sobre la base de sus objetivos y necesidades políticas y militares.
(5) En ocasiones, los prisioneros, una vez 'quebrada' su voluntad tras prolongadas sesiones de tortura, eran llevados hasta un lugar de encuentro de sus compañeros, a una casa o a un punto de circulación neurálgico -como una estación terminal de trenes- para señalar a otros integrantes de su organización.
Capítulo XIII. Los vuelos. CAMPO SANTO - Parte II -¿Cuándo se enteró de la existencia de los "vuelos"? -Al día siguiente de la muerte de Lucas, cuando cargaron su cuerpo en un helicóptero que aterrizó en las cercanías del campo. Yo de helicópteros no entiendo mucho; era uno de esos que tiene el Ejército, verdes, chicos. Le pregunté a un compañero: "¿Qué van a hacer con el cadáver?" Me contestó que los detenidos, una vez que ya no eran de interés para la gente de Inteligencia, eran tirados al mar.
-"El Campito", ¿funcionó como centro de exterminio de detenidos alojados en otras dependencias clandestinas del Ejército? -Puede ser que desde ese campo se hicieran todos los "traslados". Seguro que fue así, porque traían gente de otros lugares de detención. Parece que había más de 350 de estos centros, según dicen. La gran mayoría funcionaba en la provincia de Buenos Aires. Como "El Campito" estaba prácticamente pegado a la cabecera de la pista del Batallón de Aviación de Campo de Mayo, no había ningún problema para justificar el movimiento de los Twin-otter, los Hércules y los helicópteros. Era el lugar ideal para ocultar las idas y vueltas de los aviones. Nadie podía ver nada; el perímetro estaba vigilado por la Gendarmería. No existían curiosos, ni tránsito de civiles, ni algún otro peligro de indiscreción.
-¿Quién era el responsable del movimiento de los aviones dentro de la fuerza?-¿Cuándo se enteró de la existencia de los "vuelos"? -Al día siguiente de la muerte de Lucas, cuando cargaron su cuerpo en un helicóptero que aterrizó en las cercanías del campo. Yo de helicópteros no entiendo mucho; era uno de esos que tiene el Ejército, verdes, chicos. Le pregunté a un compañero: "¿Qué van a hacer con el cadáver?" Me contestó que los detenidos, una vez que ya no eran de interés para la gente de Inteligencia, eran tirados al mar.
-"El Campito", ¿funcionó como centro de exterminio de detenidos alojados en otras dependencias clandestinas del Ejército? -Puede ser que desde ese campo se hicieran todos los "traslados". Seguro que fue así, porque traían gente de otros lugares de detención. Parece que había más de 350 de estos centros, según dicen. La gran mayoría funcionaba en la provincia de Buenos Aires. Como "El Campito" estaba prácticamente pegado a la cabecera de la pista del Batallón de Aviación de Campo de Mayo, no había ningún problema para justificar el movimiento de los Twin-otter, los Hércules y los helicópteros. Era el lugar ideal para ocultar las idas y vueltas de los aviones. Nadie podía ver nada; el perímetro estaba vigilado por la Gendarmería. No existían curiosos, ni tránsito de civiles, ni algún otro peligro de indiscreción.
-¿Quién era el responsable del movimiento de los aviones dentro de la fuerza? -Eso dependía del Comando de Aviación que funcionaba en el Estado Mayor del Ejército, bajo el mando directo del Comandante en Jefe de la fuerza, que en ese momento era el general Jorge Rafael Videla. Estaba a cargo de un general. En el Estado Mayor son todos generales que dependen del Jefe de Estado Mayor.
-Los vuelos, entonces, debían contar con la autorización de ese general. -También podría no saberlo, tranquilamente ni enterarse; yo no lo sé. Eran vuelos fantasmas. El general Riveros tenía su propio avión con el que iba y venía de acá para allá.
-Pero, según usted, se utilizó más de un avión, incluso helicópteros. -Y, sí. Ahora que lo pienso... Tenían que sacar el avión de la base, pedir el combustible para el vuelo, autorización para el despegue. Por más trucho que fuera, en el Ejército, en esos momentos, esas operaciones no las autorizaba cualquiera. Además debían tener una hoja de ruta, por si llegaban a tener una emergencia, un accidente. Hay un centro de control aéreo en el que se toma nota de todos los vuelos. Ahí debería estar todo registrado.
-¿Qué tipo de aviones se utilizaban? -Twin-otter, Focker, hasta Hércules. En esa época también entraron al país unos aviones italianos nuevos, los Fiat. Eran una versión chica de los Hércules. En el Ejército los estrenaron con los presos, en los vuelos que salían con rumbo al sur.
-¿Qué capacidad tenían esos aviones? -Yo he visto subir hasta ochenta personas en algunos de ellos. Todo dependía de las necesidades del momento. A veces se cargaba un avión y, a la vuelta, la misma tripulación despesgaba en otro aparato que había sido cargado en el interín. Veinte, treinta, cincuenta personas más.
-¿Cuál era la duración de los vuelos, entre ida y vuelta? -De cinco a seis horas. Los aviones italianos, que vuelan a 700 kilómetros por hora, demoraban unas tres horas en ir otras tantas en volver. Estamos hablando de un viaje a no menos de 1500 kilómetros mar adentro, digamos a la altura de Viedma. El avión agarraba para el sur, siempre enfilaban hacia allá.
-Además de los italianos, ¿qué otro tipo de aviones utilizaron? -El Twin-otter, un avión de paracaidismo que sólo tenía dos asientos, uno en cada extremo del acceso. La puerta era una lona con cierres. Me decían que ese era el avión ideal para tirar gente al mar.
-¿Cada cuántos días se hacían esos vuelos? -Más o menos cada quince días.
-¿Cuál era el procedimiento previo a cada uno de ellos? -Cuando se preparaba un vuelo, los que estaban a cargo del operativo convocaban a los celadores, todos suboficiales. Nos daban el número identificatorio de cada uno de los prisioneros que teníamos que ir a buscar para ser embarcados. Después de recogerlos en los distintos pabellones, los agrupábamos en un lugar descampado, lejos de las instalaciones, donde arrancaba el camino que llevaba hasta la cabecera de pista del aeropuerto militar. Ahí, los detenidos eran cargados en un camión civil robado que tenía una caja de aluminio cerrada. A veces se usaba el jeepón o cualquier otro vehículo, dependía de la cantidad de "trasladados". Como yo era uno de los choferes, más de una vez me tocó conducir a todos ellos amontonados en la caja a lo largo de este recorrido: salíamos por la puerta de adelante, tomábamos el acceso que venía de la ruta, dábamos la vuelta por un camino lateral, hacíamos 200 metros y desandábamos el camino de tierra por el campo hasta la pista donde esperaba el avión con los motores encendidos.
-¿Los detenidos se dejaban conducir dócilmente hasta el avión? -Los llevaban engañados. Les hacían creer que los estaban "blanqueando" y que pasaban a disposición del Poder Ejecutivo, es decir, que los trasladaban a una cárcel legal, donde se podrían encontrar con sus familias; que la pesadilla había terminado. Ellos iban contentos, claro. Algunos estaban durmiendo cuando les llegaba la hora del traslado y los traían así nomás: en calzoncillos, en camisón, descalzos. Si total lo único que el avión traía de vuelta después del viaje eran las capuchas. Si alguno se quejaba porque estaba sin vestirse, le aseguraban que en el lugar al que iban, les darían ropa nueva.
-¿Qué sucedía luego? -Cuando se llegaba a la pista, los prisioneros eran formados al pie de la escalerilla del avión, de a uno en fondo. Los del grupo de eliminación ya los estaban esperando. A veces era uno, a veces eran dos los tipos que se ocupaban de aplicarles una inyección antes de subirlos. Les decían que el Servicio Penitenciario exigía esa vacuna para incorporarlos al sistema carcelario federal. Todo mentira.
-¿Para qué los inyectaban? -Los pinchaban de a uno a medida que llegaban al pie del avión. Después los prisioneros subían cuatro o cinco peldaños de la escalerilla y ya se sentían mal. Yo y otros dos muchachos los esperábamos arriba. Los guiábamos hasta el lugar donde tenían que sentarse. Ni bien se acomodaban empezaban los dolores. Estiraban las piernas y se estremecían por los primeros retorcijones en el estómago. No sé qué les produciría esa droga, pero en menos de un minuto ya estaban como muertos. El efecto era inmediato y apenas les dejaba fuerzas como para subirse al aparato y quedarse ahí, tirados, retorciéndose de dolor. Yo me acuerdo bien de eso. Pharanoval era la droga más usada, venía en unas cajas rojas del tamaño de un paquete de cigarrillos; la otra se llamaba Ketalar, creo que era de uso veterinario.
-¿En qué más consistió su participación en esos vuelos? -Sólo en esto. Después de acomodarlos uno al lado del otro en los asientos del avión, bajaba y me volvía con el camión al campo. No era mi responsabilidad habitual, no era mi función, pero algunas veces tuve que hacerlo. Si te tocaba no podías zafar, porque también eras boleta. Muchos de mis compañeros fueron pasados por las armas ante la mínima sospecha de resistencia a participar en estas cosas. Yo me acuerdo de un suboficial principal que trabajaba en el Hospital Militar; era un hombre grandote, colorado. Nunca más se supo de él.
-¿Quiénes integraban la dotación que comandaba cada vuelo? -La tripulación de los aviones chicos consistía en dos pilotos y el mecánico. En los Hércules se llevaba más personal: dos pilotos, ingeniero de vuelo, dos mecánicos y comisario de a bordo.
-¿Quién se ocupaba de inyectar a los prisioneros? -Gente de afuera que llegaba con el encargado de aplicar las "vacunas". Me contaron que este tipo, que siempre se traía una buena provisión de whisky junto con los vasos, los cubitos y las inyecciones, era médico de la policía. Un médico haciendo eso, es de no creer. Después de ver los primeros traslados, quedé tan impresionado que avisé a todos en el campo que le metería un tiro al primero que se me arrimara con una jeringa.
-Usted dice que era "gente de afuera" la que se ocupaba de los operativos de exterminio. ¿A quiénes se refiere? -Era el grupo de eliminación, los que tiraban los cuerpos de los detenidos al mar. Deberían tener un sistema rotativo, porque no eran siempre los mismos. Iban cambiando. Lo mismo que los comandantes de los aviones; ellos andaban de uniforme porque en ningún momento abandonaban la cabina. Sólo piloteaban el avión y lo que pasaba en la pista o atrás, en el sector de transporte, no les interesaba. Los del grupo de exterminio andaban de verde, vestidos con equipo de fajina, pero sin ningún tipo de insignias a la vista. Parece que en esos casos estaba prohibido usar jinetas. Decían que a los guerrilleros les tiraban a los cuadros y no a los soldados, entonces no se usaba nada que indicara la jerarquía.
-¿Alguien más participaba en la ejecución de los vuelos? -Dos o tres curiosos que el grupo de exterminio siempre se traía con ellos. Gente que no hacía ni decía nada. Se quedaban como apartados y mirando, lo miraban todo a la distancia. Estos eran los últimos en subirse al avión y no se perdían detalle del vuelo. Siempre había gente de paso, que venía a mirar.
-¿Qué hacía usted después de la partida de cada vuelo? -Me quedaba observando el despegue; yo sabía el destino que les esperaba a los pobres tipos que había acomodado ahí adentro. Mientras miraba como el avión se perdía, me decían una y otra vez: "No pienses en nada, ellos se lo buscaron. A vos, ¿qué te importa?" Pero yo igual sentía una gran angustia, sobre todo porque cada viaje significaba para mí un regreso, una nueva limpieza a la vuelta.
-¿A qué se refiere? -...
Ibañez pide una tregua, que se apague el grabador. "No sé si debo...", dice, y se cubre el rostro con ambas manos. Enseguida recupera la compostura. Aunque tiene los ojos llenos de lágrimas, su debilidad fue apenas un gesto. "No sé cómo contarte esto... es algo tremendo. Tremenda la misión que me dieron", argumenta. Un instante de silencio y después se acaba la pausa previa. Una mera apelación cargada de dramatismo escénico antes de avanzar en la narración.
El problema de la sangre cuando se seca -¿Cuál era su misión, Ibañez? -Mi tarea era, cada vez que partía un vuelo, pasar por el campo, llenar con agua del bebedero los cilindros que se usaban para traer la ración de alimentos y cargarlos en el jeep junto con una botella de detergente y un cepillo. Volver a la pista y esperar a que los pilotos, después del aterrizaje que los traía de vuelta, acomodaran el avión en un sector medio escondido de la pista antes de irse a dormir. Yo tenía que arrimar el vehículo y con un trapo mojado en el agua con detergente de los tachos, ponerme a lavar todo el avión para que no quedara ninguna señal de nada.
-¿Qué señales no debían quedar? -No sé qué efecto les produciría la droga que les inyectaban a los prisioneros. Yo creo que los reventaba. Se ve que durante el vuelo, por efecto de esa inyección que para mí ya los dejaba medio muertos, los pobrecitos condenados se hacían encima. En el interior del avión te encontrabas con sangre, vómitos, orina y materia fecal por todas partes. Yo tenía que limpiar esos restos tanto por dentro como por fuera. Y ahí venía lo peor.
-¿Qué era lo peor? -La panza del avión era lo que más me costaba lavar. Después de cada vuelo traía una mezcla de cuero cabelludo, sangre y vísceras pegadas al fuselaje. Se ve que al arrojar los cuerpos -pienso que por efecto del viento y ese vacío que hacen los motores para poder volar-, los cuerpos chicotearían contra la panza salpicándola con sangre y otras partes humanas. No lo sé, pero me acuerdo que era durísimo sacar la sangre pegada en el fuselaje. Es que se endurece tanto la sangre cuando se seca...
-¿Los aviones siempre regresaban en esas condiciones? -Los Twin-otter peor. Esos aparatos tienen un fierro en la panza para evitar que la cola toque el suelo cuando despegan. Se ve que algunos de los cuerpos arrojados al vacío golpearían contra ese fierro que llegaba enchastrado con todo lo que te puedas imaginar. Eso tenía que hacer. -En el testimonio de un arrepentido se menciona a cierto cuchillero que integraba el grupo de los vuelos. Dijo que se abrían los cuerpos... -(Interrumpe) No me gusta hablar de esto. No lo hubiera hecho antes de relacionar ciertas cosas que me tocó vivir. Pero ese Napoleón tiró unos datos, dijo que se practicaban incisiones con cuchillos en los cuerpos de los prisioneros cuando ya estaban cargados en los aviones. Que les hacían un corte en la mano y otro en el estómago para producir una hemorragia. Eso es lo que contó él. Entonces yo me acordé de la noche en la que vi bajar del avión a uno de los nuestros con un cuchillo sostenido con los dientes, con toda la boca roja, la hoja toda ensangrentada. Pensé que estaba lastimado, después me dí cuenta de que no.
-Hablemos de ese hombre. -Pertenecía al grupo de los eliminadores. Ese día estaba completamente borracho. Los de ese grupo siempre traían mucho whisky, supongo que tomaban para tener más coraje. Se trataba de un suboficial que hablaba medio en guaraní y medio en castellano. No sé si inculto es lo mismo que ignorante, por las dudas, te digo que era inculto e ignorante. Del cuerpo de Caballería, correntino o misionero, nunca lo supe. Lo ví en dos o tres vuelos más.
-¿Habló con él? ¿Qué le contó? -Me contó que abrían el estómago de los prisioneros con un cuchillo de monte para evitar que los cadáveres flotaran en el mar. Que de esa manera se hundían más rápido y que, creo que por el olor de la sangre, atraían a los tiburones. Según parece, como se habían encontrado algunos cadáveres en la playas de la costa Atlántica y en otras del Uruguay, los vuelos fueron enviados mucho más al sur y se buscó la manera de evitar que los cuerpos fueran arrastrados hasta las costas por la corriente... No quiero hablar más sobre esto, te pido un poco de tiempo.
-Sólo una más. Por lo que usted dice, el estado en que recibía los aviones confirmaría que los cuerpos eran mutilados antes de ser arrojados al mar. -Así era. Los del grupo de eliminación rotaban permanentemente. Parece que todos tenían, en algún momento, que hacer el trabajo sucio. Todos debían estar con las manos igualmente manchadas de sangre. Se trataba de un pelotón de tres o cuatro hombres encargados de abrir los cuerpos de los detenidos durante el viaje hasta el punto elegido para arrojarlos al mar. El del cuchillo era el más constante, se ve que instruía a los demás. Ibañez pide una nueva pausa. La voz se le quiebra cuando dice: "Me imagino lo que estarás pensando de mí, que soy una especie de monstruo". Como quien no quiere la cosa gira un poco la cabeza y levanta el brazo izquierdo justo a tiempo para atajar con el pulgar y el índice un par de lágrimas que se le escapan de los ojos. "Ahora el Ejército dice que soy un psicópata y me da de baja. ¿Podría yo ser un psicópata?"
-¿Alguien lo ayudaba a limpiar los aviones? -Nadie. Me dejaban solo durante las tres o cuatro horas que tardaba en hacerlo. Terrorífico. Cada vuelo que volvía traía sangre, excrementos y otras partes de los que se fueron. Yo pensaba y pensaba mientras que con un trapo y sin guantes fregaba el fuselaje. Para ablandar la sangre sacaba nafta abriendo una válvula que estaba en la panza del avión. La nafta de avión es muy buena para aflojar la sangre. Cada tanto escurría el trapo con toda esa suciedad en el agua con detergente que tenía en los tachos, que se iban llenando de sangre. Esa noche, en los mismos tachos, llevé desde la cocina hasta el campo la comida de los prisioneros, la que también comíamos nosotros. Eso dependía del Comando de Aviación que funcionaba en el Estado Mayor del Ejército, bajo el mando directo del Comandante en Jefe de la fuerza, que en ese momento era el general Jorge Rafael Videla. Estaba a cargo de un general. En el Estado Mayor son todos generales que dependen del Jefe de Estado Mayor.
-Los vuelos, entonces, debían contar con la autorización de ese general. -También podría no saberlo, tranquilamente ni enterarse; yo no lo sé. Eran vuelos fantasmas. El general Riveros tenía su propio avión con el que iba y venía de acá para allá.
-Pero, según usted, se utilizó más de un avión, incluso helicópteros. -Y, sí. Ahora que lo pienso... Tenían que sacar el avión de la base, pedir el combustible para el vuelo, autorización para el despegue. Por más trucho que fuera, en el Ejército, en esos momentos, esas operaciones no las autorizaba cualquiera. Además debían tener una hoja de ruta, por si llegaban a tener una emergencia, un accidente. Hay un centro de control aéreo en el que se toma nota de todos los vuelos. Ahí debería estar todo registrado.
-¿Qué tipo de aviones se utilizaban? -Twin-otter, Focker, hasta Hércules. En esa época también entraron al país unos aviones italianos nuevos, los Fiat. Eran una versión chica de los Hércules. En el Ejército los estrenaron con los presos, en los vuelos que salían con rumbo al sur.
-¿Qué capacidad tenían esos aviones? -Yo he visto subir hasta ochenta personas en algunos de ellos. Todo dependía de las necesidades del momento. A veces se cargaba un avión y, a la vuelta, la misma tripulación despesgaba en otro aparato que había sido cargado en el interín. Veinte, treinta, cincuenta personas más.
-¿Cuál era la duración de los vuelos, entre ida y vuelta? -De cinco a seis horas. Los aviones italianos, que vuelan a 700 kilómetros por hora, demoraban unas tres horas en ir otras tantas en volver. Estamos hablando de un viaje a no menos de 1500 kilómetros mar adentro, digamos a la altura de Viedma. El avión agarraba para el sur, siempre enfilaban hacia allá.
-Además de los italianos, ¿qué otro tipo de aviones utilizaron? -El Twin-otter, un avión de paracaidismo que sólo tenía dos asientos, uno en cada extremo del acceso. La puerta era una lona con cierres. Me decían que ese era el avión ideal para tirar gente al mar.
-¿Cada cuántos días se hacían esos vuelos? -Más o menos cada quince días.
-¿Cuál era el procedimiento previo a cada uno de ellos? -Cuando se preparaba un vuelo, los que estaban a cargo del operativo convocaban a los celadores, todos suboficiales. Nos daban el número identificatorio de cada uno de los prisioneros que teníamos que ir a buscar para ser embarcados. Después de recogerlos en los distintos pabellones, los agrupábamos en un lugar descampado, lejos de las instalaciones, donde arrancaba el camino que llevaba hasta la cabecera de pista del aeropuerto militar. Ahí, los detenidos eran cargados en un camión civil robado que tenía una caja de aluminio cerrada. A veces se usaba el jeepón o cualquier otro vehículo, dependía de la cantidad de "trasladados". Como yo era uno de los choferes, más de una vez me tocó conducir a todos ellos amontonados en la caja a lo largo de este recorrido: salíamos por la puerta de adelante, tomábamos el acceso que venía de la ruta, dábamos la vuelta por un camino lateral, hacíamos 200 metros y desandábamos el camino de tierra por el campo hasta la pista donde esperaba el avión con los motores encendidos.
-¿Los detenidos se dejaban conducir dócilmente hasta el avión? -Los llevaban engañados. Les hacían creer que los estaban "blanqueando" y que pasaban a disposición del Poder Ejecutivo, es decir, que los trasladaban a una cárcel legal, donde se podrían encontrar con sus familias; que la pesadilla había terminado. Ellos iban contentos, claro. Algunos estaban durmiendo cuando les llegaba la hora del traslado y los traían así nomás: en calzoncillos, en camisón, descalzos. Si total lo único que el avión traía de vuelta después del viaje eran las capuchas. Si alguno se quejaba porque estaba sin vestirse, le aseguraban que en el lugar al que iban, les darían ropa nueva.
-¿Qué sucedía luego? -Cuando se llegaba a la pista, los prisioneros eran formados al pie de la escalerilla del avión, de a uno en fondo. Los del grupo de eliminación ya los estaban esperando. A veces era uno, a veces eran dos los tipos que se ocupaban de aplicarles una inyección antes de subirlos. Les decían que el Servicio Penitenciario exigía esa vacuna para incorporarlos al sistema carcelario federal. Todo mentira.
-¿Para qué los inyectaban? -Los pinchaban de a uno a medida que llegaban al pie del avión. Después los prisioneros subían cuatro o cinco peldaños de la escalerilla y ya se sentían mal. Yo y otros dos muchachos los esperábamos arriba. Los guiábamos hasta el lugar donde tenían que sentarse. Ni bien se acomodaban empezaban los dolores. Estiraban las piernas y se estremecían por los primeros retorcijones en el estómago. No sé qué les produciría esa droga, pero en menos de un minuto ya estaban como muertos. El efecto era inmediato y apenas les dejaba fuerzas como para subirse al aparato y quedarse ahí, tirados, retorciéndose de dolor. Yo me acuerdo bien de eso. Pharanoval era la droga más usada, venía en unas cajas rojas del tamaño de un paquete de cigarrillos; la otra se llamaba Ketalar, creo que era de uso veterinario.
-¿En qué más consistió su participación en esos vuelos? -Sólo en esto. Después de acomodarlos uno al lado del otro en los asientos del avión, bajaba y me volvía con el camión al campo. No era mi responsabilidad habitual, no era mi función, pero algunas veces tuve que hacerlo. Si te tocaba no podías zafar, porque también eras boleta. Muchos de mis compañeros fueron pasados por las armas ante la mínima sospecha de resistencia a participar en estas cosas. Yo me acuerdo de un suboficial principal que trabajaba en el Hospital Militar; era un hombre grandote, colorado. Nunca más se supo de él.
-¿Quiénes integraban la dotación que comandaba cada vuelo? -La tripulación de los aviones chicos consistía en dos pilotos y el mecánico. En los Hércules se llevaba más personal: dos pilotos, ingeniero de vuelo, dos mecánicos y comisario de a bordo.
-¿Quién se ocupaba de inyectar a los prisioneros? -Gente de afuera que llegaba con el encargado de aplicar las "vacunas". Me contaron que este tipo, que siempre se traía una buena provisión de whisky junto con los vasos, los cubitos y las inyecciones, era médico de la policía. Un médico haciendo eso, es de no creer. Después de ver los primeros traslados, quedé tan impresionado que avisé a todos en el campo que le metería un tiro al primero que se me arrimara con una jeringa.
-Usted dice que era "gente de afuera" la que se ocupaba de los operativos de exterminio. ¿A quiénes se refiere? -Era el grupo de eliminación, los que tiraban los cuerpos de los detenidos al mar. Deberían tener un sistema rotativo, porque no eran siempre los mismos. Iban cambiando. Lo mismo que los comandantes de los aviones; ellos andaban de uniforme porque en ningún momento abandonaban la cabina. Sólo piloteaban el avión y lo que pasaba en la pista o atrás, en el sector de transporte, no les interesaba. Los del grupo de exterminio andaban de verde, vestidos con equipo de fajina, pero sin ningún tipo de insignias a la vista. Parece que en esos casos estaba prohibido usar jinetas. Decían que a los guerrilleros les tiraban a los cuadros y no a los soldados, entonces no se usaba nada que indicara la jerarquía.
-¿Alguien más participaba en la ejecución de los vuelos? -Dos o tres curiosos que el grupo de exterminio siempre se traía con ellos. Gente que no hacía ni decía nada. Se quedaban como apartados y mirando, lo miraban todo a la distancia. Estos eran los últimos en subirse al avión y no se perdían detalle del vuelo. Siempre había gente de paso, que venía a mirar.
-¿Qué hacía usted después de la partida de cada vuelo? -Me quedaba observando el despegue; yo sabía el destino que les esperaba a los pobres tipos que había acomodado ahí adentro. Mientras miraba como el avión se perdía, me decían una y otra vez: "No pienses en nada, ellos se lo buscaron. A vos, ¿qué te importa?" Pero yo igual sentía una gran angustia, sobre todo porque cada viaje significaba para mí un regreso, una nueva limpieza a la vuelta.
-¿A qué se refiere? -...
Ibañez pide una tregua, que se apague el grabador. "No sé si debo...", dice, y se cubre el rostro con ambas manos. Enseguida recupera la compostura. Aunque tiene los ojos llenos de lágrimas, su debilidad fue apenas un gesto. "No sé cómo contarte esto... es algo tremendo. Tremenda la misión que me dieron", argumenta. Un instante de silencio y después se acaba la pausa previa. Una mera apelación cargada de dramatismo escénico antes de avanzar en la narración.
El problema de la sangre cuando se seca
-¿Cuál era su misión, Ibañez? -Mi tarea era, cada vez que partía un vuelo, pasar por el campo, llenar con agua del bebedero los cilindros que se usaban para traer la ración de alimentos y cargarlos en el jeep junto con una botella de detergente y un cepillo. Volver a la pista y esperar a que los pilotos, después del aterrizaje que los traía de vuelta, acomodaran el avión en un sector medio escondido de la pista antes de irse a dormir. Yo tenía que arrimar el vehículo y con un trapo mojado en el agua con detergente de los tachos, ponerme a lavar todo el avión para que no quedara ninguna señal de nada.
-¿Qué señales no debían quedar? -No sé qué efecto les produciría la droga que les inyectaban a los prisioneros. Yo creo que los reventaba. Se ve que durante el vuelo, por efecto de esa inyección que para mí ya los dejaba medio muertos, los pobrecitos condenados se hacían encima. En el interior del avión te encontrabas con sangre, vómitos, orina y materia fecal por todas partes. Yo tenía que limpiar esos restos tanto por dentro como por fuera. Y ahí venía lo peor.
-¿Qué era lo peor? -La panza del avión era lo que más me costaba lavar. Después de cada vuelo traía una mezcla de cuero cabelludo, sangre y vísceras pegadas al fuselaje. Se ve que al arrojar los cuerpos -pienso que por efecto del viento y ese vacío que hacen los motores para poder volar-, los cuerpos chicotearían contra la panza salpicándola con sangre y otras partes humanas. No lo sé, pero me acuerdo que era durísimo sacar la sangre pegada en el fuselaje. Es que se endurece tanto la sangre cuando se seca...
-¿Los aviones siempre regresaban en esas condiciones? -Los Twin-otter peor. Esos aparatos tienen un fierro en la panza para evitar que la cola toque el suelo cuando despegan. Se ve que algunos de los cuerpos arrojados al vacío golpearían contra ese fierro que llegaba enchastrado con todo lo que te puedas imaginar. Eso tenía que hacer. -En el testimonio de un arrepentido se menciona a cierto cuchillero que integraba el grupo de los vuelos. Dijo que se abrían los cuerpos... -(Interrumpe) No me gusta hablar de esto. No lo hubiera hecho antes de relacionar ciertas cosas que me tocó vivir. Pero ese Napoleón tiró unos datos, dijo que se practicaban incisiones con cuchillos en los cuerpos de los prisioneros cuando ya estaban cargados en los aviones. Que les hacían un corte en la mano y otro en el estómago para producir una hemorragia. Eso es lo que contó él. Entonces yo me acordé de la noche en la que vi bajar del avión a uno de los nuestros con un cuchillo sostenido con los dientes, con toda la boca roja, la hoja toda ensangrentada. Pensé que estaba lastimado, después me dí cuenta de que no.
-Hablemos de ese hombre. -Pertenecía al grupo de los eliminadores. Ese día estaba completamente borracho. Los de ese grupo siempre traían mucho whisky, supongo que tomaban para tener más coraje. Se trataba de un suboficial que hablaba medio en guaraní y medio en castellano. No sé si inculto es lo mismo que ignorante, por las dudas, te digo que era inculto e ignorante. Del cuerpo de Caballería, correntino o misionero, nunca lo supe. Lo ví en dos o tres vuelos más.
-¿Habló con él? ¿Qué le contó? -Me contó que abrían el estómago de los prisioneros con un cuchillo de monte para evitar que los cadáveres flotaran en el mar. Que de esa manera se hundían más rápido y que, creo que por el olor de la sangre, atraían a los tiburones. Según parece, como se habían encontrado algunos cadáveres en la playas de la costa Atlántica y en otras del Uruguay, los vuelos fueron enviados mucho más al sur y se buscó la manera de evitar que los cuerpos fueran arrastrados hasta las costas por la corriente... No quiero hablar más sobre esto, te pido un poco de tiempo.
-Sólo una más. Por lo que usted dice, el estado en que recibía los aviones confirmaría que los cuerpos eran mutilados antes de ser arrojados al mar. -Así era. Los del grupo de eliminación rotaban permanentemente. Parece que todos tenían, en algún momento, que hacer el trabajo sucio. Todos debían estar con las manos igualmente manchadas de sangre. Se trataba de un pelotón de tres o cuatro hombres encargados de abrir los cuerpos de los detenidos durante el viaje hasta el punto elegido para arrojarlos al mar. El del cuchillo era el más constante, se ve que instruía a los demás. Ibañez pide una nueva pausa. La voz se le quiebra cuando dice: "Me imagino lo que estarás pensando de mí, que soy una especie de monstruo". Como quien no quiere la cosa gira un poco la cabeza y levanta el brazo izquierdo justo a tiempo para atajar con el pulgar y el índice un par de lágrimas que se le escapan de los ojos. "Ahora el Ejército dice que soy un psicópata y me da de baja. ¿Podría yo ser un psicópata?"
-¿Alguien lo ayudaba a limpiar los aviones? -Nadie. Me dejaban solo durante las tres o cuatro horas que tardaba en hacerlo. Terrorífico. Cada vuelo que volvía traía sangre, excrementos y otras partes de los que se fueron. Yo pensaba y pensaba mientras que con un trapo y sin guantes fregaba el fuselaje. Para ablandar la sangre sacaba nafta abriendo una válvula que estaba en la panza del avión. La nafta de avión es muy buena para aflojar la sangre. Cada tanto escurría el trapo con toda esa suciedad en el agua con detergente que tenía en los tachos, que se iban llenando de sangre. Esa noche, en los mismos tachos, llevé desde la cocina hasta el campo la comida de los prisioneros, la que también comíamos nosotros.
Capítulo XV. La Patria es un botín absurdo. CAMPO SANTO - Parte II (Diálogo con el ex sargento Víctor Ibañez)
-¿Era frecuente que los Grupos de Tareas saquearan las casas de los detenidos? -Desde el principio. Por ejemplo, con parte de los que se "secuestró", vamos a decir las alacenas, las heladeras, la vajilla y las cacerolas, se hizo un comedor en el campo. Una gran cocina, una gran sala de estar en el quincho y en el edificio grande donde yo estaba.
-¿Se llevaban hasta las pequeñas cosas domésticas? -Todo lo que estaba a mano, cualquier cosa.
-¿Quiénes estaban en condiciones de saquear y adónde iban a para las cosas robadas o, como usted dice, "secuestradas"? -Todo se lo quedaban lo interrogadores, o los de la patota. Cuando se repartía el botín, no eran como los indios, porque dicen que los indios eran justos para el reparto. Acá no. Ellos se apropiaban de las armas, la plata. Se agarraban esto, se agarraban lo otro y aquello. Un día nos llamó un oficial del arma de ingenieros, no llegaba a mayor, un capitán. "Eh, muchachos, vengan". Traía una bolsita y nos dijo: "Esto es para nosotros, lo recuperé yo. No puede ser que siempre se agarren todo ellos". Entonces nos juntamos alrededor de él. Pensábamos que sería plata, oro. En una bolsa tan chiquita, ¿qué otra cosa podía ser? La dio vuelta, y dejó caer todos los relojes que le había sacado a la gente, relojes viejos. Sacudió la bolsita y los tiró al pie de un árbol. "Miren, miren. Tomá vos, tomá vos; hay uno para cada uno". Eso era lo que nos daban a nosotros. ¡Qué lástima que no guardé ninguno! Tendría que haberme guardado alguno.
-¿Usted nunca participó de un saqueo? -Nunca. A mí sí me llevaban cuando, por ejemplo, había que "hacer" (1) un auto. Los del Grupo de Tareas te decían que hacían falta tantos autos para un operativo. Además, había que elegirlos a su gusto. Te decían: "Yo quiero un Peugeot 504 -que en esa época estaban de onda-, de tal color". Así que había que ir a un garage, charlar con el sereno, chamuyarlo. Hacerle un verso para que nos mostrara los autos: "... que es de un cliente", "...que lo tiene en venta". "¿Cómo, no le avisó?" "¿Y este otro? ¿El dueño no lo querrá vender?" "¿Usted lo conoce? ¿Qué tal está, valdrá la pena?" Cualquier cosa, y salíamos con los autos. Todos eran para ellos y para nosotros nada. Después, Pantera (2) se afanó uno por su cuenta y lo chocó. Estuvo como dos meses internado. Pobre Pantera, ahora está medio loco.
-¿Se robaban autos así nomás, sin apoyo operativo? -No siempre. Se pedía la zona libre a la policía, ya sea para un secuestro como para robar un auto en la calle o de un garage. Se hacía por cuestiones técnicas, porque como se operaba disfrazado, de civil, muchas veces se terminaban enfrentando entre las mismas fuerzas, fuerza contra fuerza. Entonces se avisaba que tal día, a tal hora, tal lugar era zona de operaciones y no debía circular por ahí ningún móvil policial.
-Y si alguien llamaba a la policía, ¿qué pasaba? -No iba, no se daban por enterados. La ciudadanía estaba totalmente desprotegida.
-Absoluta impunidad... -Yo me creía que era todopoderoso, porque con las cosas que uno hacía... Ir a una comisaría y pedir zona libre para robar un auto y que te la dieran. Eso te hacía sentir poderoso. La policía no podía hacer nada.
-¿Eran habituales los robos de autos? -No. Los fabricantes entregaban gratuitamente autos al Ejército: Peugeot 504, Dodge 1500 y Falcon. Los famosos Falcon eran regalos de la Ford.
-Pero se supone que eran para uso legal. -Claro. Los inscribían, le ponían patente, como corresponde. Todo bien asentado. Después le sacaban la patente o la cambiaban por la de un auto robado y los usaban para los operativos. Se podía hacer cualquier cosa. Más de una vez vi autos oficiales en enfrentamientos.
-¿Por qué había que robar autos si tenían los propios? -No sé, sería para abaratar costos.
-¿Qué pasaba después con esos autos? -Iban a parar a los grandes desarmaderos que tenían los gitanos en la ruta 8, como iban ahí también los coches que se traían como botín de los operativos. Había tantos autos. Ponían desarmaderos, venta de autos, hasta venta de armas. Una sola vez me regalaron una pistola; era una 22, que después vendí porque necesitaba guita. Fue cuando se hizo el allanamiento al ministerio de Bienestar Social, yo estuve.
-¿Buscaban las armas de la Triple A? -Y las encontramos. De los sótanos del ministerio sacamos más o menos 1500 pistolas 9mm, las que había comprado López Rega (3), nuevas. También cargamos, entre otras cosas, las famosas ametralladoras Ingran, un fierrito hermoso, con silenciador. El general Santiago Riveros se quedó con una de ellas, y la llevaba permanentemente en el bolsillo. Era un déspota, un sinvergüenza.
-Ibañez, usted mencionó que ciertas operaciones se hacían para obtener dinero. ¿Recuerda alguna de ellas? -Recuerdo a un empresario importante de la zona de Tigre. Se ve que tenía una distribuidora grande, sería de frutas, madera, no sé. Era un gran distribuidor, con mucha plata. Todo esto que te cuento es "oreja radar", por lo que se escuchaba que estos tipos hablaban. A mí no me decían nada, yo para ellos era una especie de sirviente. Bueno, se ve que a este hombre le inventaron alguna cosa, o lo habrán amenazado, porque había chequeras de él y de varios más que los de Inteligencia se pasaban entre ellos.
-¿Se pasó del secuestro político al extorsivo? -Cuando se terminó con la subversión ya no importaba más si el secuestrado era cura, montonero, del ERP, empresario o militar. Se trataba de afanar, prenderse a los botines. ¡Cuánta gente salió parada de ahí, cuántos se hicieron millonarios!
-Me preguntaron por una pareja de gente mayor, de unos 55 años, que pasó por el campo. -No eran tan viejitos; había gente de más edad, hasta de 70 años calculo yo, aunque eran los menos.
-¿Tenían alguna vinculación con la guerrilla? -Seguramente tendrían alguna vinculación. -Este matrimonio era de Caballito. Una patota fue a buscar a su hija y como no la encontraron se los llevaron a ellos.
-¿Se los llevaron a los dos y no aparecieron más? -No aparecieron más.
-¿Ellos sabían en qué andaba su hija? -No lo sé. -Mucha gente se perdió así, sin tener nada que ver. -Esta familia tenía una tintorería. A los dos días del secuestro llegaron unas personas que cargaron todas las instalaciones del negocio en un camión y se las llevaron.
-Se llevaron toda la tintorería... ¿era un camión verde? -No sé, pero los secuestradores vestían uniforme verde, del Ejército. -No recuerdo ese episodio. -También se hicieron firmar autorizaciones de extracción bancaria y se llevaron todo el dinero que tenían en el banco. -Les intervinieron la cuenta del banco. -Después se llevaron los dos autos de la familia y todo lo que tenían adentro de su casa.
-¿Qué autos eran? -Un Dodge 1500 y otro cuya marca desconozco. Al hombre también lo obligaron a firmar unos cheques. -Es lo que yo te contaba. Había oficiales que obligaban a los prisioneros que tenían auto a firmar el formulario de transferencia para quedarse legalmente con esos coches. Yo conocí a un tipo, al que después le dieron de baja, que en ese tiempo era teniente primero de ingenieros. Se hizo firmar la transferencia del auto de un detenido para quedárselo él. Creo que era un Renault 12 break de color verde metalizado. Eso lo sé. Con respecto a la tintorería, yo no me acuerdo... Pero hubiera habido ropa para todos. El botín menor era repartido. -Se llevaron las máquinas. -Seguramente. Esos tipos eran una verdadera banda de piratas. Era un descontrol total. Nadie podía para todo eso. Ni el presidente, hasta al mismo Videla se le escapó de las manos.
-¿Se llevaba algún control del dinero secuestrado a las organizaciones guerrilleras? -Cuando cayó detenida la "Negra" (4), yo estaba de turno y la vi entrar. Estaba vestida con un jean y una camisa arremangada. Tenía el físico de un hombre; yo pensé que era un hombre. Y en el jean, que se usaba con una botamanga gruesa, tenía escondidos cuatro millones de pesos de esa época. ¿Te acordás? Esos billetes grandes, colorados como un tomate. De esos tenía cualquier cantidad. Creo que eran como cuarenta mil dólares, ¿puede ser? De esa plata nunca más se supo. Se la quedaron los interrogadores, como todo lo demás. La plata grande la manejaban Riveros y Verplaetsen. -Al final, lo importante era la plata. -Entre los Grupos de Tareas se robaban los blancos, para llegar antes que los otros al botín.
(1) "Hacer" significaba robar.
(2) Pantera era el apodo de un suboficial del Ejército que integró la dotación de personal militar asignado al centro de detención clandestino de Campo de Mayo.
(3) José López Rega, ex secretario privado de Juan Domingo Perón, asumió en 1973 como ministro de Bienestar Social. Fue uno de los fundadores e ideólogos de la organización ultraderechista conocida como Triple A, que tenía su base de operaciones en el subsuelo del ministerio que estaba a su cargo.
"Te cuento lo que yo escuché por boca de los mismos que participaron en ese operativo. Parece que la cosa empezó cuando una vecina se encontró con que cerca de su casa, en el cruce de las avenidas Constituyentes y General Paz, gente de la Escuela de Mecánica de la Armada estaba haciendo un control de vehículos. Esta señora, una chusma de barrio, tipo la 'Tota', se acercó cargando la bolsa de las compras hasta dónde estaban los efectivos y les dijo que en su edificio, en Villa Martelli, todos los días se reunía gente rara.
"Liliana Delfino, que era la mujer de Santucho, abrió confiada la puerta como si estuviera esperando la llegada de algún conocido. Apenas vio a los de la patota se dio cuenta de cómo venía la mano y se puso a gritar: '¡Los milicos!, ¡Son los milicos!' Le pegó un empujón a la puerta como para volver a cerrarla. Pero Leonetti ya había puesto un pie adentro, y la hoja rebotó en el borceguí que tenía apoyado en el marco de la entrada. El portero se escabulló buscando refugio en el codo de la escalera, en el interior del departamento las mujeres gritaban que había que llevar a los niños a la bañadera, mientras que los hombres no atinaron a tomar sus armas. La patota aprovechó el factor sorpresa para ingresar en la casa y reducirlos a todos.
"Según comentaron en 'El Campito' los que estaban en los grupos de tareas, a Santucho no le gustaba llevar armas. Era un especialista del pensamiento, de la concentración; por eso se había entrenado en las artes marciales.
"Ese día en el departamento de Villa Martelli parece que no lo reconocieron; él se había cambiado el aspecto. Lo acomodaron junto a los demás, con las manos apoyadas en la pared y abiertos de piernas, para palparlos de armas. Leonetti se puso la pistola en la cintura para revisar a los guerrilleros. Santucho esperó a que llegara hasta él y cuando Leonetti estaba a punto de revisarlo se dio vuelta, con una toma rápida lo agarró del cuello, le sacó la pistola y le disparó al cuerpo. Los de la patota, apenas escucharon el primer tiro, empezaron a ametrallarlos a todos. Algunos se tiraron al piso, otro se tiró por la ventana y cayó en una especie de terraza que había en el segundo piso; lo agarraron con las piernas quebradas.
Duro de matar
"Ese día yo estaba de guardia en la radio. Llegaron los autos y vi como de uno de ellos bajaban a tres prisioneros. Después me pidieron ayuda para cargar al que venía en otro de los autos, que estaba herido. Lo llevamos hasta el comedor de la tropa, donde comíamos nosotros. Lo acostamos en una de esas mesas largas de fórmica blanca. Un brazo le quedó colgando, lo tenía como quebrado por una bala. Todavía respiraba.
"Por la radio le pidieron al Hospital de Campo de Mayo que enviaran con urgencia a un médico. Mientras tanto el Gordo Dos, que era el jefe de los interrogadores, con esa pronunciación que cortaba las palabras, como si fuera un intelectual, con tono de locutor, le recitaba a Santucho -sin saber que era él- lo mismo lo que le decía a cada prisionero que llegaba al campo: "Acá perdiste, con que me digas el cien por cien de lo que sabés no me voy a conformar, quiero el ciento diez por ciento de lo que tenés para decir..." Y seguía con el verso del hambre, la tortura, el terror que tenía por delante mientras estuviera prisionero en ese lugar; lo que era verdad.
"Después llegó el médico. Era un tipo grandote, de bigotes y que fumaba en pipa. Ya tenía sus buenos años, creo que era teniente coronel. El Gordo Dos y los otros del grupo de inteligencia que se habían juntado en el comedor le dijeron que necesitaban salvar al herido para poder interrogarlo, que hiciera algo para que no se muriera. Pero él parecía mantenerse ajeno a todo. Chupaba la pipa junto a la ventana mientras miraba como bajaban a los que llegaron muertos del operativo. Chupaba la pipa como si estuviera ido, como si quisiera mantenerse ajeno a todo lo que estaba pasando en ese momento. 'Doctor -le dijo el Gordo Uno-necesitamos que se presente ante el herido'. El tipo giró apenas la cabeza y lo miró a Santucho, que tenía los ojos como dados vuela y apenas respiraba. 'Hay que llevarlo a cirugía', es todo lo que dijo.
"A mí me mandaron a buscar la ambulancia. Cuando llegué al hospital de Campo de Mayo la única que estaba disponible era una Ford nuevita, cero kilómetro. Una donación al Ejército que había hecho no sé quién, y que estrenó Santucho. La llevé a los pedos hasta El Campito donde lo cargamos en una camilla flamante; y volví a los pedos hasta el hospital. "Cuando llegamos me llamó la atención el movimiento de coches y la cantidad de custodios de oficiales que se iban juntando en la puerta del hospital, que no había notado cuando fui a buscar la ambulancia. Se ve que en el ínterin, por los papeles que encontraron en el departamento de Villa Martelli, o por lo que pudieron deducir al identificar a los detenidos en ese operativo, cayeron en la cuenta de que el hombre que yo llevé en la ambulancia y que murió apenas ingresó en el hospital era Santucho, nada menos.
"Yo me quedé al volante de la ambulancia unos quince minutos, esperando a que me dijeran que debía hacer. Mientras tanto el desfile de coroneles que llegaban para comprobar la muerte del jefe del ERP era incesante. 'Parece que es Santucho nomás', decían. 'Lo necesitábamos vivo, ¡qué cagada que esté muerto!', se lamentaban al salir del hospital.
"Cuando el 'pelotón mudanza', que se ocupaba de los botines saqueando las casas de los secuestrados, trajo todo lo que había en el departamento de Villa Martelli, yo me quedé con una copa que había sido de Santucho. Tenía un agujerito que no se podía ver a simple vista, y cuando tomabas algo el líquido pasaba por ese agujerito y te caía todo encima Se ve que al hombre le gustaban los chascos, hacerle bromas a los amigos; medio Don Fulgencio. A esa copa la conservé hasta hace poco, después la tiré.
El museo de la derrota
"En ese operativo, además de Santucho, también murió otro importante jefe del ERP, Benito Urteaga. Y se detuvo a Domingo Menna; a la mujer de Santucho que se llamaba Liliana Delfino, pero que era conocida como 'la alemana'; y a varios más de la cúpula guerrillera.
"A Menna lo torturaron durante meses, y nunca dijo nada. Cómo se la bancó ese hombre yo no lo sé. Lo dejaban con la picana automática mientras los interrogadores se iban a comer, y no una vez, días y días. Al final los del GT terminaron por tenerle respeto. Igual con tiempo lo 'trasladaron' como a todos los demás.
"Cuando Bussi se hizo cargo del Comando ordenó construir en un sector de Campo de Mayo un museo de la subversión. A Bussi le gustaban los museos. Ya había organizado uno en el Primer Cuerpo de Ejército, y otro en Tucumán. Ahí metía libros, panfletos, objetos y armas incautadas a los guerrilleros. También armaba como escenas que mostraban la actividad guerrillera personificadas con maniquíes, vestidos según cada caso.
"Pero en el museo de Campo de Mayo, en vez de un maniquí de Santucho, Bussi puso su verdadero cuerpo en exposición. No sé cómo habrán hecho para conservarlo durante dos años, ni dónde lo mantuvieron escondido todo ese tiempo. Pero lo cierto es que a Santucho lo usaron como maniquí de Santucho. Y Bussi estaba satisfecho, a él le gustaba hacer como que todo lo que hacía era perfecto. Armaron el museo en un lugar chiquito, aprovechando lo que antes había sido la casa del intendente de la guarnición de Campo de Mayo. Y todos los días había un desfile militar que terminaba en la puerta del museo en el que estaba el cuerpo de Santucho, justo donde Bussi había ordenado construir un terraplén en el que él se instalaba para que cada mañana los efectivos le rindan honores.
"Dentro del museo, en un subsuelo, Bussi hizo reproducir una cárcel del pueblo, como las que tenía la guerrilla. El día de la inauguración, Bussi se ocupó personalmente de acomodar en el sótano que estaba oculto por una losa, que se abría mediante un sistema mecánico, todos los objetos que se encontraron en el departamento en le que vivió Santucho. Ropa, cartas, documentación trucha, pelucas y bigotes postizos; y los pasajes de avión que se encontraron en su poder, con los que pensaba salir del país al día siguiente al de su captura. También bajó una silla y sobre ella acomodó el cuerpo de Santucho, vestido con la misma ropa que tenía puesta el día en que lo hirieron de muerte, manchada de sangre; tal como llegó al El Campito.
"En la inauguración del museo no faltó ningún coronel, ningún obsecuente de los jefes del Comando. Todos querían desfilar ante el cadáver de Santucho. Me contaron que algunos oficiales llegaron a cuadrarse frente a él y gritaron: ¡Viva la Patria!
"No sé que hicieron después con los restos de Santucho. Habría que preguntarle al jefe del Estado Mayor. Martín Balza fue quien se ocupó de demoler las instalaciones que con tanto orgullo había construido el general Bussi. Así que él debe saber cuál fue el destino final de su cuerpo."
(1) Mario Roberto Santucho, jefe de PRT-ERP.
(2) Capitán de Ingenieros Juan Carlos Leonetti, integrante de la Zona IV de seguridad y jefe del grupo de tareas que tenía asignado capturar a Mario Roberto Santucho.
(3) FAL: Fusíl de Asalto Liviano, calibre 7,65 mm.
(4) En la calle Venezuela 3149, 4° piso 'B', Villa Martelli. En Seoane, María: Todo o Nada, Ed. Planeta, Buenos Aires, 1992.
(5) Diversas versiones coinciden en una misma conclusión: el capitán Leonetti no sabía que en esa casa se ocultaba Santucho, y que ese día - el 19 de julio de 1976, a las 14.30- estaría reunido con otro de los más importantes dirigentes nacionales del ERP, Benito Urteaga. De otra manera no se entiende por qué llegó acompañado por una dotación de sólo tres hombres para llevar a cabo el operativo, ni la imprudencia con la que se manejó el jefe del grupo quien ingenuamente golpeó la puerta del departamento en el que estaba alojado el jefe guerrillero. Sin lugar a dudas, de haberse sabido de antemano la importancia del objetivo, la cúpula militar no habría dejado en manos de un oficial subalterno la gloria que para ellos representaba estar entre los protagonistas de la captura del mítico comandante del ERP.
Capítulo XVIII. Los inocentes. CAMPO SANTO - Parte II (Diálogo con el ex sargento Víctor Ibañez)
-Usted suele mencionar a ciertos prisioneros como "los inocentes". ¿A quiénes se refiere? -Presencié interrogatorios a personas a las que no les pudieron sacar el menor dato. Yo he visto morir a un hombre en la "parrilla" sin decir nada, y te aseguro que no hay manera de aguantar el dolor físico de la tortura. Si no dijeron nada es porque nada sabían. Esto pasaba todo el tiempo; se mataba sin necesidad y fue el motivo por el que muchos de nosotros terminamos con problemas psiquiátricos.
-¿Recuerda a alguno de ellos en especial? -Cada dos días, mientras esperaba en la guardia al jeep que me llevaba hasta el campo, veía a los familiares de los desaparecidos discutiendo con el jefe de servicio. Me acuerdo de una señora que preguntaba por un tal Rey, ese era el apellido del muchacho. Pedía por favor, que era su hijo, que no había hecho nada. "Dígame si lo mataron", gritaba la mujer. Antes de que llegara el jeep escuché cómo esa señora se quebraba: "Si lo mataron le hago una misa, pero, por favor, dígame qué hicieron con él".
Cuando llegué al campo ese día lo encontré ahí a ese chico Rey. "¿Cuándo lo tomaron?", le pregunté al jefe de guardia. "Hace dos noches. Lo sacaron del trabajo o de la casa, no me acuerdo". Yo lo pregunté después de tomar servicio, cuando vi a ese tal Rey en la lista de los detenidos que habían ingresado durante las dos noches que yo había estado franco. Si mal no recuerdo era maestro primario. No sé si lo sacaron de la calle o de la escuela, dónde lo levantaron no sé. Me acuerdo que era un muchachito delgadito, muy delgadito. Una mañana, cuando le daba de comer a los detenidos, me paré al lado de él y le pregunté cómo se llamaba. Me dijo: "Rey". "¿Por qué estás acá?". "Por averigüación de antecedentes", me dijo el pobrecito. Eso fue a fines del 76 o principios del 77.
-¿Llegó a conocerlo bien? -Fugazmente. Al principio trataba de ser distante con los prisioneros, hasta el día que trajeron una guitarra en una de esas confiscaciones que te mencioné. Las guitarras eran mi debilidad. Cuando estaba solo en la guardia del pabellón, les aflojaba esa soga que se les ponía en las manos y desataba al guitarrero. Siempre había uno que sabía tocar la viola. Me exponía a un castigo jodido, era un inconsciente. Pero en esas noches cantaban, contaban cuentos, se reían; era una especie de recreación.
-Durante esas noches, ¿los detenidos le preguntaban sobre su situación, qué ocurriría con ellos? -Me preguntaban si sus parientes habían sido avisados de dónde estaban ellos. Yo les contestaba que eso no lo sabía. Que no tenía acceso a cierta información, que no podía hacer más de lo que hacía. Yo era un ser impotente, muy impotente. Yo era consciente de que lo que estaba haciendo no era bueno ante los ojos de Dios.
-¿Cuánto tiempo permaneció Rey en el campo? -No me acuerdo. Parece que el tipo no tenía nada que ver con nada. No sé por qué lo llevaron; le habría prestado el auto a alguno que estaba en la joda. No te olvides de que en los interrogatorios, con tal de que pararan la tortura, muchos decían cualquier cosa. A lo mejor a él lo mencionó un amigo, uno que nunca le dijo en qué actividades andaba. Era terrible. Decían cualquier cosa. Muchas veces daban el nombre de cualquiera para que sus compañeros tuvieran tiempo de fugarse. Pensaban que como el que nombraban era inocente no le iba a pasar nada.
-¿Y era así? -Condenaban a muerte a otros, aunque posiblemente sin saberlo. Así es como se fueron muchos inocentes. Pero aunque hayan sido culpables, tampoco era la forma de eliminarlos. Hay una cosa que dice José Hernández en el Martín Fierro: "Esa no es forma de proceder con un culpable, ni con un inocente. Y si es culpable, menos".
-De esta manera se formaban cadenas de personas sin vínculo alguno con la guerrilla. -Sí, como en el caso del matrimonio Kennedy. Al hombre lo deben haber agarrado en su oficina, porque llegó de traje y corbata y con maletín. No sé por qué los trajeron, como yo no era interrogador no me enteraba de esas cosas. Pero se trataba de un matrimonio muy cristiano, del culto católico. Traté de que estuvieran lo mejor posible.
-¿Alguna vez se comunicó con los familiares de los prisioneros para ponerlos al tanto de su situación? -No, nunca.
-No, que algunos de los celadores llamaban a los familiares de los prisioneros para decirles que estaban bien y que hicieran algo para sacarlos. -Yo nunca lo hice, pero sé de otros que sí lo hacían. De hecho debe ser así porque hay un señor de apellido Erlich que me llama desde Los Angeles, cada diez días. A él lo llamaron y le dijeron: "Su hermana está en Campo de Mayo. Haga algo rápido".
-¿Usted nunca hizo un llamado? -No. Me deben confundir con otro. No te olvides que los prisioneros estaban tabicados.
Los Barciocco
-¿A quién más recuerda? -A la familia Barciocco. Los trajeron de El Palomar. Parece que el hijo menor del matrimonio militaba en una formación de perejiles de izquierda. Trajeron al matrimonio y a los dos hijos. Con ellos se siguieron los métodos de rigor: tabicarlos, es decir, encapucharlos, y dividirlos por pabellones, donde eran encadenados.
-¿Habló con ellos? -Yo conversaba mucho con la señora Barciocco. Siempre hablaba con ella y con el señor. Los tenían en pabellones distintos. Cuando no me veían, yo llevaba al hombre a ver a su señora. Ella tenía dificultad para hablar. Reemplazaba la erre por la jota. Era una mujer muy preparada, sabía muchas cosas. Estaba preocupada porque en la casa había quedado el gato y un Renault 4L flamante estacionado en la vereda. Estaba encapuchada, atada, tirada en una colchoneta roñosa y lo único que le importaba era su casa y saber cómo estaban el marido y los hijos.
-¿Usted les corría la capucha? -Una vez les saqué la capucha. Fue en un Día del Padre, cuando junté a toda la familia. Me jugué por completo: traje a los chicos y salimos afuera, como quien va al baño. (Llora). Cuando se encontraron se abrazaron todos juntos, se besaban y acariciaban. ¡El hombre me besó los pies! Te lo juro. "¡No, señor, no haga eso, no me humille ante Dios! Yo no soy nadie, soy una pobre basura que no puede hacer más que esto". (Llora). Yo hablaba mucho con la señora, iba y hablaba con ella. Era muy familiar, me contaba del chico que iba a la facultad, del que estaba haciendo la preparatoria. Yo antes volaba alto, cosa de pendejo, mi sueño también era algún día entrar a la facultad. Entonces le preguntaba cómo había que hacer y ella me explicaba todos los pasos del ingreso. Me trataba de vos, como si yo fuera un chico más. Hasta último momento estuvo preocupada por su casa. "Allá quedó un gatito", me decía.
-¿Qué pasó con ellos? -...Volaron
-¿Estuvo presente el día que se llevaron a la señora de Barciocco? -Sí. Fue una mañana en la que se "cargaron" a un montón de gente.
-¿Pudo hablar con ella antes de que se la llevaran? -...
-¿Por qué fue secuestrada la familia Barciocco? -Ellos eran totalmente inocentes. Ella, el esposo y el hijo también. Un chico que andaba en la Juventud Guevarista, creo.
-¿Por eso los mataron a todos? -Sorprendieron a la familia reunida para la cena y se los trajeron a todos por las dudas; así llegaron al campo.
-¿Los embarcaron en el mismo vuelo? -Los llevaron a todos juntos. Yo estaba presente cuando se fueron.
-¿Usted se encargó de trasladarlos a la pista desde los pabellones? -No. En ese entonces yo ya no estaba a cargo de los prisioneros; me ocupaba de la radio. Había un soldado conductor que también cuidaba los perros.
-¿Vio cuando se los llevaban? -Me quedé con la radio, los vi subir al camión y vi cómo se alejaban rumbo a la base, por el costadito del campo. Reconocí a cada uno de ellos pese a la capucha.
-¿Se despidió de ellos? -No me despedí.
-¿Por qué? -Me despedí interiormente. No, no se puede. ¿Cómo me voy a despedir?
-¿No cree que debió advertirles sobre su destino, para que pudieran prepararse? Usted se dice cristiano. -Yo hablaba de eso. Tocaba los temas de Dios. Los domingos, cuando me tocaba franco, iba a misa en San Miguel, pero no entraba en la iglesia. Me quedaba sentado en uno de los bancos de la plaza de enfrente. Me quedaba sentado llorando. (Llora).
Capítulo XIX. Fuera de control. CAMPO SANTO - Parte II (Del testimonio del ex sargento Víctor Ibañez)
Interrogadores furtivos "Por las noches, mientras cubría mi turno, cerca de la madrugada, se aparecían grupos de interrogadores furtivos que, sin mostrar ningún permiso escrito, llegaban hasta el interior del campo y disponían lo que se debía hacer a su antojo. Al día siguiente, cuando los Grupos de Tareas de Inteligencia se enteraban de la incursión se ponían furiosos y armaban unos quilombos bárbaros, porque sabían que venían a robarles información.
"Esa gente llegaba a la medianoche, cuando los interrogadores ya no estaban. Se presentaban en la guardia como personal en operaciones del Ejército y entraban al campo con la autorización del oficial de servicio, al que presionaban a los gritos, de otra manera no podían llegar hasta la puerta de los pabellones. Pedían tres o cuatro prisioneros, por su nombre y organización. Se los dábamos y ellos los interrogaban ahí mismo, en el patio. Una vez que obtenían los datos que buscaban desaparecían como habían llegado.
"Al otro día se armaban unos despelotes tremendos. Cagaban a pedos a todo el mundo porque el acceso de interrogadores de afuera estaba absolutamente prohibido, salvo que tuvieran la autorización del coronel Verplaetsen o del general Riveros. Los tipos venían a juntar datos para ellos. Llegaba un coronel, lo apuraba al teniente de turno y le decía: "Quiero a este detenido". Al pobre oficialito no le quedaba más remedio que cuadrarse y hacer lo que le ordenaban.
"Los furtivos buscaban información que podían llegar a tener ciertos detenidos del campo sobre determinado tema, para anticiparse a los otros interrogadores y ganarles de mano en 'hacer' los blancos. Había mucho celo entre ellos, mucha competencia. Al principio se trataba de información sobre los jefes y bases de la guerrilla, después lo único que les interesaba era la plata, donde estaba la guita de los subversivos.
"Nunca se trabajó en conjunto, ni entre las distintas armas ni aún dentro de la propia fuerza. 'Hacer' un blanco antes que los otros significaba sumar mérito ante los jefes y llevarse el botín. Los que llegaban durante las madrugadas al campo Comando de Institutos podía ser gente del Primer Cuerpo de Ejército, de Rosario, de Córdoba. Esto pasaba vuelta a vuelta.
"A veces los interrogadores de 'El Campito' detectaban un blanco y cuando llegaban se encontraban con que ya estaba 'hecho', que ya lo habían levantado estos interrogadores furtivos. Entre ellos se tenían mucha bronca. No vayas a invadir una zona ajena. A mí una vez me metieron preso los de la Escuela de Mecánica de la Armada porque creyeron que estaba operando en su territorio.
"Resulta que yo iba por la General Paz y llegué hasta un control de rutas a cargo de la Marina, porque esa era su jurisdicción. Les digo que yo era de Inteligencia en Campo de Mayo. Los tipos pensaron que estaba haciendo espionaje, que los estaba controlando y tratando de sacar datos para levantar un blanco de ellos. Me desarmaron, me esposaron y me devolvieron así al Comando, detenido.
"En otra oportunidad, una delegación de un Liceo Militar andaba paseando por Campo de Mayo. Todos armados. En esa época, hasta el cadete de 15 años andaba armado, nunca se sabía de dónde podía venir el bombazo. Me acuerdo que llegaron en un micro. La policía militar los tomó detenidos, los desarmó y los incomunicó a todos: cadetes, suboficiales, oficiales. Estaba prohibidísimo circular por la zona cercana al campo; era terrible. Los devolvieron a su destino, desarmados.
"Por eso te digo: ¿qué cosas habría en juego? Eran de la misma fuerza, estaban todos en la misma, el criterio era el mismo. No sé por qué se sufría tanto, por qué tanto celo. Nadie confiaba en nadie. Ya no se sabía si se buscaba el mérito o el botín; yo pienso que era por el botín. Acá se ha delinquido mucho.
"Era un ambiente muy sucio, lo más sucio que podía haber. Ahora, ¿cómo se enteraban de que en el campo estaban ciertos detenidos que podían tener la información que ellos buscaban? No lo sé. Un soplón siempre hay.
Destino de sobremesa
"Había muchas cosas que se definían en una sobremesa prolongada, con abundante alcohol, truco y vino. El alcohol hacía estragos en los Grupos de Tareas, que en ese estado decidían algunos operativos. "Vamos, lo reventamos, dale. Ahora". Y salían en banda. Impulsados por el alcohol, sin razonar. Tenían impunidad total. Así se jugaba con la vida de la gente. Eran operativos que hacían por su cuenta, sin organización, sin nada.
"Las víctimas a veces eran sus propios camaradas. Yo conozco el caso de un suboficial principal. Dijeron que le vendía municiones al enemigo. Pero andá a saber si era cierto. En una de esas lo liquidaron porque alguno se la tenía jurada. Capaz que era un vecino al que alguien de la patota o de los interrogadores le tenía bronca. Ya no eran guerrilleros, no eran comunistas, no eran los Panteras negras. Terribles las cosas que hace el diablo. Por eso yo digo que la situación se les escapó de las manos a los jefes. Perdieron el control.
"Una tarde, ya casi de noche, cuando ya no estaba en los pabellones y me habían asignado la atención de la radio, el teléfono, hacer el parte diario y conducir los vehículos, recibí un extraño llamado telefónico. Del otro lado me dijeron que hablaban desde la Quinta Presidencial de Olivos. Me pasaron con otro que se presentó como el asistente del teniente general Jorge Rafael Videla, que me preguntó por un detenido, un diputado con un apellido muy cortito que, según creo, estuvo en el campo.
"La orden era: 'No, no y no. No sabe, no tiene conocimiento. Desconoce'. Esa era la consigna para responder a cualquiera que no fuera del campo. Por más que fuera del Comandante en Jefe. En el Ejército se responde a la orden del superior inmediato; los demás son de palo. Y como la orden era desconocer todo, yo la cumplí. Se ve que Videla, que además de Comandante en Jefe era el presidente de la Nación, había perdido por completo el control de la cosa.
Impunidad esquiva para un cabo
"La impunidad era tal que una vez intenté operar por mi cuenta. Quería tener un auto, y caí en cana.
"Todos andaban en auto, menos nosotros; entonces, con Pantera, un compañero, decidimos ir a buscarnos uno. Pantera, flor de pibe. Ahora está enfermo, más enfermo que yo. No sabía manejar el Pantera: '¿Para qué querés un auto si no sabés manejar?', le preguntaba yo. 'Y bueno, si lo tengo aprendo', me decía él. Cuando lo tuvo se estrelló.
Nos jugamos a repetir lo mismo que hacíamos con los de la patota, lo mismo que yo hacía cuando me lo pedían. Claro que ellos tenían la ventaja de trabajar en zona libre, con permiso de las jurisdicciones militares y la policía de cada lugar, y eso les facilitaba el trabajo.
"La cosa es que salimos por la nuestra. Nos dijimos: 'Vamos y nos hacemos de un auto'. Y ahí salimos. Buscamos un garage por la zona de Flores, que conocíamos bien. Como de pendejo trabajé en playas de estacionamiento, donde me robaron más de un auto, ya conocía el procedimiento, la picardía de los chorros. Entonces esperé a que el sereno se fuera para el fondo para mandarme a un auto que ya tenía elegido. Las llaves estaban puestas; te das cuenta porque son los autos que llegan últimos y todavía los están moviendo. Corren uno, otro, y así se va haciendo el lugar.
"Cuando el sereno enfiló hacia adentro para acomodar otro auto, dije: 'Vamos que es ahora, Pantera'. Elegimos ese garage porque tenía muchos autos, autos lindos, y un solo sereno. 'Hicimos' el coche sin ningún problema y apenas dimos la vuelta a la esquina, ¿podés creer?, había como cincuenta patrulleros que nos estaban esperando. ¡Uy, Dio!
Nos llevaron presos. Se ve que alguien llamó en forma anónima, algún vecino que nos vio rondar. La cosa es que cuando salimos con el auto afanado del garage, un grupo de la policía ya nos había cerrado el camino por adelante y otro salió atrás nuestro para cortarnos la retirada. Cuando nos encontraron las armas, porque nosotros llevábamos pistolas, casi nos matan.
"Seguramente hicimos mucha bandera. Dábamos vueltas y vueltas esperando el momento oportuno. Ya eran como las dos de la mañana y no nos decidíamos. Recién cuando ví que el sereno se fue para el fondo, me dije: 'Papita para el loro'.
"Pasamos la noche en la comisaría hasta que aclaramos todo. A los canas les dijimos que éramos de Inteligencia del Ejército, del Comando de Institutos. El poli que estaba a cargo llamó y por suerte justo esa noche en el puesto de radio había un amigo nuestro, uno que sabía que habíamos salido de 'travesura'. 'Si llegan a llamar, deciles que sí', le habíamos avisado nosotros el día anterior. Menos mal que atendió él y no un jefe de servicio. Capaz que el jefe les decía 'Háganlos boleta, por pelotudos'. Pero no: 'Sí, afirmativo. Son de acá, personal de Inteligencia en operaciones', les dijo nuestro compañero.
"Después de la confirmación nos estábamos yendo de la comisaría. Estrechamos las manos, nos devolvieron las pistolas. 'Pero el auto no se lo llevan, cualquier cosa nosotros decimos que ustedes se dieron a la fuga y listo', propuso como arreglo el oficial de guardia. Claro, se armó mucho quilombo en el barrio y todos se enteraron de que nos habían agarrado.
"Justo que nos íbamos, en ese mismo momento, entró en la seccional una patrulla del Ejército que en esa época hacía operativos conjuntos con la policía en el control de calles y avenidas. El cabo de la Federal que estaba de guardia en la puerta, para hacerse el simpático, le comentó lo que había pasado al teniente que estaba a cargo. 'A ver, que me presenten a esos dos', ordenó el tipo. Y otra vez adentro. Los tendría que haber matado a esos canas buchones.
"Nos mandó detenidos a la policía militar, en Palermo. Cada uno en un calabozo. El comandante de entoncer era el general Suarez Mason, uno muy bravo. 'A ustedes los mandamos a Bahía Blanca; ya está todo arreglado. El avión los está esperando', nos dijeron. Nosotros imaginábamos lo peor. Yo era cabo y no sabía mucho. El negro era cabo primero y, pobre, estaba más asustado que yo.
"Siempre fui muy sangre fría; de chico siempre me animé a las cosas, hasta me extralimité de chico. Y de grande pasé la rayita de lo posible si no había más remedio. Ahora de viejo no, ya no, me cuido. 'No te calentés, Pantera', le decía al negro. 'Cuando se enteren en el campo que estamos detenidos en Palermo nos vienen a buscar'.
"Pero en el campo ni se enteraron. Como no aparecíamos, habían empezado a trasladarlo, con detenidos y todo. Pensaron que nos había secuestrado la guerrilla, que íbamos a hablar y contarles todo, que iban a atacar el lugar. Se armó un gran quilombo.
"Después, Verplaetsen nos hizo ir a su despacho y nos recagó a pedos. Zafamos porque en esos momentos los jefes estaban medio metidos en quilombos más importantes y jodidos, que sino andá a saber.
"Igual, ¿qué me podían decir, si cuando ellos precisaban un auto para un operativo era yo el que salía a 'hacerlo'? De la misma manera, sin fierros. Si quería lo hacía con fierro, pero por mi propia experiencia, al haber trabajado en los estacionamientos, sabía en qué momento se descuidaba el sereno y cuándo llevarme un coche sin hacer tanto batifondo.
"Justo me agarraron cuando el auto era para mí. Hay que tener mala leche, ¿no? Pero se lo agradezco a Dios, siempre digo que Dios me protegió. Si Dios me hubiera abandonado, yo no estoy más; de esta insignificante vida ya no se hablaría.
Capítulo XXI. La Patria exterminada. CAMPO SANTO - Parte II (Del testimonio del ex sargento Víctor Ibañez)
La noche de la pileta "Fue al poco tiempo de mi llegada al campo. Hasta esa noche, se podría decir que todavía era un 'tiernito'. Después ya no.
"En el campo había una pileta de natación cuadrada; más bien rectangular, con el agua que llegaba hasta el borde, un poco más arriba del ras del suelo porque sobresalían unas parecitas de cemento. Ahí los fueron ahogando. Nunca me voy a olvidar de ese cuadro: hombres y mujeres arrodillados contra el borde de la pileta, con las manos atadas a la espalda y la cabezas sumergidas en el agua. Quedaron uno al lado del otro, muertos. Doce personas fueron. Doce en una noche. Nunca ví asesinar a tanta gente junta. Fue una cosa horrible. ¿Soy yo un psicópata?
"Nadie me lo cree. Un tipo normal no me lo puede creer. Fue después de Lucas, a los quince días de estar en el campo.
Enfrentamientos simulados
"Como vos sos periodista, te quiero contar un episodio donde algunos periodistas se prestaron al gran circo con el que se ocultaba lo que pasaba; como escuché decir alguna vez, una 'orgía de sangre'.
"Muchos de los enfrentamientos que salían publicados en los diarios eran simulados. Yo fui testigo de uno de ellos. Creo que fue por Bella Vista, cerca de Campo de Mayo. La cosa fue así: como mi especialidad era la de talabartero, un día de dieron cinco pistoleras de cuero para arreglar. Eran pistoleras viejas. Me las trajeron para que les hiciera algunas costuras, para que las lustrara un poco.
"Después me mandaron al pabellón a buscar a un grupito de colaboradores Montoneros. Yo todavía no unía una cosa con la otra. Me dijeron: 'Petete, que se den un baño antes de venirse para acá', al edificio principal. Yo, contento. 'Se van en libertad, por lo menos les dan un premio', pensé. Entre ellos estaba 'la Gorda'.
" 'La Gorda' era una detenida enfermera de profesión que, como ya te conté, atendió al chico Avellaneda cuando lo mordió el perro. "Escondía su propia ración de comida para dársela a él. También atendía a los detenidos junto con la médica. No me acuerdo el nombre de la enfermera; era más bien gordita, pálida, de pelo negro.
"Entonces fui y busqué al grupo y a los otros dos flacos que me indicaron. Se bañaron, se afeitaron, se pusieron ropa limpia, nueva. 'Libertad, libertad', se imaginaban ellos. Que se iban, creían. Pero estábamos en el año 1976.
"Al otro día leí en los diarios que llegaban al campo la noticia del enfrentamiento. Cuando me puse a mirar la foto, vi que junto a los guerrilleros muertos, a los que no se les veían las caras, estaban las pistoleras que yo había arreglado el día anterior. Del campo se los llevaron vivos, después fraguaron el enfrentamiento y los mataron en el lugar de los hechos. Les habrán tirado las pistoleras con un par de armas, si es que no se las pusieron encima antes de simular el combate. Nadie iba a sospechar nada. Si ellos eran guerrilleros o no, yo no lo sé. Pero así salió en los diarios.
"A los supuestos subversivos se los veía limpitos, afeitados, no tenían aspecto de haber estado prisioneros o secuestrados. Después me enteré, por comentarios, que los periodistas ya estaban avisados. Andaban cerca del lugar donde dijeron que había sido el enfrentamiento porque les habían prometido que iban a tener la primicia del 'combate contra la subversión'. Lo tenían todo arreglado. Por eso, a partir de ese momento, ya no creí tanto como antes en lo que decía la prensa.
"No fue el único caso. Se hizo lo mismo con mucha gente que estaba detenida en el campo y que mataban en esos supuestos enfrentamientos. Enfrentamientos que armaban para la opinión pública, para que se creyera que los subversivos todavía existían, y que no querían dejar vivir a la gente en paz.
"Entonces convocaban a los medios de prensa, pero no eran periodistas que no sabían cómo eran las cosas; sí sabían. Lamentablemente no me acuerdo de quiénes eran los periodistas, porque seguro que todavía alguno de ellos debe seguir trabajando por ahí.
Otras muertes
"Fueron muchas las formas de eliminación que se utilizaron en el campo. Ser testigo de todo eso fue lo que me martirizó.
"En una oportunidad trajeron un medicamento de uso veterinario, como el que se da a los perros para sacrificarlos. Ahora no me acuerdo el nombre. Lo disolvieron en agua y se lo dieron a tomar a un grupo de detenidos; un vaso para cada dos personas. Los habían llevado al fondo del campo. Yo miraba de lejos. Al principio parecía que no había efecto, pero cuando los tocaban en alguna parte del cuerpo la gente se retorcía de dolor. No era cianuro, era estricnina (1) o algo así. Es duro lo que te cuento, pero yo no veía visiones.
Por eso no me explico como ellos -los del Ejército- dicen que soy un psicópata como excusa para darme de baja, cuando ellos son los responsables de mi enfermedad.
Los verdugos
"Nunca se sabía -por lo menos yo no sabía- cuándo llegarían los verdugos. Había que estar preparados, se aparecían en cualquier momento.
"Cada vez que veía entrar a la caravana de autos por ese camino profundo que iba directo al polígono de tiro con las luces haciendo guiños, levantando polvareda, cargados de tipos, era como ver a una gigantesca carroza de la muerte. Era la muerte.
"Los vi llegar por primera vez a los pocos días de estar en el campo. Mis compañeros me dijeron, de sotamanga, 'Ahí viene la Parca, hoy sale un vuelo'. Hasta ese momento, cuando mencionaban los traslados, yo creía que llevaban a los prisioneros a otro campo o a la cárcel, no conocía el destino final de esa gente; después lo supe.
"Por lo general, se trataba de un pelotón de cinco tipos. Había uno que venía siempre, los demás rotaban. Dos de ellos se paraban en un punto del campo, con unas listas en las manos y empezaban a llamar y a llamar detenidos. Nunca sabíamos a qué prisionero le iría a tocar 'volar' ese día. No teníamos un cronograma en el que figurara que hoy le tocaba a fulano, mañana a mengano.
"No entiendo cómo había compañeros míos que se podían prestar a eso. Había tipos que se ofrecían para ir a buscar a los detenidos, querían quedar bien delante de los jefes y los traían desde los pabellones, para presentarlos. Está bien que los condenados no tenían escapatoria. Sólo un milagro de Dios podía salvarlos. Pero los traían ellos, los vendaban y los sostenían para que los inyectaran.
"Una de las cosas más horrorosas que vi, fue la forma en que eliminaban a esos chicos, inyectándolos. Esa imagen no se puede borrar nunca. Yo le pido a Dios... (llora).
"Había uno que venía siempre, se ve que le gustaba. El estaba al frente de este grupo, que no se ocupaba de interrogar a nadie, de salir en operaciones ni de ninguna de esas otras cosas. Llegaban cada quince días, dos veces por semana, tres veces, no tenían una rutina. Ellos no pertenecían a nada, estaban afuera de todo. Eran la muerte.
Pacto con la muerte
"Yo tenía mi jeep y mi camión Unimog para traer el racionamiento desde la cocina del Comando de Institutos hasta el campo y después distribuirlo entre los celadores, que en ese momento ya eran de Gendarmería. Ellos se ocupaban de alimentar a los detenidos. Ese era mi trabajo. Ahora escucho el motor de un jeep y se me pone la piel de gallina.
"Cada tanto llegaba hasta el campo gente extraña, de otros lugares, no sé de dónde. Curiosos; civiles, militares. Tipos que se prestaban a ciertas cosas, por ellos pasaba lo que pasaba. Aparecían cada vez que se producía una de esas 'soluciones finales'. Como los verdugos, llegaban de repente, sin aviso previo. Entraban en la base en una fila de cuatro o cinco autos, acompañados por uno de los jefes del campo. Nunca bajaban de diez, a veces eran quince o más. Como ese día, que llegaron por lo menos unos veinte.
"Se ve que ya tenían todo organizado en secreto. Sin pérdida de tiempo sacaron una lista de detenidos y les pidieron a los celadores que les trajeran a Fulano, Fulano y Fulano. A mí me mandaron a buscar el jeep, uno de esos famosos Willis de la Segunda Guerra Mundial. 'Antes, sáquele el caño de escape', me indicaron. Yo no sabía por qué: sin caño de escape ese jeep hacía un ruido infernal.
"Una vez que juntaron a todos los prisioneros los llevaron formados de a dos en fondo hasta la entrada del galpón que había sido la vieja carpintería. Cuando estacioné el jeep en ese mismo lugar, tal como me lo habían ordenado, vi a los presos sin capucha y me imaginé lo peor; no me equivoqué.
"Acomodaron al grupo de prisioneros a varios metros del galpón. Los llamaban de a uno, antes de hacerlos entrar les vendaban los ojos. 'Sentate acá que ahora te van a venir a buscar', les decían una vez adentro, y los acomodaban en un cajón de madera que habían puesto en el centro del galpón que estaba casi vacío, desierto. Les convidaban un cigarrillo y antes de que el detenido pudiera llegar a darle dos o tres pitadas, se aparecía uno del grupo que le pegaba un tiro en la cabeza.
"Ahí entendí el asunto de sacarle el escape al jeep. Con el barullo del motor querían tapar el ruido de las balas, y yo pensé que iban a organizar una carrera a campo traviesa. Me dijeron que tenía que acelerar a fondo cada vez que se iba a producir un disparo, pero como no confiaron en mí, terminaron ellos poniendo en marcha el jeep y metiendo ruido con el motor cada vez que sonaba un tiro.
"De a dos tipos, siempre eran dos lo que entraban con cada prisionero al galpón. Ellos mismos les vendaban los ojos al prisionero, apenas pasaba la puerta, y lo conducían hasta el cajón donde lo hacían sentar. El resto del grupo se amontonaba en las ventanas para mirar de afuera cada ejecución. Yo ni me asomé. Los detenidos esperaban su turno en un lugar apenas retirado, a no más de cincuenta metros. No sé si sabrían lo que les esperaba.
"No recuerdo cuántas personas fueron eliminadas esa tarde en la antigua carpintería. Pero me acuerdo que cada uno de los que vino en ese grupo disparó sobre alguno de los detenidos, fueran hombres o mujeres. Apuntaban al centro de la cabeza e inclinaban el cañón de tal modo que la bala atravesara de arriba hacia abajo. Un solo tiro, todos iguales. Lo sé porque a la mañana siguiente pude ver los cadáveres cuando los llevamos al aeropuerto en un camión que volvió todo ensangrentado, y que después yo tuve que lavar.
"Esas matanzas se transformaron en un rito, todo muy controlado. Sin gritos para darse coraje, ni muestras de arrepentimiento por haber asesinado a sangre fría a una persona indefensa. Al pasar escuché algunos de los comentarios que se hacían entre ellos. 'Yo lo hice por solidaridad', dijo uno. 'Yo también, por solidaridad con vos', le respondió el otro como sacándose la culpa, porque si uno lo hacía lo tenían que hacer todos. Lo que habían hecho había sido por solidaridad hacia el otro, decían. La cosa era que todos tuvieran las manos ensangrentadas por igual.
"Yo lo presencié, y no lo puedo olvidar. Nunca, como la pileta, el tacho, como las mordeduras de perros de guerra (Emocionado). Yo te digo que la realidad supera a la ficción.
"Cuando los grupos que llegaban al campo eran grandes, las eliminaciones eran grandes. Yo he visto subir hasta ochenta ejecutados en el camión que llevaba sus cuerpos hasta la pista de aterrizaje donde eran cargados, como ya te conté, en aviones que enfilaban mar adentro.
Muerto al llegar
"La vida no valía nada. Una noche, estaba de turno en la radio, durmiendo, cuando me despertó un llamado en el que se me avisaba que iba a llegar un auto llevando a una 'mariposa' -un detenido-, por el camino verde, uno de los accesos a 'El Campito'. Había dos, tres y hasta cuatro caminos de acceso si querías venir cortando campo. Después de escuchar la radio, me quedé dormido de nuevo.
"La patota descargó al prisionero que estaba herido de bala en el piso, en la puerta de la sala de radio. 'Encárguense ustedes', le dijeron al oficial de turno, un gendarme, que no me despertó. Me tendría que haber llamado para que yo le tomara los datos, le asignara un lugar de alojamiento y en todo caso, lo hiciera atender por un médico. Pero él no me avisó. Me dejó durmiendo hasta que un disparo me despertó.
Salí rajando con la pistola amartillada y me encontré con que el oficial de servicio había ejecutado al hombre, porque, según dijo, sufría mucho.
"Lo mató en la puerta de la sala de radio y me lo dejó ahí para que yo me hiciera cargo de él. Ni lo toqué. Le dije al oficial de Gendarmería: 'Déjelo ahí, no lo toque, yo me encargo de él'. Después me arrimé al tipo, vi que el tiro había sido en la cabeza. Estaba agonizando; hacía esos sonidos guturales de los que están por morir. 'Lleválo, Petete', me insistió el oficial. Quería que lo sacara de ahí, que lo llevara al fondo. 'No, dejálo acá', le dije. Yo quería que los jefes vieran cómo habían sido las cosas; ya no se podía hacer nada. Esa persona había llegado malherida y de todas maneras no iba a salir vivo de ese lugar. 'Yo no puedo tocar nada sin orden', le dije como para que no me molestara más.
"El oficial ya sabía que para él la mañana iba a arrancar con problemas. No podía hacer lo que había hecho. ¿Cómo le iba a quitar ese festín a otros? La vida y la muerte eran una jurisdicción a la que él no tenía acceso. Yo me fui a dormir, bah, dormir no podía; me quedé encerrado en la sala de radio, no informé nada, no dí la novedad, nada. Dejé todo como estaba para que los demás tuvieran una idea de lo que estaba pasando. Nadie tenía las pilas puestas, nadie se daba cuenta en dónde habíamos caído.
"Según dijo después el oficial, le pegó el tipo en la cabeza porque el hombre estaba herido de muerte y sintió que debía sacrificarlo para terminar con su sufrimiento. Tal vez lo hizo con esa intención, tal vez. Cosas como esas eran de todos los días."
(1) Alcaloide que se extrae de la nuez vómica, es uno de los venenos más violentos y mortales.
Capítulo XXII. Locura, convicción y pecados. CAMPO SANTO - Parte II (Diálogo con el ex sargento Víctor Ibañez)
Primera creencia -Por lo que hemos conversado, está claro que usted compartió tanto los argumentos como los objetivos de la denominada guerra antisubversiva. -Llegué a creer que la subversión era mi verdadero enemigo, que se merecían el castigo que estaban recibiendo. Sí, desgraciadamente llegué a creer eso, lo confieso.
-Por lo tanto usted consideraba que eran necesarios los procedimientos utilizados en 'El Campito'. -Se me rompía el alma, pero era tanta la manija que me daban que llegué a creer que estaba bien, que ese era el destino que merecían tener. Pensaba, y estaba seguro, que yo formaba parte del lado de la verdad; que todo lo demás no servía para nada. Que el destino de la Nación dependía de nosotros. Como nunca me ilustré, ignoraba que existía una justicia humana. Tribunales, jueces, leyes. Eran muchas las cosas que ignoraba. Ahora me doy cuenta de que nuestros jefes se nutrían de cuadros ignorantes como yo, así como de otros personajes, digamos irregulares, para hacer el trabajo sucio.
-¿Usted se consideraba un combatiente antisubversivo? -Si hubo una guerra, se combatió solamente en Tucumán (1). Yo no quiero mancillar con mis palabras a las víctimas de la subversión. Hubo camaradas míos que murieron como héroes. Pero no quiero mezclar. Alguna vez podré contar historias particulares, de compañeros muertos heroicamente en combate contra la subversión. Pero no es el momento de nombrarlos, hablaremos después, porque ellos merecen otras páginas, de gloria y honor, y no es eso justamente de lo que estamos conversando ahora. Ellos también fueron traicionados, su sangre fue negociada. En Tucumán había que ser soldado de verdad, fue el único lugar en que se combatió. Era muy jodido caminar por el monte, donde apenas entraba la luz del sol y en cualquier momento podías caer en una emboscada preparada por estos tipos.
-Pero el objetivo era el mismo: el aniquilamiento total. -La diferencia es que ahí, en el monte, podías llegar a ver la cara del enemigo, sabías que te podía matar. Sin embargo acá, en Buenos Aires, pese a que los jefes militares nos exigían mantener una actitud de lucha permanente, te encontrabas con que tu enemigo ya estaba vencido, humillado, atado, encapuchado. Así me lo presentaron. Pero como militar nunca pude comprobarlo en la batalla. ¿Cuál es la diferencia? Que me encontré con un enemigo ya derrotado, contra el cual nunca había luchado. Se trataba de seres indefensos, de menores, mujeres, ancianos. Yo, que quería agarrarme a los tiros, me terminé preguntando si ese era mi enemigo. ¿Un argentino como yo, gente como cualquiera, familias enteras? ¿Dónde estaban las fuerzas del mal, los terroríficos guerrilleros? Yo me había imaginado otra cosa, enfrentarme con subversivos de verdad.
La realidad no cree en lágrimas
-Cuando le anunciaba a un prisionero que iba a ser 'trasladado', ¿solía preguntarle sobre su destino? -En esos momentos no hablaba con ellos. Cuando empezaban a llamar a los que estaban en la lista yo me encerraba en algún lugar. Nunca estaba con ellos. Me escondía.
-¿No cree que debería haberles advertido que iban a ser asesinados? -No podía hacer nada, por eso me escondía. No podía consolarlos y mucho menos decirles la verdad, porque los verdugos me observaban. Todos teníamos miedo.
-¿Ni siquiera le avisó al Charro? (2) -Yo lo sentí mucho. Lloré por el Charro. Lloraba mucho, no solamente por él. Lloraba en silencio. Nunca pude saber cuál fue su culpa, qué hizo, qué dejó de hacer, nunca nada. No sé si lo llevaron al campo por el capricho de alguien, si era casado, soltero. Supe que era un tipo muy de la vida, bohemio, un caminador; un tipo de mundo. Se las sabía todas. Fue mi amigo.
-¿Cómo era su vida fuera del campo? -Yo vivía con mi vieja en un departamento sobre la calle San José, en San Miguel. A ella no le contaba nada de lo que pasaba en Campo de Mayo, aunque con el tiempo le fui explicando algunas cosas, más o menos. Porque ella se dio cuenta de que algo me pasaba. Claro, yo estuve a punto de volverme loco. Nosotros vivíamos en un primer piso y me paseaba desnudo por los pasillos del edificio, bajaba las escaleras con una cruz en la mano. Dice mi vieja que andaba como sonámbulo, que no sabía lo que hacía. Eso me pasó al poco tiempo de estar en 'El Campito'. Abajo de mi casa vivía un matrimonio que se terminó yendo, entonces yo alquilé ese departamento. Ahí abajo me pasó de todo: veía demonios, se me presentaban los espíritus, salía con la cruz, lo llamaba a mi hermano, que estaba arriba, y le pedía que viniera a dormir conmigo. Después me llegaron las crisis depresivas, mis tremendos traumas. Algo me pasaba y no me daba cuenta. Mucho tiempo después, en el 84, sufrí mi primera crisis, cuando tomé conciencia de las causas.
Los días y las noches de Ibañez en el campo
-¿Alguna vez le asignaron interrogar a un prisionero? -No, nunca.
-¿Fue testigo de interrogatorios, sesiones de tortura? -Generalmente me refugiaba en la cocina, que estaba a la vuelta de la oficina de los interrogadores. Desde ahí escuchaba los gritos de la gente; todo el tiempo.
-¿Presenció interrogatorios con aplicación de tortura? -Presencié interrogatorios así, pero sólo al entrar y salir de la oficina llevando cosas. Veía a un tipo tirado en la parrilla, mientras le alcanzaba al interrogador el café que me había pedido. Pero nunca me quedé a presenciar un interrogatorio.
-¿Nunca sintió curiosidad? -No, porque en ese aspecto yo era flojo. A mí el sufrimiento no me gusta. Entraba a la oficina fugazmente para llevar café, agua y otras cosas. Yo me quedaba dos, tres minutos y miraba lo que estaba pasando, pero enseguida me iba. Después pusieron un portero eléctrico, un sistema para evitar que entrara alguien sin autorización. Tenían un parlantito por donde hablaban: "Sí, comprame puchos, traeme esto, aquello".
-¿Quiénes determinaban el destino de los secuestrados? -Los que disponían de las vidas de los detenidos eran los interrogadores.
-Entre ellos, ¿quién era el más destacado? -El Alemán (3). Me parece que era de la Prefectura.
-¿Cuál era su comportamiento? -Era el que les hablaba a los detenidos antes de cada vuelo. Les decía: "Ahora les vamos a dar una vacuna para evitar enfermedades antes de pasarlos a disposición del Poder Ejecutivo". Una vez una señora le dijo: "No mienta; no mienta porque morir ahora o morir después es lo mismo. Diga la verdad: esa vacuna es para asesinarnos". "Por favor, me hacen callar a esa señora. ¿No ven que pone nerviosos a los demás?", respondió a los gritos el Alemán. Esa mujer estaba en lo cierto. "No mienta, no mienta. Máteme acá si quiere, qué vacuna ni vacuna", le decía desde adentro de la capucha que tenía puesta. Una señora realmente valiente. (Ibañez llora). El Alemán tomaba la iniciativa, yo no sé si tenía órdenes de arengar a los prisioneros o lo hacía de puro comedido.
-¿El Alemán era uno de los jefes del grupo de interrogadores? -El no era importante, era un pinche.
-¿Quién era el importante? -Nadie era importante.
-En una estructura militar siempre hay jerarquías. -Sí, pero en ese lugar no las había.
-¿Acaso se trataba de un grupo anárquico? Es difícil de creer entre militares. -Sí, era una especie de anarquía. Porque yo respetaba a mi superior, como cabo que era. Respetaba al cabo primero porque tiene mayor jerarquía. Así debía ser. Pero por arriba nuestro había militares, policías y civiles.
-Pero usted debe saber quiénes eran las voces cantantes. -No te digo que cada cual atendía a un grupo distinto de interrogadores. Los jefes eran Verplaetsen (4) y Schettini (5).
Dios de lejos
-Usted menciona reiteradamente a Dios. ¿Es su refugio o su defensa? -Como te conté, los domingos, cuando tenía franco en el campo, me iba a escuchar misa a San Miguel, pero no entraba. Me quedaba sentado en la plaza. Era invierno y pese al frío no podía moverme del banco. Ahí me quedaba llorando. (Llora)
-¿Por qué no entraba a la iglesia? -Porque sentía que era como reírme de Dios. Yo era indigno de Dios. (Llora). No podés estar con Dios y con el diablo. Estás con uno o con el otro. Pero me encontré con muchos que también pasaron por "El Campito" y entraban a la iglesia sin ningún pudor. Terrible. Nadie me podía comprender. ¿Con quién podías hablar? Con nadie, con nadie. ¿A qué médico podías ir? Te sacaban rajando. ¿A qué sacerdote? No le pido a Dios que me perdone, lo único que le pido es que me comprenda: yo caí en el infierno con toda inocencia.
-¿Cuándo se decidió a contar lo que pasó en "El Campito"? -Es injusto lo que hicieron, cómo arruinaron la vida de tantas personas. Todavía no estoy repuesto del todo, pero me siento mejor. Se lo debo a mi fe en Dios, a mi arrepentimiento. Trato de llevar una vida social normal, voy al club con los chicos, voy a misa, voy a la iglesia evangélica, también voy al cabaret. A veces necesito un tirito al aire, como la otra noche que después de hablar con vos me fui a un piringundín del Once.
-¿Y ahora? -Vendí todas mis armas, hasta mi sable largo. No quiero tener armas, nunca más. Quiero mi Biblia, mis recuerdos de cuando era chico, esas cosas. Cuando se me cruza alguien que está bajoneado, compañeros de trabajo que vieron muchas cosas sucias, lo único que se me ocurre es ofrecerles la Palabra de Dios.
(1) Se refiere al Operativo Independencia, dispuesto en febrero de 1975 por la entonces presidente María Estela Martínez de Perón, con el objetivo de combatir a la Compañía de Monte, perteneciente al ERP, instalada en la provincia de Tucumán.
(4) El coronel Fernando Ezequiel Verplaetsen fue jefe de Inteligencia del Comando de Institutos Militares y tuvo a su cargo las tareas de logística y construcción del campo de concentración en Campo de Mayo.
Capítulo XXIV. Nido de ratas. CAMPO SANTO - Parte II (Diálogo con el ex sargento Víctor Ibañez)
-Usted sugirió que uno de sus compañeros de logística, conocido como "Angel" (1), era una mala persona. -Es que parecía que gozaba con lo que hacía. Era un sádico. Golpeaba frecuentemente a esa pobre gente, les pegaba sin motivo. Cuando se calentaba mezclaba el guaraní con el castellano; yo no le entendía nada. Mala persona.
-¿Era su jefe? -Era un compañero más. Cabo del Ejército y celador, como lo era yo. Tendría un poco más de antigüedad, no más que eso.
-¿Usted y él estaban a cargo del mismo pabellón? -El no estaba en mi pabellón, yo nunca lo dejaba entrar. Tenía a su cargo un pabellón chico, más distante, en la parte del frente, cerca de la entrada. Ahí tenían encerrados a los de máxima peligrosidad. No te olvides que los detenidos estaban clasificados. Yo digo de mayor peligrosidad aunque no sé qué grado de peligrosidad tendrían, si estaban totalmente indefensos. "Angel" tenía un grupo más pesado que el mío. Los golpeaba mucho y sin motivo, para divertirse, a pesar de que ninguno de nosotros podía tocarle un pelo a los detenidos. Lo teníamos prohibido.
-¿Alguna de las detenidas fue violada? -No, no.
-Un testimonio afirma que varias mujeres fueron violadas durante su cautiverio, incluso algunas de ellas estaban embarazadas. -Nunca vi algo así. Hay cosas que no puedo contar porque no las vi. Al principio trabajaba 24 horas corridas y con 48 horas de franco. No sé qué pasaba en esas 48 horas.
-Con toda seguridad, "Angel" no fue el único sádico del equipo de logística que usted integraba. -Supe de un personaje, un sargento joven que no era de mi grupo, al que le decían "Viborita". El inventó un sistema para arrojar los cuerpos desde el avión. Como era paracaidista, se le ocurrió un sistema de correas similares al que usan los paracaidistas. Ese tipo era muy sanguinario. Hoy me encuentro con camaradas y me preguntan por "Viborita".
-¿Por qué le preguntan por él? -"Viborita" o el "padre Francisco", como se hacía llamar. No sé por qué me preguntan por él. Debe ser porque se hacía notar por su maldad. Y eso que era difícil destacarse. En "El Campito" había mucha gente maligna.
-¿Cómo quiénes? -Los había de Ejército y también entre los gendarmes, aunque fueron los menos. Un muchacho que fue celador y ahora le está haciendo juicio a su fuerza, me contó las cosas que un gordo, oficial de Inteligencia que ahora debe tener el grado de comandante mayor en Gendarmería, le hacía pasar a su propia gente. Parece que cuando este oficial, cuyo apellido empieza con "Ch", acompañado por otro con un apellido que empieza con "C", cuando estaban de servicio en el campo, antes de entregar la guardia al relevo, hacían desnudar a todo el personal. Y mientras uno les revisaba la ropa y todas sus pertenencias, el otro los obligaba a agacharse abriendo los cachetes del culo para ver si llevaban mensajes ocultos de detenidos para entregar a sus familiares. Esas humillaciones eran comunes. Muchos quedaron psíquicamente tocados y hoy se tienen que hacer atender. Eso hacía el gordo ese. Yo lo vi al tipo, muy prepotente.
-¿Cuál es el nombre de ese oficial? -Chavez es el apellido, ponelo en el libro. El hizo barbaridades con su propia gente. Yo creo que sus hombres le tenían miedo, porque el gendarme viene del interior, es un hombre duro, pero también de corazón blando. Gente del interior que podía llegar a sentir piedad por los prisioneros. Entonces los controlaba.
-¿Alguna vez vio al ex teniente coronel Seineldín recorriendo el campo? -No recuerdo haberlo visto.
-Usted mencionó que pasaron muchos militares, algunos como observadores. Y Seineldín prestó servicios en ese Comando. -Para algunos, ese era un lugar de diversión, como visitar un museo. Iban de curiosos, para informarse, para ver cómo era. Lo tomaban como una materia más, seguramente, dentro de su instrucción militar.
-Sin embargo, "Falcón" (3), su compañero, dice haberlo visto. -El que fue mi compañero era otro Falcón, enfermero. Ese que mencionás era carpintero. Nunca tuve un compañero de mi curso en el campo, era el único de mi promoción en el lugar. Ahora, lo que dijo ese otro Falcón es cosa de él. Yo no lo recuerdo.
-¿Cuál era la actitud de los oficiales dentro del campo? -Eran más fanáticos que los suboficiales, pero con doble juego. Yo presencié interrogatorios a los que eran sometidos los detenidos ya destinados a salir en libertad. Gente que permanecía en el campo uno o dos días, de la que se sabía que eran inocentes totales pero, antes de largarlos, igual eran pasados por la máquina. En esas sesiones escuché a los oficiales que se decían entre ellos: "Dele usted, que sabe hacer doler, mi principal"; "Ahora métale máquina usted, cabo".
-¿Por qué hacían eso? -Se hacían pasar por suboficiales para que el odio de la gente fuera hacia nosotros, para que los subversivos no diferenciaran el grado en sus atentados, que las balas fueran para todos por igual. Así los detenidos creían y les decían a los demás que eran los cabos y los sargentos quienes se ocupaban de torturar. No era verdad, al contrario. Aunque hubo muchos oficiales que también salieron llorando de esa oficina. Quizás yo soy la voz de muchos que no pueden decir lo que pasó (llora), porque no tienen el valor suficiente o porque están enfermos. Yo quiero ser la voz de aquellos que nunca se animaron a hablar y que hoy son víctimas de enfermedades psiquiátricas a causa de todo esto.
-¿Alguna vez un oficial se opuso a los métodos utilizados en el campo? -A veces llegaba un doctor para ayudar a una médica detenida que pusieron a cargo del dispensario montado en "El Campito". Era un teniente coronel del Comando de Institutos que después ya no quiso venir más. Incluso se peleó con los jefes porque él decía que debía curar a los prisioneros para que después fueran torturados y eliminados; entonces se enojó con todos y no vino más. Muy buen hombre. Creo que era el jefe de la División Sanidad del Comando de Institutos en el año 1976. El es el que me dio los primeros días de licencia por agotamiento psíquico cuando salí del campo. Estaba tomándome esos días cuando se armó el despelote a causa de "Napoleón", y el coronel Ortiz me obligó a firmar la baja.
-¿Cuál era la actitud de los oficiales jóvenes? -Muchos estaban de acuerdo, otros no. Creo que ya te hablé del capitán que se enamoró de una detenida que era totalmente inocente. Cuando a ella le tocó el "traslado", el capitán se mandó un cambiazo con otra detenida que iba a salir en libertad, las hizo pasar a una por la otra y así la salvó. Pero después los jefes se avivaron. El me decía: "¡A vos te parece que por prestarle el auto a un amigo al que descubrieron con bibliografía marxista la traigan a ella? No tiene nada que ver, cabo. Acá adentro hay mucha gente que no tiene nada que ver". Esa noche lo relevaron, una noche de frío helado, en pleno invierno. A la mañana siguiente, cuando fui a buscar el mate cocido, me lo encontré en el patio del Comando, adentro del auto con la pistola en la mano. Los vidrios y la carrocería del choche estaban congelados, blancos. El capot, levantado para que le diera el sol. Por tanto frío, el motor no arrancaba. Se quería ir porque estaba seguro de que lo iban a matar.
-¿Cuál era la actitud de los suboficiales en general? -No sé cuál sería. Cada cual cumplía su misión. Te recuerdo que pactamos que, salvo algunos en particular, yo no iba a hablar de los que en ese momento eran mis compañeros.
-Sólo le pido que me narre algunos comentarios que hacían sobre la situación que se vivía dentro del campo. -Conversé con muchos, todos más antiguos que yo (4). No te olvidés de que yo era un cabito moderno, tierno, mientras que algunos de ellos ya eran suboficiales principales a punto de terminar la carrera. Estaban de comisión una semana y después se iban, porque los traían dentro de un sistema de rotación. Los únicos fijos éramos los cinco de logística. Ellos vieron, igual vieron lo que pasaba.
-¿Estaban de acuerdo con lo que sucedía en el campo? -Me acuerdo de que un suboficial principal, del Liceo Militar, uno muy gordo, como Porcel (5), un buen hombre que estaba tranquilo económicamente. Tenía una agencia de remises, pero una agencia como las de antes, con una flota de autos potentes. En esa época estaban los Dodge Polara; él los tenía, era dueño. El gordo no estaba para esas cosas; le hizo mucho daño. "Vea mi principal", le dije el primer día, apenas llegó, y le mostré de lejos el bebedero de caballos donde estaban zambullendo la cabeza de un tipo que después murió. El me dijo, mientras miraba para todos lados: "¿Y si fuera inocente?". Al otro día, cuando vio que llevaban a otro detenido para el lado de los bebederos, se le tiró encima a un capitán y lo agarró del cogote. "¿Qué están haciendo? ¿Y si este hombre no es culpable? Paren. Yo no debería estar acá, esta no es mi misión, yo tengo que estar dando clases en el Liceo". Este principal le daba clases a los cadetes, no sé de qué materia, pero era muy preparado. Así decían. Al segundo día en el campo ya no aguantó más y pidió que lo sacaran. Y así pasó con muchos, muchos. "Esta no es la misión del soldado argentino", decían. Yo pensaba como ellos, aunque no lo podía expresar correctamente, era muy bruto, no tenía las cosas claras. No sabía pararme, no sabía dónde estaba, no sabía nada. Muchos protestaron. Pedían el relevo y no los relevaban. "Por favor, sáquenme de este infierno", les decían a los jefes. Esto también le pasaba a algunos oficiales jóvenes que rechazaban lo que ocurría; otros no, decían que ese era el método. Yo escuchaba, pero no podía decir que ese no era el método, porque corría el riesgo de terminar como los detenidos yo también.
(1) "Angel" es el seudónimo de un suboficial el Ejército destinado a las tareas logísticas del Campo, del que hasta el momento se desconoce su nombre verdadero (Ver Anexo 4)
(2) Roberto Quieto fue uno de los fundadores de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), que se fusionaron con Montoneros en 1973. Fue secuestrado en la localidad de Olivos, en el norte del Gran Buenos Aires, en 1975. Algunas versiones indican que habría sido uno de los primeros prisioneros que llegaron a Campo de Mayo.
(3) Sargento del Ejército, carpintero. (Ver Anexo 4)
(4) En el Ejército los ascensos se otorgan por acumulación de años de servicio prestados a la fuerza, salvo los grados superiores. La antigüedad significa mayor jerarquía, incluso no son pares lo que ostentan la misma jerarquía. Un sargento es el superior de otro sargento nombrado un año después. Entre los promocionados al mismo tiempo, además, aquellos con mayor puntaje son los superiores de los que obtuvieron menor puntaje en la Escuela o en su foja de servicios. No hay pares.
(5) Se refiere al parecido de ese militar con el actor Jorge Porcel.
Capítulo XXV. Bussi y los asesinos. CAMPO SANTO - Parte II (Del testimonio del ex sargento Víctor Ibañez)
"Cuando Bussi asumió como segundo al mando del Comando de Institutos Militares, yo todavía estaba en El Campito. Me acuerdo que un par de días antes de que viniera a inspeccionar las instalaciones en las que estaban alojados los prisioneros tuvimos que pintar el frente de los edificios, cortar el pasto, barrer las calles... nosotros a esa tarea le decíamos IBM: Intenso Boludeo Militar.
"Bussi llegó como si fuera Napoleón; a él le gustaba hacerle creer a los demás que era un general duro, que no te dejaba pasar ninguna irregularidad, al que había que rendirle todos los honores. Por lo primero que preguntó fue por el material secuestrado en los operativos, quería saber qué teníamos. Se ve que ya tenía en mente armar el museo de la subversión que hizo construir después.
"Pero salvo ese día, Bussi nunca más pisó El Campito. Me acuerdo que cuando empezó a correr la bola de que él venía de Tucumán, entre nosotros especulábamos que su relación con Riveros iba a durar poco, que se iban a hacer mierda entre ellos. Los dos eran de carácter muy podrido y se creían que eran héroes de la guerra contra la guerrilla.
"Pero yo sé cómo fue esa guerra. Entre las detenidas había madres que estaban en los pabellones junto a sus hijos, algunos grandes, de hasta once años. También pude ver cómo los interrogadores, que estaban divididos en cuatro Grupos de Tareas, cada uno a cargo de un sector o zona, ponían carteles en la puerta de sus oficinas que decían, por ejemplo: Maternidad Sardá o Se reducen sillas de ruedas. Eso es porque a algunos les tocaba estar a cargo de las embarazadas y a otros de los lisiados que llegaban en sillas de ruedas o con muletas. Entre ellos se hacían este tipo de bromas. Aunque parezca mentira, lo que te cuento es la verdad.
Los colchones suficientes
"A las mujeres embarazadas, cuando estaban a punto de parir, las llevaban al Hospital Militar que funcionaba dentro de Campo de Mayo. Después, ninguna de ellas volvió al pabellón. No te puedo decir qué pasó después ni con los bebés ni con las madres. No lo sé.
"Tampoco te puedo decir cuántas fueron las mujeres embarazadas que pasaron por El Campito. Por momentos llegamos a alojar a más de 600 detenidos al mismo tiempo, era imposible saber qué pasaba con cada uno de ellos.
"Los pabellones estaban tan llenos que con otro muchacho, del que me reservo su nombre pero que después de todo esto también quedó loco, empezamos a hinchar las bolas por la falta de colchones. Caía y caía más gente y no había suficientes para todos; tampoco frazadas. Estaban durmiendo de a dos o tres por colchón de una plaza. A algunos los tuvimos que ubicar directamente en el piso, arriba de un trapito y sin ningún abrigo, en pleno invierno. "Tanto insistimos que al final cometimos un error. 'Ya está solucionado el tema de los colchones', nos dijeron un día. '¿Dónde tenemos que ir a buscarlos?', preguntamos nosotros. 'Ustedes no tienen que ir a buscar nada, ahora los vienen a buscar a ellos', nos respondieron. La solución fue eliminar a todos los que para ellos ya sobraban, y nos dejaron a uno por colchón. Después de ese día ya no pedíamos nada más. Así y todo, a los pocos días me mandaron al Colegio Militar a retirar 200 frazadas. '¿Y ahora para qué mierda me sirven si esta gente ya no está?', me pregunté. ¿Acaso esta gente me puede acusar a mí de cometer traición?
"La dirección de El Campito, desde que comenzó a funcionar hasta que fue demolido, siempre estuvo a cargo de un teniente coronel. "Pertenecía al Batallón 601, había sido jefe de Policía Militar de Campo de Mayo; un hijo de puta. Su nombre era Jorge Vosso.
"El hombre era de contextura grandota. tenía una voz muy grave. Siempre andaba calzado con botas de montar. Usaba un antiguop sobretodo marrón terroso que le llegaba hasta los tobillos, casquete verde oliva, una escarapela en el pecho y la fusta en la mano, como sui fuera del arma de caballería, aunque era infante. Decían que usaba botas por prescripción médica porque tenía las piernas ulceradas de tanto chupar. Le decían 'empresario deshonesto' porque todo lo que tenía lo invertía en ginebra. Pero al final le quedó como sobrenombre 'La Parca'.
"Vosso era el verdugo, el responsable de la mayoría de las muertes en El Campito. Un borracho perdido que le tenía pánico a Riveros y que respondía ciegamente a todo lo que él le ordenaba. Una mala persona por vocación, que era la herramienta más justa para los intereses de los jefes.
"Martínez Zuviría por ese tiempo era teniente. Ahora debe ser coronel del arma de Caballería. Una noche, en El Campito, habían empezado a matar a un grupo de prisioneros. Vosso siempre estaba al frente de esos trabajos. Entonces Martínez Zuviría, que estaba entre los oficiales del campo, se le acercó y le dijo: '¿Me permite, mi teniente coronel?' La Parca lo miró y le pasó el arma con un nuevo cargador. Este oficial mató esa noche a doce personas de un tiro en la cabeza. Cuando yo le pregunté por qué lo había hecho si no tenía nada que ver, si no estaba obligado a hacerlo, él me respondió: 'Lo hice por solidaridad con mi superior, eso es todo, cabo'. A Martínez Zuviría se lo conoció en El Campito con el apodo de 'Néstor'. Era un hombre de la alta sociedad, que participaba en competencias de salto y tenía caballos de polo. Creo que la familia tenía varios haras.
"Coronel era el apellido de un mayor de la Escuela de Artillería. Era un carnicero. A él le interesaba más quedarse con los bienes de los detenidos que la importancia que pudieran tener para los interrogadores. Buscaba la guita, la cuenta bancaria, el reloj; lo que fuera.
"Martín Rodríguez (2) era del mismo palo que Coronel. Su nombre de guerra era Toro, y pertenecía a uno de los Grupos de Tareas más temidodos. Después me contaron que terminó procesado por un asunto de robos de autos. El era el que, entre sesión y sesión de tortura, les hacía firmar a los prisioneros que eran capturados con su coche el formulario de transferencia para quedarse legalmente con sus vehículos.
"Raúl Capelli era médico. Ahora es el director del Hospital Militar de Campo de Mayo. En esa época era un tierno, teniente primero. Así y todo, formó parte de los Grupos de Tareas y es el responsable de muchas desapariciones. Me acuerdo que una vez le salvé la vida durante un enfrentamiento, porque él no tenía formación de combate. Era uno de los peores obsecuentes de los jefes. Como era psiquiatra, llegó a atenderme durante algunos años cuando empecé a tener mis crisis mentales debido a todo esto que te cuento. Vos le vés la cara de gordo bonachón que tiene y creés que se trata de un tipo inofensivo. Es por eso que yo ya no me guío más por las apariencias. Creo que Capelli en un par de años ya puede ascender a general.
"Carlos Alberto Ferrario en esa época era capitán. Fue uno de los más obsecuentes asistentes que tenía Bussi en Campo de Mayo para que lo asesorara en temas legales.
La descendencia
"Hay muchos comprometidos con lo que pasó en Campo de Mayo. Entre ellos, gente que hoy sigue en actividad y está al mando de unidades del Ejército. Esto lo sabe muy bien el Jefe de Estado Mayor, Martín Balza. Yo creo que las Madres de Plaza de Mayo no están tan erradas cuando dicen que Balza no es tan inocente. El estaba haciendo un curso en Chile cuando se puso en marxha la Operación Cóndor, en la que los militares de la Argentina, Uruguay y Bolivia se pusieron de acuerdo para combatir la subversión.
"Quiero que quede claro que esto es sólo un pensamiento mío. Que yo no tengo pruebas. Pero me cuesta creer que Balza acepte que lo metan preso a Jorge Rafael Videla mientras él dice que nunca se enteró de lo que pasaba; que no sabe dónd está el cuerpo de Santucho, que no sabe de órdenes escritas, que esté al frente de un generalato cobarde que terminó haciéndole el juego a la subversión."
(1) Víctor Ibañez revela en esta parte de su relato la identidad hasta ahora desconocida de un grupo de jefes militares que participaron en forma directa en el exterminio de miles de personas. En algunos casos no se ha podido determinar el nombre de pila de los involucrados, aunque sí su apellido, el grado que tenían en ese momento y el arma a la que pertenecían. El testimonio fue registrado en el mes de enero de 1999.